DOS DÍAS EN BUENOS AIRES
Graciela Reyes
LOS HUMORISTAS
Leda Schiavo
DE FILIALES Y SUCURSALES
Fernando Anguita B.
LOMAS DE MACHA
Miguel Ángel Morelli
CRONISTA CONJETURAL
Roberto Enrique Rocca
LA VISITA
Salvador Enríquez
UNA TRADICIÓN NADA TRADICIONAL
José Fernández Vega
OTROS
Jorge Luis Borges / Julio Cortázar
fab9
DOS DÍAS EN BUENOS AIRES
Los formalistas rusos decían que nuestra percepción de la realidad se va
desgastando a causa del hábito y las rutinas, de tal manera que dejamos
de ver,
que todo se nos vuelve demasiado conocido y previsible. De ahí la misión
rescatadora de la poesía, y, en general, del arte: convertir lo conocido en
extraño, volver a presentarnos las cosas, hacernos sentir
sorpresa y deleite, inquietarnos, sacudirnos. Los formalistas llamaron
«extrañamiento» a la técnica por la cual la poesía, con sus violencias
sintácticas, con su densidad semántica y sus metáforas innovadoras, nos
hace ver
de nuevo, desterrándonos del sopor de lo cotidiano, provocando una
experiencia
nueva y más rica de la realidad.
La noción de extrañamiento sigue siendo intuitivamente válida para
entender el
arte y también otras experiencias, ya que no hay una pared impermeable
entre la
experiencia artística y otras vivencias. Los juegos del azar y la memoria
provocan extrañamientos en cualquier momento de la vida. Volver a un
lugar
querido y dejado años atrás, por ejemplo,
interrumpe el fluir del tiempo, que nuestra conciencia cotidiana percibe como
unidireccional, y nos hace ver los relieves, ecos, desfiguraciones y
refiguraciones que imponen sobre la realidad el recuerdo y el olvido, hasta
tal
punto, que lo mismo que reconocemos se vuelve ajeno y, por momentos,
impenetrable, como si cada cosa existiera en varios tiempos simultáneos e
incompatibles.
Hace unas semanas estuve en Buenos Aires y pasé dos días en el mismo
barrio de
los primeros veintitantos años de mi vida. Había vuelto otras veces,
muchas,
pero este año esa breve visita fue como un sueño de esos angustiosos y a
la vez
hospitalarios, de los que no querríamos salir, aunque nos alivia salir. Mi
barrio, como en los tangos, es el mismo. No ha
variado lo esencial: la luz, el trajín, las voces y acentos de la gente, el
olor, los bronces lustrosos y las veredas rotas, los balcones con flores, las
miradas, esas miradas porteñas que son cuestionarios completos.
Reconocía todo, pero como un escenario de teatro armado por mi memoria
sobre
otro, otro y otro. Cada cosa era familiar y a la vez extraña, nueva, casi
inabarcable. Una parálisis, como la que hubiera tenido en un país de lengua
desconocida, me impedía entrar en un negocio y pedir algo, e incluso
responder a
las miradas. Había un desajuste, un escalón vaporoso como el que no nos
deja ver
el horizonte, que me mantenía fuera de ese mundo múltiple, con sus mil
paisajes
asombrosos, dentro del cual, sin embargo, caminaba aplomadamente,
porque estaba
en mi casa. Los taxis lentos por la calle oscurecida me parecían barcos que
navegaban hacia lugares jamás imaginados. No me atreví a tomar ninguno.
Yo había
pedido que me dejaran andar sola por Buenos Aires, como antaño. Me
habían dicho
que tuviera cuidado, que la ciudad es peligrosa. Sí, la ciudad es peligrosa, y
también lo es la nostalgia. En un vértigo que se fue acentuando con las
horas,
Buenos Aires era y no era, yo era y no era. Pude ver la ciudad de nuevo,
ajena,
vibrante, sucia, locuaz, hermosa, respirando como un gran animal inmortal.
