EL SILENCIO
DE LOS INTELECTUALES
Miguel Angel Morelli
LA LECTURA COMO CONVERSACIÓN
Graciela Reyes
TODO BICHO QUE CAMINA
Roberto Enrique Rocca
LA LECTURA COMO PECADO
Leda Schiavo
DEL PENÚLTIMO AMIGO
Fernando Anguita B.
VERSO LIBRE
Néstor Tellechea
DESDE LA BUTACA: Aquel viejo cine argentino
Josefina Sartora
OTROS
Berger, Chomsky, Pinter y Saramago
fab9
EL SILENCIO
DE LOS INTELECTUALES
Dice Barylko que Platón compuso "La República" sólo para vengar la muerte de su maestro Sócrates. Barylko peca, como siempre, de bien pensado. Yo creo que en todo caso es la excusa que sirve para justificar las dos tremebundas conclusiones a las que llegó el ateniense: (a) que los gobernantes tienen que ser filósofos, y (b) que los poetas deben ser expulsados de los asuntos de Estado. ¡Había que tener las espaldas del hijo de Aristón para afirmar semejante disparate! Claro que, cualquiera fuere el motivo por el cual lo haya escrito, dio en la tecla sólo en un cincuenta por ciento: como resulta notorio, la poesía ha sido definitivamente borrada de la cosa pública (y acaso también del mundo). Eso sí, filosofía y gobierno no parecen sinónimos todavía... Ni lo serán nunca, según sospecho.
Molestos, zumbones, siempre urticantes, los intelectuales no sólo han eludido formar parte de los distintos regímenes de la historia, sino que con gusto se han pasado a la vereda de enfrente. Y encima, pobres, cuando les tocó en suerte participar en las revoluciones por lo general acabaron acribillados por el propio sistema.
En un artículo aparecido el domingo 6 de agosto en el diario "Clarín", Noam Chomsky se refirió a la cuestión. Habló, puntualmente, del peso que los intelectuales han ido perdiendo a los largo de estos años, hasta resultar -globalización mediante- prácticamente despreciados por quienes hoy aprietan los botones ("quienes mueven las palancas", anota Chomsky, un tanto demodé). El analista norteamericano señala además que en el artículo "¿Quién influye en la política exterior estadounidense?", publicado en la American Political Science Review, los autores llegan a la fatal conclusión de que la principal influencia proviene ahora de las corporaciones empresariales internacionales, aunque también hay un efecto secundario de los expertos que pueden a su vez verse influidos por la actividad empresarial. Eso sí, la mal llamada opinión pública tiene un efecto poco significativo, casi nulo, sobre los funcionarios de gobierno.
Desde luego, no toda la culpa es del chancho. Y por esta vez, ni siquiera de quien le da de comer: por el contrario, gran parte de la responsabilidad es hoy de quienes prefieren subordinarse a los Poderes de turno sin pudores ni cargos de conciencia. Pragmático, el Estado el Estado democrático al menos ha aprendido que si cada hombre tiene sus debilidades... por algo será. Y que en el fondo nada puede resultarle más funcional que un intelectual escaso de escrúpulos. Agasajando con las migas que gusta obsequiar (desde un título rimbombante a una recompensa económica con olor a soborno, desde un masaje al ego en forma de tributo a un mero diploma, una beca, un viaje o lo que fuere), el Sistema logra que muchos espíritus críticos terminen olvidando que todo privilegio genera responsabilidades. En nuestro medio, por ejemplo, pareciera que ya a nadie se le ocurre pensar que el país fue hecho por intelectuales, por escritores, por periodistas, por artistas. De Moreno a Echeverría, de Mansilla a Sarmiento, de Mitre a Joaquín V. González, casi todos nuestros hombres fueron primero gentes de ideas, intelectuales comprometidos con su época.
Nunca es triste la verdad / lo que no tiene es remedio dice Serrat. Yo creo que sí, que también puede ser triste. Los que hemos aprendido a leer y a pensar con las páginas de un Jauretche, un Borges o un Martínez Estrada, con polémicas tan ricas como las de Sartre con Camus o Cortázar con Castillo, hoy vemos con espanto cómo el poder compra y vende conciencias, impone silencios, admite y rechaza, premia y castiga a su reverendo antojo. Las ideas ya no se debaten, y acaso sea porque no existen, tal vez porque resulta más cómodo disimularlas debajo de una excusa. Desde luego, no quiero ser ingenuo: pretender que los gobernantes que le den la derecha a Platón y adopten la mirada del filósofo sería como pedir un milagro. Pero al menos es hora de exigirles a quienes se asumen como intelectuales, como hombres del pensamiento, que se involucren con aquello que es su deber. De lo contrario lo suyo no dejará de ser una mera pose, afectación, un gesto, políticamente correctos. Al fin y al cabo una opinión puede estar equivocada o no, pero el silencio resulta siempre cómplice, casi una traición.
