a PORTADA

<Nº 46

Setiembre 2003 — Nº 47

N° 48>


SHAKESPEARE Y EL OTRO / EL SIGNO DE LOS TIEMPOS
Miguel Angel Morelli

EL PROFESOR DE LATÍN
Graciela Reyes

PUNTOS DE VISTA / EXPERIENCIA DE CAMPO
Roberto Enrique Rocca

LAS ALAS DEL DESEO
Leda Schiavo

DE POLEMOLÓGICO FIASCO
Fernando Anguita B.

LOS OBJETOS SONOROS Y SU FUNCIÓN EN LA MACROOBRA
Federico Pablo Blanco

SIN CARETA
Marta Vassallo

"EL KASO DORA":
TEATRO DESDE ARGENTINA A MADRID
Salvador Enríquez

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SHAKESPEARE Y EL OTRO

A Alejandro S.

Se llamaba, según dijeron las crónicas al otro día, Gabriel Quiroga, pero bien pudo haber tenido cualquier otro nombre. Era un modesto actor de una modesta compañía de provincia. Había leído a Shakespeare con pasión: recitaba pasajes enteros de Pericles, príncipe de Tiro, y de El Rey Lear. Alguna vez, en el azar del escenario, le tocó en suerte ser Cayo Marcio Coriolano, y otras Reinaldo, criado de Polonio. También fue Benvolio, sobrino de Montesco, y Teobaldo, sobrino de Capuleto.

Por alguna razón que no comprendemos, todos podemos abandonar los riesgos de una representación, la vida, para sumergirnos en los laberintos de otra: la locura. Gabriel Quiroga, según dijeron las mismas crónicas, desde hace algún tiempo insiste en que su verdadero nombre es Amleth, hijo del rey de Jutlandia, a quien su hermano Fengo asesinó dos siglos antes del Ungido para que un poeta ya lejano viniese a decirnos que siempre seremos una duda que navega entre la acción y el pensamiento.


EL SIGNO DE LOS TIEMPOS

Apenas un segundo antes de la agonía (el acero realista ya teñía la mañana, su furia iba eligiendo el lugar de las heridas), un oscuro soldado de última fila, un criollo sin más mérito que su amor por la tierra y el heredado coraje, sable en mano y dando vivas a la patria, descubrió e interpretó para nosotros el signo de los tiempos que le aguardaban.
Comprendió así que con su arrojo sellaba el destino de un continente, la suerte ejemplar de otros hombres y batallas, el sino de una América que con rabia despertaba, la fama que en el bronce su nombre perpetúa, la victoria ulterior para todos forjada.
Acaso Juan Bautista Cabral, en ese instante terrible, haya descubierto también los días que fueron de dolor y de exilio, los vanos desencuentros que sumaron miserias, la traición y el espanto, la sangre inocente absurdamente derramada; tu valor aquella noche, Alejandro; mi espanto y mi cobardía...
¿Qué extrañas ceremonias, qué páginas secretas para nuestra agonía o desdicha —y de cuyas horas aún nada sabemos— habrán visto los ojos de este valiente guerrero aquel lejano día, mientras la muerte llegaba?

Miguel Angel Morelli

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EL PROFESOR DE LATÍN

Cuando dejé la Argentina, llevaba en la mano (no me cupo en la valija) mi diccionario de latín, un libraco enorme llamado "el Gaffiot", que me parecía imprescindible para ganarme la vida por esos mundos. Recién acababa la carrera de letras, y creía que sabía muchas cosas, pero sobre todo latín. Debía esa fe a mis profesores, a mis ayudantes de trabajos prácticos y a los compañeros con los me había pasado tantas horas traduciendo textos por los cafés de la calle Viamonte, pero sobre todo se la debía a mi primer profesor de latín, Eduardo J. Prieto.

