a PORTADA

<Nº 66

Septiembre 2005 — Nº 67

N° 68>


SÓLO TREINTA
Miguel Angel Morelli

LA PRUEBA
Graciela Reyes

AL MAXIM
Roberto Enrique Rocca

EL PROGRESO Y LOS PECADOS
Leda Schiavo

DE LA ESPECIE DE JUDAS
Fernando Anguita B.

ELOGIO DE LA MIRADA TRANSVERSAL
Leandro Manzo

OTROS
Macedonio Fernández

fab9

SÓLO TREINTA

Alguna vez, en su exilio español, le preguntaron a Juan Carlos Onetti cuándo pensaba regresar a Uruguay. El hombre se puso grave: —"Cuando caiga la dictadura" — respondió. Pero cayó la dictadura y el autor de El Astillero seguía sin volver al paisito. "Le tengo miedo a los aviones" — se excusó más tarde. "Estoy escribiendo mucho"— dijo en otras ocasiones, pero todo el mundo sabía que era mentira. Hasta que un buen día, frente al joven periodista oriental que lo reporteaba, se terminó sincerando: "¿Y a qué querés que vuelva, botija — suspiró Onetti, — a ver lo que el tiempo hizo con las mujeres que amé?"

Tenía mis temores, debo confesarlo. Después de todo, pensaba hasta este viernes, treinta años no son pocos: es toda una vida dedicada a vivir y sobrevivir entre las hostilidades del mundo.
Por eso entré al restaurante con el corazón alborotado: ¿sería fácil reconocerlos a todos y cada uno?, ¿habría hecho el tiempo con mis propios amores lo mismo que el de Onetti con los suyos?, ¿sería el espejo con ellos tan impiadoso como es con uno? Pero finalmente allá estaban, alrededor de una mesa, iguales a sí mismos, riendo y queriéndose a los gritos como aquellos adolescentes estudiantes de periodismo que sentíamos que el futuro era nuestro mejor aliado.

No escuché, en toda la noche, que alguien se quejase de los años que nos tocaron en suerte. Tampoco, en el sentido opuesto, que se hiciera expresa alusión a los eventuales logros materiales obtenidos. Quiero decir, en torno a esa mesa había profesionales a los que la vida trató de maneras muy diferentes: algunos son reconocidos y ocupan cargos encumbrados en distintos medios nacionales, otros siguen luchando a brazo partido, y algunos incluso hemos acabado trocando el de las redacciones por otros oficios. Sin embargo, todos prefirieron hablar de sus hijos, de sus matrimonios (porque eso sí, acaso para robustecer la estadística, sólo han sobrevivido dos de los originales), de sus sueños, de los proyectos pendientes todavía... Sin dejar de recordar a los compañeros que ya no están, claro, porque nuestra promoción fue la última de los '70 en democracia: a los meses de recibirnos nomás llegó el Proceso con sus garras homicidas y ya sabemos qué pasó en aquella Argentina.

Cuando volví a mi casa, allá por la madrugada, lo hice pensando en qué cosa extraña es esta invención del hombre, el tiempo. Porque no sólo fue sentir que no habían pasado ni treinta años ni diez días entre aquellas mateadas platenses y este reencuentro, sino que además fue sentir que no habían quedado astillas en el alma, que a pesar de todo y contra todo seguimos formando parte de una generación que ni se resignó ni perdió su propio centro.
A pesar de los males. A favor de los sueños.

Miguel Angel Morelli

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LA PRUEBA

Al final de la clase, que dura tres horas, siempre les tomo una prueba. Son las siete y pico de la tarde, y los alumnos están cansados y hambrientos, porque además de ser alumnos del doctorado en lingüística, son ayudantes de cátedra y empiezan el día a las 8 de la mañana. Les doy por lo general un ejercicio mixto: en la primera parte tienen que seleccionar opciones verdaderas y falsas, y en la segunda deben contestar preguntas.
Mientras escriben, de vez en cuando levantan la cabeza y me miran fijo, pero no me ven. Algunas chicas se atan y desatan el pelo muchas veces seguidas. Los varones se rascan el mentón con la punta de un dedo. A todos se les ponen las orejas coloradas cuando hacen prueba.

