a PORTADA

<Nº 26

Setiembre 2001 — Nº 27

N° 28>


TERMINAR CON LA PESADILLA
Roberto Enrique Rocca

LA TRAGEDIA DE OTREDIPO
Roberto Enrique Rocca

DIGNIDAD
Mario Ferrari

QUILMES Y CHICAGO
Leda Schiavo

EL COSMETÓLOGO, LA CIUDAD Y LA NADA
Graciela Reyes

ARDID
Claudio L. Pérez

fab8

TERMINAR CON LA PESADILLA

A veces soñaba que caminaba por una calle oscura y la agarraban de atrás. Intentaba gritar y le metían un trapo en la boca. Después estaba en una silla, atada y amordazada y un hombre se acercaba, con una navaja en la mano. Su propio gemido ahogado la despertaba y quedaba temblando, en la oscuridad, con los ojos muy abiertos.

Decidió enfrentar la pesadilla y salió a caminar por una calle oscura. La agarraron de atrás. Intentó gritar y le metieron un trapo en la boca. Se encontró en una silla, atada y amordazada y un hombre se acercaba, con una navaja en la mano. Cerró los ojos y se desmayó.

Desmayada soñó que caminaba por la calle oscura y la agarraban de atrás. Intentaba gritar y le metían un trapo en la boca. Después estaba en la silla, atada y amordazada y el hombre se acercaba, con la navaja en la mano. Su propio gemido la hizo reaccionar y abrir los ojos. Estaba en la silla, atada y amordazada y el hombre se acercaba, con la navaja en la mano. Roberto Enrique Rocca

Roberto Enrique Rocca

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LA TRAGEDIA DE OTREDIPO

Otredipo está dispuesto a resolver el jeroglífico. Hace días, meses y años que colecciona y coteja datos, con los cuales confecciona listas, que luego va cargando en el 3D de su PC.
Los eslabones de las largas listas van ubicándose en el espacio virtual, a veces porque la suma de las variables coincide en un punto y sólo uno; otras porque el ordenador encuentra rápidamente una solución aleatoria entre dos o mas posibilidades (vale cualquier número mayor que la unidad y menor que infinito) y otras, por fin, porque Otredipo desea vivamente, por puro capricho, un punto cuyas coordenadas calcula laboriosamente hasta determinarlo con exactitud, para transmitirlas luego a través del teclado.

El trabajo demanda varios años y mientras lo hace no puede dedicarse a otra cosa, pero Otredipo es muy joven y tiene toda la vida por delante. Acomoda y acomoda puntos líneas y planos hasta que termina de ingresar todos los datos. Para ese entonces, aunque todavía es joven, tiene la edad que los científicos consideran el pináculo de la madurez y la creatividad.

Otredipo entra por fin en el laberinto y lo recorre con rapidez, sin equivocarse. Cuando llega al centro se encuentra con la esfinge, quien le propone un acertijo que no puede resolver, se abalanza sobre él y lo devora.

Roberto Enrique Rocca

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DIGNIDAD

Margarita dejó su profesión y dejó de reciclar casa en Palermo y construir departamentos coquetos en Belgrano. Consiguió un puesto en el gobierno y se dedicó a implementar “planes sociales” por todo el país. Ella trata de hacer que el dinero se gaste en la gente para la cual va destinado. Y que se use bien: para el trabajo, la educación, la familia.
Charlamos durante horas y me contó anécdotas referidas a sus esfuerzos contra la corrupción; porque los fondos, de una u otra manera, se usan para comprar votos.

Al final, como quien no quiere la cosa, me contó que en algún pueblo no quisieron ayuda del gobierno “Viene sucia, condicionada; es para hacer política”, le dijeron. “Nosotros aquí producimos nuestros alimentos. Si alguien necesita pan, va y agarra del horno sin pagar. Si hay un solo televisor, lo ponemos en la escuela. La comisaría está cerrada, no hay delitos. Todos trabajan y todos colaboran”. No digo que hay que imitarlos: no hay derecho a que en la Argentina, país rico, tengan que vivir en esa forma primitiva. No es lo que propongo, pero ¿qué gente digna, no?

