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LA VENTA DEL PASADO / HISTORIA CON SILLAS Graciela Reyes
ORWELL FOREVER [I y II]
Fernando Anguita B.
PELADOS Y CONTENTOS
Antonio Bou
ACENTO ITALIANO
Carlos Eusebi
TOQUE DE QUEDA
León Leiva Gallardo
fab6V-9
LA VENTA DEL PASADO
Dejé
las valijas en la entrada, cerré con llave y cerrojo, miré el gran líving
en penumbras. El departamento estaba muy frío, pese a que la calefacción
parecía funcionar bien. Sólo un rato después vi que la puerta corrediza
del balcón del líving no estaba cerrada del todo, y que por allí entraba
el aire frío y húmedo que empapaba la casa. Todo parecía igual: los
muebles, los cuadros, la pintura sucia, el empapelado de los pasillos
arqueado en las puntas. Hasta el olor parecía el mismo. Pero había hollín
en los muebles y en el suelo, donde sin querer iba dejando mis huellas. Mi
habitación estaba helada. Miré hacia mi escritorio, donde siempre, durante
veinte años de visitas, mi padre había puesto un ramo de flores para
recibirme. La biblioteca seguía llena de mis libros de estudiante. Estaban
en su lugar todos los diccionarios y las colecciones de clásicos, que había
llegado la hora de embalar y mandar a alguna parte. Teníamos que vender ese
departamento cuanto antes, ya no podíamos mantenerlo y llevaba en venta más
de un año. Ni una sola persona nos había hecho una oferta de compra.
La luz de la habitación de mis padres no se quiso
encender, y levanté la persiana del balcón. Las plantas que tanto amaba mi
madre estaban secas, y había una paloma muerta entre las macetas. En el
dormitorio, la gran cama de matrimonio me pareció un barco a la deriva en
un sueño: su colcha verde, opaca por el polvo que la cubría, era tan
familiar y a la vez tan irreal, que la cama pertenecía y no pertenecía ya
a esa habitación en la que había estado durante cincuenta años. Había
una foto mía sobre la cómoda. Hasta había ropa doblada sobre una silla.
La casa había quedado deshabitada de golpe, alguien extraño a la familia
la había preparado para mostrarla a los posibles compradores, y esa persona
no había podido borrar las huellas de la intimidad cotidiana. El tiempo y
la mugre conseguían aislar esa intimidad de la realidad, y hacerla todavía
más dolorosa, como la desnudez de un muerto.
Encendí
todas las luces que había en el departamento, pero era un día nublado de
invierno, ya al final de la tarde, y apenas logré disipar un poco las
penumbras. En el comedor había hojas secas por el suelo, que habían
entrado por la puerta mal cerrada. Me acerqué el balcón y vi los dos
enormes carteles que decían “En venta”. Parecían las proas de dos
barcos, sus puntas señalando la ciudad gris que nos rodeaba por todos
lados, como un mar de ángulos agudos contra las nubes oscuras.
Había comido en el avión y no tenía hambre, pero
busqué algo en la cocina, por hábito. Cada vez que venía de visita, mi
madre preparaba tantas cosas, que los platos y platitos de manjares
desbordaban la cocina y llegaban al comedor diario y hasta al comedor. Ahora
estaba todo vacío y opaco por el hollín, y en la pileta había marcas
amarillas, producidas por el goteo de la canilla. La desolación es más
grande cuanto más familiar es el escenario. La luz de la cocina siempre había
hecho un zumbido, y lo hacía. La vecina de abajo siempre preparaba carne
con ajo para el almuerzo, y también ese día lo había hecho, porque
quedaba el olor en el aire. Un olor indecente que superaba el tiempo y la
muerte.
Encontré jabones y toallas en los baños, y los
inodoros parecían lo único usado en los últimos meses, porque estaban
menos sucios que el resto. Pensé en ponerme a limpiar, en quitar al menos
el hollín pegajoso que se me iba adhiriendo a la piel. Pero lo único que
hice fue buscar ropa limpia en una valija, cambiarme sin atreverme a darme
una ducha, por no usar la bañera con estrías rojizas, y tenderme en mi
antigua cama de adolescente, bajo las hileras de libros que me protegían a
un lado y otro. Cubierta con mi tapado, me dormí como duerme uno en los
lugares de paso de la vida, y, sin embargo, estaba en la casa en la que había
vivido mis primeros veinticinco años.
Un rato más tarde, en el supermercado de la
esquina, tropecé con una vecina de las más antiguas del edificio. Me
reconoció al instante, me dijo que el tiempo no pasaba para mí, y me
anunció que había unos vecinos nuevos, en la planta baja, interesados en
comprar mi departamento. Cuando estaba tratando de limpiar la heladera para
usarla, sonó el teléfono, que nunca se nos había ocurrido hacer cortar.
Era la de la planta baja, que, ya alertada por la vecina, quería subir a
ver el departamento. Le dije riéndome que acababa de llegar, que estaba
todo sucio, que esperara al día siguiente, y que además las casas había
que mirarlas a la luz del día. Entonces me dijo que bajara a tomar un café
con ella y su marido, así nos conocíamos, al menos.
Esa noche nos tomamos varios whiskies, y comenzamos
una conversación que tuvo por tema el departamento del octavo piso, que
querían y no querían comprar, y también tuvo por tema la ciudad de Buenos
Aires, la Argentina, el mundo, nosotros, nuestras vidas. A lo largo de la
venta de la casa nos contamos tantas cosas que un mes un pico después, al
separarnos, sabíamos casi todo unos de otros.
Habían llamado a la agencia inmobiliaria, cuyo número
de teléfono estaba en los cartelones del frente, para saber cuánto pedíamos
por el departamento, pero no quisieron verlo porque sabían por el portero
que yo estaba a punto de llegar de Estados Unidos. Querían hacer el trato
conmigo, y no pagar los miles de dólares extra de comisión. Como el
comprador es el que paga la comisión, comprendí que me esperaran, ya que
vivían en la casa y habían conocido, de vista, a mis padres. Además, la
inmobiliaria no había hecho nada y no se merecía recibir todo ese dinero.
Mi hermano y yo teníamos un contrato firmado con el dueño de la agencia,
un ser desagradable que me llamaba “doctora”, y yo a él, en mente,
Uriah Heep, porque me parecía idéntico al personaje siniestro de David
Copperfield. Para descartarlo, teníamos que esperar a que venciera el
contrato, lo que estaba a punto de suceder. Mientras, tomábamos whisky casi
todas las noches; si yo no bajaba, me llamaban. Estaban tan contentos de
charlar conmigo que ya ni se acordaban de querer ver el octavo, aunque yo lo
había hecho limpiar minuciosamente y lo había llenado de plantas nuevas y
de flores.
***
Anita tenía cuarenta y cinco años, porque me lo
dijo, y me preguntó los míos, y nos comparamos las pieles. Era una mujer
jovial e indiscreta como solamente las he conocido en Buenos Aires, mujeres
que preguntan lo que no se pregunta y cuentan lo que no se cuenta, y que no
vacilan en pelearse a gritos con sus hijos delante de cualquiera y que son
sinceras siempre y grandes amigas. El marido, Bento, era, como pasa en estos
casos, un ser más bien taciturno, sólido, tranquilo. Tenía una enfermedad
fatal, y no esperaba vivir mucho, pero seguía trabajando y haciendo planes
para su mujer y sus hijos. Querían comprar el piso octavo porque ya no podían
soportar vivir todos juntos, ellos, los cuatro hijos adolescentes y el
perro, en las habitaciones insuficientes de la planta baja, y un
departamento nuevo para todos era difícil de encontrar o carísimo.
Comprando el octavo, vivían cerca de sus hijos, y suficientemente
separados. A la vez, temían dejar solos a sus hijos. También dudaban de
que valiera la pena, estando él tan enfermo, hacer el esfuerzo de la
mudanza y de la instalación en una casa nueva, en la que ella tarde o
temprano iba a quedarse sola. Y les preocupaba, además, gastar sus ahorros,
que estaban escondidos en los barrotes de la cama de bronce en que dormían,
porque, decían, en un país tan inestable nunca se sabía qué podía pasar
al día siguiente.
