a PORTADA

<Nº 36

Setiembre 2002 — Nº 37

N° 38>


DOS DÍAS EN BUENOS AIRES
Graciela Reyes

LOS HUMORISTAS
Leda Schiavo

DE FILIALES Y SUCURSALES
Fernando Anguita B.

LOMAS DE MACHA
Miguel Ángel Morelli

CRONISTA CONJETURAL
Roberto Enrique Rocca

LA VISITA
Salvador Enríquez

UNA TRADICIÓN NADA TRADICIONAL
José Fernández Vega

OTROS
Jorge Luis Borges / Julio Cortázar

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DOS DÍAS EN BUENOS AIRES

Los formalistas rusos decían que nuestra percepción de la realidad se va desgastando a causa del hábito y las rutinas, de tal manera que dejamos de ver, que todo se nos vuelve demasiado conocido y previsible. De ahí la misión rescatadora de la poesía, y, en general, del arte: convertir lo conocido en extraño, volver a presentarnos las cosas, hacernos sentir sorpresa y deleite, inquietarnos, sacudirnos. Los formalistas llamaron «extrañamiento» a la técnica por la cual la poesía, con sus violencias sintácticas, con su densidad semántica y sus metáforas innovadoras, nos hace ver de nuevo, desterrándonos del sopor de lo cotidiano, provocando una experiencia nueva y más rica de la realidad.

La noción de extrañamiento sigue siendo intuitivamente válida para entender el arte y también otras experiencias, ya que no hay una pared impermeable entre la experiencia artística y otras vivencias. Los juegos del azar y la memoria provocan extrañamientos en cualquier momento de la vida. Volver a un lugar querido y dejado años atrás, por ejemplo, interrumpe el fluir del tiempo, que nuestra conciencia cotidiana percibe como unidireccional, y nos hace ver los relieves, ecos, desfiguraciones y refiguraciones que imponen sobre la realidad el recuerdo y el olvido, hasta tal punto, que lo mismo que reconocemos se vuelve ajeno y, por momentos, impenetrable, como si cada cosa existiera en varios tiempos simultáneos e incompatibles.

Hace unas semanas estuve en Buenos Aires y pasé dos días en el mismo barrio de los primeros veintitantos años de mi vida. Había vuelto otras veces, muchas, pero este año esa breve visita fue como un sueño de esos angustiosos y a la vez hospitalarios, de los que no querríamos salir, aunque nos alivia salir. Mi barrio, como en los tangos, es el mismo. No ha variado lo esencial: la luz, el trajín, las voces y acentos de la gente, el olor, los bronces lustrosos y las veredas rotas, los balcones con flores, las miradas, esas miradas porteñas que son cuestionarios completos.
Reconocía todo, pero como un escenario de teatro armado por mi memoria sobre otro, otro y otro. Cada cosa era familiar y a la vez extraña, nueva, casi inabarcable. Una parálisis, como la que hubiera tenido en un país de lengua desconocida, me impedía entrar en un negocio y pedir algo, e incluso responder a las miradas. Había un desajuste, un escalón vaporoso como el que no nos deja ver el horizonte, que me mantenía fuera de ese mundo múltiple, con sus mil paisajes asombrosos, dentro del cual, sin embargo, caminaba aplomadamente, porque estaba en mi casa. Los taxis lentos por la calle oscurecida me parecían barcos que navegaban hacia lugares jamás imaginados. No me atreví a tomar ninguno.
Yo había pedido que me dejaran andar sola por Buenos Aires, como antaño. Me habían dicho que tuviera cuidado, que la ciudad es peligrosa. Sí, la ciudad es peligrosa, y también lo es la nostalgia. En un vértigo que se fue acentuando con las horas, Buenos Aires era y no era, yo era y no era. Pude ver la ciudad de nuevo, ajena, vibrante, sucia, locuaz, hermosa, respirando como un gran animal inmortal. Volví a mi pasado, volví a mi futuro. Sentí, en el extrañamiento, la inminencia de esa revelación final sobre uno mismo, esa revelación que nunca llega.

