a PORTADA

<Nº 16

Setiembre 2000 — Nº 17

N° 18>


DESPUÉS DE “DON JOSÉ”
Miguel Ángel Morelli

DEL SENTIMIENTO DE NO ESTAR DEL TODO
Leda Schiavo

LA MOSCA DE ORO
Graciela Reyes

¿LA LITERATURA COMO HISTORIA?
Hebe Clementi

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DESPUÉS DE “DON JOSÉ”

Cuando las leyes que reinan son solamente las leyes del mercado, resultan vitales tanto un ajustado sentido de la oportunidad como un buen trabajo de la llamada “inteligencia marketinera”. Lo saben los fabricante de gaseosas, los de automóviles, de jarabes para la tos... Y lo han aprendido también, según parece, los fabricantes de la cultura. Así, semanas atrás, un libró logró convertirse en todo un éxito, gracias a los rápidos reflejos de quienes advirtieron que un sector de la sociedad argentina ya está harto de las polémicas acerca de los romances de la vedette de turno, de la muerte de un ídolo cuartetero o la mala educación del más inefable de los arquero paraguayos. “Don José”, de García Hamilton, abrió otro tipo de polémica. En rigor, y atento al tema en discusión (la filiación paterna del Libertador) no menos frívola, pero en todo caso mucho más interesante en cuanto a sus derivaciones.

El caso es conocido: aparecida la obra y aún antes de haberla leído, algunos autodenominados “sanmartinianos” (gentes que vaya a saber uno por qué extraño designio del destino se sienten los únicos herederos del prócer) saltaron como leche hervida. Alguien se había atrevido a cuestionar ciertas aristas intocables del más intocable de los argentinos. Ofendidos, primero cantaron la marcha de San Lorenzo y después terminaron cayendo en la trampa... Ergo, y muy a su pesar, el libro pasó a ser un best-seller gracias a su tan inocente como imprescindible complicidad.

Ahora bien, una vez pasado el vendaval que una pregunta en pie: ¿está bien o está mal este meterse con los personajes históricos, cuestionarlos, revisar sus vidas y sus ideas? ¿Debe considerarse a la Historia como algo cristalizado, que ya está, ya pasó, o como una materia factible de ser modificada desde el presente, dinámica, un estadio siempre abierto a nuevas miradas?

A menudo escuchamos decir que a nuestros jóvenes poco y nada les interesan las cosas del pasados. Bueno sería preguntarnos si al enseñarles que las verdades son siempre incuestionables, que la crítica es ofensiva en sí misma, que los próceres no se tocan, no los estamos alejando a puntapiés de los mismos asuntos que tanto decimos defender.

Miguel Ángel Morelli

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DEL SENTIMIENTO DE NO ESTAR DEL TODO

Una amiga mía que vive en Quilmes me preguntó que qué siento al volver al país. Uso esta expresiva frase de Julio Cortázar, como título para sintetizar lo que siento. Lo malo de viajar y de vivir en lugares diferentes es que después uno no está bien en ningún lado. —A lo mejor el sentimiento era anterior y nunca estuve bien en ningún lado, pero no la sabía tan certeramente como ahora—.
Antes era más fácil, extrañaba cada piedra, cada esquina de Buenos Aires, me despertaba a la noche con la viva sensación de estar en Boedo y San Juan, o en Corrientes y Suipacha, cosas así, los adoquines y las vías del tranvía me brillaban a la luz de la luna de mi imaginación. Ahora, después de tantos años, la cosa es más complicada. Cuando vivía en Buenos Aires era profesora de la Ruta 2, con especialización en La Plata, Mar del Plata y Necochea. Entonces soñaba reiteradamente que perdía el tren; la última vez que soñé que perdía el tren, fue aquí en Chicago y mi psicóloga de entonces me dijo que la próxima vez iba a subir al tren, que ella me iba a ayudar. No soñé más con trenes pero ahora sueño con aviones y no tengo psicóloga. Sueño que pierdo el avión y a veces tengo un sueño peor: llego a Buenos Aires, llamo a mis amigos por teléfono pero o me olvidé el número o el teléfono no funciona o mis amigos no están o algo maldito me impide comunicarme. Durante años este sueño del teléfono se me repetía con una amiga por entonces muy cercana; el sueño se acabó con su traición, artera como en el tango y mala como la hierba mala, pero hasta se la agradezco porque con la traición se acabó la pesadilla que como comprenderán era premonitoria.
Por supuesto esto no es más que el principio del tema... otro día les cuento más.