Lo de los barrotes me maravilló tanto, que quise
ver la cama, y esa noche Anita, Bento y yo acabamos tomando whisky sentados
en posturas de yoga en la cama de matrimonio. El perro, que era enorme y me
seguía a todas partes (incluso a mi casa: fue el primero en conocer el
octavo piso) también saltó a la cama, lo que nos hizo tan fraternos y tan
entrañables, que esa noche encontré el modo de venderles la casa, cuando
ya el tema de la venta parecía haber quedado fuera de nuestra conversación.
Fue así: les conté lo feliz que había sido en ese
octavo piso lleno de aire y luz, con vista a la calle por el frente y al
centro de manzana por los dormitorios. Les dije que a cierta hora de la
tarde entraba en mi dormitorio, que iba a ser el escritorio de Bento, un
olor dulce, único, a café molido, procedente de la casa Bonafide que
estaba abajo, en línea recta con mi ventana, y que ese olor está asociado
en mi memoria a los versos de Virgilio y a la exquisita dificultad de Góngora,
los autores que había estudiado con más pasión. Les dije que en el cuarto
pequeño, que había sido de mi hermano, había un silencio de convento,
porque el vecino de abajo, Elías, trabajaba horas y horas sentado a su
escritorio, traduciendo obras antiguas, mientras el sol de la mañana le
doraba la cabeza y luego iba pasando por la pared, iluminaba una hilera de
geranios rojos que habíamos plantado en una saliente, y entraba en el
cuarto pequeño, donde mi hermano había estudiado toda su carrera. Les conté
que del otro lado había estado siempre el consultorio de mi madre, con la
persiana medio baja, para tranquilidad del paciente, pero no tanto que
impidiera ver el cielo. El cielo entraba en nuestra casa por todas partes,
les dije. Las noches de verano en el gran balcón delantero eran
maravillosas, y a mí me gustaba sentarme mirando hacia el lado del río,
donde el cielo parecía reflejar la gran extensión violácea del agua. Yo
había dado fiestas inolvidables en el enorme líving, y habíamos bailado
hasta la mañana, porque a mí me gustaban las fiestas, y todavía echaba de
menos ese líving tan grande.
El glamour de mi vida pasada, que comenzaba en el
orden de una familia atareada y próspera, pasaba por una adolescencia sin
crisis, y llegaba a mi juventud apasionada, mezcla de sílabas latinas,
novios, bailes, sueños, hasta el día en que emigré, fue transformando el
piso octavo en el escenario de una fantasía irresistible. No les oculté
que el departamento necesitaba arreglos y que podía ser un poco grande para
ellos dos y el perro, pero ponderé aquellos años pasados, cuya calma
persistía en los reflejos del sol sobre el parquet perfectamente
conservado, ponderé la acogedora amplitud, los rincones divertidos donde yo
había jugado a las visitas, la gran cocina donde mi madre había preparado
exquisiteces durante tantas décadas, los árboles de la calle, llenos de pájaros,
sobre los que había escrito mis primeros poemas infantiles. Les dije que
deseaba que fueran ellos los que habitaran ahora esa casa. Me dijeron que sí,
que la querían, sin haberla
visto todavía.
A la mañana siguiente fui a ver a Uriah Heep, que
con untuosa cortesía me dijo que el contrato de venta no había vencido,
porque si leía la letra chica, ahí decía que los días del contrato eran
días hábiles, no días a secas. Me dijo que si tenía compradores,
debía enviárselos. Le contesté que parecía tan difícil vender una
propiedad en Buenos Aires, que estaba llena de carteles de venta, y que hacía
tanto que lo intentábamos sin éxito, que estaba empezando a cambiar de
idea. Observó, con una mueca de odio realmente digna de Uriah Heep, que en
todas las familias había una persona como yo, que él lo sabía bien, era
parte de su oficio.
Yo no tenía el contrato, que había firmado mi
hermano. Mi hermano, su mujer y sus ocho hijos vivían en una comunidad
cuasi monacal, haciendo labores de carpintería y de telar y cultivando su
propia comida, a muchos kilómetros de la civilización. Ni siquiera tenían
teléfono. El único contacto era un puestero de la estancia “El
flamenco”. Lo llamé y le pedí que se acercara a la comunidad y llamara a
mi hermano, lo que hizo, tomándose su tiempo. A mi hermano le costó
encontrar el contrato, pero más le costó encontrar un almanaque donde
figuraran todas las fiestas que se concede a sí misma la nación argentina,
fiestas ajenas a la vida de él, en la que todos los días eran iguales y el
domingo era el día del Señor. Cuando dio con ambas cosas, me anunció que
el contrato con Uriah Heep era válido por veintisiete días más.
Nunca se me ocurrió, ni a mí ni a mis vecinos, verificar esa cifra.
A mí me parecieron pocos días para vaciar toda la casa y hacer la mudanza,
a ellos les apenó saber que nos quedaba menos de un mes para seguir viéndonos.
***
Uriah Heep se dedicó a hostigarme. Intentó mostrar
mi casa a un montón de interesados surgidos mágicamente, que yo me negué
a recibir. Me amenazó, me llamó a todas horas y me hizo llamar por otros,
con cuentos absurdos. Cambié todas las cerraduras y puse cerrojos en las
dos puertas de la casa. La relación con mis vecinos se hizo clandestina, ya
que no confiábamos en el portero. Yo bajaba tarde, por las escaleras de
servicio, y daba dos golpecitos consabidos.
Anita y Bento subieron a ver el octavo una tarde, a
la hora elegida por mí, cuando la luz era mejor. Para recibirlos, hice
funcionar el tocadiscos del año cincuenta. Les enseñé todo
minuciosamente, como los guías muestran las casas donde vivió gente
ilustre. “Aquí estaba mi cuna”, “Allí armábamos el tren eléctrico
de mi hermano”, “Aquí me sentaba a leer novelas para que nadie me
viera”, “Ése era el rincón de papá”, “Aquí mamá tenía una
especie de invernadero precioso”, “Este siempre fue el lugar de mi
escritorio, al lado de la ventana”, “Esos son mis libros de la facultad,
pero por detrás están todavía mis libros de cuentos”.
Recorriendo la casa, recorrimos veinticinco años de
mi vida. Reviví o reinventé muchas cosas, perdí otras que no tenían
lugar en ese inventario glorificado. Después, nos sentamos en el líving,
con el perro a mis pies, y llegamos a un acuerdo sobre el precio de venta.
Encendí las velas de los candelabros de plata, y brindamos con champán.
Les había vendido mi pasado, que es algo difícil de vender.
Los días que siguieron son quizá los más
desdichados de mi vida. Tuve que abrir cajón por cajón, releer papeles y
cartas, seleccionar lo que había que guardar y tirar. Encontré mis
ejercicios de griego, escritos con tinta en hojas de tamaño oficio, encontré
poemas patéticos, cartas de amor, apuntes de clase, los cuadernos del
colegio. En la habitación de mis padres encontré fotos que me hicieron
llorar, alhajas rotas, flores secas, listas y listas de cosas por hacer,
cartas recientes, dirigidas a mí, que mis padres no me habían mandado.
Encontré cuentas sin pagar y cuentas pagadas dos veces, encontré
huellas de alegría y huellas de dolor, de incertidumbre, de soledad. Volvió
el pasado minucioso, las cosas viles que no queremos recordar, los momentos de
transición, que suelen ser los más tristes, el desorden de la vida
cotidiana, los deterioros, el tedio, el miedo de vivir, los entusiasmos que ya
no valen, que son como billetes de banco perimidos, todo estaba en los
archivos y cajones y en lo alto de los armarios. Y tantas ilusiones que nunca
se cumplieron. A veces no me atrevía a abrir una carpeta o un sobre, los
arrojaba desde lo alto de la escalera. El departamento se convirtió en un
caos por el que ya no podía transitar. Mi único escape era bajar a la noche
a la casa de los vecinos.
