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DESPUÉS DE “DON JOSÉ”
Miguel Ángel Morelli
DEL SENTIMIENTO DE NO ESTAR DEL TODO
Leda Schiavo
LA MOSCA DE ORO
Graciela Reyes
¿LA LITERATURA COMO HISTORIA?
Hebe Clementi
fab8
DESPUÉS DE “DON JOSÉ”
Cuando las leyes que reinan son solamente las leyes del mercado, resultan
vitales tanto un ajustado sentido de la oportunidad como un buen trabajo de la
llamada “inteligencia marketinera”. Lo saben los fabricante de gaseosas, los de
automóviles, de jarabes para la tos... Y lo han aprendido también, según parece,
los fabricantes de la cultura. Así, semanas atrás, un libró logró convertirse en
todo un éxito, gracias a los rápidos reflejos de quienes advirtieron que un
sector de la sociedad argentina ya está harto de las polémicas acerca de los
romances de la vedette de turno, de la muerte de un ídolo cuartetero o la mala
educación del más inefable de los arquero paraguayos. “Don José”, de García
Hamilton, abrió otro tipo de polémica. En rigor, y atento al tema en discusión
(la filiación paterna del Libertador) no menos frívola, pero en todo caso mucho
más interesante en cuanto a sus derivaciones.
El caso es conocido: aparecida la obra y aún antes de haberla leído, algunos
autodenominados “sanmartinianos” (gentes que vaya a saber uno por qué extraño
designio del destino se sienten los únicos herederos del prócer) saltaron como
leche hervida. Alguien se había atrevido a cuestionar ciertas aristas intocables
del más intocable de los argentinos. Ofendidos, primero cantaron la marcha de
San Lorenzo y después terminaron cayendo en la trampa... Ergo, y muy a su pesar,
el libro pasó a ser un best-seller gracias a su tan inocente como imprescindible
complicidad.
Ahora bien, una vez pasado el vendaval que una pregunta en pie: ¿está bien o
está mal este meterse con los personajes históricos, cuestionarlos, revisar sus
vidas y sus ideas? ¿Debe considerarse a la Historia como algo cristalizado, que
ya está, ya pasó, o como una materia factible de ser modificada desde el
presente, dinámica, un estadio siempre abierto a nuevas miradas?
A menudo escuchamos decir que a nuestros jóvenes poco y nada les interesan las
cosas del pasados. Bueno sería preguntarnos si al enseñarles que las verdades
son siempre incuestionables, que la crítica es ofensiva en sí misma, que los
próceres no se tocan, no los estamos alejando a puntapiés de los mismos asuntos
que tanto decimos defender.
Miguel Ángel Morelli
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DEL SENTIMIENTO DE NO ESTAR DEL TODO
Una amiga mía que vive en Quilmes me preguntó que qué siento al volver al país.
Uso esta expresiva frase de Julio Cortázar, como título para sintetizar lo que
siento. Lo malo de viajar y de vivir en lugares diferentes es que después uno no
está bien en ningún lado. —A lo mejor el sentimiento era anterior y nunca estuve
bien en ningún lado, pero no la sabía tan certeramente como ahora—. Antes era
más fácil, extrañaba cada piedra, cada esquina de Buenos Aires, me despertaba a
la noche con la viva sensación de estar en Boedo y San Juan, o en Corrientes y
Suipacha, cosas así, los adoquines y las vías del tranvía me brillaban a la luz
de la luna de mi imaginación. Ahora, después de tantos años, la cosa es más
complicada. Cuando vivía en Buenos Aires era profesora de la Ruta 2, con
especialización en La Plata, Mar del Plata y Necochea. Entonces soñaba
reiteradamente que perdía el tren; la última vez que soñé que perdía el tren,
fue aquí en Chicago y mi psicóloga de entonces me dijo que la próxima vez iba a
subir al tren, que ella me iba a ayudar. No soñé más con trenes pero ahora sueño
con aviones y no tengo psicóloga. Sueño que pierdo el avión y a veces tengo un
sueño peor: llego a Buenos Aires, llamo a mis amigos por teléfono pero o me
olvidé el número o el teléfono no funciona o mis amigos no están o algo maldito
me impide comunicarme. Durante años este sueño del teléfono se me repetía con
una amiga por entonces muy cercana; el sueño se acabó con su traición, artera
como en el tango y mala como la hierba mala, pero hasta se la agradezco porque
con la traición se acabó la pesadilla que como comprenderán era premonitoria.
Por supuesto esto no es más que el principio del tema... otro día les cuento
más.