Volví
a mi pasado, volví a mi futuro. Sentí, en el extrañamiento, la inminencia de
esa
revelación final sobre uno mismo, esa revelación que nunca llega.
Graciela Reyes
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CRONISTA CONJETURAL
Primero pensó que al hombre -que como es bien sabido amaba los
suburbios- no le
hubiera disgustado ver su nombre en una ignota y barrosa cortada de
extramuros.
Después creyó recordar que el mismo Borges había dicho alguna vez que
hacía
falta que pasaran qué sé yo cuantos años para poder valorar una obra
literaria.
Entonces, aún no cumplidas las dos décadas de la muerte,
seguramente era
poco tiempo.
Repasó mentalmente la lista de los literatos con calle propia en el partido
de
Quilmes: Almafuerte, Olegario V. Andrade, Hilario Ascasubi, Gioconda
Bertoia,
Miguel Cané, Arturo Capdevila, Evaristo Carriego, Miguel de Cervantes,
Estanislao del Campo, Esteban Echeverría, Joaquín V. González, Carlos
Guido
Spano, Ricardo Güiraldes, Juan María Gutiérrez, José Hernández, José
Ingenieros,
Vicente López y Planes, José Mármol, Benito Pérez Galdós, Ricardo Rojas,
Alfonsina Storni, Miguel de Unamuno, Juan Cruz Varela, Julio Verne y Emilio
Zola.
Con la sóla excepción de alguna inefable celebridad local, por cierto que era
gente bastante más vieja.
Pero ¿era esa la explicación? ¿Cómo podían los políticos de antes saber lo
que
Borges no había dicho todavía? Tenía que ser algo más simple. Por ejemplo,
que
los ediles de entonces leían y que las nuevas generaciones de escritores no
entraron en la actualización por falta de lectores con voz y voto. Tal vez así
fuera nomás, porque no figuró ni siquiera Leopoldo Marechal.
Sus ojos recorrieron el recinto. Algunas voces, recordando sin duda al gran
José
María Muñoz, se levantaban irritadas contra “José Luis”. Se le ocurrió
pensar si
el problema era que Borges mereciera tener su nombre en una calle del
partido o
que el partido mereciera una calle con su nombre. Estaba dudando cuando
se votó
por la negativa.
Entonces suspiró aliviado, cerró la libreta, y desistió de escribir la nota.
Roberto Enrique Rocca
POEMA CONJETURAL (fragmento)
En el espejo de esta noche alcanzo
mi insospechado rostro eterno. El círculo
se va a cerrar. Yo aguardo que así sea.
Pisan mis pies las sombras de las lanzas
que me buscan. Las befas de mi muerte,
los jinetes, las crines, los caballos,
se ciernen sobre mí... Ya el primer golpe,
ya el duro hierro que me raja el pecho,
el íntimo cuchillo en la garganta.
Jorge Luis Borges [del libro «El otro, el mismo»]
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LOS HUMORISTAS
De entre los que me han hecho reír, aun sin ganas, rescato a Castelo, y lo
digo
de onda, me hace salir esa risa que es buena, que es sana, esa risa que
sólo
los seres humanos tenemos. Les aconsejo escucharlo de 3 a 6 para
combatir el
estrés y disminuir las chances que tenemos de un ataque cardíaco
producido por
todas las inquietudes que nos acechan.
Hay otra risa, la demoníaca, la que nos sale de la amargura y nos iguala a
las
hienas. De esa risa mala hay muchos humoristas en Argentina, creo
que no
es necesario nombrarlos, están en todas partes, están en el gobierno o
fueron
gobierno, o quieren ser gobierno. Algunos son economistas, otros son
jueces,
otros son hasta sacerdotes, otros son banqueros, casi todos son gente que
suele
considerarse importante.