Mi amiga de la infancia Mariquita me recomendó,
para que me ayudara con la mudanza, a un estudiante de anchas espaldas y ojos
reidores, llamado Ezequiel. Ezequiel
consideraba que la mayor parte de las cosas que encontraba por el suelo debían
ser destinadas a la caridad pública o a la basura. La mirada impía de
Ezequiel rompió el hechizo: me di cuenta de que ese pasado ya no era mío, de
todos modos. Le dije que tirara todo lo que quisiera. Después de unos días
de llenar bolsas de basura y cajas de vajilla, ropa, libros, la intención
expresa de mi ayudante fue acostarse conmigo en el sofá del líving, lo que
me pareció digno broche de oro a mi glamoroso pasado.
Firmamos el contrato de venta una mañana muy
temprano. Estaba oscuro todavía. Yo había mantenido el comedor intacto,
salvo la enorme araña de luces, que habíamos desmontado Ezequiel y yo. Por eso colgaba una lamparita del techo la mañana de la venta, y parecíamos
todos mafiosos, incluso el escribano, que era un hombre elegantísimo. Anita y
Bento aparecieron con dos bolsas del supermercado, donde había ciento
cincuenta mil dólares extraídos de los barrotes de la cama. Mi hermano, de
traje azul anticuado y corbata, quiso que yo contara el dinero. Firmamos, nos
dimos abrazos, y Anita me dijo que le prometiera que iba a volver a visitar mi
casa en cada viaje que hiciera a la Argentina. No se lo prometí, ni le pude
explicar por qué.
Le dejé a Bento mis estanterías para libros, porque le habían gustado mucho. La última noche de mi estancia en la
casa, las estanterías estaban vacías y solamente quedaba un libro y la vieja
lámpara agarrada a presión a uno de los estantes. Era la misma que yo usaba
en mis tiempos de estudiante. Mi padre me decía que se me iba a caer en la
cara, que la quitara de allí antes de dormirme. Nunca le hice caso y nunca se
cayó, en tantos años, hasta esa noche. El golpe, el ruido a lata, me
hicieron creer que había entrado Uriah Heep, y creo que me dispuse a matarlo.
Después vi el cable colgando en el aire y pensé que mi padre me demostraba
en el último minuto que tenía razón. Riéndome, me dormí otra vez,
profundamente.
***
Uriah Heep nos hizo juicio y lo ganó, porque habíamos
vendido la casa por nuestra cuenta dos días antes de que venciera su
contrato. Ni mi hermano ni yo pudimos ocuparnos personalmente del asunto, y el
abogado era torpe o negligente. Lo cierto es que tuvimos que pagar una suma
escandalosa en daños, más los honorarios del abogado. De la venta de la casa
nos quedó poco. Pero Anita y Bento se hicieron cargo de mi pasado. Supe que
plantaron en los balcones las mismas plantas que tenía mi madre, que pintaron
las paredes con los mismos colores. Mis estanterías están allí, otra vez
llenas de libros. Y lo que yo les conté de mí para venderles la casa es
ahora la verdadera historia de mi vida.
HISTORIA CON SILLAS
Para poder hablar a solas, nos encontramos en su oficina. Sobre el escritorio había un termo con agua caliente y un mate. Se sorprendió cuando le dije que yo no tomaba mate. Fuimos a la cocinita y me hizo un Nescafé. El olor del Nescafé me recordó otros viajes, otras tardes de mi vida. Volvimos a la oficina y nos sentamos en dos sillas que estaban de frente al escritorio. Las cambiamos un poco de posición, para poder mirarnos. Y hablamos. Por la ventana se veía la línea nítida del horizonte. Ni un árbol interrumpía la planicie. A lo largo de la tarde el cielo se fue haciendo más azul, y cuando nos separamos había una gran nube púrpura flotando frente a nosotros.
Movimos las sillas varias veces, buscando mejores posiciones. En mi memoria, él está siempre de frente, los ojos mordiendo los míos, hablándome, y yo oscilo, estoy a veces frente a él y a veces un poco de lado, mirando hacia el sillón vacío de detrás del escritorio, en silencio, de modo que él le habla a mi mejilla izquierda, y de vez en cuando me empuja el pelo por detrás de la oreja. Sin embargo, eso lo hizo al final y quizá una sola vez. La foto de nosotros que me quedó grabada es una síntesis de horas de mover sillas, piernas, cuerpos, de horas de mirarnos y sonreírnos y a veces reírnos, de contradecirnos, sacarnos la palabra de la boca, quedarnos en silencio, volver a hablar. Esa imagen mía es como las que aparecen en los carteles de las películas, una foto que nunca se ve exactamente así en la película misma. Incluye la única caricia que me hizo, pasándome el pelo por detrás de la oreja. Y apenas algunas palabras. Yo hablé poco, en voz muy baja y lentamente, saboreando que me escuchara. Él, en cambio, habló mucho y con animación, buscándome, bailando a mi alrededor con las palabras.
Nos contamos cosas. En un momento le comenté que quizá se nos iba a pasar el tiempo y no íbamos a decirnos lo que más nos importaba decirnos, en esa única cita que nos permitían los dioses. Me dijo que es difícil saber qué es lo más importante. Y tuvo razón. Nosotros no sabíamos, aquel día, qué teníamos que decirnos. Solamente queríamos hablar a solas, estar ahí, separados por las malditas sillas, mirándonos.
En mi recuerdo, él siempre sonríe. Y yo me siento tan libre y tan dichosa, tan capaz de apreciar la maravilla, como una niña muy chica, sabiendo que a cierta hora, fijada por otros, el juego va a acabarse, sin haber llegado a ser más que la inminencia de un juego imposible. Cuando llegó la hora me acompañó a tomar un taxi. Nos despedimos con un beso en la mejilla, bajo la luz del atardecer. No he vuelto a saber nada de él, como estuvo siempre sobreentendido aquella tarde.
Graciela Reyes
p
ORWELL FOREVER [I]
Un mes antes de dar por terminado el manuscrito de su última y más famosa novela, George Orwell no había decidido el título que le iba a poner. Dudaba entonces entre The Last Man in Europe y el que por fin decidió, «1984». Había barajado otros títulos, pero ganó la simplicidad del que nació de una permuta pueril. El libro se había proyectado terminar y publicar en 1948 y, aunque no estaba considerado por su autor como una profecía, escenificaba el sombrío panorama de un futuro posible. Por tanto, una fecha suficientemente lejana, aunque no demasiado, era adecuada para titularlo. La permuta de las dos últimas cifras del año límite, 48 en 84, cumplía los requisitos. También hubiera valido jugar con 1949, el año siguiente, en el que realmente apareció la primera edición del libro; por tanto, los atributos que algunos fantasiosos colgaron de la efemérides carecieron del menor fundamento. Sin embargo, no todo lo que se escribió en la conjunción de fechas fue palabrería vana. Luciano Pellicani se manifestaba así:
La prensa, la radio y el cine totalmente estatalizados (o, en cualquier caso, debidamente controlados por el Estado) producen un universo simbólico homogéneo y compacto, en el cual al individuo no le cabe la menor posibilidad de elección.*
Son argumentos orwellianos trasladados de la ficción al ensayo. Lo cual quiere decir que el sombrío panorama cobró entidad suficiente para que debamos seguir preguntándonos si las socialdemocracias modernas tienden hacia el modelo que la cita describe. En otras palabras, si las maniobras para conservar el poder en los estados que (nos) llamamos democráticos no están derivando en acciones del más puro estilo totalitario. Las voces de muchos pensadores han ido denunciándolo. Es casi una banalidad repetir que los sistemas, como conjuntos de relaciones que son, envejecen en la medida que éstas se desgastan o deterioran. La resistencia al desgaste de las relaciones sociales no parece precisamente de las más perdurables. Es cierto que juega a su favor la extraordinaria capacidad de adaptación de los seres humanos, lo que en términos vulgares se llama aguante. Esa capacidad es bien conocida por quienes ejercen el poder, lo cual les permite un ancho margen de maniobra: en sentido temporal (pueden dilatar el cumplimiento de promesas electorales ad calendas graecas), y en sentido jurisdiccional (pueden tergiversar los mensajes hasta conceder lo contrario de lo prometido).