Damos clase sentados alrededor de una gran mesa, en el aula 1750, donde hay estanterías con libros y cuadros bonitos. La prueba dura veinte minutos. Algunos alumnos leen todo el ejercicio antes de escribir nada. Otros contestan compulsivamente, terminan enseguida, levantan la cabeza como si salieran del agua, y empiezan de nuevo, línea por línea. Otros comienzan por el final. Las chicas suspiran.
Si durante la prueba salgo un momento, cuando vuelvo a entrar y me dan la espalda veo franjas de piel desnuda: las chicas están tan inclinadas sobre la prueba, que el suéter no les cubre el vaquero y se les ve el cuerpo, cosa inquietante si afuera hay diez o quince grados bajo cero. En la sala 1750 se está caliente y no hay ruidos, casi, salvo el del hombre que recoge la basura, que pasa un rato antes de las 7. Lo vemos a través de los cristales, alto, negro, bello, vaciando sin apuro los grandes tachos de plástico, como quien limpia la memoria de excesos y tonterías.

Yo también hago la prueba. La he preparado cuidadosamente, pero la contesto junto con los estudiantes, para comprobar si está bien hecha. Ellos aprenden en mi curso que las palabras tienen dos significados, el semántico y el pragmático. Mi prueba debe evitar que esos dos significados entren en conflicto, debe ser clara y unívoca, y por eso es una prueba para mí misma. Estudiamos palabras usando palabras: no podemos salir de nosotros mismos, la mente no puede salir de la mente. Al promediar el curso ya tenemos el hábito de analizar todo lo que decimos, y eso nos hace reír, nos hace cómplices para siempre. Mis alumnos y yo, aunque dejemos de vernos, nunca dejaremos de ser cómplices.
Hay uno que termina un rato antes que los demás. Poco después empieza a haber ruidos de papeles y de sillas que se arrastran, susurros. Muchos me entregan la hoja y después se ponen en cuclillas a mi lado y me preguntan si la afirmación tal es correcta o falsa. Les explico por qué es una cosa o la otra. Qué alegría sienten si han acertado. Se van yendo, todavía con las orejas coloradas, comentando la prueba, y al salir algunos dicen "gracias, profesora", otros me saludan con la mano para no molestar a los que todavía están escribiendo, otros solamente me sonríen.

Los seres humanos sentimos un deseo continuo de conocimiento: libido sciendi. Para satisfacerlo, maestros y discípulos tenemos que querernos y confiar unos en otros, por encima de nuestras antipatías, soberbias, celos y traiciones. Hay uno que guía, otros que lo siguen, pero todos somos compañeros en la aventura más fascinante, la del conocimiento: estudiamos juntos, preguntamos juntos, descubrimos juntos, hasta hacemos pruebas juntos.

Graciela Reyes

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AL MAXIM

Hoy hay un bar, confitería y pizzería, de esos asépticos, limpios, luminosos, con grandes vidrieras y mucha fórmica. Uno de esos lugares de paso, de los que hay más de uno alrededor de la plaza de la estación, de esos que podemos encontrar, todos iguales en cualquier lugar del mundo. Se llama —creo— "Las tres carabelas". Antes estaba el Maxim.
Si usted quiere podrá entrar y pedir una cerveza. Lo atenderá un mozo eficiente y anónimo, que probablemente no se llame Alonso ni Nicolás, y le traerá probablemente una lata o un porroncito y un vaso común, no un imperial sabiamente tirado, sobre el disco de cartón en el que dice "Quilmes, la mejor cerveza". Podrá comer medialunas, sandwiches o tortas, pero difícilmente el sandwich de leverwust y pepinos en pan negro, o la salchicha de viena con papas o con chucrut, que comíamos en el Maxim.
Y si mira a su alrededor verá seguramente la misma gente anónima que puebla todos esos lugares. No habrá grupitos de jóvenes conocidos discutiendo de política, filosofía o literatura, ni se le ocurrirá a usted agregarse al diálogo de alguna de las mesas.
En aquél entonces el Maxim era una cervecería alemana, de esas con boiserie de madera, cabezas de ciervo, puertas y ventanales de vitraux y una glorieta al fondo para las noches estivales. Cuando no teníamos otra cosa que hacer o no teníamos ganas de hacer otra cosa, íbamos al Maxim. Alonso era un español bajito, pelado y muy tímido, víctima frecuente de las burlas de la muchachada. Nicolás un alemán grandote, rubicundo y sonriente, con el que nadie se metía. El grupo podía haber salido de la reunión de la Acción Católica, en la entonces parroquia, hoy Catedral; o de una reunión en la Casa del Pueblo o en la sede del P.C. (que antaño no significaba "Personal Computer" sino "Partido Comunista"), o tal vez a la salida del cine, donde habían visto la última de Bergman, de Fellini, o de la nueva ola francesa.
Y allí nos mezclábamos, discutíamos, criticábamos, compartíamos, confrontábamos, divagábamos, pensabamos, aprendíamos, peleábamos, crecíamos y aprendíamos a soñar utopías.
Me pregunto si los jóvenes del Quilmes de hoy tienen un lugar así. Y a veces me pregunto también si lo necesitan.