Miguel Angel Morelli
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LA LECTURA COMO CONVERSACIÓN
Anochecía. El parque estaba húmedo, oloroso, y las luciérnagas flotaban sobre lo verde, encendiéndose y apagándose. En la punta de un largo banco, un hombre leía un libro, absorto, aprovechando el último resplandor de la tarde. Tenía en las manos un lápiz y una regla, para subrayar el libro.
Mi amigo Gerardo, que acaba de morir, leía sentado a una mesa llena de libros, bajo la luz de una lámpara y las estrellas sin cuento del cielo patagónico. Usaba una escuadra chica, escolar, para subrayar los libros. Las charlas entre él y sus amigos solían ser continuaciones de las que había tenido antes con los libros. Siempre lo recordaré rodeado de libros, buscando pasajes marcados, comentando, disintiendo, en una conversación que unía a los presentes y a los ausentes, y nos incorporaba a todos al gran diálogo humano que comenzó con el lenguaje y se afianzó luego con la invención de la escritura.
Hay muchos modos de leer. Como demuestra Ricardo Piglia en El último lector, la literatura nos ofrece un repertorio de lectores insaciables, obsesivos, dementes, de lectores como autores, de lectores como lectores. Don Quijote, el más famoso de todos, no sabe volver a sí mismo después del desdoblamiento que propone la lectura literaria, cree ser otro y vivir otra vida, y de hidalgo apacible pasa a ser un anacrónico caballero andante. Pierre Menard, personaje de un cuento de Borges, se propone reescribir el Quijote, escribir una réplica idéntica, pero siendo Menard, siendo lector, no siendo Cervantes. El mismo Borges es un lector de sí mismo y de otros, llamado a veces Borges. La literatura, de una manera u otra, trata de sí misma, y por eso trata del lector: porque la literatura es, sobre todo, un tipo de lectura.
Pero cualquiera sea el modo de leer y cualquiera el género, literario o no, del texto, leer es, siempre, una forma del arte de la conversación. Es un diálogo entre autor y lector, y entre muchas otras voces suscitadas por ambos. Todo diálogo creativo, enriquecedor, es como un concierto que se va improvisando. Al leer, tenemos una partitura, pero la interpretamos de muchas maneras, no todas previstas por el autor. Se puede leer más o menos pasivamente, pero el lector jamás es inerte, porque interpretar lenguaje exige reponer contextos, suplir ideas y emociones, crear imágenes, recordar, soñar. En todo texto el lector está presente desde el principio. Umberto Eco llamó a ese lector propuesto por la escritura misma lector in fábula: es el lector al que habla el autor, un ser ideal, imaginario, prefiguración de cada lector de carne y hueso que debe reaccionar, participar, cooperar en la recreación del texto.
Por eso el lápiz y la regla. Cada vez que subrayo, contesto abiertamente, participo, doy mi opinión, y además marco los pasajes a los que voy a volver en futuras conversaciones. Al pasar los años, abrir un libro y encontrar nuestros subrayados y notas al margen instaura todavía otra conversación: la conversación con nosotros mismos. Un libro es un lugar de encuentro, de voces que se entrecruzan, de descubrimientos continuos.
Mijail Bajtin decía que la vida consiste, en todos sus niveles, en intercambios de significados, ya sea entre organismos y procesos del mundo natural, entre neuronas, entre palabras, entre miembros de la sociedad, entre sociedades. Al leer, por el milagro tecnológico de la escritura, podemos conectarnos también con las mentes de personas muertas o lejanas: las palabras quedaron allí, esperando respuesta. Lo escrito pide respuesta. Leer es responder.
En cada libro hay una conversación posible, nuevas ideas, nuevos conocimientos, nuevos amigos, las voces de los amigos que se han ido, y la ilusión de entender algo más de la existencia.
Graciela Reyes
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TODO BICHO QUE CAMINA
Allí, en aquel paraje casi desierto, había una fonda donde el patrón preparaba, con aderezos y aromas misteriosos, toda clase de carnes de caza. Solo había tres mesas y se decía que los comensales nunca sabían lo que estaban comiendo, pero los manjares eran tan arcanos como deliciosos.
La fama del lugar atrajo al gordo, gran sibarita y conocedor de los grandes restaurantes del mundo. Llegó antes que los otros parroquianos y fue recibido por una camarera rozagante y sonriente.