"Las promesas que contienen los programas electorales de los partidos están para ganar votos, no para ser cumplidas", he ahí una afirmación cínica que la opinión pública ha terminado por digerir (casi) sin inmutarse, -valga anotar al respecto, que los porcentajes de abstención que se dan en las elecciones son una buena evaluación del "casi"-. La medida del tiempo de demora, y la estimación del grado de distorsión que el pueblo, el demos, puede llegar a soportar es lo que los detentadores del poder, --desde el momento en que así lo ejerceen, lo detentan--, vigilan con mayor celo. Pero los descuidos se producen; no puede ser de otra manera. Ni siquiera recurriendo a las máquinas o a la inteligencia artificial o a los modelos de simulación de comportamientos, se llega a controlar algo tan sutil. La corrección de ese tipo de errores sólo puede hacerse a base de amputar los principios que sustentaron la llegada democrática al poder --el verbo está en pretérito porque, llegados a ese punto, los principios son cosa del pasado--. Cuando no se puede demorar más el cumplimiento de las promesas ni retorcer más el engaño, se van rompiendo una a una las cartas de la baraja. La herramienta imprescindible antes de recurrir a métodos más violentos es bien conocida: el control de la información. Ese control es el que permite proceder a la banalización del lenguaje en los medios, especialmente en la televisión. Es aquí donde debemos recuperar el discurso de Orwell: If thought corrupts language, language can also corrupt thought. No es casual que esa corrupción haya encontrado entre nosotros la palabra adecuada: telebasura. Este concepto no se ha producido del mismo modo que fue fabricada la neolengua por el estado totalitario de «1984», las cosas no están tan mal todavía. Pero sí ha concitado avisos de alarma, y no es para menos, porque la telebasura corrompe con la palabra y con la imagen. Y no hace falta repetir lo que vale una imagen**.
Además, aunque los niveles de deterioro estén, o se supongan, distantes, en la aldea global nadie queda fuera de la agresión mediática. Hasta el punto de que varias cadenas de televisión europeas tomaron el rábano por las hojas, y bautizaron un programa insignia del movimiento basurario con el nombre de "Gran Hermano". Interpretaron erróneamente, o quizás con toda intención, el sentido del Big Brother orwelliano, pero lo más lamentable no es eso, sino el sostenido espectáculo de insoportable inanidad que destila dicho programa a lo largo y ancho del mundo***.
La pregunta es entonces: ¿cómo se justifica la permanencia en antena de ésa y otras varias telebasuras? Aunque el lector lo sabe, espero que no le importe que abunde en ello el mes próximo.
* Revista de Occidente, nº33_4, Madrid; Marzo 1984
** Hay ejemplos flagrantes que invierten el tópico. Dejo para otro día el más sobresaliente que conozco
*** Sonia cree que también llegó a la Argentina, lo que demuestra que ese tipo de corrupción es de mayor alcance que la marea negra, el "chapapote" que amenaza y arruina la costa gallega desde el mes pasado.
[y II]
Terminé
el mes pasado con la pregunta: ¿cómo se justifica la permanencia en antena
de ésa y otras varias telebasuras?. Esa, señalaba y señala al programa titulado "Gran Hermano", hoy por
hoy, el buque insignia basurario que disfruta de elevados índices de
audiencia en muchas televisiones del mundo. La justificación elemental y
obvia es, por supuesto, el beneficio económico que obtienen sus
patrocinadores. Sin embargo, programas que reportarían grandes beneficios -la
pornografía dura, por ejemplo- no se emiten "en abierto". De la fácil
corruptibilidad del público siempre se obtiene dinero y los canales de pago,
los pay per view y demás canales codificados no dejan escapar esa tajada
donde se puede mostrar cualquier cosa. Pero los mecanismos de corrupción en
abierto han de ser sutiles, han de quedar en segundo plano. Lo que nos lleva
de regreso a Orwell: Si el pensamiento corrompe el lenguaje, éste también puede corromper a aquél.
Y de eso se trata.
Si
los controles atestiguasen que la teleaudiencia de unas y otras basuras va en
disminución, o siquiera que ha tocado techo, se podría despachar el asunto
con la tranquilizadora afirmación de que el remedio está a nuestro alcance:
mejoras progresivas y pautadas del material emitido podrían ir formando,
entreteniendo y enseñando a ese segmento de adictos a la baja calidad. Pero
no es así. El mercado impone su ley y hasta los canales públicos han entrado
en el juego. No deja de resultar sospechosa, además, la recaída exagerada en
el circo de fórmulas pretéritas: fútbol para merendar y cenar.
Cuando
los comentaristas políticos escriben hoy que la socialdemocracia se ha
agotado donde quiera que ha gobernado, o que los ciudadanos sólo son tratados
como tales para pedirles el voto, o que la democracia es traicionada día a día
por el gobierno, no hacen más que desvelar la esencia del mensaje de «1984»:
el recorte de las libertades, su paciente poda justificada por razones de
cualquier tipo. Una coartada común, bien aceptada por el sector de los proles
contemporáneos que sufren las consecuencias del "exceso" de
libertades existente, es la satanización de todo lo que se pueda presentar
como "enemigo". La fabricación de ésa y de otras coartadas más
complejas exige la presencia, tanto en los despachos del gobierno como de la
oposición, de intelectuales de todos los colores. Intelectuales que aprecien
las ventajas que les reportan moderadas dosis de pensamiento totalitario, por
ejemplo las que ponen su meta en el "2050", el año previsto para la
inmersión global en la "neolengua" y, con ella, en la desaparición
definitiva de gentes que piensen por su cuenta.
En
el libro El
instinto del lenguaje, Steven Pinker se muestra sin embargo menos
pesimista; cree que la neolengua quedará convertida en otra lengua más, y
que por tanto los conceptos de libertad e igualdad seguirán siendo concebibles por muy
innombrables que sean. Naturalmente eso es lo deseable, pero en el
momento presente debemos empezar a vigilar para que aquellos conceptos no
desaparezcan de los ultrasimplificados lenguajes que cruzan masivamente el
espacio de la telefonía móvil.
Si fuesen necesarias otras razones para justificar la conveniencia de
"revisitar" la obra del esforzado Quijote inglés, una subyace bajo
todos los argumentos antecedentes: la caducidad forzada precisamente por el título
de su mayor best-seller. Ese título le proporcionó un impulso añadido para
acompañar en los televisores de medio mundo los fuegos de artificio del uno
de Enero de 1984 y, de paso, también permitió a más de un avispado
publicista aprovechar la efemérides para hacer unos buenos dólares. Pero la
sobredosis de atención que aquellos fastos artificiales exigieron no parece
que haya sido especialmente beneficiosa para la persistencia del mensaje entre
las preocupaciones del ciudadano medio. Esta consideración no implica que la
obra completa de Orwell haya quedado relegada desde entonces al fondo de las
bibliotecas. Rebelión
en la Granja y Homenaje
a Cataluña han merecido igualmente entrar en el restringido club
de clásicos contemporáneos y la atención a esas obras es fácil que supere
a la que se preste a «1984» en el porvenir. Sin embargo, no es en ellas
donde el autor volcó hasta sus últimas energías en un esfuerzo
sobrecogedor, para que nunca más menospreciásemos las infiltraciones
insidiosas de la tiranía en las democracias del bienestar, que él ni
siquiera tuvo tiempo de ver consolidarse en Europa. Puede que la maltratada
Oceanía de sus visiones apocalípticas no tenga ya visos de realidad --una
catástrofe atómica nos arrojaría a un mundo que pertenece a la iconografía
del "Laetius" de Albert Boadella--. Por eso la pretensión de
mantener vigentes los otros aspectos del mensaje ha cobrado doble importancia.
Todas
las consideraciones precedentes deben bastar para retener siquiera una síntesis
informal: la aparición del entretenimiento basura y otros fenómenos
colaterales hacen imposible la obsolescencia del verdadero "Gran
Hermano". Al engendro televisivo hay que apuntarle al menos ese valor.
