a PORTADA

<Nº 86

Setiembre 2007 — Nº 87

N° 88>


LO QUE PERTURBA [in memoriam]
Christian Boltanski

DEL MORIR Y LO CONFORTABLE
Fernando Anguita B.

M. P. CABOURG
Néstor Tellechea

DOCENTES Y PODER
Jéssica Priano

CINCUENTA CUENTOS MÍNIMOS
Miguel A. Morelli

LA TRAICIÓN DEL ELECTRICISTA
Graciela Reyes

EL FRÍO
Leda Schiavo

DESDE LA BUTACA: Cine en TV
Josefina Sartora

OTROS
H.P. Lovecraft / José de Cadalso / Augusto Monterroso

fab9

LO QUE PERTURBA [in memoriam]

A la memoria de F.

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(...)" pues lo terrible de la muerte no es la manera en que nos priva de la presencia de las personas amadas, de su voz. No es tampoco la soledad ni la pérdida de cuerpo en la cual nos sumerge. No. Lo aterrador de la muerte son los objetos tangibles que deja desperdigados tras su paso, ropas familiares, cartas recibidas, fotografías en desorden, libros subrayados, frascos de perfume a medio consumir... Lo que perturba de la muerte es el modo incierto en que impone el recuerdo, primero como una obsesión, para diluirlo luego, de forma imperceptible, hasta que un día nos desposee por completo de la efigie de los que se han ido."
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Christian Boltanski

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DEL MORIR Y LO CONFORTABLE

a Adolfo Valor, abogado

Parece que la desaparición material de Ingmar Bergman se ha producido cuando él supo que ya no tenía nada más que decir, salvo certificar que la única posesión real común que comparten todos los animales es la vida y (los racionales) la libertad de decidir el momento de su conclusión. La coherencia final de la obra de un genio suele manifestarse haciendo uso de esa libertad, aunque, por supuesto, no necesariamente.

Puede que a Bergman, por empatía subliminal, le alcanzara la cita: Lo peor de ser viejo es haber vivido una vida estúpida.* En "Saraband", Johan, alter ego y protagonista, le dice a Marianne, diva y ex-amante en la vida real:

"... he vivido una vida de mierda completamente sin sentido, estúpida, pero en general , bastante confortable".**

Después de escuchar eso, cualquiera de nosotros, hombre o mujer corriente, —no genial—, es normal que razone para sus adentros:

si un ser humano que en su tarea ha rozado la perfección razona así, ¿qué pensaré yo cuando me llegue la hora?

ingmar bergman

Por un momento, mi devoción y admiración confesas ante la obra del genio de Uppsala, se vieron veladas por el barniz de cinismo senil que conjuga confort con mierda, estupidez y sinsentido. Sin embargo, la lección magistral es esa: los humanos, sin excepción, superdotados incluidos, somos "víctimas" de lo confortable. Es una cuestión de naturaleza. La química del cuerpo físico propende a lo cómodo, —se podría hablar de una "diátesis de la molicie"—, mientras que mecanismos todavía misteriosos apuntan a objetivos de carácter inmaterial, —espiritual, en lenguaje de muchos— incómodos por naturaleza.

A poco informado que esté, el lector sabe de la otra muerte, la del director meridional que parece haber aplazado la suya hasta que el gigante del norte decidió marcharse. La prensa de todo el mundo se ha aprovechado del regalo (de la coincidencia). Es normal, pero no seguiré esa vía. Del "otro" sólo apuntaré —quizás lo desarrolle en otra ocasión— que en España sirvió a los adolescentes de mi generación las imágenes más cálidas para la práctica de un saludable onanismo, esteticista y anti-represivo. Hoy las películas y las cosas discurren por otros caminos... no siempre más saludables.
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  1. * artículo de Graciela Reyes en el nº 11 marzo 2000
  2. ** del guión de la película; traducción de Carlos del Valle. -Tusquets, Ed. 2007- fotografía de la solapa del libro ©Bengt Wanselius :: ISBN: 978-84-8310-375-3
    A propósito de su estreno en Madrid, mi impresión personal sobre "Saraband" la resumí en el nº de Ene_Feb de 2006

Fernando Anguita B.