Prieto acaba de morir. La red de sus ex alumnos transmitió la noticia por correo electrónico, y al leerla reflexioné sobre todo lo que le debo y sobre lo importante que puede ser un profesor, precisamente el de latín, materia para muchos ociosa y pedante. No hice todos mis cursos de latín con él porque lo echaron de la universidad por sus ideas políticas (no fue la única vez que Prieto fue perseguido). Pero a los pocos cursos que hice con él debo, por lo menos, dos cosas: el amor por la Eneida, que invade casi todo lo que escribo, y la convicción de que se puede estudiar con rigor la capacidad expresiva del lenguaje, lo que me llevó a dedicarme a la filología y la lingüística. En los trabajosos años en que, aunque parezca mentira, el Gaffiot me ayudó realmente a ganarme la vida, aprendí mucho latín yo sola, en parte porque sabía cómo estudiarlo. Pero lo que Prieto me enseñó no se aprende a solas y no está en el Gaffiot: es una actitud, una disciplina y una manera de vivir. En unas palabras que pronunció poco antes de su muerte, cuando sus discípulos le entregaron un volumen de escritos en su homenaje, Prieto habló de los profesores que lo inspiraron, y dijo que casi todo lo podemos aprender solos, en los libros, pero necesitamos a los profesores: "Lo que los alumnos necesitan es un ejemplo vivo. Eso, que no está en ningún libro, nunca lo olvidan". Es como si hablara de sí mismo.
Lo recuerdo en clase: caminando a grandes pasos, con el libro abierto en la mano. Decíamos las alumnas, con esa insolencia maternal de las jóvenes, que llevaba las medias caídas. No le bastaba que le diéramos la traducción correcta de un fragmento. Preguntaba cosas como "¿Por qué está aquí ese acusativo?" Preguntaba, como verdadero filólogo, qué expresaba la palabra, no meramente qué significaba. De él aprendí a preguntar, incluso a preguntar cosas que parecen impertinentes, que no van a venir nunca en los manuales. Y a disfrutar de la pregunta tanto como de la respuesta, y a no quedarme conforme nunca.

En el discurso al que me refiero, reproducido por Página 12 (domingo 17 de agosto, 2003), Prieto cuenta que pasó muchos años alejado de la cátedra a la fuerza, trabajando infinitas horas en otras cosas, pero que nunca dejó de trabajar en lo suyo, en ese "diálogo con mundos remotos pero vivos, presentes", en ese intento de comprender al ser humano por la palabra. Y agrega: "cuando ese trabajo interno con una disciplina le es a uno tan vital como respirar, estará vivo por dentro. Si no, ya estará muerto, aunque tenga veinte años". Eso aprendimos de él: el trabajo interno, la obsesión de entender los textos, el placer de estudiar y de enseñar. Ojalá hayamos aprendido también la modestia, el desprecio por la carrera de honores y por la charlatanería, el valor de una clase bien dada, la vida como diálogo.

Graciela Reyes

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PUNTOS DE VISTA

Aprovechando el solcito, el psiquiatra enseña a los estudiantes, mientras pasean por el jardín del hospicio.
Se detienen ante un banco en el que hay tres internos conversando y el médico se dirige a uno de ellos.

—¿Es cierto —pregunta— que vos sos el que hace salir y ponerse el sol?
—Cierto, doctor, todos los días. Hace años que lo hago y no he dejado jamás de cumplir con mi tarea.
—Si es cierto ¿porqué no hacés que ahora se ponga el sol?
—No doctor, ahora no puedo.
—Gracias— dice el profesor con una sonrisa. Y unos metros más allá, comenta a sus discípulos:
—¡Pobre loco! Se cree que es Dios y puede mover los astros.
Los estudiantes ríen.
El otro, sentado entre sus compañeros, dice con gesto burlón, :
—¡Pobre loco! Se cree que es Dios y puede ordenarme cambiar los horarios de los astros.
Y los internos ríen.


EXPERIENCIA DE CAMPO

La noche del gran eclipse, la joven antropóloga, embriagada por la sensualidad de la brisa que acariciaba su piel y la melopea que bañaba sus oídos; contemplaba el disco de la luna, de más en más cubierto por la sombra rojiza. Sus amigas, que en esos días estarían haciendo topless en Marbella, ni imaginaban cuánto más emocionante era hacerlo en el corazón de la selva africana.
Mientras viajaban los astrónomos a lugares recónditos, para ver el fenómeno desde la perspectiva más favorable, ella, estudiosa de los cultos primitivos, lo hizo para presenciar las ceremonias de una tribu que veneraba como deidad al astro de la noche.
Desde remotos tiempos, en las noches de eclipse, cuando la Diosa Madre, herida por las maldades de los humanos, mostraba ensangrentado el blanco pecho y comenzaba a desaparecer del cielo, escogían la mujer más hermosa para sacrificarla en holocausto. Tan bárbara costumbre persistió hasta bien entrado el siglo XX, pero fue gradualmente desplazada por el sacrificio simbólico de una oveja o una cabritilla.
Disponíanse las muchachas desnudas alrededor de la piedra sacrificial, cada una llevando su animal predilecto y el brujo recorría la rueda para escoger la víctima, mientras sonaban los tamboriles y todos entonaban un antiquísimo himno de duelo
Ella fue la primera mujer blanca que presenció la ceremonia. Aunque no tenía bestia para ofrecer, se alineó gustosa entre sus hermanas de color.
Mientras el brujo, escoltado por dos negros con antorchas, hacía su ronda; la muchacha sentía galopar su corazón como un corcel demasiado brioso. Y a punto estuvo detenérsele por anticipado cuando el sacerdote, parado frente a ella, inclinó la lanza, y dos guerreros fornidos la tomaron de los brazos para llevarla al altar.

