a PORTADA

<Nº 47

Octubre 2003 — Nº 48

N° 49>


LEJANA
Miguel Angel Morelli

GRAMÁTICA PARA NO MORIR
Graciela Reyes

LA VIDA ETERNA / ESPERANDO EL CADÁVER
Roberto Enrique Rocca

DOMESTICAR AL MONSTRUO
Leda Schiavo

DE VARIA FICCIÓN Y ALGUNA REALIDAD
Fernando Anguita B.

PARA UNA VALORACIÓN DE LA OBRA DE ARTE
Federico Pablo Blanco

LOS, EN OCASIONES, EXTRAÑOS CAMINOS DEL TEATRO
Salvador Enríquez

OTROS
Cristóbal Colón

fab9

LEJANA

Qué importan, qué pueden importarme ahora los gestos que en su momento no supe permitirme, las palabras que dejé sin pronunciar, los desencuentros que pude haber evitado (y no lo hice). Qué importan los sinsabores, las pequeñas treguas, esas últimas horas a las que sin duda también las tiznó el dolor. El tiempo, que todo lo perfecciona, ya ha puesto pinceladas de olvido entre tus días y mis días, y hoy es como si aquello no hubiera sido nunca.
En las razones, pues, de la desmemoria, ya eres dos o tres latigazos de luz: una fotografía que me devuelve a cierta tarde de verano, la biblioteca que anticipaba la felicidad del universo, el viento jugando con la aspereza de las olas, una siesta en el campo, mi partir y tus adioses. Eres todo esto y algunas otras cosas que no nombro, madre, pero también eres lejanía, y de algún modo secreto así lo serás para siempre. Lejana e irrecuperable serás, porque todo lo que pertenece al pasado (aquellos ojos que vimos un día, lo que soñamos anoche, estas mismas palabras que acabo de escribir), todo lo que fue y ha sido, se cristaliza sólo para dejar de ser y regresar siendo eterno.
Sí, ahora que eres pasado eres finalmente eterna. Y así habrás de serlo hasta que un hachazo homicida te arranque también de mi memoria, y alguien que no sea yo trate en vano de recomponer, entre los fragmentos dispersos de su propio pasado, esta pequeña historia nuestra.

Miguel Angel Morelli

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GRAMÁTICA PARA NO MORIR

Ser inmortal es baladí. Menos el hombre todas las criaturas lo son,
pues ignoran la muerte.
Borges

Hace un tiempo descubrí que, por una mala mecánica de mi cuerpo, que no parecía fácil de corregir, podía morirme por el mero hecho de tragar saliva, entre otras posibilidades cotidianas. Me puse a pensar en la muerte, o sea en la vida sin futuro, ya que en la muerte misma no sé pensar.
Se me alteró la gramática. Ya no podía usar cómodamente las expresiones que indican futuro o intencionalidad, como "voy a a", "iré", "pienso ir", ni ciertas formas similares del subjuntivo y el potencial, que sirven para nombrar alternativas, mundos posibles, todos situados en un vago futuro: "si pudiera", "cuando pueda", "iría y le diría"... Cancelados el futuro y los mundos posibles del futuro, el presente se vuelve hueco, pierde su latido expectante. Los futuros del idioma expresan lo más necesario para seguir viviendo: la ilusión, la posibilidad, la fantasía, la esperanza. El futuro es lo imaginario y lo mejor. Sin futuro, no hay presente que valga la pena, y el espíritu, acorralado, se vuelve al pasado como un perro muerto de hambre. La compensación es que el pasado aparece mucho más completo y denso, ya que tiene punto final. Podemos decir, por fin, rasguñando la verdad, frases en principio inaceptables, como "Morí sin volver a verlo", cuyas condiciones veritativas son imposibles de determinar en el mundo que llamamos real. Licencias como esta permiten completar la narración autobiográfica con que construimos nuestra identidad a lo largo de la vida, y da nuevo sentido a todo, un sentido final semejante al que tienen las novelas.

Me puse a escribir mi autobiografía secreta, para rescatar la riqueza del pasado y reactivar mi presente disminuido. Experimenté con los tiempos. En uno de los experimentos, conté el presente como si ya fuera pasado. Por ejemplo, me conté a mí misma, mientras la vivía, la historia de una escapada para ver a un amante prohibido, aventura que, por otra parte, se justificaba por la inminencia de la muerte. La narración quedó curiosamente abierta, porque yo me resistía inconscientemente a cerrarla, pero sin embargo era pasado, tenía una gramática de pasado, y la viví con mirada doble, y la barajé libremente con otras historias mías, y formé un caleidoscopio de tiempos manipulables fuera del tiempo, reinterpretados, más ricos de sentido desde el umbral en que yo vivía.