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M. P. CABOURG

Estoy más que seguro de que esta será la última ocasión en que los ecos del mar estén rozando la cabecera de una cama habitada por mí...
De algo así trata mi silenciado propósito...
Hacer que mi vida fluya con más detenimiento hacia todo su ayer para que el mundo del presente no ahogue con demasiada frecuencia ni un solo momento ensayado con la fragilidad y la fatiga que traiga el trabajo de cada detalle...
Y que la memoria parezca capaz de poder apiadarse de este niño afiebrado mientras trata de seguir recuperando algunas pequeñas felicidades provocadas por la necesidad de salvar, de una a otra palabra, el siempre misterioso resurgimiento de lo vivido...
¡No puede ser que lo que empiece a sentir como exactamente igual a cómo hubiera sido se vaya de mi vida sin dejarme nada...!
Ya es hora de que todo lo que insiste en mí siga viajando desde donde vino como agua de momentos en los que busco que la presencia de mi vida hable, suba y baje por mis correcciones sin que se calle o no hable mal, por mi culpa, la última decisión de lo esperado como aquella vez en la que la luna parecía acariciada por los árboles del verano.
Recuerdos... sí...
Ensayos más que ilusionantes de mi fantasía... Pero...
¿Será correcto el modo con el que busco lo que quiero que quede reflejado?
Creo que sí... Lo veo en el silencio que me rodea hasta que mis ojos llegan de nuevo hasta la ventana que está herméticamente cerrada para que nada me interrumpa y empiece siempre de nuevo a convencerme de que el tiempo no me ignora sino que ayuda a creer en algo leve, casi imperceptible, aunque inmensamente preciso cuando cede ese destino de luz que atraviesa las mañanas que ya no existen más para mí pero de las que no olvido su intensidad, en las que no dejan de moverse esas brazadas de polvo como si fueran caricias de silencio para un murmullo íntimo de la voz que sigue a otro inmediato futuro en la continuidad de los sentimientos hasta acá…hasta mí… Gracias a todas esas delicias y tramas de saludo que se hacen los discursos brisados del aire iluminado en su propio destino para nadie en tanto, desde este otro lado de un mismo instante del mundo, mis palabras salen tan desconocidas, de mí, hasta apagarse en la armonía con esas otras noches más que indispensables desde hace ya bastante en mi vida como son, y van a serlo siempre, las preguntas...
Y si no, ¿cómo me dejo ser lo que no conocía de mí o para qué, cuando me aquieto en la calma para oírme mejor? ¿Así mi corazón, a veces, no late como si lo rozara un viento de la salvación de algo importante aunque este viento siga adelante más allá de lo que me deje sentirle para que termine, quizás, percibiéndolo nada más que dulcemente irrecuperable?
Y si no sintiera profundamente la necesidad de escribir entregado a los sonidos de la sensibilidad, cuidándolos lo más que puedo para que se vayan convertidos en esos instantes hermosos con los que llegan y aparecen de nuevo en el hilado de letras que voy dejando atrás por lo que vuelve a insistir en ser escrito, ¿para qué sentir que mi deber es entregar todo mi ser a esa costumbre incierta y precisa a la vez que siempre es el tiempo?
¿Acaso no solamente, así, es como me siento mucho más que inseparable de ése que espero ser, esperándome como un agua increíble que sonara y volviera sonar como un testimonio indiscutible de franqueza, alegría, tristeza o empatía con lo irrepetible?
¿Acaso no soy todavía inconcebible aunque compruebe algunas veces estar todavía en el tiempo del que también estoy hecho, pasándome la palma de las manos por los brazos para volver por un rato desde mis límites de sueño, de palabra, de presencia, desde el que creo haber sido entre lo transcurrido en mí como memoria necesaria?
¿Acaso la vida recordada, si me tiento en insistir, no es la música más equilibrada que exista para mí, en el océano de todas las dudas?
¿Por qué no?
¿Hasta cuándo no?
¿Cómo no escuchar al tiempo mientras el tiempo me escucha en mí hasta que salimos hablando y escribiendo gracias a esa especie de estremecimiento encontrado que es el final de casi todas las cosas especialmente sentidas como inolvidables?
… Vuelvo a mi ventana imaginariamente abierta y veo que la vida, casi sin saberlo, sigue apareciendo por debajo de mi letra y trabaja, trabaja y trabaja… hablando inseparablemente con las fuerzas que me quedan para todo lo que necesito dejar dicho acerca de las muchas novedades que me sigue trayendo cada una de todas mis visitas necesarias al pasado…

Néstor Tellechea

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DOCENTES Y PODER

El otro día escuché decir a una docente:

... debemos hacer personas, nosotros tenemos que luchar para marcar la diferencia, debemos formarlos (a los chicos) para ser mejores, tenemos que luchar.