Roberto Enrique Rocca

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DE POLEMÓLOGICO FIASCO

El libro "La Guerre" del sociólogo francés Gastón Bouthoul, publicado en 1946, termina con las palabras que copio de la versión castellana aparecida en 1971: Estamos condenados a prepararnos para la guerra o a trabajar para la polemología. Hay sobrada constancia de que Bouthoul y sus discípulos se dedicaron seriamente a "trabajar", es decir a dotar de contenido la palabra que acuñaron para definir la "ciencia de la guerra". En cambio, parece que los demás, especialmente algunos gobernantes del tercer mundo, optaron por la preparación y de inmediato pasaron a la acción. Si todo hubiera quedado ahí, en el tercer nivel del mundo, cabría pensar que la campaña científica fue un completo éxito. Los ciudadanos occidentales estamos demasiado ocupados para preocuparnos de lo que sucede por debajo del segundo nivel. Sin embargo, la nación rectora del primer nivel ha dejado en pañales a todas las demás, no sólo en lo de prepararse, actitud que no abandona un segundo, sino en la puesta en marcha de los impresionantes mecanismos de devastación de que dispone y que necesita gastar para renovarlos. Eso lo ha hecho desde Vietnam, orlado con el estrépito que le proporcionan los medios de comunicación de masas. Es cierto que su dominio de los medios es también abrumador, pero —menos mal— no es absoluto. Por ejemplo, antes del comienzo "oficial" de la guerra de Irak circularon por la WEB dos fotografías del presidente Bush en situaciones sutilmente ridículas. Las fotos parecían auténticas, es decir, no tenían aspecto de haber sido manipuladas. Alguien se coló en el cerco protector que vela por la imagen del inquilino de la Casa Blanca. Alguien conocedor de que muchas veces la realidad, fotografiada tal cual, es superior a la ficción.

Por instinto, desconfío de las campañas y contracampañas que se montan día a día —se podría decir, segundo a segundo— en la "red de redes". De su discutible eficacia hablan (escriben) unos y otros en ambos sentidos. Los más entusiastas aseguran que ya no eres nadie si no estás en ello, es decir, si no incluyes tu nombre en algún foro de intercambio de opiniones. Los más críticos apuntan que la confusión generada por las opiniones encontradas imposibilita hablar de eficacia, y que es todavía más ilusorio tratar de evaluarla. Los productos de la descarga visceral de quienes no encuentran otro modo de canalizar su descontento son la "ganga" que acompaña otras opiniones razonadas y razonables. Sin embargo, de ese lastre también se pueden sacar conclusiones y es de suponer que más de un gabinete de sociología cuenta con ello. En el caso insignificante y aislado de este escribidor particular, dos "sucesos" le han servido para volver la mirada atrás y preguntarse: ¿Qué definición o explicación puede dar una bienintencionada ciencia, sobre los conflictos latentes e interminables que en el mismo día, martes 19 de agosto, revientan la sede de Naciones Unidas en Bagdad y mil kilómetros más allá, en Jerusalén, condicionan la mente de un "guerrero" para que se inmole en el despedazamiento de docenas de devotos civiles y de sus hijos?
Los vientos de guerra que hoy soplan no se parecen en nada a los del romance televisivo que en 1983 llevó ese título. Han desaparecido las fronteras: el aire no limita con ninguna parte, salvo con el vacío de la magnetosfera si a eso se le puede llamar un límite. Y es en el aire donde está latente la interminable guerra del futuro, la que ha hecho de la polemología un auténtico fiasco.

Fernando Anguita B.