Fernando Anguita B.
p
TOQUE DE QUEDA
Y el niño miraba en la pupila de
Abel el ojo homicida de Caín y en la indefensa pupila de la pobreza el ojo implacable del poder Pablo Antonio
Cuadra
Era
una noche de agosto, días después de las bombas, días después del apagón
general y días después que nos diéramos cuenta que ya era hora que nos
tocara, el sismo, el corazón. Nel. Que paro general, que los derechos
constitucionales, que la ley de fuga, que las criaturas de las calles. Nel. Ya
con algo de asombro, con algo de idiotez, chapaleando, como diría una canción,
entre el delirio y la ternura, estupefacto, en el estudio de Galeas, fulminado
por unos días, por unos días estéticos y estípticos, embullido entre líneas
y sombras. Yo. Asomándome apenas a novelas de cataclismo y desastre, pupilo
apenas del que había estado por una estación en el infierno: con alucines de
tinta china en mi espalda, un transeúnte, un esbozo, un personaje enajenado;
con calambres y Galeas que me aburría con la pintura rupestre, con la pálida y
Galeas que la columna y el dintel. Desesperado, y a la vez sin poder cerrar mis
ojos ya fijos en un bosquejo de Daumier, sin poder reorientar mis oídos que
auscultaban el zumbido del tornillo sin fin que perforaba mi conciencia. Y no
aguanté y decidí salir a caminar. Galeas quedó hablando solo.
Perdido
también en mi propio embrollo, me hundí en divagaciones que se le vienen a
uno: Entre más conozco al hombre más comprendo al criminal, pensé, casi en
voz alta, y caminé repitiendo lo mismo hasta que se me vino el recuerdo del día
de mi primera comunión, cuando le tiré un dardo de esperma al cura que
gregoriaba. Así comenzó todo, pensé, sin dejar de andar. Esa noche en otra
ciudad, y afectado ya por mis años de vacilaciones, caminando por las calles
tardías, me convencía de que el criminal era un ser más consecuente que el
hombre común. Caminé un buen rato bajo la llovizna, pensando en eso y en todo,
medio turbio a la deriva y fumando, fumando.
Muchas
veces las había caminado, las calles, pero esa noche las miraba raras, tal vez
porque el delirio ya me iba calando. Lo raro era que pasaban pocos carros.
Entonces caí en cuenta, y me apuré al ver el reloj. A ver si encuentro al
Monchi, pensé, volviendo a encender el purito que la lluvia apagaba, a ver si
encuentro al Monchi, hasta que esta noche voy a hacer una maldad se me
metió como un susto, con ese eco que a veces da miedo, con ese miedo que a
veces da equívocos. De todos modos todo mundo anda zombi hoy: me gusta caminar
bajo la lluvia.
Pasé
por el hospital San Felipe y me detuve a mirar a unas mujeres que lloraban.
Cuando me vieron, como que les dio vergüenza y se dieron vuelta para chillar más,
a escondidas. Me dio algo de asco ver aquellos pelos grasientos, y algo de basca
ver lo larga que era la fila hacia la entrada. Ya me quería dar la pálida.
Entonces saqué un cigarro y lo prendí entre mis manos encopadas. Estaba
haciendo frío, o yo me estaba haciendo frío: faltaban veinticinco minutos para
el toque de queda.
Seguí
caminando por la avenida La Paz, a paso lento. De vez en cuando relampagueaba,
pero no tronaba. La tormenta parece que se acerca, pero no llega, siempre no
llega.
La
ciudad se miraba tranquila de noche, sin los peatones. Los carros pasaban como
de película y la lluvia los hacía verse intocables, además que el sonido que
hacían al pasar no era el mismo de siempre. Ahora pasaban con la caída del
agua. Después de un lapso abrutado paró un taxi a unos pasos de la acera por
donde yo andaba y una voz láctea me preguntó si quería un jalón. Le dije que
no con un gesto necio, y el carrito amarillo desapareció por el redondel de Bolívar.
Como un perro amarillo desapareció. Después habría de comprender porqué el
taxista había insistido.
Avenida
La Paz, cuántas veces la había caminado y cuántas veces me había
sorprendido. Hubo una vez que la confundí con la de Los Próceres —o era la
misma— la imaginé un augusto bulevar, los bustos perseguidos de acacias,
acacias rosas, acacias bastardas, acacias falsas, detrás de las frentes altas
de los próceres. Pero la avenida esa noche estaba sola, una calle apenas, no un
bulevar. Los bienhechores pesaban por su ausencia.
Dos
o tres cuadras más abajo vi una cipota sentada en las gradas de una oficina de
paredes polarizadas. Temblaba y encogía los pies del frío. Cuando pasé de
cerca, me miró con los ojos brotados y grandes, negros, como los de un
harapiento de Daumier. Y seguí mi paso, ya alucinado, y con la inquietud de
volver a verla. Luego paré de un solo y vi el reloj, faltaban veinte minutos
para el toque de queda, todavía tenía tiempo. Cuando volteé a ver, noté de
nuevo los ojos aureados de la pordiosera y le hice una mueca que oscilaba entre
burla y ternura, una mueca M, pensé, con risita en las comisuras. Ella se
encogió más y se aferró contra los barrotes de la entrada. Al ver que la
harapienta tenía miedo y abusado ya por una avidez campante, caminé sin darle
cabida a la duda, hasta encontrármela y machucarle los pies: hasta encontrármela
y machucarle los pies. La tontita echó un berrido de chancha y apretó los pies
contra la grada. Yo me devolví más violento aún y esta vez tiré una patada a
lo que encontrara enfrente. El bultito dio un grito sin aire y se fue de lado.
Seguí
caminando como si nada, para no despertar malicia. Con los pasos y con la lluvia
el llanto se fue haciendo gemido. Anteriormente
había soñado algo parecido, un sueño recurrente, un viejo mendigo que, al yo
pasar por su acera, extendía la mano en suplicio y, desde otro tiempo, yo, o
mejor dicho, mi mano fantasma, mi mano blanca o mi mano fría o mi mano huesuda,
por debajo de una capa, sacaba un sable, pero de hielo, y se lo ensartaba con
fuerza en el abdomen: para que no tenga hambre, miserable, la voz que se repetía.
Y él apenas una mirada, la mirada más agradecida. Lo soñé varias veces al
viejo, como practicando un ritual del espíritu. Lo soñé sin comprenderlo,
aunque sí sentía el poder que mi voz impostaba, el filo que mi voz agarraba
después de herirlo mortalmente. Esa tal vez había sido la intuición.
Esa
noche, bajo el agua, sí comprendí los motivos del criminal. Los motivos del
criminal sólo se revisten, acaso como armas bajo un velo, y no son hipócritas.
El criminal hace por sí mismo, pensé, lo que el filisteo hace por su horda: la
piedra del sacrificio, el cenote, la cruz, la estaca encendida, la soga, el
garrote, la guillotina, el paredón, la silla eléctrica, la inyección, todas,
han sido procuradas por las manos del bien. Esa noche lo sabía tanto que había
decidido hacer una maldad.
Seguí
caminando. Cuando ya me fui acercando al sector de la Embajada, vi los jureles
con sus lanzagranadas. Amigos míos, pensé. Pero no, luego corregí. No. Estos
son agentes del porvenir, mis enemigos. Y no me bajé de la acera que estaba
marcada con señales, letras y líneas amarillas que prohibían estacionamiento,
en el fondo, el paso mismo de la ciudadanía. Seguí caminando, ya con
palpitaciones, y como desde otro tiempo los vi, impenetrables, con armaduras de
medioevo futuro. Con estos me voy a tener que pelear el hueso, pensé de nuevo.
Seguí caminando aunque uno de ellos ya se estaba poniendo turbio. Caminé haciéndome
el tranquilo, acordándome que iba para Voces Universitarias, a ver si me abre
el Monchi, diciendo en voz baja, tres cuadras más abajo, a la vuelta del puente
y miré el reloj. Faltaban diez para el toque de queda.