Apenas escuché esto, sentí un estremecimiento. ¿Será posible que tengamos tanto poder? ¿Será posible que los docentes nos consideremos lo mejor o los mejores de la sociedad? ¿Será posible que podamos "hacer" personas a gusto, a imagen y semejanza, tal vez?

Creo que esa señora se equiparó con la fuerza sobrenatural a la que llaman "Dios", o al menos se creyó con el suficiente poder y habilidad como para "construir" o "armar" personas.
Siempre creí que mi trabajo era comunicarme con seres humanos ya hechos y con personalidad, pensamientos y creencias, y tratar de enseñarles algo, sobre todo, a razonar algunas cuestiones o a leer y escribir textos más complejos -pertenezco al área de Lengua, es decir, dicto la asignatura Lengua y Literatura cuyos contenidos principales son la reflexión sobre los hechos del lenguaje y el planteo de estrategias para el análisis literario-, pero nunca pensé que tenía que "hacerlas". (¡Dios me libre!) Me hubiese dedicado a otra cosa.

Además, no nos engañemos, la institución escolar es uno de los aparatos simbólicos del Estado a través del cual reproduce su ideología. Entonces, aunque no lo queramos, estamos a su servicio. Podremos hacer algo de resistencia en las aulas, pero luego volvemos a las currículas, a los contenidos, contamos cuántos aprobados o desaprobados tenemos y temblamos pensando en los cursos que se cerrarán el año próximo.

Finalmente, recuerdo que cuando estaba estudiando, en el profesorado nos habían dicho que, como docentes, teníamos cierto "poder" para producir cambios. En ese entonces, experimenté una sensación extraña formada por miedo y pudor, porque no me sentía lo suficientemente preparada como para lidiar con "ese poder", además de no haber entendido plenamente cuál era "ese poder" y cómo funcionaba. En la práctica pude comprobar que era cierto. En diez años de docencia tuve la experiencia de saber que un ex alumno siguió la carrera de Literatura, otro de Periodismo y otro de Filosofía y Letras. Me siento contenta y orgullosa al saber que mi poder sólo alcanza para eso, porque si no, creo que no podría dormir tranquila.

Jéssica Priano

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CINCUENTA CUENTOS MÍNIMOS

Amén de agasajarme con su amistad, Roberto Rocca comete gentilezas tales como la de invitarme a hablar de su último libro desde la contratapa misma de la obra. Acepté corriendo, desde luego.

«Cincuenta cuentos mínimos» se titulan estos cincuenta cuentos mínimos que no es cuento que se lean, como mínimo, sin cuenta (sin darse cuenta, quiero decir). La lógica contundente y poética de un hombrecito internado en el hospicio, las aventuras metafísicas de cierto vagabundo, la doble herencia del doctor Frankenstein o la pesadilla circular de una muchacha acosada son algunas de las “perlas” con las que Rocca nos sorprende a cada paso. Con un uso tan exquisito y sutil de una ironía (cuando no del humor decididamente negro) que por momentos nos obliga a leer y releer dos o tres veces cada página. Y apelando siempre a la palabra justa, irremplazable, porque si algo resulta innegable es que nuestro autor dispone de un lenguaje riquísimo a pesar de la única y muy férrea regla que se impone: la de utilizar el mínimo de palabras, el recurrir sólo a aquellas que resultan absolutamente necesarias.