En otro experimento, usé un futuro ficticio para contar el pasado, como si proyectara en la pared una película. Lo mismo ya vivido se convertía en una irrealidad, al sufrir ese traslado, y adquiría la resonancia del deseo. Desear el propio pasado —eso que a veces llamamos nostalgia— es una manera deliciosa de reconstruirlo. La memoria es experta en trampas.
No me morí, por fin. Mi gramática recuperó el futuro, esa abominación y gloria de la mente. Pero el juego fue un buen ejercicio gramatical, porque ahora vivo, con más fervor que antes, en varios mundos posibles a la vez, dotada de atributos distintos en cada mundo, y cada uno tiene su música, sus atardeceres y su sintaxis propia. Mi autobiografía real, la que me narro para vivir, contiene ahora más realidades que antes, más gramáticas que antes.

La muerte propia es una ilusión. No hay más que vida, que luego se convierte en nada, o, como dice el verso de Góngora, "en tierra, en humo, en polvo, en sombra, en nada".

Graciela Reyes

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LA VIDA ETERNA

—Éste es el más antiguo que tenemos— dijo con orgullo el director del gerontocomio, abriendo la portezuela.
Los estudiantes miraron.
—En otros tiempos, a pesar de los médicos, siempre fallaba algo. Cuando los conocimientos de entonces no lograban descubrir la causa, y el sujeto ya tenía más de ochenta años, se hablaba de "muerte natural". ¿Se dan cuenta ustedes del contrasentido? Muerte...¡natural! Aunque parezca mentira, hasta mediados del siglo veintiuno, se creía que la muerte era parte de la vida. Pero la ciencia logró vencerla y hoy sólo se muere por accidente, homicidio o suicidio. Los índices de mortalidad son hoy de menos del sesenta por ciento.
Los estudiantes miraban. Algunos sonreían.
—Observen este ejemplar. Nació hace más de cinco siglos. Nos dio trabajo, porque al principio lo mantuvieron vivo con técnicas precarias. Fíjense ustedes en esta cánula. Un modelo que sólo puede encontrarse en viejos disquettes de historia de la medicina. Y sin embargo funciona. El cuerpo está perfectamente equilibrado y se mantendrá así, indefinidamente. Observen que todavía conserva los reflejos como si fuera joven.
Con un dedo levantó el párpado y dirigió al ojo el haz de la linterna. En medio de un iris gris, casi del mismo color que el resto, el círculo negro se contrajo hasta el tamaño de una cabeza de alfiler. El cuerpo se sacudió y algunos de los estudiantes pensaron que se arrancaría los tubos.
—Está mal sintonizado— explicó el médico sonriendo— ahora les bloqueamos los nervios motores y quedan perfectamente quietos.
A Clepsidra le pareció que el ojo la miraba. Se estremeció porque le vino a la memoria su bisabuela, ya centenaria y lozana todavía, llorando desesperada cuando la vinieron a buscar.
Un compañero advirtió su angustia. Sin decir palabra, deslizó la mano, hacia abajo, sobre su vientre y la masajeó con suave firmeza, hasta producirle un nuevo estremecimiento, que la serenó.


ESPERANDO EL CADÁVER

—Espera y verás pasar el cadáver de tu enemigo— murmuró erguido ante la puerta de su casa.
Se hizo la noche y vinieron más noches y más días.
Acuclillado en la puerta se dijo: —Espera y verás pasar el cadáver...
Se hizo la noche y vinieron más noches y más días.
—Espera y verás...— articularon los labios del hombre sentado en el umbral.
Se hizo la noche y vinieron más noches y más días.
Se tendió ante la puerta pensando: "Espera..."
Se hizo la noche y vinieron más noches y más días.
Cuando pasó el cortejo, sus ojos estaban abiertos todavía. Pero ya no había nadie detrás de ellos.
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de «Cuentos Mínimos»

Roberto Enrique Rocca

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DEDE VARIA FICCIÓN Y ALGUNA REALIDAD

Cuando leí hace un par de años "Los códigos secretos", la versión en español del libro The Code Book de Simon Singh, aposté conmigo mismo que el episodio narrado en el capítulo "el desciframiento de la Enigma" no tardaría en ser llevado al cine. La última semana de agosto, "Enigma", la película dirigida por Michael Apted, se estrenó en Madrid. Naturalmente, no esperé ni dos días para ir a verla. Mis prisas me impidieron buscar algún dato suplementario para contrastar lo que iba a ver con lo que había leído. Es decir, me senté en mi butaca convencido de que, más o menos resumidas, iba a presenciar las heroicas fatigas de Alan Turing, el matemático inglés que hizo posible la descodificación de los mensajes producidos por la máquina Enigma, el artilugio productor del lenguaje cifrado que sustentó la victoria alemana en todos los frentes ... hasta que el servicio de inteligencia británico fue capaz de descifrarlo.