Roberto Enrique Rocca

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DE LA ESPECIE DE JUDAS

"Quemcumque osculatus fúero, ipse est; tenete eum!"*

El porcentaje de hombres que maltrata a mujeres no creo que hoy sea mayor de lo que fuera hace 50 años. En términos absolutos puede que sí porque la población mundial no paró de crecer, aunque en las últimas décadas las mujeres han alcanzado un estatus de igualdad de derechos (en "occidente") que les permite defenderse y, por decirlo de modo sencillo, plantar cara a la amenazas del energúmeno agresor. Pero, en cualquier caso, la omnipresencia de los medios de información hace que el número de agresiones conocidas y publicitadas hoy sea infinitamente superior al de hace medio siglo.
No deseo extenderme sobre el tema; ni siquiera he pretendido agotar la cuota de espacio de la edición impresa que el lector tiene en sus manos. Me mueve un propósito decidido y concreto: que esta nota sea leída al menos por un maltratador. De modo que si tú que la lees, o vos que la leés, conoces a alguno, pásasela por favor.

Tengo la impresión de que las conductas agresivas persistentes, focalizadas contra la mujer consorte, aparte de su cobardía congénita, funcionan como las drogas adictivas. En sus comienzos la "dosis" es pequeña, el potencial drogadicto, como el potencial agresor, considera que puede abandonar su "juego" en cualquier momento hasta que, sin advertirlo, el consumo se hace hábito, la dosis se incrementa, alcanza el nivel de "imprescindible" y desde ahí precipita su carrera hasta el punto de no_retorno.
De ese tipo de infernal encerrona no se puede escapar, ni siquiera con ayuda, si el "enfermo" no se plantea conseguirlo. La decisión es suya. Pero mientras el adicto a la droga merece al menos compasión, el adicto a la violencia contra su pareja sólo merece aversión y desprecio. Es necesario que el agresor tome conciencia de que su comportamiento es vergonzante; de que a escala humana no tiene sitio más que en una jaula, y de que sólo de él depende cortar de raíz su adicción antes de llegar a un callejón sin otra salida que la destrucción de su compañera. Porque la evidencia de la inutilidad de las normas de alejamiento que se han dictado en muchos países se demuestra en noticias como ésta:

Un hombre de 28 años abordó a su esposa de 25 por la calle, la besó, la roció con un líquido inflamable y le prendió fuego [...] el agresor tenía una orden de alejamiento que le impedía [¿?] acercarse la víctima.

¿Qué precauciones puede tomar la sociedad ante agresiones donde la violencia terminal ha sido premeditada y alevosa hasta valerse de la traición?
Sólo me cabe imaginar que al agresor en potencia, al que acaba de comenzar, es necesario decirle que se mire al espejo, porque si ha terminado de leer esa noticia lo que verá reflejado ante sí será la cara de Judas. Tendrá la mirada torva y sesgada, ladeará la cabeza y quizás sienta repulsión al comprender que ya casi pertenece a la especie del Iscariote. Esa repulsión puede salvar una vida.
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* «Aquél a quien yo bese, ése es: ¡prendedlo!» [Mateo 26,48]

Fernando Anguita B.

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EL PROGRESO Y LOS PECADOS

Antes, los hijos habidos fuera del matrimonio no tenían derecho a nada, muchas veces ni siquiera al apellido. Mater certa, pater incertus, decíase en latín para no decir jorobate piba, te quedaste embarazada, quizás del espíritu santo. En cambio ahora, mire esta nena, María José, fotografiada en Clarín (27 de agosto), única heredera del hacendado José Alberto Cervelli, con 10 millones de dólares de herencia gracias al adelanto de la ciencia y de las costumbres. Menos mal que los conservadores que se oponen a los estudios con células madre, no se dieron cuenta de oponerse a las investigaciones que condujeron a la determinación del ADN, por el cual los entenados han pasado a ser hijos legítimos. Cuántas novelas del siglo XIX y hasta del XX no hubieran sido escritas, de existir antes las pruebas de ADN. Cómo no recordar al estanciero de la novela de Cambaceres, Sin rumbo, que viola a una chinita y luego se aferra a la hija mal habida para que su vida tenga algún sentido, pero todo acaba en catástrofe. En cambio para María José Cervelli todo augura un final feliz.