El diccionario dice: “Digno: se aplica al que se comporta de manera que merece el respeto y la estimación de los demás de sí mismo, que no comete actos que degradan o avergüenzan...” Es evidente que nuestros gobernantes no conocen la palabra.
Y no sueñen con que les diga aquí dónde queda ese pueblo. Ni loco.

Mario Ferrari

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QUILMES Y CHICAGO

Una amiga a quien quizás ustedes conozca pero de cuyo nombre no quiero acordarme, me escribió el otro día contándome lo bien que se había sentido al celebrar su cumpleaños rodeada de familiares, amigos y vecinos. Todo había sido perfecto: no se habló de política ni de la falta de dinero, por esa noche todos se habían esforzado en ser felices en comunidad. Otra amiga que vive en Chicago y tiene su madre en Bahía Blanca y su único hermano en Buenos Aires me dice que es mejor que su madre se quede sus últimos años en el lugar donde vivió toda su vida, porque las vecinas se organizan para no dejarla sola cuando se enferma y que tiene una red de solidaridad que perderá si se muda a vivir a la gran urbe.
Y me pongo a escribir esto porque ayer invité a unos amigos yanquis a cenar, unos amigos que al jubilarse decidieron vivir la mayor parte del tiempo en España, por lo que viven entre dos culturas. Me contaron, espeluznados, una noticia del periódico que yo no había leído, porque claro, yo solo leo los diarios locales.

Resulta que en un barrio de los suburbios ricos, hay una casa rodeada de jardines. El vecino de al lado, al ver que su vecino no cortaba el pasto, pensó que estaba de viaje y le cortaba el césped para que la vista no afeara el entorno idílico, silencioso y límpido de los suburbios de clase media. Pero el vecino ni volvía ni pagaba los impuestos, por lo que el municipio decidió mandar a alguien para tasar la casa y ponerla en venta, para cubrir la cuantiosa deuda que tenía el propietario. Al entrar en la casa que se suponía vacía, encontraron con horror al dueño de casa muerto y momificado en el primoroso suelo del dormitorio. Había vivido veinte años en el barrio.

Usted cree, querido y quejoso lector amigo de todos los males que nos aquejan allá en el sur, que aquí en el norte se vive mejor? Mire, vaya y tómese un mate con el vecino y comparta con él los dos bizcochitos que le quedan y piense que es mejor la pobreza compartida que el american dream (el american dream, o sueño americano, es la casita en el suburbio rodeada de jardines y coche en el garaje). Y únase con los vecinos para defenderse de los tiburones.

Leda Schiavo

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EL COSMETÓLOGO, LA CIUDAD Y LA NADA

Alan fue a Miami y a Nueva York. Le gusta más Miami, dice, pero a su ciudad no la cambia por ninguna, él no podría vivir en otra parte, dice. Hace depilación, parafango, iontoforesis, drenaje linfático manual, masajes para contracturas, shiatsu, reiki. Me hace tender en una camilla cubierta por una sábana celeste. Por la ventana se ve la callecita baja, la rama florecida de un aromo y el cielo. Alcanzo a ver la punta de la gran firma anaranjada que se manda Dios todos los días, antes de que se apague el gran atardecer patagónico. La casita de Alan tiene una sola habitación, dividida en dos por una cortina. La sala-comedor-cocina-consultorio está pintada de color patito y decorada con mariposas, peces y flores de plástico, una cosa contra la otra. Él toma mate mientras prepara los instrumentos de tortura.

Esta ciudad está sola entre cuatro nadas, o quizá cinco, si contamos el cielo. La nada del norte es todo el resto de la tierra, sus continentes y océanos. Al oeste está la nada del desierto: pedregales sin una sed de agua. Al sur está la nada vertiginosa que va, de escalón en escalón, al polo. Al este tenemos el océano, el horizonte que no da a ningún país de enfrente. Desde el avión, cuando uno llega, la ciudad es un montoncito de cuadrados pardos que reverberan en medio de la tierra gris a un lado y el azul móvil al otro. Desde más cerca se pueden ver las casas de tejas, los arbolitos ganados al desierto, las calles pavimentadas y las de tierra, y en el medio tres o cuatro edificios más altos. De noche, si se mira la ciudad desde cierta distancia, se ve un círculo de luces sobre el mar. Parece Nueva York, casas más, casas menos.