De esos humoristas, Carlos Menem se lleva la palma. También está la voz
del
gobierno, Atanasov, que tiene lo suyo. Escúchelos como humoristas y se
retorcerá
de risa, que aunque no sea la risa buena, a veces distiende. No debemos
olvidarnos de los extranjeros que tratan de definirnos, como los sabios del
FMI,
son desopilantes. Escuche al líder sindical Moyano, y escúchelo como si
estuviera en un programa cómico, a lo mejor esto ayuda.
No quiero seguir nombrándolos porque la lista de los que nos provocan la
risa
mala es tan larga que sería injusta con los que dejo afuera. Si tuviéramos
la
flauta de Hamelin para hundirlos en un agujero negro podríamos reírnos
de
veras con la risa buena, la risa que nos hace seres humanos, la risa de la
confraternidad, de la amistad, de la humanidad.
Resistamos con el buen humor, amigos. Lo que mayor impacto me causa de
estos
tiempos, es que casi no hay chistes contra el gobierno. ¿Se acuerda de los
chistes que corrían en la época de Perón, cuando había censura? Ahora le
pido
por favor: Haga patria, invente un chiste.
Leda Schiavo
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DE FILIALES Y SUCURSALES
El día que el hemisferio boreal entraba en el solsticio de verano, se clausuraba en la Universidad Internacional Menéndez Pelayo de Santander un curso sobre inversiones españolas en Latinoamérica. La estrella del mismo, si se la puede llamar así, era Argentina, naturalmente. La noticia que recogía la prensa no servía para entonar loas de optimismo fraterno, pero sí para, una vez más, tratar de aprehender la realidad profundizando en los vericuetos del lenguaje.
Hasta hoy nunca había pensado que mis ahorros podían estar más seguros ingresados en una sucursal que en una filial. Hablo de entidades bancarias, por supuesto, y entiendo por seguridad el hecho de poder disponer de mi dinero si lo necesito o, simplemente, si me viene en gana. De haber sido preguntado un día antes del pasado solsticio de verano, habría respondido que tener el dinero en una filial me inspiraba mayor confianza. Mas parece que estaba en un error.
No hace falta echar mano de la etimología, ni siquiera del diccionario, para saber que filial tiene que ver con hijo. Incluso quien no ha conocido a sus padres habla de cariño filial cuando se refiere al que siente por las personas que lo han sacado adelante. La cosa no está tan clara, en cambio, con sucursal. Desde luego no escuché a nadie decir: "profeso a mis parientes pobres un cariño sucursal". Y el caso es que esa expresión anómala no sería una atrocidad semántica, porque el origen de la palabra es sucursus, que lleva de inmediato a "socorro". No ya anómala, sino diáfana, resulta entonces la precisión del adjetivo sustantivado para definir el cometido de las oficinas bancarias auxiliares, puesto que la función de una sucursal es precisamente esa: servir de ayuda, de socorro, a la oficina central.
¿Y el usuario, el cliente, nosotros? ¿qué debemos hacer? Los diccionarios de uso normal no responden; no bastan en este caso para orientarse en la dirección correcta. No sirven porque no acotan la diferencia entre filiales y sucursales bancarias; más bien, en general la anulan, puesto que las listan como sinónimos. En los diccionarios especializados, de Economía o Derecho, por ejemplo, sí aparecen matices, aunque desde luego insuficientes para ponerse en guardia ante la amenaza de una agresión como la del corralito. Lo que parece claro es que a la hora de decidirse a depositar el dinero en el banco "A", conviene saber si éste añade a su nombre filial del banco "B", porque, si es así, los hechos demuestran que este padre, el banco "B", puede llamarse andana si su hijo se arruina.
Los sistemas financieros nacionales muestran la fragilidad de su esqueleto en cuanto unos centenares de clientes tratan de sacar el mismo día todo el dinero de sus cuentas. Si la cosa va a mayores, es decir si los centenares son millares, las consecuencias ya se han visto y siguen latentes. La elección de banco, filial o sucursal, termina por ser anecdótica. La única elección deseable sería prescindir de los servicios bancarios. Hay gente, no necesariamente marginal, que lo ha conseguido. Llevan una vida simple, pero eso no significa que ésa sea una vida fácil.