Leda Schiavo
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LA MOSCA DE ORO
Los seres humanos nos comunicamos de una manera milagrosamente efectiva. Tenemos
una exquisita maquinaria fisiológica, neurofisiológica, auditiva y visual,
tenemos percepción y memoria, tenemos una habilidad notable para descodificar e
inferir. La evolución hizo un buen trabajo. Queda un desajuste, sin embargo:
tardamos mucho más en articular el lenguaje que en entenderlo. La articulación
es lenta, la inferencia es velocísima. En términos de esfuerzo, la articulación
es cara, la escritura es más cara, y, en cambio, la inferencia es barata.
Para compensar, la comunicación humana es mayormente inferencial. Nos dicen dos
palabras que son un esbozo remoto de un significado, y entendemos un montón. Nos
dicen, hoy lunes, “te veo el martes”, y entendemos que el martes es el de la
semana que viene, no mañana. Interpretamos las ironías, las metáforas, los
pensamientos inconclusos y las intenciones vagas, y por supuesto comprendemos
muchos silencios.
Algunas inferencias son automáticas, otras son muy complicadas. El lenguaje
ofrece sus formas, sus patrones sintácticos, sus alternativas léxicas, sus
acentuaciones y pausas, para que podamos inferir con mayor éxito. Y el contexto
pone todo lo demás. Esto de la comunicación es una hazaña humana que casi nadie
nota hasta que falla o hasta que se termina. En cuanto a fallar, falla poco, al
lado de todo lo que podría fallar.
Creado un sistema de expectativas con alguien, y cierta visión del mundo,
podemos estar seguros de comunicarnos. Podemos estar seguros de no quedarnos
solos en el desierto de lo indecible, que es la muerte: la muerte tiene su
territorio en nuestra vida, la muerte es lo incomunicable.
Cuando la comunicación termina, tampoco termina del todo, porque las inferencias
pasadas han creado un mundo real, donde todavía podemos, aunque más torpemente,
seguir conversando.
Acabo de perder a una amiga, Carmen Martín Gaite, una gran
escritora y una mujer capaz de hablar con una genialidad íntima, profunda. Ha
muerto, y ya no sé qué es lo que me dice desde ese sitio remoto donde está
ahora. Pero subsiste el contexto que habíamos creado, el recuerdo de las copas a
medianoche en el bar del Bellas Artes, la maravilla de entendernos, de
compartir, de esperar, de mirar a la vez. Subsisten los temas de los que
hablábamos y mi deseo de hablar. Me queda esta gran telaraña de inferencias
pasadas, presentes y posibles, ecos, frases, fragmentos, páginas escritas,
páginas no escritas, una telaraña donde está apresada, como una mosca de oro, la
sagrada amistad en el lenguaje.
Graciela Reyes
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¿LA LITERATURA COMO HISTORIA?
La Historia que estudié
Durante buena parte de mi vida he sido una sumisa estudiante —para no
galardonarme de estudiosa—, y una vehemente defensora del estudio y del saber,
y de la historia en particular. Me parecía que crecía por dentro conociendo
sociedades y sucesos, perspectivas y continuidades. Hoy creo, sin embargo, que
nunca me convencieron las aproximaciones a la filosofía de la historia, como que
en última instancia me resultaban una suerte de invento literario, personalísimo
y siempre cautivante en su dibujo teórico, pero al fin de cuentas
controvertible. La historia argentina, por su parte, me asustaba por confusa y
enconada. Me sentía impedida de tomar posición definida siendo como era yo misma
un híbrido hijo de inmigrantes, pobres además. No entraba en los diseños de
salvadores de la patria ni en la glorificación de las montoneras. No me
entusiasmaba el rosismo, pero tampoco sus detractores. De modo que opté por
aplicarme al estudio de la historia de la Patria Grande, aunque empecé por los
Estados Unido, buscando la razón de su diferencia, siendo americanos también, y
siguiendo sin proponérmelo la línea sarmientina. Es tan cierto que sólo el
registro del tiempo va dando cuenta de estos tránsitos sutiles ocultos en el
trajín cotidiano.
Creo que fue al regresar de un viaje por Méjico y Perú, y después de residir
unos meses en los Estados Unidos, que me hice guerrera. Se me rompieron todos lo
esquemas de la mesura racional, mediatizada por la verdad histórica objetiva
ante la irrupción de la realidad.
Hebe Clementi
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del libro «La historia como cultura»,
Ed. Leviatán :: Buenos Aires
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