En el texto de contratapa al que aludí más arriba intenté explicarlo de la manera que sigue:

“Se trata de una sencilla y rotunda apreciación matemática; si ya sabemos los difícil que resulta escribir una novela, a pesar de contar el autor con el inapreciable auxilio de las —digamos— doscientas mil definiciones que trae un diccionario y común y silvestre, imagine el lector cuánto más difícil es escribir un cuento, un simple y humilde cuento, pero encriptado ahora en unas veinte o treinta páginas, y para qué vamos a hablar de esos textos breves, brevísimos, que para cualquier buen narrador son algo así como el paradigma de la síntesis absoluta. Claro que, además de saber combinar con fluidez ese centenar de palabras (y a veces menos todavía), hay que tener ideas de las buenas, de las que merecen volverse literatura.
Roberto Rocca es uno de esos escritores que conjugan con maestría ambas cualidades: capacidad absoluta para la síntesis y una batería inagotable de recursos literarios. Por eso la lectura de este libro resulta toda una aventura intelectual”.

Oliveira: espectros_estelares

Párrafo aparte para las ilustraciones que acompañan el volumen y que les pertenecen a los plásticos quilmeños Marcelo Aguilar, Juan Baük, Norma Cistaro, Martín Diéguez Aguerre, Alejandro Fontana, Manuel Oliveira, Sonia Otamendi, Ludovico Pérez, Enrique Rocca y Guillermo Rocca.

Disculpe que insista con mi entusiasmo: si puede, no se pierda estos “Cincuenta cuentos mínimos” que serán presentados oficialmente el viernes 7 de setiembre a las 20.30 en el Colegio de Abogados de Quilmes.

Miguel A. Morelli

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LA TRAICIÓN DEL ELECTRICISTA

La lengua que hablamos no es solamente un sistema de comunicación, sino una señal de identidad, una contraseña. Los que hablan como nosotros forman una especie de familia extendida. Los bebés que todavía no saben hablar prestan más atención y aceptan mejor mimos y juguetes de las personas que hablan su misma lengua, y más todavía si esas personas no tienen ningún acento diferente, por leve que sea. Parece que el cerebro viene programado para reconocer a los que son iguales que uno y así protegernos mejor de los extraños.

Los que vivimos en países extranjeros somos como los bebés, confiamos en el acento de la patria más que en ningún otro. Si necesitamos un médico, un dentista, un novio, y nos recomiendan un compatriota, corremos a buscarlo. Es una necedad digamos que genética, inevitable. Por eso celebré mucho que una amiga mía encontrara un electricista argentino, aquí en Chicago. Para colmo me dijo que era un chico joven, simpatiquísimo, que llamaba por teléfono a su papá a Buenos Aires todos los días… “Es un dulce”, resumió mi amiga. Era tan dulce, que cuando lo llamé por teléfono me dijo “Hola, princesa”. En lugar de irritarme y decirle que princesa su madre, me hizo gracia el desparpajo.

Vino a casa con su ayudante, otro chico argentino. A cual más lindo y mejor vestido, con pantalones llenos de bolsillos que dejaban al desnudo los músculos de sus pantorrillas, refinadas camisetas de colores pálidos, gorras con visera, todo haciendo juego, de arriba abajo. El ayudante era muy joven y me trató de usted, pero mi electricista, algo mayor y con más cancha, reveló enseguida ser un ejemplar de la clase “novio argentino”, subclase “electricistas, plomeros y afines”. Seductor, sonrisa irresistible, gracia para regalar a los vecinos, y autoirónico, no le faltaba ni la autoironía, se reía de sí mismo con todos sus espectaculares dientes. Yo misma escribí una nota en esta agenda sobre el novio argentino*, ese traidor triste y fatal, pero al categorizar a este chico en la misma clase, no di el paso lógico que seguía, que era echarlo de mi casa. Solamente le pedí que me diera el presupuesto antes de empezar. Me dijo cariñosamente, mirándome con sus ojazos: “Te voy a cobrar poquito, no te preocupes, princesa”. No, no me lo creí del todo, pero me lo creí a medias. Ya digo que esta es una estupidez genética, o por lo menos lingüística.

Los disfruté a los dos un día entero, uno de los días más caros de mi vida. Se peleaban continuamente y me tenían en vilo.

“No, bolú, así no que te vas a electrocutar”. “Pero miraaaaaá, ¿qué hiciste, qué tenés, caca en la cabeza?". “Apurate, mové el or…” “Eeeh, qué corriente de aire viene de adentro de la pared, no rompas más, cacamala”.

Y muchas más cosas, que no reproduzco para no ofender a la directora de la agenda, que cuida mucho el tono. Me tenían aterrorizada, pero qué placer oírlos. Claro que yo no sabía que por la misma plata casi hubiera podido comprar un pasaje a Buenos Aires, ida y vuelta.