Graciela Reyes

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CRONISTA CONJETURAL

Primero pensó que al hombre -que como es bien sabido amaba los suburbios- no le hubiera disgustado ver su nombre en una ignota y barrosa cortada de extramuros. Después creyó recordar que el mismo Borges había dicho alguna vez que hacía falta que pasaran qué sé yo cuantos años para poder valorar una obra literaria. Entonces, aún no cumplidas las dos décadas de la muerte, seguramente era poco tiempo. Repasó mentalmente la lista de los literatos con calle propia en el partido de Quilmes: Almafuerte, Olegario V. Andrade, Hilario Ascasubi, Gioconda Bertoia, Miguel Cané, Arturo Capdevila, Evaristo Carriego, Miguel de Cervantes, Estanislao del Campo, Esteban Echeverría, Joaquín V. González, Carlos Guido Spano, Ricardo Güiraldes, Juan María Gutiérrez, José Hernández, José Ingenieros, Vicente López y Planes, José Mármol, Benito Pérez Galdós, Ricardo Rojas, Alfonsina Storni, Miguel de Unamuno, Juan Cruz Varela, Julio Verne y Emilio Zola.

Con la sóla excepción de alguna inefable celebridad local, por cierto que era gente bastante más vieja. Pero ¿era esa la explicación? ¿Cómo podían los políticos de antes saber lo que Borges no había dicho todavía? Tenía que ser algo más simple. Por ejemplo, que los ediles de entonces leían y que las nuevas generaciones de escritores no entraron en la actualización por falta de lectores con voz y voto. Tal vez así fuera nomás, porque no figuró ni siquiera Leopoldo Marechal.
Sus ojos recorrieron el recinto. Algunas voces, recordando sin duda al gran José María Muñoz, se levantaban irritadas contra “José Luis”. Se le ocurrió pensar si el problema era que Borges mereciera tener su nombre en una calle del partido o que el partido mereciera una calle con su nombre. Estaba dudando cuando se votó por la negativa. Entonces suspiró aliviado, cerró la libreta, y desistió de escribir la nota.

Roberto Enrique Rocca

POEMA CONJETURAL (fragmento)
En el espejo de esta noche alcanzo
mi insospechado rostro eterno. El círculo
se va a cerrar. Yo aguardo que así sea.

Pisan mis pies las sombras de las lanzas
que me buscan. Las befas de mi muerte,
los jinetes, las crines, los caballos,
se ciernen sobre mí... Ya el primer golpe,
ya el duro hierro que me raja el pecho,
el íntimo cuchillo en la garganta.

Jorge Luis Borges [del libro «El otro, el mismo»]

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LOS HUMORISTAS

De entre los que me han hecho reír, aun sin ganas, rescato a Castelo, y lo digo de onda, me hace salir esa risa que es buena, que es sana, esa risa que sólo los seres humanos tenemos. Les aconsejo escucharlo de 3 a 6 para combatir el estrés y disminuir las chances que tenemos de un ataque cardíaco producido por todas las inquietudes que nos acechan.
Hay otra risa, la demoníaca, la que nos sale de la amargura y nos iguala a las hienas. De esa risa mala hay muchos humoristas en Argentina, creo que no es necesario nombrarlos, están en todas partes, están en el gobierno o fueron gobierno, o quieren ser gobierno. Algunos son economistas, otros son jueces, otros son hasta sacerdotes, otros son banqueros, casi todos son gente que suele considerarse importante.
De esos humoristas, Carlos Menem se lleva la palma. También está la voz del gobierno, Atanasov, que tiene lo suyo. Escúchelos como humoristas y se retorcerá de risa, que aunque no sea la risa buena, a veces distiende. No debemos olvidarnos de los extranjeros que tratan de definirnos, como los sabios del FMI, son desopilantes. Escuche al líder sindical Moyano, y escúchelo como si estuviera en un programa cómico, a lo mejor esto ayuda.
No quiero seguir nombrándolos porque la lista de los que nos provocan la risa mala es tan larga que sería injusta con los que dejo afuera. Si tuviéramos la flauta de Hamelin para hundirlos en un agujero negro podríamos reírnos de veras con la risa buena, la risa que nos hace seres humanos, la risa de la confraternidad, de la amistad, de la humanidad.