Otro signo de progreso es que algunos miembros de la Iglesia Católica hayan sido capaces de elogiar la actuación social de Juan Carlos Maccarone y que el pueblo de Santiago del Estero haya salido a la calle para defender al obispo de los pobres y para atacar al poder que lo envileció. No son las debilidades sexuales del obispo las que nos interesan, sino su dedicación total a remediar los males de su desgraciada provincia.
Recordemos que en la Divina Comedia, en la que Dante sigue teológicamente a Santo Tomás, los lujuriosos están en el primer círculo del infierno, porque los pecados de la carne son para el teólogo los más perdonables. Claro que los sodomitas están más abajo, y que el pecado nefando (del que ni siquiera se puede hablar), es castigado desde la Biblia; pero todavía más abajo, bien cerca del demonio, están los hipócritas y los traidores.

Hablo de los hipócritas para referirme a otra noticia que conmocionó a los católicos. Resulta que Monseñor Clark, el sacerdote que era rector de la catedral de San Patricio, en Nueva York, una de las instituciones católicas más prominentes de Estados Unidos, renunció después de que hace unos días fuera acusado de tener relaciones sexuales con su secretaria, una mujer casada, mucho menor que él. Los fotografiaron in fraganti entrando a un hotel, y saliendo, cinco horas después, con otras vestimentas, supongo que para despistar.
Pero Monseñor Clark, figura influyente en el catolicismo durante cerca de cincuenta años, no merece ser perdonado por sus debilidades, porque pasó su vida defendiendo el celibato de los curas, atacando a los homosexuales y culpando a "nuestra sociedad saturada de sexo" de todos los males posibles. Es decir que en el infierno de Dante, Clark estaría no junto a Paolo y Francesca, los enternecedores adúlteros del quinto canto, sino en el mismísimo fondo, en el octavo círculo, junto a los hipócritas, falsarios, falsificadores y estafadores del canto treinta, o en el Cocito, junto a los traidores. No el dejarse llevar por la naturaleza, como los lujuriosos, sino el engaño sistemático a los demás, la ruindad pensada fríamente es lo verdaderamente grave.
Y así es como debería ser. La Iglesia se olvida con frecuencia de esta categorización de los pecados y fustiga las debilidades de la carne, tan inocentes. No castiga en cambio, con toda la fuerza que debería, otras siniestras actitudes derivadas de especulaciones perversas, meditadas, razonadas, encamina das a arruinar la vida de los demás.

Ojalá Maccarone pueda rehacer su vida y dedicarse, fuera de la Iglesia, a ayudar a la gente, es decir, a su verdadera vocación.
Hombres como él hacen falta en este país pauperizado y alienado. No podemos prescindir del ex obispo, del ser humano llamado Juan Carlos Maccarone.

Leda Schiavo

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ELOGIO DE LA MIRADA TRANSVERSAL