Fernando Anguita B.
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LOMAS DE MACHA
Lo voy a matar. No lo sabe, pero yo lo sé. O quizá él también lo sepa, y
para
darse coraje ande diciendo por ahí que a una sola voz suya mis hombres se
pasarán a su lado y le servirán de escolta. Pero se equivoca fiero este
Quiroga:
yo conozco de sobra a mi gente y sé que a ninguno de estos infelices les
temblará la mano. No porque no le teman ni a él ni a sus mentas, que por
aquí
son muchas, sino porque ni siquiera les he dicho quién vendrá en la galera.
«Son
órdenes de don Guillermo y hay que cumplirlas», les dije simplemente. Y por
las
dudas aclaré: «El que no se sienta capaz de seguir adelante, que pegue la
vuelta
ya mismo». Y todos, como usted verá, siguieron conmigo.
Con la caída del sol llegamos a Macha. Era justo para los caballos, después
de
tanta calor, un poco de agua, de modo que ordené acampar, y de paso
mandé por el
maestro Márquez y un novillito para los hombres. Pero la puesta, en el
campo, es
siempre propicia para toparse con los pensamientos: ahora, mientras los
animales
descansan en la rinconada y el pardo Flores me acerca unos mates, a mí se
me ha
dado por barruntar que mañana, sin quererlo, yo también entraré en la
historia.
No me asusto ni reculo, no crea, pero quién iba a decirme allá en Portezuelo
que
esto iba a pasarle justamente a quien siempre ha debido conformarse con
oficiar
de rayero los domingos, con los favores de alguna que otra chinita del
pueblo y
con servir a su patrón como Dios manda.
Las estrellas han ido ganando el cielo y en la varilla me espera la mejor
achura. Pero no puedo dejar de pensar. Pienso en Quiroga y pienso que
alzarse
con él no será moco’e pavo. «Tarde o temprano, mi amigo -me han dicho en
Manantiales- se lo van a terminar agradeciendo hasta los mismos doctores
de
Buenos Aires». No me conocen. No saben que a mí poco y nada me
importan esos
doctores, los pitucos que se llenan la boca hablando de la patria y después
no
son capaces de guardar ni siquiera un güeso para la peonada. Tantos años
a su
servicio y no se han dado cuenta que sólo sé cumplir órdenes, carajo, que
conmigo les sobran las palabras.
Ya es de madrugada y he vuelto a poner en marcha la partida. «Contra el
horizonte se levanta tormenta», me avisa Basilio, pero no lo escucho. Yo
sólo
pienso en Quiroga y en la marca que le tengo reservada. Dicen que él
también
detesta a los doctores, pero que a las órdenes le gusta darlas. Por eso
mañana
será el día. Mañana, en Barranca Yaco, a unas leguas de aquí, él y yo nos
veremos las caras. Y que Dios se apiade de mi alma si alguna vuelta tengo
que
arrepentirme por no conocer otra ley que la del sable y la bala.
Miguel Ángel Morelli
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LA VISITA
Con frecuencia se comenta o discute sobre la utilidad del teatro. En un
mundo
cada vez más preocupado por el bienestar económico y que se aleja,
erróneamente,
de la reflexión, abundan quienes lo ven como un medio de diversión
solamente,
pero no faltan quienes pensamos que su utilidad está en que nos haga
pensar,
meditar, razonar y plantearnos los problemas contemporáneos.
Posiblemente por
eso el Teatro ha perdurado desde la Grecia clásica hasta nuestros días.
Quienes están a favor de la primera opción, el teatro como diversión,
argumentan
a su favor que “bastantes problemas hay en casa como para ir al teatro en
busca
de más”, pero no hay que olvidar que enfrentarse a las dificultades, a los
problemas, puede ser la vía para su solución. Hacer como el avestruz, que
esconde la cabeza ante el peligro, no es una forma inteligente de pensar. A
la
larga, conocer cómo es el mundo en el que estamos y cuales son los
conflictos a
los que nos podemos enfrentar no será una forma de tener conflictos sino
de
intuir su posible solución.