Resistamos con el buen humor, amigos. Lo que mayor impacto me causa de estos tiempos, es que casi no hay chistes contra el gobierno. ¿Se acuerda de los chistes que corrían en la época de Perón, cuando había censura? Ahora le pido por favor: Haga patria, invente un chiste.

Leda Schiavo

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DE FILIALES Y SUCURSALES

El día que el hemisferio boreal entraba en el solsticio de verano, se clausuraba en la Universidad Internacional Menéndez Pelayo de Santander un curso sobre inversiones españolas en Latinoamérica. La estrella del mismo, si se la puede llamar así, era Argentina, naturalmente. La noticia que recogía la prensa no servía para entonar loas de optimismo fraterno, pero sí para, una vez más, tratar de aprehender la realidad profundizando en los vericuetos del lenguaje.

Hasta hoy nunca había pensado que mis ahorros podían estar más seguros ingresados en una sucursal que en una filial. Hablo de entidades bancarias, por supuesto, y entiendo por seguridad el hecho de poder disponer de mi dinero si lo necesito o, simplemente, si me viene en gana. De haber sido preguntado un día antes del pasado solsticio de verano, habría respondido que tener el dinero en una filial me inspiraba mayor confianza. Mas parece que estaba en un error.

No hace falta echar mano de la etimología, ni siquiera del diccionario, para saber que filial tiene que ver con hijo. Incluso quien no ha conocido a sus padres habla de cariño filial cuando se refiere al que siente por las personas que lo han sacado adelante. La cosa no está tan clara, en cambio, con sucursal. Desde luego no escuché a nadie decir: "profeso a mis parientes pobres un cariño sucursal". Y el caso es que esa expresión anómala no sería una atrocidad semántica, porque el origen de la palabra es sucursus, que lleva de inmediato a "socorro". No ya anómala, sino diáfana, resulta entonces la precisión del adjetivo sustantivado para definir el cometido de las oficinas bancarias auxiliares, puesto que la función de una sucursal es precisamente esa: servir de ayuda, de socorro, a la oficina central.

¿Y el usuario, el cliente, nosotros? ¿qué debemos hacer? Los diccionarios de uso normal no responden; no bastan en este caso para orientarse en la dirección correcta. No sirven porque no acotan la diferencia entre filiales y sucursales bancarias; más bien, en general la anulan, puesto que las listan como sinónimos. En los diccionarios especializados, de Economía o Derecho, por ejemplo, sí aparecen matices, aunque desde luego insuficientes para ponerse en guardia ante la amenaza de una agresión como la del corralito. Lo que parece claro es que a la hora de decidirse a depositar el dinero en el banco "A", conviene saber si éste añade a su nombre filial del banco "B", porque, si es así, los hechos demuestran que este padre, el banco "B", puede llamarse andana si su hijo se arruina.

Los sistemas financieros nacionales muestran la fragilidad de su esqueleto en cuanto unos centenares de clientes tratan de sacar el mismo día todo el dinero de sus cuentas. Si la cosa va a mayores, es decir si los centenares son millares, las consecuencias ya se han visto y siguen latentes. La elección de banco, filial o sucursal, termina por ser anecdótica. La única elección deseable sería prescindir de los servicios bancarios. Hay gente, no necesariamente marginal, que lo ha conseguido. Llevan una vida simple, pero eso no significa que ésa sea una vida fácil.

Fernando Anguita B.