Hace poco leí en esta misma publicación una nota de Leda Schiavo, cuyo título, "La mirada oblicua", hace referencia a ese particular enfoque de las cosas, que determina que a uno le resulte generalmente difícil, adoptar posiciones excluyentes. Pensando en el asunto como pintor que soy, entre otras cosas, reparé que cuando la luz incide sobre un cuadro de manera no perpendicular al plano, es cuando se destacan todas las imperfecciones de su superficie y es posible percibir la profundidad del color.
La luz frontal produce un efecto especular, el brillo de la tela nos devuelve la mirada y la luz que pusimos. Uno mira, pero pocas veces tiene en cuenta cómo mira. Es la luz que incide transversalmente, la que determina profundidades.
Trabajosamente el pintor modela la superficie plana, determina sombras, crea volúmenes, aplica luz transversal para crear mundos profundos. Las analogías son peligrosamente simplificadoras, pero la tentación es grande y es casi imposible evitar que surjan. Lenguaje poético y metáfora son casi sinónimos, la poesía, como develadora de realidades, como forma del conocimiento, la tiene en la base de su arsenal.
¿Usted vio alguna vez algo más "transversal" que una metáfora? Algo que busca oblicuamente el modo más adecuado de penetrar en la realidad, como para tomarla desprevenida, ya que, — le aseguro, la realidad es como un espejo, si la mira de frente le devolverá la imagen del estúpido que la está mirando—, se vuelve impenetrable. La metáfora es lo opuesto al razonamiento lineal, nos pone frente a la variedad de verdades posibles, siembra el camino de alternativas, descubriendo con levedad de seda, las múltiples caras de la realidad.
En los inicios del pensamiento racional, la filosofía de Platón construye explicaciones con metáforas, único modo de acceder a lo que todavía no tiene nombre. Y no mencionaremos, por obvias, las elaboradas metáforas presocráticas. No crea que hemos avanzado mucho, todos los sistemas posteriores nos conducen inexorablemente a la sensación de que la filosofía, — retórica más, retórica menos —, vuelve a la metáfora primigenia.
Es inevitable al hablar de la oblicuidad o transversalidad, no hablar de lo perpendicular, de lo vertical. Inevitable también es que no surjan las analogías.
El denominado realismo socialista de los ex soviéticos es un buen ejemplo de visión perpendicular en la cual el arte para ser arte, debe ser el fiel reflejo de la realidad del pueblo y manejarse con un lenguaje comprensible para ese pueblo. En una palabra: el naturalismo fotográfico y la literatura seudo costumbrista al servicio de la apología grandilocuente del sistema vertical. En la vereda de enfrente, el arte degenerado y transversal del expresionismo, del fauvismo y del cubismo...
Los espíritus rectos, diría perpendiculares, sólo admiten ángulos de 90°, es el sentido del verticalismo político que no admite oblicuidades, porque sería aceptar el disenso y la interpretación. La cultura está saturada de mandatos verticales: ser un hombre hecho y derecho; recorrer la recta senda; los rectos principios; tener una personalidad sin recovecos. La cultura judeocristiana ha hecho del verticalismo, teológico e institucional, su basamento en oposición a la mirada transversal del paganismo.
Elogiemos, por lo tanto, la mirada oblicua del arte, la transversalidad del pensamiento creador, los curvilíneos caminos del conocimiento o aceptemos resignados, el vertical sol que todo lo achata, la respuesta monótona de los espejos serviles y las chicas lisas y derechas como una tabla.

Leandro Manzo

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TEXTOS de OTROS


DOS TEXTOS

Macedonio Fernández

 

TRES COCINEROS Y UN HUEVO FRITO
Hay tres cocineros en un hotel; el primero llama al segundo y le dice: "Atiéndeme ese huevo frito; deber ser así: no muy pasado, regular sal, sin vinagre"; pero a este segundo viene su mujer a decir que le han robado la cartera, por lo que se dirige al tercero: "Por favor, atiéndeme este huevo frito que me encargó Nicolás y deber ser así y así" y parte a ver cómo le habían robado a su mujer.
Como el primer cocinero no llega, el huevo está hecho y no se sabe a quién servirlo; se le encarga entonces al mensajero llevarlo al mozo que lo pidió, previa averiguación del caso; pero el mozo no aparece y el huevo en tanto se enfría y marchita. Después de molestar con preguntas a todos los clientes del hotel se da con el que había pedido el huevo frito. El cliente mira detenidamente, saborea, compara con sus recuerdos y dice que en su vida ha comido un huevo frito más delicioso, más perfectamente hecho.

Como el gran jefe de fiscalización de los procedimientos culinarios llega a saber todo lo que había pasado y conoce los encomios, resuelve: cambiar el nombre del hotel (pues el cliente se había retirado haciéndole gran propaganda) llamándolo Hotel de los 3 Cocineros y 1 Huevo Frito, y estatuye en las reglas culinarias que todo huevo frito debe ser en una tercera parte trabajado por un diferente cocinero.

EL CESE DE UN TIC TAC DE RELOJ
— Dulce—Persona: Lector, necesito tu aliento sobre esta página de desaliento. Inclínate más; es tan triste toda existencia. La dulce persona hoy está triste.
— Lector ¡Cómo trocaría mi pesadez terrena por tu levedad.
— ¿Por qué pensativa, Dulce persona?
— Porque todo sentir es triste, tal vez.
— Valiera mi vida para prestártela, atribulado personaje.
— Pero ya es bastante que uno a otros nos pensemos.

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Todo delSUR

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