No tengo por costumbre destripar los argumentos de las películas que comento: lo que sigue es una "pista" negativa. Se trata de que nadie espere encontrarse en la película con el genio que eligió para suicidarse la fábula de Blancanieves: Alan Turing, acosado por la intolerancia "oficial" a su homosexualidad, impregnó una manzana en una solución de cianuro y la mordió. Obedeció al sonsonete que recitaba desde que asistió al estreno del primer largometraje de dibujos animados de Disney: "Moja la manzana en la poción, que la muerte durmiente penetre en profusión". El homenaje que no cobró en vida se lo sirvió para la posteridad Regis McKeena, afamado publicista del Valle del Silicio. El logotipo de la manzana mordida, la marca de Apple Computers, honra la memoria de Turing a escala universal.

Pero lo que el director de "Enigma" ha puesto en imágenes es, como digo, otra cosa. El guión está basado en la novela del mismo título de Robert Harris, —un bestseller del 95 que, de inmediato, fue traducido a más de 20 idiomas—. He subrayado novela porque el certificado del film cierra con la conocida aserción de que "characters and events", los personajes y sucesos que pasaron por la pantalla, son ficticios y cualquier parecido con la realidad...... etc. Lo singular es que a pesar de ese latiguillo —¿cautela frente a posibles reclamaciones o litigios?— bastantes escenas, fechas y tiempo de la aventura son "reales", y el espectador no avisado llegará a creer que también lo es todo lo demás. Como en muchas otras, es mérito de esta película haber logrado eso. Sin embargo, la cuestión permanece: ¿Hasta dónde es lícito vestir la ficción para que la apariencia de realidad no termine por convertirse en "lo real" y, finalmente, en Historia?
Dejo abierta la pregunta al juicio del lector, y le anticipo una cita de autoridad que copio abreviada de Jacques Barzun, historiador contemporáneo serio:

Moro [Santo Tomás] inventó, o se permitió propagar en una obra escrita por él, la "gran mentira" a favor de los Tudor a los que servía, la mentira de que Ricardo III era un monstruo deforme que asesinó a sus sobrinos, los pequeños príncipes, en la Torre de Londres. Una serie de estudiosos ha llegado a la conclusión de que Ricardo era exactamente lo contrario de la leyenda: bien parecido, capaz e inocente de derramamiento de sangre. El gran melodrama de Shakespeare ha hecho imposible una inversión de la opinión generalizada.

Cabe añadir que el cine terminó por apuntalar la falacia. Ayudó a ello en 1929 la excelente interpretación de Basil Rathbone en "La Torre de Londres" —un Ricardo III que retira piezas del tablero de ajedrez según va liquidando enemigos— y, cinco lustros después, sir Lawrence Olivier puso la guinda dando vida al intrigante y deforme personaje del rey que la Historia ha consagrado. Sic transit!

Fernando Anguita B.

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DOMESTICAR AL MONSTRUO

De todos mis viajes, el que recuerdo más intensamente es el recorrido hasta el gallinero de mi abuela por las noches. Les conté, en otra parte, que de chica tenía miedo de estar sola en la oscuridad cuando me mandaban a dormir en el petit hotel de mi abuela.
La casa era enorme, con patios y galerías y jardines. Primero había un patio con alero, luego un jardín con senderos que se bifurcaban, una puerta de alambre, otro jardín con piedrecitas rojas, un galpón con máquinas y enseres, un gallinero para pollitos, y más allá el infinito. Una palmera enana, una estrella federal, mandarinas, higueras, tomates según la estación, conejeras y, al final, entre retamas, el enorme gallinero que marcaba el límite de la casa. El gallinero estaba entre el alambrado con retamas y la pared divisoria de la casa del vecino.
Para luchar contra el miedo a la oscuridad, me obligué a hacer ejercicios. Los ejercicios los sacaba de un libro de Tihamer Toth llamado El joven de carácter. El libro era de mi hermano, pero yo creía que daba lo mismo, que en estas cosas el sexo no estaba en juego, y tampoco sabía que el autor, obispo húngaro muerto en 1939, podía ser simpatizante nazi. Yo tenía que fortalecer mi voluntad, cosa casi siempre peligrosa.
El ejercicio consistía en llegar en la oscuridad hasta el alambrado del último gallinero, tocar el alambrado, y volver sin correr. Lo más difícil era darse vuelta al tocar el alambre, era como enfrentar la noche, los fantasmas, quién sabe qué monstruos que acechaban entre los árboles. No siempre conseguía volver a paso normal. Pero lo importante era repetir la experiencia noche tras noche, hasta exorcizar a los monstruos que me esperaban en el piso de arriba cuando me mandaran a dormir. Creo que, si no los exorcicé, logré domesticarlos y hasta conversar con ellos, lo que no es poco decir. Qué terrible la infancia, qué edad tan sobreestimada.