—¡Espero que la comida sea tan apetitosa como vos!— espetó a modo de saludo.
Creció la sonrisa de la muchacha y él empezó a sentirse dueño de la situación.
Transcurría la velada entre salsas y mohines, regada con un vino casero, un poco áspero, pero pleno de reminiscencias aromáticas y misteriosas.
Hacia el final, el gordo, que ya se sentía un cazador del paleolítico, le dijo mirándola a los ojos:
—¿Podré comerte después del postre?
Amplia sonrisa de consentimiento.
Vinieron todavía, atención del patrón, dos copitas de licor de hierbas silvestres.
Cuando vio al gordo dormido sobre la mesa, la camarera fue a la cocina y dijo:
—Ya tenemos la carne para mañana. __________ de «Cuentos mínimos»
Roberto Enrique Rocca
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DEL PENÚLTIMO AMIGO
Nunca estuve seguro de interpretar correctamente la aseveración de Borges: El hombre olvida que es un muerto que conversaba con muertos. Ahora, al fallecer uno de los dos amigos radicales que me quedaban, es decir, mi penúltimo amigo, he creído entenderlo; sin embargo, mi involuntaria iluminación está muy distante, por gratuita, de la esforzada meta [the Enlightment] hacia la que orientan sus vidas los seguidores del Zen.
No comparto el sentimiento de quienes se alegran cuando fallece alguno de sus seres queridos porque imaginan que ha partido hacia la gloria, hacia un espacio mejor que este mundo. Les felicito, por supuesto, y si pudiera sentir como ellos me faltarían palabras para cantar sus bienaventuranzas. Mas no sólo por eso seré breve, sino porque tampoco creo que me asista el derecho de aventar mis tristezas, y menos aún los íntimos pesares de los deudos de Gerardo, mi amigo.
Entendí desde joven por "amistad radical" la que nace entre dos personas en un momento indeterminado de la vida y al correr el tiempo, sin pregonarlo, ambas son conscientes de que pueden contar con el otro para siempre y para lo que sea.
Recorridos ya más de los tres cuartos del camino, en el infinito forever, el "para siempre" de ese contar, los quanta de transformada energía de lo que en vida fue mi amigo fallecido se amalgamaron con los bits que componen estas palabras, las que antes de existir como tales, informes todavía en el magma del pensar, nacieron al borde de su partida, ¡un día antes!, mientras la tristeza dejaba inconclusa en mi garganta la conversación con su esposa...
Fue aplicable a Gerardo el sentimiento de desengaño de la gloria y del genio que Margarita Yourcenar puso en boca de "Alexis": A menudo he pensado con tristeza que un alma verdaderamente hermosa no alcanzaría la gloria, porque no la desearía. De eso, del éxito, de la gloria mundana inane, de la fama, hablamos la última vez que estuvimos juntos en su casa de Puerto Madryn y, sin saberme muerto todavía, desde aquí, con el permiso de Sonia, he podido seguir conversando con él.
Fernando Anguita B.
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LA LECTURA COMO PECADO
Entre los placeres solitarios, el de la lectura es el más duradero y excitante. Como usted verá si sigue leyendo, el placer no es tan solitario como parece.
Perseguir las sílabas a través de las líneas y la página, corporeizando con la imaginación el significado que intentan transmitir los significantes, dando sentido a las perras negras, como llamó Cortázar siguiendo a Víctor Hugo a estas letras que usted mismo tiene ante los ojos, es para muchos de nosotros, una experiencia orgásmica. Para el escritor, perseguir a las perras negras puede ser muy traumatizante, desesperado por comunicar algo elusivo, en fuga siempre, imposible de atrapar, como le pasó a Apolo con Dafne. Cuando lo logra, sobreviene la calma tras esa lucha en el campo de batalla del idioma.
Como todo acto de amor, lectura y escritura necesitan un cuidado extremo, un tiempo lento que se acelera al llegar al paroxismo, un uso constante de la inteligencia y una atención exasperada. Hablo de los grandes escritores, no de la prosa adocenada y fácil. Hablo de Borges, de Cortázar, de Saer. Y qué me dice usted de los que comunican aún a través de buenas y malas traducciones, porque quién no se conmueve con Los miserables o Los hermanos Karamazov, o Fausto.
Cada autor tiene un ritmo al que hay que acostumbrarse y que a veces se percibe solamente si se lee en voz alta. Hay que sensibilizarse para captar el ritmo de la escritura y acompañarlo en la lectura, escritor y lector tienen que entablar una relación de pareja, si no sucede el milagro, la epifanía, se produce un vacío y el libro se cae de las manos, los ojos se cierran, el entendimiento duerme. Cortázar nos conmovió tanto porque en Rayuela percibimos que el narrador respira cuando los argentinos respiramos, es decir, logra el ritmo del dialecto rioplatense y se produce el orgasmo al unísono, para decirlo con una frase del gran Julito.