Ese día el electricista no quiso hacer las cuentas. Como tenía que volver para meter en la pared los cables que colgaban por todas partes, me dijo que cobraría después. Volvió dos días más tarde, sin el ayudante. Llevaba un conjunto verde manzana y una gorra de Boca Juniors, que él mismo admitió que no pegaba con el resto, pero, dijo, “siempre se me ve la hilacha”. Recogió los cables, cantando un tango. Cuando me dijo lo que le debía, no se le cayó la cara al suelo. Me sentí traicionada y avergonzada, sobre todo avergonzada. De él, porque era mi compatriota, y de mí por creerle. Le dije lo que pensaba, pero se lo dije tristemente, como hablando con otra persona. Se defendió sin convicción y me rebajó un poquito, para empeorar las cosas. Le pagué y se fue, llamándome princesa por última vez.
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* Nº 80, dic 2006

Graciela Reyes

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EL FRÍO

Este es el invierno más frío que recordamos. Todos tenemos frío, las casas están frías, el agua sale fría, todo se va enfriando... Uno ya no encuentra abrigo para ponerse; bufanda, guantes, hasta sombrero. La crisis energética no nos privó todavía de gas y electricidad, por lo menos en la capital, pese a los augurios. ¿Se dio cuenta de que con tal de traer una mala noticia los medios de comunicación se prodigan al hartazgo?

El entusiasmo de los compatriotas también se enfría al calor de tanta cosa que aparece en los diarios y se escucha por la radio y se ve y se escucha por el televisor... La cercanía de las elecciones puso a toda la derecha a aguzar el ingenio para encontrar bolsos con dinero, valijas con dinero, armas subvaluadas, skankas con dinero, y corrupcioncitas de giles incompetentes se comparan con las incomparables corrupciones de la década del 90. Es como si el gobierno diera los temas a la oposición servidos en bandeja. No sabemos si todos se han vuelto idiotas, si han perdido el rumbo o qué. Y tenemos frío, frío, corre un viento helado que entra por las rendijas del corazón y de la memoria. Y la prensa se ensaña y hace comparaciones fraudulentas, exagera, acusa, insulta. Se quedan con la misma cara de palo con la que el viudo Carrascosa que ahora dice que no parará hasta encontrar al asesino de su mujer, después de haber hecho desaparecer todos los rastros del crimen y enterrarla de muerte natural...

El tango Cambalache está de más actualidad que nunca, si uno vive en la impostura y otro roba en su ambición... hoy lo mismo da ser progre, diputado o petrolero, que ministro o cabezón.

En 1934 Discépolo tuvo la premonición de lo que iba a pasar en el 2000... Y los corruptos se llenan la boca con la palabra corrupción, y siguen a Maquiavelo por aquello de miente, miente, que algo quedará. Y silencian lo bueno, por ejemplo, lo bueno que vino a hacer Chávez, y a qué vino. Todo se evapora por el agujero negro de la sinrazón, por las rendijas de la memoria. Y los jubilados no saben cómo van a pagar las expensas o el remedio que subió más que el aumento del trece por ciento, y tienen frío, frío, frío físico y moral, frío de no querer encender la estufa para ahorrar y frío del futuro incierto. Y mientras unos se coalicionan cívicamente, dios mío, otros se van reagrupando y reapareciendo mientras nosotros temblamos de frío y de impotencia, de bronca, de incredulidad, de ilusiones perdidas.

Leda Schiavo

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DESDE LA BUTACA: Cine en TV

En un famoso escrito de 1996, Susan Sontag expresaba su sentido lamento por la muerte del cine. Deploraba que ya no se hicieran películas como las de la época dorada de Hollywood, o las de la era plateada del cine europeo. Lamentaba el advenimiento de un cine agresivo, superficial y manipulador, de neto cariz comercial, que no compromete al espectador. Lloraba también por la pérdida de la cinefilia, ese amor por el cine y por toda la liturgia que genera la sala cinematográfica. Diez años después, esa situación se ha agudizado: basta ver la cartelera de las salas comerciales, que sólo ofrecen un cine pasatista e intrascendente, olvidable ni bien uno sale de la sala.