Dudé
unos segundos, me hice el argentino, para no levantar sospecha y me di vuelta
como que si hubiera olvidado algo. Los ojos de la pordiosera me perseguían y
decidí regresar a buscarla. Ahora sí, pensé, caminando ya con la viscosidad
de la ira, con la ira del ciego, con la ceguera de Dios. A la distancia, en la
esquina, los pies de la pordiosera que todavía se retorcían, mugrientos y
pataleando el dolor en las costillas partidas. Ahora sí, pensé, apurando el
paso, mientras que el agua enmudecía el contorno y yo sólo oía un zumbido
parecido al silencio. Ahora sí, mis pasos precipitados y las palpitaciones, la
lluvia y el llanto, todo, se abismaba, ahora sí, ya casi llegando, ya casi
llegando, saqué un lápiz tinta, casi llegando, casi llegando, y la vi
apretarse contra los barrotes: y se lo iba a ensartar todito cuando me cayó el
primer golpe.
Cuando
menos pensé ya había como seis o más Cobras en la acera, uno de ellos me metió
la punta del Falc en el costado, el lápiz cayó y lo apartaron, mientras otros
me agarraban a patadas. Luego una luz seca en mis ojos, un culatazo y una leche
espesa y salada en mi boca, entre mis dientes falseados; otro en la frente y a
la pavimentada. Perdí el ayer por un lapso. Después lentamente oí las voces
que me hostigaban, el sonido de los carros, el caer del agua. Cuando recobré el
conocimiento, vi en la otra acera a una mujer que me gritaba distorsiones de
lluvia. La mujer gritaba, lloraba y abrazaba a la pordiosera que siguió acusándome
con sus ojos de lechuza, desde un mundo más ingrato que un bosquejo. Una vez
del todo consciente, mis sentidos de nuevo, pulsantes, y los sonidos entonces más
claros: así que te gusta pegarle a los niños, hijueputa, los mandos y los
culatazos y las escupidas y las mismas troleadas que había visto desde niño.
Los
golpes hubieran seguido hasta matarme, pero uno de ellos los paró y les enseñó
mi cédula de identidad. Ya me habían esculcado, de seguro cuando me quedé
zurumbo. Dejaron de pegarme inmediatamente y se murmuraron algo. El que parecía
en mando sacó el resto de mis documentos y los treinta lempiras que me
quedaban, se agachó y me golpeó con mi cartera vacía en la cara. Te ganaste
una tregua, cerdo, pero ahora vas desnudito, así que hacete humo, mafufo. Y me
levantaron de un solo tirón y me hicieron caminar a punta de empujones. En cada
paso se me aparecía un empeño.
Desde
la otra acera aún me perseguían los ojos de la pordiosera. Ni siquiera podía
defenderme de su mirada. Cómo, si atragantado en sangre, con un puño en la
garganta. Entonces caminé a tropiezos, crucé la calle en diagonal para ganar
tiempo, y casi que me da un carro; al capeármelo, vi que un soldado me
apuntaba, con amagos y la risita. Pero seguí hasta el puente Guanacaste, apoyándome
como de una hamaca, abismándome a veces hacia las aguas ya crecidas del río.
Nel. Sos un cobarde. Nihil. Seguí los pasos que me arrastraban, pasé el puente
como cuando un animal sale de una alcantarilla, doblé la esquina y me metí al
callejón.
Voces
Universitarias. La acera, el edificio, y me recosté contra la pared untándola
de sangre y saliva. La puerta. Toqué más duro que de costumbre y el Monchi no
abría. Toqué casi a golpes, y el Monchi no abría. Toque hasta que desde
adentro, entre dientes, una voz me dijo, perdete, perdete papa, que no te
podemos abrir la puerta, y yo que tocaba más, y la voz del Monchi, el que
siempre me abría, que no, que no, que me perdiera. Seguí pumpuneando, ya a
patadas, y no me abría. Le grité varias veces, Monchi, hijueputa, abrime la
puerta, y no me abría y el agua ya cansaba mi voz con las corrientes y la
manecilla del reloj que me jodía como un sordo en fuga. Faltaban cinco para el
toque de queda.
Decidí
probar el restaurante La Mancha, al final del callejón sin salida. Para
entonces la sangre se me enfriaba y ya mi cuerpo no respondía a mis intentos.
Arrastré el bulto que llevaba adentro y rogué a todo lo que quedara de fe, que
me abrieran, que me abrieran, que me abrieran. Desde el portón de hierro del
restaurante grité cosas que se distorsionaban con la lluvia mierda de hojas de
dormilonas. Los culeros españoles tampoco contestaban. Desde el portón, hacia
la izquierda donde se asomaba un barranco apenas vedado por una barda de madera
podrida, pedí a gritos que me abrieran. Nel. Las aguas del río crecían mucho
más. Nihil. El puente se miraba todo enclenque y yo aún más, ya sin fuerza
para caminar. Me acurruqué con mi espalda contra la reja y dejé caer mi cabeza
sobre mis rodillas, abrazándome.
Entonces
me palpé los ojos que me ardían y no pude borrar los bosquejos del
caricaturista, y no pude dejar de imaginar mis propios intentos, la dimensión
donde yo a la vez aparecía de verdugo y de víctima. Aluciné de nuevo todo lo
que quería esbozar: y maté al mendigo agradecido, y maté a la cipota
prostituida, y reté a los agentes del porvenir. Aluciné, bajo palabra, todo lo
que quería enredar en mi maraña. Abrí bien los ojos, ya inflamados, y en ese
instante me acordé de la jerga sobre el punto y la línea, la sombra y la luz.
Vi los ojos negros de la pordiosera, los ojos que se anegaban en aguas más
crueles que las de alguien que apenas los sueña. Vi sus ojos dilatadamente
negros, creciendo. Y los habité. Así,
cerré los míos, resignado, para esperar el toque de queda.
Segundos
después, algunos tropiezos y voces, creí que sentía los pasos escurridizos
del Monchi y de otro tipo. Entre los dos, creía yo, me arrastraban, ya bajo la
lluvia desbordada... ...pero
al día siguiente lo que me despertó fue el tufo a mierda de una de las
pocilgas de la universidad popular.
Este
es mi cuento sobre toques de queda, compa. Ahora le toca uno a usted.
León Leiva Gallardo
Tegucigalpa :: HONDURAS
p
PELADOS Y CONTENTOS
The American flag found Porto Rico penniless and content. It now flies over a prosperous factory worked by slaves who have lost their land and may soon lose their guitars and their songs.
Luis Muñoz Marín The
Sad Case of Porto Rico - February,
1929 issue of American Mercury.
A mis amigos argentinos
Escúchame,
Adriano… ¡óyeme, che!... ¡oye!... Están bombardeando San Juan... están
bombardeando toda la isla... ¡bin, ban, bun!... ¡Toda la isla! No va a
quedar piedra sobre piedra.
No hay que afinar el oído, hijo mío, debes estar sordo... ¡bin, ban, bun! Ahí
cayó el puente de la Constitución, ¡bin, ban, bun! Plaza las Américas...
¡bin, ban, bun!... Tranquilos, cariñitos, no hay que sacarme de carrera
todavía... descuiden... no llegó el momento de la camisa de fuerza. Estoy
viejo, eso sí, lo acepto, pero no veo visiones ni oigo voces ni me imagino
las cosas... ¡bin, ban, bun!... Escúchame, Adriano, Adrianito, Adrianiño...
que tú puedes, haz un esfuerzo... estoy hablando en metáforas... ¡bin, ban,
bun!... le llegó el momento al Banco Popular... no te rías, que hay que
salir ya para entregar esos pastelillos a tiempo en el Buenosá, recuerda que
no contamos con mucho más... No te alarmes más que lo suficiente, de que están
bombardeando San Juan, no cabe duda, ¡la isla entera, Adrián!, ¡la isla
entera es un platón de tembleque!
No
me bajen, cariñitos, con que esto lo han leído antes... ya sé, ya sé,
suscriptores fieles de Nuevosdías y Voceros, esos niños de teta... pero por
favor, no insultar... ¿Quién se creen que soy? ¿Ana Lydia? ¿Kalman Barsy?
¿Charito la oligarca? ¿las chicas porno de Tusquet? ¿María Antonieta de
las Nieves del Dígalo así? ¡Echen para allá, dejen paso libre, cariños!