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LOMAS DE MACHA

Lo voy a matar. No lo sabe, pero yo lo sé. O quizá él también lo sepa, y para darse coraje ande diciendo por ahí que a una sola voz suya mis hombres se pasarán a su lado y le servirán de escolta. Pero se equivoca fiero este Quiroga: yo conozco de sobra a mi gente y sé que a ninguno de estos infelices les temblará la mano. No porque no le teman ni a él ni a sus mentas, que por aquí son muchas, sino porque ni siquiera les he dicho quién vendrá en la galera.
«Son órdenes de don Guillermo y hay que cumplirlas», les dije simplemente. Y por las dudas aclaré: «El que no se sienta capaz de seguir adelante, que pegue la vuelta ya mismo». Y todos, como usted verá, siguieron conmigo.
Con la caída del sol llegamos a Macha. Era justo para los caballos, después de tanta calor, un poco de agua, de modo que ordené acampar, y de paso mandé por el maestro Márquez y un novillito para los hombres. Pero la puesta, en el campo, es siempre propicia para toparse con los pensamientos: ahora, mientras los animales descansan en la rinconada y el pardo Flores me acerca unos mates, a mí se me ha dado por barruntar que mañana, sin quererlo, yo también entraré en la historia.
No me asusto ni reculo, no crea, pero quién iba a decirme allá en Portezuelo que esto iba a pasarle justamente a quien siempre ha debido conformarse con oficiar de rayero los domingos, con los favores de alguna que otra chinita del pueblo y con servir a su patrón como Dios manda.
Las estrellas han ido ganando el cielo y en la varilla me espera la mejor achura. Pero no puedo dejar de pensar. Pienso en Quiroga y pienso que alzarse con él no será moco’e pavo. «Tarde o temprano, mi amigo -me han dicho en Manantiales- se lo van a terminar agradeciendo hasta los mismos doctores de Buenos Aires». No me conocen. No saben que a mí poco y nada me importan esos doctores, los pitucos que se llenan la boca hablando de la patria y después no son capaces de guardar ni siquiera un güeso para la peonada. Tantos años a su servicio y no se han dado cuenta que sólo sé cumplir órdenes, carajo, que conmigo les sobran las palabras.
Ya es de madrugada y he vuelto a poner en marcha la partida. «Contra el horizonte se levanta tormenta», me avisa Basilio, pero no lo escucho. Yo sólo pienso en Quiroga y en la marca que le tengo reservada. Dicen que él también detesta a los doctores, pero que a las órdenes le gusta darlas. Por eso mañana será el día. Mañana, en Barranca Yaco, a unas leguas de aquí, él y yo nos veremos las caras. Y que Dios se apiade de mi alma si alguna vuelta tengo que arrepentirme por no conocer otra ley que la del sable y la bala.

Miguel Ángel Morelli

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LA VISITA

Con frecuencia se comenta o discute sobre la utilidad del teatro. En un mundo cada vez más preocupado por el bienestar económico y que se aleja, erróneamente, de la reflexión, abundan quienes lo ven como un medio de diversión solamente, pero no faltan quienes pensamos que su utilidad está en que nos haga pensar, meditar, razonar y plantearnos los problemas contemporáneos.
Posiblemente por eso el Teatro ha perdurado desde la Grecia clásica hasta nuestros días. Quienes están a favor de la primera opción, el teatro como diversión, argumentan a su favor que “bastantes problemas hay en casa como para ir al teatro en busca de más”, pero no hay que olvidar que enfrentarse a las dificultades, a los problemas, puede ser la vía para su solución. Hacer como el avestruz, que esconde la cabeza ante el peligro, no es una forma inteligente de pensar. A la larga, conocer cómo es el mundo en el que estamos y cuales son los conflictos a los que nos podemos enfrentar no será una forma de tener conflictos sino de intuir su posible solución.