Este comentario viene al hilo de una función teatral vista recientemente en
Madrid, dentro del Ciclo Iberoamericano de las Artes organizado por la Sala
Ensayo 100 en colaboración con la Casa de América. Me refiero a “La visita”
del
autor colombiano José Manuel Freídle que, lamentablemente, fue asesinado
en
Medellín en 1990.
En esta función, escrita con un lenguaje maravillosamente poético, el autor
plantea el problema de la eutanasia. Susana (que interpreta Cristina
Manso) es
una mujer joven y atractiva que sabe va a morir de una grave enfermedad y
busca
la liberación por medio de la muerte. Ester (papel interpretado por
Inmaculada
González) es una amiga de la infancia a la que invita a su casa con el fin de
pedirle “el acto solidario”.
El conflicto es serio: Ester debe elegir entre mantener viva a Susana, cada
vez
más angustiada por el dolor, o facilitarte “el tránsito” (la palabra muerte es
muy fea) cumpliendo la petición de su amiga. Con todo, la representación
no me
angustió, muy al contrario: me hizo sentir admiración por los gestos
solidarios
(de los que tan faltos estamos) y amor por aquella mujer, fuerte en su
pensamiento pero débil físicamente, que concibe la vida como algo bello y
no
como un sufrimiento; y compresión ante Ester que entiende la amistad
como un
valor indestructible frente a una decisión tan grave como es practicar a
eutanasia con su amiga.
La puesta en escena sin violencia ni dramatismos sino con poética teatral y
dulzura ayudaron a entender el drama y salir del teatro con el
convencimiento de
que bien vale acudir a ver estas funciones en las que se nos habla de
nosotros,
de nuestros conflictos, de seres humanos como nosotros. Ahí está, para mí,
el
valor del teatro.
Salvador Enríquez
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UNA TRADICIÓN NADA TRADICIONAL
Habitualmente tendemos a pensar que sólo los conservadores se
preocupan por la
tradición. Pero el interés por las tradiciones no es un dominio exclusivo de
las
sensibilidades inclinadas a la simple conservación de una imagen fija del
pasado. Los conservadores son aquellos que entienden la tradición como
una
esencia eterna, gloriosa e inmóvil a la que se debe defender por medios
tradicionales para volverla hostil a cualquier cambio
Sin embargo, todos los movimientos artísticos y políticos poseen tradiciones
o
buscan inventar una. La polémica sobre tradiciones de las que hay que
aprender o
es preciso desechar han marcado en todas partes tanto la evolución del
arte como
los conflictos de la política. No hubo nunca un movimiento innovador que no
haya
planteado una discusión sobre la tradición, rescatando a menudo alguna
corriente marginada en la que se creyó encontrar un motivo inspirador para
anunciar lo nuevo. Revisar selectivamente la historia para ubicar en ella
una fuente de legitimación que trabaje para los propios fines, es una
operación
típica de cualquier vanguardia literaria o política.
En nuestra época, llamada posmoderna, las tradiciones históricas parecen
haber
perdido mucho de ese poder legitimador. La impresión general
es que hoy todo es completamente nuevo. Vivimos con la sensación cultural
de que
la historia ya no puede ayudarnos ni enseñarnos nada porque los lazos que
unían
el pasado con el presente se desintegraron.
¿Es esto realmente así? La propuesta de volver sobre algunos grandes
escritores
argentinos para probar su capacidad movilizadora en la actualidad es
el
desafío que se plantean unas jornadas organizadas en Quilmes por
Artenpie.
La
provocación que intenta este ciclo se resume en una pregunta: ¿hay alguna
tradición para salvar en la poesía de Fijman o Gelman, en la narrativa de
Macedonio o de Walsh?
José Fernández Vega
p
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