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LAS ALAS DEL DESEO

Estoy en Chicago, acabo de volver de un paseo de fin de semana por el campo, antes de comenzar las clases mañana en la universidad. Empieza el año académico a fines de agosto, y por eso no estoy entre ustedes, aunque estoy entre ustedes, ya que estoy prendida de las radios que salen por internet, ahora mismo escuchando la oncediez, que, claro, es la radio oficial de la Ciudad autónoma. Es día de elecciones, entre Ibarra y Macri se decide el destino de la ciudad. Y me pongo a pensar, mientras espero los resultados, qué país quisiera para mis nietos posibles. Quisiera un país en el que se pudiera romper el circulo infernal de recurrencias en el que estamos varados desde hace tantas décadas; un país donde la gente de buena voluntad quisiera luchar junta en la consecución de un futuro mejor para nuestros niños, nuestros viejos y nosotros mismos; un país hecho con verdades incontrovertibles, donde la verdad no dependiera del gobierno de turno; un país donde nadie cediera nada a la obscenidad del poder, casi lo mismo que decir a la obscenidad del dinero fácil, del glamour fácil, de la palabra fácil, tan peligrosos como el gatillo fácil; un país donde todos los peronistas pensaran lo mismo y pensaran realmente a favor del pueblo y dejaran de imitar al camaleón; un país donde el radicalismo muriera de buena y eficaz muerte, porque ya dijo lo que podía decir; un país donde la izquierda dejara la adolescencia masturbatoria y reconociera que nunca pudo, desde que tengo memoria, hacer nada por nadie excepto provocar y confundir; un país en el que surgiera un nuevo partido realmente nuevo y realmente serio; un país donde los gremialistas no fueran gordos, donde los intendentes supieran sumar y restar y que las cuentas les salieran bien; un país donde se pudiera ser a la vez serio y divertido, donde la gente pudiera trabajar, comer, educarse; un país donde no hubiera colas en la vereda de los consulados para rajarse a un ignoto futuro, donde no hubiera colas para comer frente a algunas iglesias; un país donde los únicos infantiles fueran los niños, y los adultos supiéramos ser adultos; un país donde pudiéramos vivir, soñar, comer, aprender, amar, respetarnos y hasta odiarnos en paz. Soñar no cuesta nada, sobre todo en un domingo de elecciones.

Leda Schiavo

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SIN CARETA

El presidente se enoja y uno piensa que no debiera demostrar su enojo, que debiera prever mejor el cómo, el después... pero uno está más enojado que el presidente, y encuentra que el presidente tiene razón, que no hay enojo que baste.
Uno piensa que es uno mismo, pobre diablo, el que tiene derecho a enojarse destempladamente, sin pensar en la oportunidad. Pero hace rato que no se enoja, y recién hace catarsis cuando el presidente se enfurece: "Y me importa un comino si arriesgo mucho o arriesgo poco..." Resulta que el único que se enoja con el enojo nuestro es el presidente, el único que no piensa en el después y en el riesgo es el presidente, como si fuera un joven anónimo, no un hombre maduro investido con la presidencia de un país donde hace 25 años que presidencia se iguala con bochorno y cara de cemento.
Uno guarda silencio en público, o tal vez hasta esté dispuesto a seguir la corriente al comentario de "No debiera..." Pero la pura verdad es que vibró de entusiasmo ante ese "Me importa un comino...", la verdad es que contra toda previsión y toda voluntad uno quiso en ese momento a ese hombre que extiende los brazos queriendo tocar a su público, que falló a la norma de la ecuanimidad y la indiferencia, que se enojó con el enojo de los que ya no sabemos ni cuándo estamos enojados, tanto nos hemos acostumbrado a no tener expectativas, a no esperar, a no dejarnos tocar por lo que pasa. Él, el presidente inesperado, se enojó solo con el enojo de muchos, lo dejamos solo enojándose ante una multitud, pero volvimos a dar valor a ese momento que a lo mejor se hunde para siempre, enterrado por infinitas calumnias, volvimos a dar valor a esa verdad desnuda, sin especulaciones, sin doble intención, que fulguró un momento irritando a todos los que tenía que irritar, desencadenando los comentarios que hace rato esperaban la voz de aura para salir a luz. En un mundo de caretas, el presidente no tiene careta, y uno piensa: Esto no es un presidente, y lo quiere por eso.