Leda Schiavo

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LA MOSCA DE ORO

Los seres humanos nos comunicamos de una manera milagrosamente efectiva. Tenemos una exquisita maquinaria fisiológica, neurofisiológica, auditiva y visual, tenemos percepción y memoria, tenemos una habilidad notable para descodificar e inferir. La evolución hizo un buen trabajo. Queda un desajuste, sin embargo: tardamos mucho más en articular el lenguaje que en entenderlo. La articulación es lenta, la inferencia es velocísima. En términos de esfuerzo, la articulación es cara, la escritura es más cara, y, en cambio, la inferencia es barata. Para compensar, la comunicación humana es mayormente inferencial. Nos dicen dos palabras que son un esbozo remoto de un significado, y entendemos un montón.
Nos dicen, hoy lunes, “te veo el martes”, y entendemos que el martes es el de la semana que viene, no mañana. Interpretamos las ironías, las metáforas, los pensamientos inconclusos y las intenciones vagas, y por supuesto comprendemos muchos silencios.

Algunas inferencias son automáticas, otras son muy complicadas. El lenguaje ofrece sus formas, sus patrones sintácticos, sus alternativas léxicas, sus acentuaciones y pausas, para que podamos inferir con mayor éxito. Y el contexto pone todo lo demás. Esto de la comunicación es una hazaña humana que casi nadie nota hasta que falla o hasta que se termina. En cuanto a fallar, falla poco, al lado de todo lo que podría fallar. Creado un sistema de expectativas con alguien, y cierta visión del mundo, podemos estar seguros de comunicarnos. Podemos estar seguros de no quedarnos solos en el desierto de lo indecible, que es la muerte: la muerte tiene su territorio en nuestra vida, la muerte es lo incomunicable. Cuando la comunicación termina, tampoco termina del todo, porque las inferencias pasadas han creado un mundo real, donde todavía podemos, aunque más torpemente, seguir conversando.

Acabo de perder a una amiga, Carmen Martín Gaite, una gran escritora y una mujer capaz de hablar con una genialidad íntima, profunda. Ha muerto, y ya no sé qué es lo que me dice desde ese sitio remoto donde está ahora. Pero subsiste el contexto que habíamos creado, el recuerdo de las copas a medianoche en el bar del Bellas Artes, la maravilla de entendernos, de compartir, de esperar, de mirar a la vez. Subsisten los temas de los que hablábamos y mi deseo de hablar. Me queda esta gran telaraña de inferencias pasadas, presentes y posibles, ecos, frases, fragmentos, páginas escritas, páginas no escritas, una telaraña donde está apresada, como una mosca de oro, la sagrada amistad en el lenguaje.

Graciela Reyes

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¿LA LITERATURA COMO HISTORIA?

La Historia que estudié

Durante buena parte de mi vida he sido una sumisa estudiante —para no galardonarme de estudiosa—, y una vehemente defensora del estudio y del saber, y de la historia en particular. Me parecía que crecía por dentro conociendo sociedades y sucesos, perspectivas y continuidades. Hoy creo, sin embargo, que nunca me convencieron las aproximaciones a la filosofía de la historia, como que en última instancia me resultaban una suerte de invento literario, personalísimo y siempre cautivante en su dibujo teórico, pero al fin de cuentas controvertible. La historia argentina, por su parte, me asustaba por confusa y enconada. Me sentía impedida de tomar posición definida siendo como era yo misma un híbrido hijo de inmigrantes, pobres además. No entraba en los diseños de salvadores de la patria ni en la glorificación de las montoneras. No me entusiasmaba el rosismo, pero tampoco sus detractores. De modo que opté por aplicarme al estudio de la historia de la Patria Grande, aunque empecé por los Estados Unido, buscando la razón de su diferencia, siendo americanos también, y siguiendo sin proponérmelo la línea sarmientina. Es tan cierto que sólo el registro del tiempo va dando cuenta de estos tránsitos sutiles ocultos en el trajín cotidiano.

Creo que fue al regresar de un viaje por Méjico y Perú, y después de residir unos meses en los Estados Unidos, que me hice guerrera. Se me rompieron todos lo esquemas de la mesura racional, mediatizada por la verdad histórica objetiva ante la irrupción de la realidad.

Hebe Clementi

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del libro «La historia como cultura», Ed. Leviatán :: Buenos Aires

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