Leda Schiavo

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PARA UNA VALORACIÓN DE LA OBRA DE ARTE

No es la mano del artista la que transforma a un objeto en arte, es la producción de una obra de arte la que convierte al hombre en artista.
Colocar una calavera sobre una mesa, puede actuar como disparador de una reflexión existencialista, es filosofía, pero de ninguna manera es arte, así sea que lo haya hecho el espíritu de Picasso o el panadero de la esquina. El snobismo reinante en estos tiempos, pretende que lo importante es el artista, su firma y no su obra. El mercado de arte impone el autógrafo y no la producción artística. Esto ha llegado a grados tales de imbecilidad, que hubo un "artista" que ha llegado a vender su materia fecal, y lo que es todavía peor, hubo alguien que la compró.
Sobre esta base propongo que repensemos cuál es el valor de un objeto para catalogarlo como obra de arte. Un parámetro para tener en cuenta podrían ser estas sencillas preguntas: ¿el mundo hubiera perdido algo si esta obra no hubiera existido?, ¿tiene algún tipo de elaboración?, ¿ transmite sensaciones estéticas?. En el caso de la Novena Sinfonía de Beethoven, por ejemplo, no es que creo, sino que, afirmo que sí. Lo mismo con tantos otros. Ahora si me preguntan por la trascendencia de la obra de algún compositor, cuya única propuesta es superponer aleatoriamente grabaciones de ruido urbano, respondo que eso no es arte. No lo es porque no tiene ningún tipo de elaboración, no nos impresiona estéticamente, mas allá de lo que puede impresionarnos el tránsito normal por una ciudad; puede servir como panfleto, o como llamado de atención sobre un tema en particular, pero las pretensiones intelectuales no alcanzan para que algo se constituya en sí mismo como obra de arte. Es como pretender que una cueva que sirve de refugio en medio de una montaña, se constituya en casa porque un arquitecto la descubrió y la proclamó como tal. Mas allá de la proclama, no va a tener más valor arquitectónico que el que tenía antes de ser ascendida a Casa.
Me parece un ejercicio de salud intelectual empezar a reflexionar sobre lo que se esconde detrás de todo esto. La idiotización del arte responde al intento de matarlo, a la vez, que esto responde al supuesto de la muerte de las ideologías. Si las ideologías murieran, el arte ya no tendría sentido. Si triunfa el nihilismo y el escepticismo globalizador, el gran generador de relatos de sentido que es el arte, se transforma en un ente subversivo y peligroso. De ahí, que para los compradores de arte (inversores) tenga importancia la firma y no el contenido de la obra. "No meditemos sobre el significado de los murales de Siqueiros, miremos su firma y descontextualicemos su esencia" esta es la lógica imperante.
La única manera que tenemos de contrarrestar esto, es recuperar la visión crítica, e ir mas allá de lo que nos quieren imponer como paradigma estético desde los medios masivos de comunicación.