Marta Vassallo

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LOS OBJETOS SONOROS Y SU FUNCIÓN EN LA MACROOBRA

En un contexto de macroobra, los objetos sonoros desarrollan un papel preponderante en la construcción del espacio.
Tanto la música y la voz, como los sonidos en general, generan un vínculo entre espacios y elementos que se encuentran separados, actuando como aglutinante entre las obras plásticas, el ambiente y el público. Esto se debe a que su percepción no se encuentra subordinada a una ubicación determinada, sino a toda la macroobra.
Alguien podría decirme que esta característica de los objetos sonoros también se cumple en el teatro y en la vida diaria. Si bien esto no es completamente incorrecto, tampoco es cierto. La diferencia se encuentra en la función. En el teatro los sonidos están subordinados como parte de la puesta en escena, mientras que en la macroobra, son parte estructurante de un todo, no están subordinados a ningún discurso. Articulan libremente con el resto de los elementos que se encuentran en el lugar, resignificándolos y siendo resignificados. El número y tipo de articulaciones será uno diferente para cada persona, dependiendo de su ubicación y su sensibilidad.
Podemos pensar teatro sin sonido, pero no podemos pensar una macroobra muda.
En cuanto a los sonidos en la vida diaria, no tienen otra función que la específica de comunicar, como puede ser el caso de la voz hablada fundamentalmente, o sonidos como timbres, sirenas, etcétera. Los sonidos que se producen aleatoriamente, por propiedad de los cuerpos, no tiene sentido analizarlos ya que no generan ningún tipo de discursividad.
La macroobra es un microcosmos sensorial y conceptual unificado por el panteísmo de lo sonoro. Pero debemos tener en cuenta que esa omnipresencia no es nada sin el microcosmos que la contiene y la desarrolla. Es el alma que necesita al cuerpo. Un cuerpo puede estar mutilado, pero mientras tenga alma, estaremos ante un hombre. Pero si bien el alma es una condición sine qua non para estar en presencia de un hombre, esta condición no le basta para proclamarse hombre ella misma. Esto es lo que sucede entre los objetos sonoros y la macroobra.

Federico Pablo Blanco

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"EL KASO DORA":
TEATRO DESDE ARGENTINA A MADRID

No es la primera vez que los argentinos deleitan a los aficionados madrileños con sus funciones teatrales en las que presentan conflictos humanos envueltos hábilmente en un humor de forma que, tras la sonrisa, surge la reflexión sobre nosotros y nuestro entorno. "El Kaso Dora", de Roberto Torres, es un ejemplo de ello: tomando como base del argumento el historial clínico real del padre del psicoanálisis, Sigmund Freud, "El caso Dora, Análisis Fragmentario de un caso de Histeria", nos presentan los conflictos de una mujer y las dudas y deseos de un hombre mayor a quien ella cree el doctor Freud pero que, realmente, es un carnicero vienés.
Para este montaje su director, Pablo Silva, se trasladó desde Argentina a España con el fin de dirigirlo, ya que la interpretación es de actores argentinos pero residentes en Madrid; se trata de Daniela Romero Pasin y Fernando Cia, quienes trabajaron durante semanas para adaptar ciertas palabras al lenguaje cotidiano español y así garantizar su total comprensión.
Uno tenía noticias de "El Kaso Dora" por algunos medios de difusión: sabía de su éxito durante cinco temporadas en Buenos Aires, de su nominación a los premios A.C.E 2001, de dos veranos en Mar del Plata, una gira por el interior y otra por Miami y Puerto Rico (Estados Unidos), y tenía verdadero interés en verla. No defraudó mis expectativas pues la interpretación de ambos es más que plausible, genial en algunos momentos por parte de Daniela Romero que conquista al público con su simpatía y buen hacer: muy bien resueltos por ambos los múltiples cambios en el tiempo y de personajes. Una función, en resumen, que no deja indiferente al espectador porque le habla de cosas conocidas pero, en ocasiones, escasamente analizadas: el sexo, el amor, las relaciones interpersonales y los conflictos familiares.
La pudimos ver en la Sala Triángulo donde ha estado hasta el 17 de agosto, dentro de la programación "Festival Al Fresco" de los Veranos de la Villa, pero se repondrá en la Sala Ensayo 100 (Raimundo Lulio, 20) del 27 al 31 de agosto, como parte del programa Festival Iberoamericano de las Artes, y posteriormente, todos los sábados y domingos de septiembre y octubre, se representará en la Sala Liberarte (Francisca Conde, 7).

Salvador Enríquez

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Todo delSUR

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