Pero lo que Sontag daba como otro rasgo de la decadencia, el paso de la pantalla cinematográfica a la del televisor, hoy resulta paradójicamente el recurso que tenemos los cinéfilos para seguir gozando del cine que amamos. El DVD con su excelente calidad de imagen y sonido nos permite volver sobre films que nunca más se proyectan en las salas, y por otro lado, tenemos el otro recurso: el cine en la TV por cable.
Tal vez el rincón mejor cuidado y cuidador de la cinefilia lo constituye el canal Retro, desafiante nombre que suele mostrar joyas del cine clásico. Últimamente pudimos ver maravillosas retrospectivas, como la dedicada a Marlene Dietrich, con films de von Sternberg y Lubitsch, o la muy completa de Douglas Sirk, maestro del melodrama, con joyas como Imitación a la vida o Lo que el cielo nos da. Los fanáticos del cine mudo tienen su espacio todos los sábados por la mañana, con piezas fundadoras del arte del siglo XX. Durante septiembre, Retro dedicará un ciclo especial a Robert Aldrich (lunes a las 22), uno de los iniciadores del cine independiente, maestro en la construcción de situaciones extremas de denuncia social y política. Resultan esenciales su film noir Bésame mortalmente, en el que Mike Hammer enfrenta el peligro atómico, y el melodrama ¿Qué pasó con Baby Jane?, inolvidable duelo actoral entre las entonces veteranas Bette Davis y Joan Crawford. De sus varios westerns que veremos, quizás el más glamoroso sea 4 por Texas, con ¡Frank Sinatra, Anita Ekberg y Ursula Andress! La otra evocación será para Libertad Lamarque (lunes a la 1), y un ciclo de comedias de Frank Capra, Bob Hope y Preston Sturges.

No quiero decir con esto que el cine haya muerto totalmente. El cine contemporáneo sigue dando satisfacciones con propuestas nuevas, intentos de renovación en el sistema, que demora en aceptarlos a pesar de su valor. El canal I-Sat tiene un lugar para estas rarezas los miércoles a las 23. Este mes podrá verse Tale of cinema (Cuento de cine, nunca estrenada en Argentina), del realizador más original e inteligente de Corea del Sur, Hong Sang-soo, y un melodrama tremendo de Michael Haneke, maestro en el cine del mal, apropiado para llevar a escena una novela de la revulsiva premio Nobel Elfriede Jelinek: La profesora de piano, con la actuación de Isabelle Huppert. Todos, imperdibles.

Josefina Sartora

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TEXTOS de OTROS


AZATHOTH

H.P. Lovecraft

 

Cuando el mundo se sumió en la vejez, y la maravilla rehuyó la muerte de los hombres; cuando ciudades grises elevaron hacia cielos velados por el humo torres altas, temibles y feas, a cuya sombra nadie podía soñar sobre el sol ni las praderas floridas de la primavera; cuando el conocimiento despojó a la tierra de su manto de belleza, y los poetas no cantaron sino a distorsionados fantasmas, vistos a través de ojos cansados e introspectivos; cuando tales cosas tuvieron lugar y los anhelos infantiles se hubieron esfumado para siempre, hubo un hombre que empleó su vida en la búsqueda de los espacios hacia los que habían huido los sueños del mundo.
Poco hay consignado sobre el nombre y procedencia de este hombre, ya que eso correspondía exclusivamente al mundo despierto, aunque se dice que ambos eran oscuros. Baste saber que vivía en una ciudad de altos muros donde reinaba un estéril crepúsculo; y que se afanaba todo el día entre sombras y alborotos, volviendo a casa por la tarde, a una habitación cuya ventana no daba a campos y arboledas, sino a un penumbroso patio hacia el que muchas otras ventanas se abrían en lúgubre desesperación. Desde ese alféizar no se divisaban sino muros y ventanas, a no ser que uno se inclinara mucho para escudriñar hacia lo alto, hacia las pequeñas estrellas que pasaban. Y dado que los muros desnudos y las ventanas conducen pronto a la locura al hombre que sueña y lee demasiado, el inquilino de este cuarto solía asomarse noche tras noche, escrutando a lo alto para vislumbrar alguna fracción de cosas que estaban más allá del mundo despierto y de la grisura de la elevada ciudad. Con el paso de los años, fue conociendo a las estrellas de curso lento por su nombre, y a seguirlas con la fantasía cuando, con pesar, se deslizaban fuera de su vista; hasta que al fin su mirada se abrió a la multitud de paisajes secretos cuya existencia no llega a sospechar el ojo mundano. Y una noche salvó un tremendo abismo, y los cielos repletos de sueños se abalanzaron hacia la ventana del solitario observador para mezclarse con el aire viciado de su alcoba y hacerle partícipe de su fabulosa maravilla.
A ese cuarto llegaron extrañas corrientes de medianoches violetas, resplandeciendo con polvo de oro; torbellinos de oro y fuego arremolinándose desde los más lejanos espacios, cuajados con perfumes de más allá de los mundos. Océanos opiáceos se derramaron allí, alumbrados por soles que los ojos jamás han contemplado, albergando entre sus remolinos extraños delfines y ninfas marinas, de profundidades olvidadas. La infinitud silenciosa giraba en torno al soñador, arrebatándolo sin tocar siquiera el cuerpo que se asomaba con rigidez a la solitaria ventana; y durante días no consignados por los calendarios del hombre, las mareas de las lejanas esferas lo transportaron gentiles a reunirse con los sueños por los que tanto había porfiado, los sueños que el hombre había perdido. Y en el transcurso de multitud de ciclos, tiernamente, lo dejaron durmiendo sobre una verde playa al amanecer; una ribera de verdor, fragante por los capullos de lotos y sembrado de rojas calamitas...