Este comentario viene al hilo de una función teatral vista recientemente en Madrid, dentro del Ciclo Iberoamericano de las Artes organizado por la Sala Ensayo 100 en colaboración con la Casa de América. Me refiero a “La visita” del autor colombiano José Manuel Freídle que, lamentablemente, fue asesinado en Medellín en 1990.
En esta función, escrita con un lenguaje maravillosamente poético, el autor plantea el problema de la eutanasia. Susana (que interpreta Cristina Manso) es una mujer joven y atractiva que sabe va a morir de una grave enfermedad y busca la liberación por medio de la muerte. Ester (papel interpretado por Inmaculada González) es una amiga de la infancia a la que invita a su casa con el fin de pedirle “el acto solidario”.
El conflicto es serio: Ester debe elegir entre mantener viva a Susana, cada vez más angustiada por el dolor, o facilitarte “el tránsito” (la palabra muerte es muy fea) cumpliendo la petición de su amiga. Con todo, la representación no me angustió, muy al contrario: me hizo sentir admiración por los gestos solidarios (de los que tan faltos estamos) y amor por aquella mujer, fuerte en su pensamiento pero débil físicamente, que concibe la vida como algo bello y no como un sufrimiento; y compresión ante Ester que entiende la amistad como un valor indestructible frente a una decisión tan grave como es practicar a eutanasia con su amiga.

La puesta en escena sin violencia ni dramatismos sino con poética teatral y dulzura ayudaron a entender el drama y salir del teatro con el convencimiento de que bien vale acudir a ver estas funciones en las que se nos habla de nosotros, de nuestros conflictos, de seres humanos como nosotros. Ahí está, para mí, el valor del teatro.

Salvador Enríquez

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UNA TRADICIÓN NADA TRADICIONAL

Habitualmente tendemos a pensar que sólo los conservadores se preocupan por la tradición. Pero el interés por las tradiciones no es un dominio exclusivo de las sensibilidades inclinadas a la simple conservación de una imagen fija del pasado. Los conservadores son aquellos que entienden la tradición como una esencia eterna, gloriosa e inmóvil a la que se debe defender por medios tradicionales para volverla hostil a cualquier cambio Sin embargo, todos los movimientos artísticos y políticos poseen tradiciones o buscan inventar una. La polémica sobre tradiciones de las que hay que aprender o es preciso desechar han marcado en todas partes tanto la evolución del arte como los conflictos de la política. No hubo nunca un movimiento innovador que no haya planteado una discusión sobre la tradición, rescatando a menudo alguna corriente marginada en la que se creyó encontrar un motivo inspirador para anunciar lo nuevo. Revisar selectivamente la historia para ubicar en ella una fuente de legitimación que trabaje para los propios fines, es una operación típica de cualquier vanguardia literaria o política.

En nuestra época, llamada posmoderna, las tradiciones históricas parecen haber perdido mucho de ese poder legitimador. La impresión general es que hoy todo es completamente nuevo. Vivimos con la sensación cultural de que la historia ya no puede ayudarnos ni enseñarnos nada porque los lazos que unían el pasado con el presente se desintegraron. ¿Es esto realmente así? La propuesta de volver sobre algunos grandes escritores argentinos para probar su capacidad movilizadora en la actualidad es el desafío que se plantean unas jornadas organizadas en Quilmes por Artenpie.

La provocación que intenta este ciclo se resume en una pregunta: ¿hay alguna tradición para salvar en la poesía de Fijman o Gelman, en la narrativa de Macedonio o de Walsh?

José Fernández Vega

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TEXTOS de OTROS


LOS ESPEJOS VELADOS

Jorge Luis Borges

 