La cera es aplicada y arrancada con la mayor destreza, y aunque duele, la conversación de Alan es apasionante y distrae. Quiere dos cosas, estudiar música y encontrar una pareja estable, nada de amoríos, dice. También dice que no me queje por la cera, que algunas chicas se depilan en lugares mucho más delicados, que menciona, y no son los que yo creía. Es que, dice, en nuestro país las mujeres se cuidan muchísimo, no son como las americanas, que van de cualquier manera.

Al salir, el cielo está todavía, en los bordes que dan con las nadas, profundamente rosado, como si el desierto ardiera por dentro. Las casas tienen cortinas de macramé, y los jardines minuciosos adornan de flores la aridez. En un descampado hay un velero recién construido y tres chicos lo miran, y dos perros. Hace frío y la luna está en cuarto creciente al revés de como la veo en el otro hemisferio. Un mito mapuche explica por qué la luna alterna con el sol en pleno día, a veces, y por qué otras veces no hay sol ni luna.

Los que nacimos en ciudades grandes podemos irnos fácilmente a otras ciudades grandes, pero los que nacieron en el desierto están atados a otra regulación, la de la soledad. La monotonía, la vaciedad, la irrealidad del desierto, sus ciudades azucaradas en medio de los pedregales, crean ataduras indestructibles. Uno es de este lugar, si vive en este lugar, o no es nada. Si yo fuera de aquí tampoco podría vivir en otra parte, igual que Alan.

Graciela Reyes

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ARDID

No importa en qué país de sueños desleídos y fechas sin prestigio él había empezado a subir esa cuesta. Lo cierto es que ahora terminaba el ascenso. Se acercó a la ventana sigilosamente, como hace años se había acercado aquel joven que leía el Sartor Resartus en una austera biblioteca de Ginebra. Se ocultó con rapidez, bruscamente, como si alguien lo hubiera descubierto. ¿Por qué no iba a temer una nueva celada, otro engaño humillante? Su razón no lograba concertar, en la excitación del deseo, la imagen del anciano durmiendo plácidamente con la luz intense que alumbraba la habitación. El bastón, reposando como la manecilla huérfana de un reloj destartalado, a un lado de la cama, fue memoria y orden alejando los temores.
Sintió que su corazón latía con fuerza, con firmeza, con la determinación necesaria. Lentamente hizo girar el picaporte comprobando que la puerta se abría sin resistencia. La celebridad y la fama abonan siempre una falsa presunción de impunidad.

Algo del viejo ciego que dormía en el cuarto de al lado, algo de su renombre, parte de su mérito, se habían gestado una tarde de 1916 en aquella biblioteca europea, en lo que ocultaron los pliegues de un abrigo gris. Alguien juzgará desde su buen nombre, desde su confortable impasividad; alguien dirá que fue pueril, nimio, insignificante, que no es posible, que no es razón suficiente, que se trató de una excentricidad de esas que tornan más humanos a los genios. Pero yo no narro una historia, no busco motivos; sugiero apenas una ofensa: cierta soberbia de la inteligencia exaltando la indefensión de un estudiante de literatura inglesa que solicita una obra de Carlyle en una sala de lectura de una vieja capital de Europa, se sienta a hojear a Tennyson esperando que el volumen se desocupe y termina la tarde en una dependencia policial inculpado e inocente.

Estoy hablando de la venganza cuan él abre otra puerta y lo mira dormir, escucha su respiración, pausada, armónica. Asesinarlo así, mientras dormía, se hubiera leído piedad, trastocando largos años de espera y de odio en una espléndida confirmación de los sofismas del viejo.
Pero lo suyo fue venganza: hacer que el bastón se deslizara y sonara contra el piso como un disparo en la calma tensa de la noche.
–¿Quién está ahí? ¿Quién es? –murmuró el que volvía de los sueños con una voz pastosa.
–El Golem –dijo el otro, y ahora sí, disparó.

Claudio L. Pérez

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Todo delSUR

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