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José de Cadalso (1741 - 1782)

 

«Política viene de la voz griega que significa ciudad, de donde se infiere que su verdadero sentido es la ciencia de gobernar pueblos, y que los políticos son aquellos que están en semejantes encargos o, por lo menos, en carrera de llegar a estar en ellos. En este supuesto, aquí acabaría este artículo, pues venero su carácter; pero han usurpado este nombre estos sujetos que se hallan muy lejos de verse en tal situación ni merecer tal respeto. y de la corrupción de esta palabra mal apropiada a estas gentes nace la precisión de extenderme más. Políticos de esta segunda especie son unos hombres que de noche no sueñan y de día no piensan sino en hacer fortuna por cuantos medios se ofrezcan. Las tres potencias del alma racional y los cinco sentidos del cuerpo humano se reducen a una desmesurada ambición en semejantes hombres. No quieren, ni entienden, ni se acuerdan de cosa que no vaya dirigida a este fin. La naturaleza pierde toda su hermosura en el ánimo de ellos. Un jardín no es fragante, ni una fruta es deliciosa, ni un campo es ameno, ni un bosque es frondoso, ni las diversiones tienen atractivo, ni la comida les satisface, ni la conversación les ofrece gusto, ni la salud les produce alegría, ni la amistad les da consuelo, ni el amor les presenta delicia, ni la juventud les fortalece. Nada importan las cosas del mundo en el día, la hora, el minuto, que no adelantan un paso en la carrera de la fortuna. Los demás hombres pasan por varias alteraciones de gustos y penas; pero éstos no conocen más que un gusto, y es el de adelantarse, y así tienen, no por pena, sino por tormentos inaguantables, todas las varias contingencias e infinitas casualidades de la vida humana.

Para ellos, todo inferior es un esclavo, todo igual es un enemigo, todo superior es un tirano. La risa y el llanto en estos hombres son como las aguas del río que han pasado por parajes pantanosos: vienen tan turbias, que no es posible distinguir su verdadero sabor y color. El continuo artificio, que ya se hace segunda naturaleza en ellos, los hace insufribles aun a sí mismos. Se piden cuenta del poco tiempo que han dejado de aprovechar en seguir por entre precipicios el fantasma de la ambición que les guía. En su concepto, el día es corto para sus ideas, y demasiado largo para las de los otros. Desprecian al hombre sencillo, aborrecen al discreto, parecen oráculos al público, pero son tan ineptos, que un criado inferior sabe todas sus flaquezas, ridiculeces, vicios y tal vez delitos, según el muy verdadero proverbio francés, que ninguno es héroe para con su ayuda de cámara *. De aquí nace revelarse tantos secretos, descubrirse tantas maquinaciones y, en sustancia, mostrarse los hombres ser hombres, por más que quieran parecerse semidioses.»