El Islam asevera que el día inapelable del Juicio, todo perpetrador de la imagen de una cosa viviente resucitará con sus obras, y le será ordenado que las anime, y fracasará, y será entregado con ella al fuego del castigo. Yo conocí de chico ese horror de una duplicación o multiplicación espectral de la realidad, pero ante los grandes espejos. Su infalible y continuo funcionamiento, su persecución de mis actos, su pantomima cósmica, eran sobrenaturales entonces, desde que anochecía. Uno de mis insistidos ruegos a Dios y al ángel de mi guarda era el de no soñar con espejos. Yo sé que los vigilaba con inquietud. Temí, unas veces, que empezaran a divergir de la realidad; otras, ver desfigurados en ellos mi rostro por adversidades extrañas. He sabido que ese temor está, otra vez, prodigiosamente en el mundo. La historia es harto simple y desagradable.
Hacia mil novecientos veintisiete, conocí una chica sombría: primero por teléfono (porque Julia empezó siendo una voz sin nombre y sin cara); después, en una esquina al atardecer. Tenía los ojos alarmantes de grandes, el pelo renegrido y lacio, el cuerpo estricto. Era nieta y bisnieta de federales, como yo de unitarios, y esa antigua discordia de nuestras sangres era para nosotros un vínculo, una posesión mejor que la patria. Vivía con los suyos en un desmantelado caserón de cielo raso altísimo, en el resentimiento y la insipidez de la decencia pobre. De tarde, - algunas contadas veces de noche – salíamos a caminar por su barrio, que era el de Balvanera. Orillábamos el paredón del ferrocarril, por Sarmiento llegamos una vez a los desmontes del Parque Centenario. Entre nosotros no hubo amor ni ficción de amor: yo adivinaba en ella una densidad que era del todo extraña a la erótica, y la temía. Es común referir a las mujeres, para intimar con ellas, rasgos verdaderos o apócrifos del pasado pueril; yo debí contarle alguna vez el de los espejos y dicté así, el 1928, una alucinación que iba a florecer el 1931. Ahora, acabo de saber que se ha enloquecido y que en su dormitorio los espejos están velados pues en ellos ve mi reflejo, usurpando el suyo, y tiembla, y calla, y dice que yo la persigo mágicamente.
Aciaga servidumbre la de mi cara, la de una de mis caras antiguas. Ese odioso destino de mis facciones tiene que hacerme odioso también, pero ya no me importa.

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del libro «El Hacedor »

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Julio Cortázar

 

CONDUCTA DE LOS ESPEJOS EN LA ISLA DE PASCUA

Cuando se pone un espejo al oeste de la isla de Pascua, atrasa.. Cuando se pone un espejo al este de la isla de Pascua, adelanta. Con delicadas mediciones puede encontrarse el punto en que ese espejo estará en hora, pero el punto que sirve para ese espejo no es garantía de que sirva para otro, pues los espejos adolecen de distintos materiales y reaccionan según les da la real gana. Así, Salomón Lemos, el antropólogo becado por la Fundación Guggenheim, se vio a sí mismo muerto de tifus al mirar su espejo de afeitarse, todo ello al este de la isla. Y al mismo tiempo un espejito que había olvidado al oeste de la isla de Pascua, reflejaba para nadie (estaba tirado entre las piedras) a Salomón Lemos de pantalón corto yendo a la escuela, después a Salomón Lemos desnudo en una bañadera, jabonado entusiastamente por su papá y su mamá, después a Salomón Lemos diciendo ajó para emoción de su tía Remeditos en una estancia del partido de Trenque Lauquen.


INSTRUCCIONES PARA DAR CUERDA A UN RELOJ

Allá en el fondo está la muerte, pero no tenga miedo. Sujete el reloj con una mano, tome con dos dedos la llave de la cuerda, remóntela suavemente. Ahora se abre otro plazo, los árboles despliegan sus hojas, las barcas corren regatas, el tiempo es como un abanico que se va llenando de sí mismo y de él brotan el aire, las brisas de la tierra, la sombra de una mujer, el perfume del pan. ¿Qué más quiere? ¿Qué más quiere? Átelo pronto a su muñeca, déjelo latir en libertad, imítelo anhelante. El miedo herrumbra las áncoras, cada cosa que pudo alcanzarse y fue olvidada va corroyendo las venas del reloj, gangrenando la fría sangre de sus pequeños rubíes. Y allá en el fondo está la muerte si no corremos y llegamos antes y comprendemos que ya no importa.

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de «Historias de Cronopios y de Famas »

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Todo delSUR

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