¡Joder! Adriano, vente, que el anticristo prendió a la primera, que estamos
de suerte... ¡bin, ban bun! ¡se jodió la Telefónica!... ¡bin, ban, bun! Y
hay que entregar esta orden de pastelillos gourmet, llámales como quieras,
para mí siempre serán pastelillos... de verdad que son deliciosos, una pena
que podamos hacer tan pocos... pero el secreto reside en la no congelación,
en la no industrialización de la industria, con la Frigidaire nos basta... y
el anticristo... una eficiente pareja. ¡Enfócate ese cielo, mi pana! Parece
una tela de Goya, no de esa Goya, del otro... ¡bin, ban, bun! Óyeme bien,
Adriano, dale gracias a Dios que se nos ocurrió lo de los pastelillos
gourmet, che, sí, claro, sí, suena mejor empanadillas, che, ajá, no te
discuto.
Cuando
los argentinos llegaron a Puerto Rico lo encontraron pelao y satisfecho...
lechón asao de vez en cuando, y viandas, ñames y yucas, y jueyes por todas
partes, un menú perfecto para mantenerse en la línea, en el paralelo, porque
el bombardeo no ha cesado nunca, desde que lo recuerdan el cura Picó o el niño
Scarano, aunque a ellos les importe un pepino angolo, y todos esos que los
siguen, y los maestros de escuela, y el doctor Alegría que es un eruditazo...
¡bin, ban, bun!... nada menos que sir Francis Drake... ¡bin, ban, bun!...
pastelillos de guayaba, pastelillos de chapín, pastelillos de la armada
inglesa... por eso digo, Adriano, que fue brillante tu idea de las
empanadillas, che, que no vamos a pelear por una palabra, pero aquí les dicen
pastelillos, aunque se los pasan igual, con pasa o con mosca. Me dijo la
belleza puertorriqueña que suspendiéramos lo de las pasas, no vayas a
ofenderte, niño, es que aquí lo de las pasas es para el arroz con dulce...
¡bin, ban, bun! El duque de Cumberland... sí, Pepe... la puta que te vuelva
a parir... es mosca... no, es pasa... es mosca... ese cabrón, se bajaron
toditos los maricones, piratas sucios, buscones... es mosca... no, que es
pasa... Lo dijo la belleza puertorriqueña, la del Buenosá... la que tiene
saliente la quijá de abajo... por mamona debe ser... y luego los infelices te
quieren explicar todo con los mosquitos...
¡Jódete,
eso sonó feo! Nada menos que la torre Roosevelt con todo y rector trililí...
¡bin, ban, bun!... a ver si oyen el carrillón de ahora en adelante... ¡bin,
ban, bun! Los mosquitos... porque desde que se inventaron los mosquitos nadie
queda mal... el cura en el convento... ¿qué hace ahí, señor cura? ¡Y a
esta hora! ¡Son las tres de la madrugada, Padre! ¿Espantándole los
mosquitos a sor Mercedita? ¡Cura más gallego cabrón! Pero los mosquitos
tienen su aquél, como los japoneses en Pearl Harbor... zumban como gitanos...
son un peligro... ¡bin, ban, bun!... en estos trópicos sirven para
explicarlo todo... los mosquitos y las churras, pregúntenle a Alegría y a
todo el departamento de Historia de la Iupi... los mosquitos y las churras...
por eso a Charlie lo van a hacer santo... y nosotros, Adrián, tú y yo, diseñando
pastelillos gourmet, confeccionándolos a mano, sin guantes plásticos, sin
inspectores de Salud Pública dándonos la lata... ¡bin, ban, bun! El Centro
Gubernamental Minillas hecho polvo, tiritas, pedacitos, cantitos de hormigón,
con pedazos de varillas y tubos y cables... echando chispas... se salvó por
tres pelos el Museo de Bellas Artes... una pena... pero no se salva, no se
salva nadie, ¡bin, ban, bun!... Vienen más, vienen más, el cielo les
pertenece, aviadores, pilotos, ¡bin, ban, bun! Allá arriba no llegan los
mosquitos, ni las churras, que yo sepa...
Escúchame,
Adriano, escúchame bien, que ustedes los argentinos se confunden con
facilidad, pierden la ruta y luego los dan por desaparecidos... ya está bueno
de echarle la culpa al que no la tiene... Argentina es un paraíso, lo
sabemos, pero los pastelillos son más puertorriqueños que el yes my dear,
como los caballos de paso fino, esa mezcla genial de cabra y equino para
cruzar los Andes paso a paso... No te me amosques por lo que nos advirtió la
belleza puertorriqueña, anda, Adriancito, ¡ánimo! Y escucha esto bien, en
esta isla no hay oficina, no hay despacho, ni agencia... no hay tienda o
comercio o negocio, fábrica de lo que sea, cuyas paredes no estén
temblando... ¡bin, ban, bun!... al borde del desplome, al borde de hacerse
harina... no hay más que mirar las tazas de café por las mañanas, parecen
campanillas, los líquidos tiemblan, hijo, tú los has visto, se levantan
oleajes en un plato de sopa...¡bin, ban, bun!... Y este negocito nuestro que
hemos puesto... el de los pastelillos, ¿cuál va a ser?, tiene su futuro...
su futuro inmediato, por supuesto, porque el bombardeo no cesa, ni los
mosquitos, ni las churras...
Sueños del jíbaro de la montaña,
pastelillos de lechón asao... qué olores... y es sencillo, con una chuleta
seis docenas de pastelillos... no hay que restarles méritos a los porteños,
che, reconozco la importancia de tus métodos a la italiana. ¡Esos Secretos
florentinos! ¡Qué manera de rendir las espinacas! Y el huevo, ¡un huevo
para cuarenta y ocho pastelillos!... ¡genial! ¡Ah, las Cosechas del
Caribe!... sustanciosas... un tercio de camarón por docena... Ahora bien,
que no se nos olvide lo de las pasas... ya nos lo dijo esa chica tan simpática,
la mamona, más segura de sí misma que Miss Puerto Rico... no tiene nalgas,
la pobre, pero compensa con la quijá de caja registradora, la de abajo...
como una balconeta para sacar la lengua a coger aire... ¡bin, ban, bun!... ¿Qué
pasará, Adrián?, ¿un tapón aquí a esta hora?, ¿tanta gente terriblemente
almidonada un martes? Si mal no recuerdo las misas las daban los domingos...
¡bin, ban, bun!... ¡Ea rayos! Mira la torre de la iglesia, mira como le
tiembla la cruz...¡bin, ban, bun!... Esto de santificar los martes debe de
ser cosa del chicano... ¡Anda para allá, Adriano, esa torre se viene
abajo!... ¡bin, ban, bun!... Hay que desviarse... vamos a treparnos por la
acera... ¡bin, ban, bun!... la cuestión es entregar esta orden de
pastelillos a tiempo... este anticristo no falla... ¡Mira, mira... allá cae
la cruz sobre aquel Miata! ¡Qué masacre! Mira el S-2000 esparrachado, y el
BMW convertible... ya sé, ya sé, Adriano, que los carros son tu debilidad...
y si seguimos haciendo pastelillos... OK... ¡bin, ban, bun!... ya, ya... te
vas a montar en las ruedas que te apetezcan, sí... ¡bin, ban, bun!... sigue
durmiendo de ese lado... ¡bin, ban, bun!... pero gracias al cielo que el
anticristo no nos falla en las peores... no nos jodimos de milagro... ¡la
masacre!, ¿trescientos?, ¿quinientos?, ¿mil muertos? ¡Cojan misas los
martes! ¡Cojan chicano! ¡Bin, ban, bun!
Vamos a tener que seguir por la Número 2... más seguro... y doblar por Miramar
confiados en que el Dos Hermanos esté aún en pie... de ahí va a ser un
quitao, te lo aseguro... el asunto es salir del casco de Santurce que es el
blanco favorito de las bombas ahora, ¡bin, ban, bun!... Hato Rey volvió a
ser plano, la Milla de Oro, la milla de escombros... los Carrión han
organizado unas brigadas de limpieza y reconstrucción. Hay que admirar la
paciencia de esa gente, pieza por pieza, un rompecabezas para el futuro, la
reconstrucción de la Milla de Oro, si es que ratones y cucarachas la
permiten... y los mosquitos... no te olvides de los mosquitos, Adriancillo, no
te olvides de las churras, que ahora vamos a tener un santo patrón de la
disentería, de los cólicos intestinales y todos los virus estomacales,
reunidos en una sola novena, gracias al chicano, mientras la comunista ésa se
prueba trajes y se pone alfileres y se cuelga amuletos al cuello... ¡bin,
ban, bun!...