* "Il n'y a point de héros pour son valet de chambre." Es autora de este dicho Madame Cornuel, dama parisiense del siglo XVlI cuyo salón o tertulia rivalizaba con el de Madame de Rambouillet. [n. del editor]
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carta LI, de «Cartas marruecas» :: Ed. Cátedra -2000- ISBN: 84-376-1810-X

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SINFONÍA CONCLUIDA

Augusto Monterroso

 

—Yo podría contar —terció el gordo atropelladamente— que hace tres años en Guatemala un viejito organista de una iglesia de barrio me refirió que por 1929 cuando le encargaron clasificar los papeles de música de La Merced se encontró de pronto unas hojas raras que intrigado se puso a estudiar con el cariño de siempre y que como las acotaciones estuvieran escritas en alemán le costó bastante darse cuenta de que se trataba de los dos movimientos finales de la Sinfonía inconclusa así que ya podía yo imaginar su emoción al ver bien clara la firma de Schubert y que cuando muy agitado salió corriendo a la calle a comunicar a los demás su descubrimiento todos dijeron riéndose que se había vuelto loco y que si quería tomarles el pelo pero que como él dominaba su arte y sabía con certeza que los dos movimientos eran tan excelentes como los primeros no se arredró y antes bien juró consagrar el resto de su vida a obligarlos a confesar la validez del hallazgo por lo que de ahí en adelante se dedicó a ver metódicamente a cuanto músico existía en Guatemala con tan mal resultado que después de pelearse con la mayoría de ellos sin decir nada a nadie y mucho menos a su mujer vendió su casa para trasladarse a Europa y que una vez en Viena pues peor porque no iba a ir decían, un Leiermann* guatemalteco a enseñarles a localizar obras perdidas y mucho menos de Schubert cuyos especialistas llenaban la ciudad y que qué tenían que haber ido a hacer esos papeles tan lejos hasta que estando ya casi desesperado y sólo con el dinero del pasaje de regreso conoció a una familia de viejitos judíos que habían vivido en Buenos Aires y hablaban español los que lo atendieron muy bien y se pusieron nerviosísimos cuando tocaron como Dios les dio a entender en su piano en su viola y en su violín los dos movimientos y quienes finalmente cansados de examinar los papeles por todos lados y de olerlos y de mirarlos al trasluz por una ventana se vieron obligados a admitir primero en voz baja y después a gritos ¡son de Schubert son de Schubert! y se echaron a llorar con desconsuelo cada uno sobre el hombro del otro como si en lugar de haberlos recuperado los papeles se hubieran perdido en ese momento y que yo me asombrara de que todavía llorando si bien ya más calmados y luego de hablar aparte entre sí y en su idioma trataron de convencerlo frotándose las manos de que los movimientos a pesar de ser tan buenos no añadían nada al mérito de la sinfonía tal como ésta se hallaba y por el contrario podía decirse que se lo quitaban pues la gente se había acostumbrado a la leyenda de que Schubert los rompió o no los intentó siquiera seguro de que jamás lograría superar o igualar la calidad de los dos primeros y que la gracia consistía en pensar si así son el allegro y el andante cómo serán el scherzo y el allegro ma non troppo y que si él respetaba y amaba de veras la memoria de Schubert lo más inteligente era que les permitiera guardar aquella música porque además de que se iba a entablar una polémica interminable el único que saldría perdiendo sería Schubert y que entonces convencido de que nunca conseguiría nada entre los filisteos ni menos aún con los admiradores de Schubert que eran peores se embarcó de vuelta a Guatemala y que durante la travesía una noche en tanto la luz de la luna daba de lleno sobre el espumoso costado del barco con la más profunda melancolía y harto de luchar con los malos y con los buenos tomó los manuscritos y los desgarró uno a uno y tiró los pedazos por la borda hasta no estar bien cierto de que ya nunca nadie los encontraría de nuevo al mismo tiempo —finalizó el gordo con cierto tono de afectada tristeza— que gruesas lágrimas quemaban sus mejillas y mientras pensaba con amargura que ni él ni su patria podrían reclamar la gloria de haber devuelto al mundo unas páginas que el mundo hubiera recibido con tanta alegría pero que el mundo con tanto sentido común rechazaba.
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* organillero

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Todo delSUR

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