Federico Pablo Blanco

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LOS, EN OCASIONES, EXTRAÑOS CAMINOS DEL TEATRO

Trasmitir nuestras emociones, luchar contra el destino, ir en contra del designio de los dioses que determinan nuestro camino y fin en la vida, es innato en el ser humano. Para manifestarlo de forma pública y trasmitir esas inquietudes colectivamente está (o estuvo) el Teatro: la gran ceremonia de la ficción hecha realidad, la catarsis.
En épocas recientes de situaciones conflictivas (como escribo desde España, entendamos la dictadura franquista) el teatro fue un medio de intentar salir de la mediocridad cultural, de denunciar el poder absoluto y sus nefastas consecuencias; algo de ello conocen, sin duda, mis lectores argentinos pues muchos de sus textos teatrales llegaron a Madrid y fueron aplaudidos, además de por su calidad literaria y dramática, por un sentido de solidaridad.
Por cuestiones culturales, estéticas e incluso políticas, prefiero una función que haga reflexionar al público frente a los espectáculos que buscan el simple esparcimiento o, en algunos casos, engrosar la cuenta corriente del empresario o productor.
Como digo en el titular, en ocasiones el teatro toma extraños caminos. Esta reflexión me la hago a la vista de la cartelera con la que se inaugura la temporada en Madrid. Junto a reposiciones de la temporada anterior de autores clásicos, anglosajones, musicales "made in USA", y escasos autores vivos españoles, aparecen funciones que toman el sexo como "leitmotiv" al margen de la puesta en escena, calidad interpretativa, o desarrollo argumental. Baste citar algunos de los títulos, totalmente explícitos: "Pornografía barata", "Marionetas del pene", "13 polvos", "XXX"...
Lejos de mi ánimo entrar en cuestiones morales, nada de malo hay en el sexo mientras no afecte a terceros de forma negativa, y sólo me induce a hacer estos comentarios el poder compartir la inquietud con los lectores. Esa proliferación de títulos y temas, en mi opinión, desvirtúa el sentido estricto del Teatro y lo lleva a lo que yo entiendo como "espectáculo": una forma de "voyeurismo", de divertimento, de alejarnos de los problemas de fondo que afectan a la sociedad, haciéndonos pensar que las soluciones están en la entrepierna, cuando realmente se encuentran en el cerebro y del uso que del mismo hagamos.
Por eso prefiero inquietarme ante lo que le ocurre, por ejemplo, a Willie Loman (protagonista de "Muerte de un viajante") que ante los picores sexuales de alguien, aunque ese "alguien" sea el mismísimo Marqués de Sade.
Es cuestión de opiniones, naturalmente.

Salvador Enríquez

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TEXTOS de OTROS


EL PRIMER ENCUENTRO

Cristóbal Colón

 

"Yo", dice él, "porque nos tuviesen mucha amistad, porque conocí que era gente que mejor se libraría y convertiría a nuestra santa fe con amor que no por fuerza, les di a algunos de ellos unos bonetes colorados y unas cuentas de vidrio que se ponían al pescuezo, y otras cosas muchas de poco valor, con que tuvieron mucho placer y quedaron tanto nuestros que era maravilla. Los cuales después venían a las barcas de los navíos adonde estábamos, nadando, y nos traían papagayos e hilo de algodón en ovillos y azagayas y otras cosas muchas, y nos las trocaban por otra cosas que nos[otros] les dábamos, como cuentecillas de vidrio y cascabeles. En fin, todo tomaban y todo daban de aquello que tenían de buena voluntad, mas me pareció que era gente muy pobre de todo. Ellos andaban todos desnudos como su madre los parió, y también las mujeres, aunque no vi más que una, harto moza, y todos los que yo vi eran todos mancebos, que ninguno vi de edad de más de XXX años, muy bien hechos, de muy hermosos cuerpos y muy buenas caras, los cabellos gruesos casi como sedas de cola de caballos y cortos. Los cabellos traen por encima de las cejas, salvo unos pocos detrás que traen largos, que jamás cortan. [Algunos] de ellos se pintan de prieto y ellos son del color de los canarios(4), ni negros ni blancos, y [algunos] de ellos se pintan de blanco y [otros] de ellos de colorado, y [otros] de ellos de lo que hallan; y [algunos] de ellos se pintan las caras, y otros todo el cuerpo, y otros sólo los ojos, y otros sólo la nariz. Ellos no traen armas ni la conocen, porque les mostré espadas y las tomaban por el filo y se cortaban con ignorancia. No tienen algún fierro; sus azagayas son unas varas sin fierro y algunas de ellas tienen al cabo un diente de pez, y otras de otras cosas. Ellos todos a una mano son de buena estatura de grandeza y buenos gestos, bien hechos. Yo vi algunos que tenían señales de heridas en sus cuerpos, y les hice señas qué era aquello, y ellos me mostraron cómo allí venía gente de otras islas que estaban cerca y les querían tomar y se defendían. Y yo creí y creo que aquí vienen de tierra firme a tomarlos por cautivos. Ellos deben ser buenos servidores y de buen ingenio, y creo que ligeramente se harían cristianos, que me pareció que ninguna secta tenían. Yo, placiendo a nuestro Señor, llevaré de aquí al tiempo de mi partida seis a Vuestras Altezas para que aprendan a hablar. Ninguna bestia de ninguna manera vi, salvo papagayos de esta isla". Todas son palabras del Almirante.

Sábado, 13 de octubre de 1492
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Extraído del libro «Cristóbal Colón, Textos y documentos completos. Relaciones de viajes, cartas y memoriales».

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Todo delSUR

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