Los niños y los jóvenes que han reemplazado el placer de la lectura por los jueguitos y los medios audiovisuales no sabrán quizás nunca lo que se pierden. Los que se escondían, como nosotros, para gozar del arrobamiento de la lectura sin que nadie los molestara, entenderán como cómplices lo que quiero decir.
Leda Schiavo
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VERSO LIBRE
¿Sabe cuál debe ser el peor pecado contra el olvido...
me dijo en un sueño (o, para decirlo —tal vez con mayor sinceridad — en la pretensión de haberlo soñado) el hombre más tiempo del mundo...La justificación de cualquier misterio que nos entusiasme...
Porque... ¡al fin de cuentas... ¿Alguien podría negarnos que ahora mismo, no hayamos poseído sobre el revés de nuestras manos...un instante excepcional del Universo...
Por favor, discúlpeme esta falta de discreción...le ruego que me tome del brazo y que me ayude a compartir de pie, el respeto que le debamos al sentido más profundo que tenga la suavidad de esta tarde...
...Por lo demás, le confieso que, bastante a menudo, me resulta absurdo saber a lo mejor
quién soy...
La verdad ofrecida por la duda (o su insistencia, me parece) conmueven tanto por sí mismas...
...Y si no, fíjese... La fantasía... La más genuina realidad que protagonicemos durante toda nuestra permanencia en la vida humana...según creo...
...De repente, puede intervenir y convencernos de que...
...el oleaje breve de una rama y sus hojas, podríamos decir... sometidas a la antigüedad brisada de la luz, habrán estado encendiendo un sonido...casi de nobleza, para con la rotundidad tan amable que suele tener el silencio bien escuchado...
....Hasta que,
algo así como...
un aire renovador de nuestro pensamiento, empieza a enunciar...
¡Por qué no...la prudencia de un temblor...que se queda,
nada más que en lo recóndito de nuestra soledad... gracias al devenir de una palabra, deseo; o recuerdos muy esperados...
Y entonces...
Para qué..!
Comprometer con exageraciones... ¡Yo diría...hasta imprudentes,
a este anhelante o conocido episodio
de la nada, que ya somos...
...Nadie tiene la culpa de que...
a un árbol, se lo pueda sentir...
tímidamente furioso,
cuando está quieto...
Néstor Tellechea
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DESDE LA BUTACA: Aquel viejo cine argentino
Muchas veces he escrito sobre la renovación que significó el Nuevo Cine Argentino. Los directores surgidos a fines de los ´90 nos permitieron pensar que surgía algo nuevo, pudimos comprobar que el cine argentino tenía una enorme posibilidad por delante, y creíamos que ésta recién empezaba, que era la punta de un trabajo a realizar. Muchos creímos que se dejaban atrás ciertas lacras que nuestro cine arrastraba desde hacía décadas, y que habían llegado a su grado más miserable durante la dictadura.
Sin embargo, basta un repaso a la cartelera de las últimas semanas para observar qué ha podido verse de cine nacional: Patoruzito 2, Bañeros 3, Ratón Pérez, Las manos... Estas películas son emblema de lo que podemos llamar Viejo Cine Argentino, o El regreso de los Muertos Vivientes. No porque no nos guste algún cine de la época dorada, sino porque huelen a rancio, a declamatorio, a chabacano, a todo lo que no deseamos del cine, y desvalorizan al espectador.
Observando el tema con una mirada un poco más abarcadora, el fenómeno del cine malo no es sólo local. La cartelera en general tiene poco para ofrecer, en un año en que lo más sonado en cine ha sido una película paupérrima como El Código da Vinci. Esperemos que la segunda parte del año mejore con algunos estrenos argentinos que se anuncian.
Sé que mi opinión podrá ser tildada de elitista. En la vereda opuesta se colocan quienes miden los valores de una película en números de taquilla. No casualmente, ellos tienen sus tribunas en medios masivos como La Nación o Noticias, y desde allí buscan formar opinión y torcerla hacia un cine popular. Las aburridas películas del Nuevo Cine Argentino no interesan a nadie, sostienen. Olvidan tal vez que las obras nuevas en cualquier arte necesitan su tiempo para entrar en el gusto masivo: nunca lo moderno fue popular en su primer momento, a veces nunca, pero no vamos por ello a denostar las nuevas propuestas sin darles una oportunidad. No seamos tan necios, o tan cuidadosos de los intereses comerciales.
Josefina Sartora
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