¡Nada
menos que el Capitolio, Adrián! No queda nada, quedó el túnel que baja a la
playita... y el san Juan haciendo la mala señal, balanceándose
peligrosamente... ¡Ay Virgen!... una granada de mano, una bala perdida... y
zas... ¡san Juan al agua!... El túnel no lo hicieron los que hicieron el
Capitolio. Cualquiera podría pensar que era una ruta de esparcimiento para
senadores y representantes, para bajar a darse el chapuzón. Nada de eso,
Adriano, ese túnel estaba ahí desde muchísimo antes... es una garita al revés
para ver los moros en la costa, quiero decir de cerquita... ¡bin, ban,
bun!... ¡Ahí va el san Juan! Con el corazón parado... ¡qué caída! ¡qué
clavado! ¡Acapulco!... Pero tranquilo, Adriano, ya estamos fuera de
peligro... este anticristo es una bendición... No es el anticristo el que
chimea, Adrián, es la carretera, son los muros de San Juan cayendo de poquito
en poquito. ¡Admírate la vista! Cero Ateneo...cero Casa de España... la
YMCA... ¡mira cómo se desploma el viejo casino con todo adentro!... ¡bin,
ban, bun!... Lo del once de septiembre fue pellizco de ñoco... cascarilla de
coco... bagazo de caña... Y no se me vayan a enredar los lectorcitos, si es
que me queda uno, estoy hablando en metáfora, ya lo dije. ¿Por quién me
tomaban? ¿Por Güico Sánchez? ¿por la loca del chayote? ¿por el falso
poeta? Y lo hermoso del caso es
que todo es verdad, Adriano, amigo de mi vida, cariño santo, y la fábrica de
pastelillos sigue adelante... desde que Gardel llegó a Puerto Rico... ¡qué
macho, coño, qué macho!... y vino a morir como un huevo... Cuando Gardel
llegó a la isla, Adriano, tu compueblano, ese macho que cantaba, halló a los
puertorriqueños pelados y contentos... ¡qué éxito!...Los pobres jíbaros
desplazados al Fanguito... dirán que por los mosquitos y las churras... tenían
largo para cantar... para botar los vellones en las velloneras... par de
palos, par de tangos... ¡bin, ban, bun!... ¡Mira para arriba, Adrianiño!
Parecen mosquitos, no se salva nadie... bueno... casi nadie... que aquí
estamos ya listos a entregar esta orden a la belleza puertorriqueña, a la
mamona que no quiere pasas en los Secretos florentinos... ¡bin, ban,
bun!...
¡Un
parquin para el anticristo! ¡Justo en la puerta del Buenosá! ¡Coronamos,
Adrián, somos una jodienda humana!... ¡bin, ban, bun!... Déjalos que sigan
bombardeando, déjalos, che... es el destino, no cabe escaparse... ¡bin, ban,
bun!... pero mientras se vendan los pastelillos, sobrevivimos, che, mi
hermanito... pelados y contentos.
Antonio Bou
p
ACENTO ITALIANO
Amor mi mosse, che mi fa parlare Dante
Yo
poseía un claro, pronunciado, límpido, insistente acento italiano. No era lo
único que poseía, ya que tenía una esposa, tres hijos, casa, automóvil, dos
trabajos, una cierta cultura general y una infinidad de ilusiones.
A veces el acento se camuflaba, se atenuaba, se confundía, en fin, desaparecía
para dar paso a un lenguaje amorfo, incoloro, casi falseado. Pero lo grave de
todo esto es que, por encima de todas las cosas, era irreverente y me jugaba de
vez en cuando malas pasadas, apareciendo en las ocasiones menos oportunas.
Era verdaderamente impertinente.
Hay que reconocer que en casa
había otro acento, pero ese era de origen húngaro, tenía cierto exotismo, era
casi elegante, mezclado como estaba con el alemán, comprensible en lenguas tan
diferentes. En cambio, mi acento era un simple, modesto, corriente acento
italiano y había en parte perdido ese vigor, esa fuerza, esa vitalidad
prestigiosa que tenían los hombres de la antigua grandeza y del Renacimiento.
Un día, cansada de sus impertinencias, se reunió la familia y decidimos
echarlo de casa... bueno, no propiamente de nuestra casa sino de la mía, ya que
yo era el único que lo poseía y, debo confesarlo, lo trataba con cierta
indulgencia, guiñadas de ojos y una inevitable complacencia. Pero todo eso no
le daba derecho a hacer lo que hacía.
Reunidos entonces los complotados, la Oma no intervino ya que se declaró fanática
admiradora de él, yo accedí a prestar toda mi colaboración y se dispuso el
plan de operaciones. Las fuerzas de la represión se abalanzaron entonces con
furia, ensañamiento, vigor y constancia contra el desprevenido acento que
escapaba, se evadía, se esfumaba, pataleaba, rugía y gritabas, negándose a
salir de la casa donde vivía desde su más tierna infancia.
Era, indudablemente, un revoltoso.
Al fallar la persuasión, acudimos a la tortura. Semanas enteras lo arrinconamos
con Ficciones, lo envolvimos en la Misteriosa Buenos Aires, los sepultamos entre
Héroes y Tumbas y hasta lo fletamos con la famosa expedición de Don Diego de
Zama.
El muy obstinado, se resistía.
Acudimos entonces a la castiza tierra y con el gran hidalgo lo apaleamos, con
Novelas Ejemplares lo fascinamos, con vida y sueño lo adormecimos y con
Fuenteovejuna lo martirizamos.
Frente a tanta agresión, tambaleaba.
Ya cantábamos victoria, cuando convirtió en ataque su defensa. Invocó a las
musas, llamó en su auxilio a la romana prosa, se escudó detrás de la comedia
divina, el cuento florentino y los sonetos, tratando de atacar con los esposos
prometidos y toda la poesía.
El muy ladino, se rebelaba.
La lucha fue tan violenta y prolongada que al final el pobre acento estaba a punto de rendirse. Preparaba ya
sus pertenencias paras abandonar la casa, cuando un imprevisto, rápido y
contundente paro cardíaco lo salvó de la inevitable salida.
Mi velorio no fue lo que se dice un éxito. Pleno verano, día de semana, todos
se habían ido al mar o a la montaña y la Sociedad estaba cerrada. Apenas si
pude juntar una docena de conocidos, aparte de los míos, claro. Los pocos que
se acercaban a mirarme, imaginaban su propia muerte y se entristecían
grandemente. Buscaban en vano las coronas que debían haber estado allí, luego
lagrimeaban en la primera sala con mi familia, abrazaban a los amigos que ya no
veían en la segunda y terminaban en la tercera festejando ruidosamente los últimos
chistes de moda.
Sin embargo, cómodo en mi nueva morada, yo lucía espléndidamente. Sobre mi
pecho brillaba la cruz de "Cavaliere"; muy cerca, la insignia; más
abajo el bouquet de mimosa (como el celebre faraón! eso me llenaba de orgullo)
y además una hermosa orquídea con color de exótica fantasía.
Es cierto que, antes de cerrar el féretro, mi esposa me quitó el bouquet, mi
hija la orquídea, mi hijo historiador la cruz y el otro la insignia, pero todo
eso respondía a las naturales muestras de afecto, al querer confundir sus
recuerdos con los míos y... amen.
Finalmente, cuando me quedé solo, definitivamente solo, no tardé mucho en
descubrir que solamente se había quedado conmigo, calladito, calladito,
temeroso de que lo expulsara de allí, el único supérstite de este relato que
estoy escribiendo con mi derecha mano: mi claro, pronunciado, límpido,
insistente acento italiano.
Carlos Eusebi
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