CUENTOS DE LA FUNERARIA
Graciela Reyes
PRODUCTO DE COLISIONES [I y II]
Fernando Anguita B.
X’MAS BLUES
Antonio Bou
DE YUYOS Y AMORES
Roberto Enrique Rocca
LEY DEL CORRIMIENTO DE LOS SEGMENTOS /
NO VUELVA POR ACÁ
Claudio L. Pérez
RÉPLICA
Leda Schiavo
NUEVE RELATOS BREVES
Liliana Guaragno
OTRA OPORTUNIDAD
Fabian Zola
LA MANIPULACIÓN DEL CONCEPTO VANGUARDIA
Federico Pablo Blanco
fab9
CUENTOS DE LA FUNERARIA
A esa parte de la isla se puede llegar por barco. Hay un atracadero tan
pequeño que parece inverosímil, y unas palmeras despeinadas que se
asoman al agua. Mi amiga la escritora dice varias veces, en los poemas
recogidos en su antología, que las palmeras son flechas, pero las palmeras
de la isla no son flechas, tienen, sí, troncos muy largos y muy delgados,
pero torcidos, retorcidos, arqueados, inclinados y hasta caídos según las
varias direcciones del viento: las palmeras son endebles, son tristes, son
humanas, no pueden tener, como las flechas, la alta aspiración de ser
certeras
Si se va por tierra, hay que atravesar un puente silencioso. Las casas
están pintadas de colores claros, son casas bajas y pobres. Hay gente
inmóvil en las aceras, grupos de hombres en las puertas de los bares. La
funeraria es un edificio cochambroso pintado de blanco. Sobre una de las
puertecitas un letrero dice “Funeraria”. Nada más.
La oficina del dueño nunca se barre, porque él no quiere que nadie entre
allí, ni siquiera a limpiar. Es muy fea: un escritorio de metal, dos sillones
tapizados de plástico, ninguna ventana. En la pared, detrás del escritorio,
un Corazón de Jesús pegado con cinta adhesiva (se cae a veces; el dueño
lo vuelve a poner en su sitio golpeando con el canto de la mano). Los ojos
de Jesús —una mirada extremadamente dulce, que invita a
llorar— miran al cliente, y el cliente tiende a hablarle a Jesús, de
modo que los contratos de servicios fúnebres se van convirtiendo en
inesperadas confesiones, que el dueño escucha jugando con el vaso de
plástico donde quedan restos de la cerveza que cada tanto va a buscar al
bar de enfrente.
El dueño de la funeraria es mi amigo Monroy, pintor y poeta. La funeraria la
heredó, y ahora todos le dicen “el de la funeraria”. En mi primera visita a la
isla, cuando lo conocí, Monroy tenía todavía hijos muy pequeños, casi una
docena, todos hermosos como ángeles, y ya dedicaba mucho tiempo a
pensar en la muerte, pero nunca me dijo que iba a heredar una funeraria,
nunca me habló de su padre. Yo entonces era una mujer joven muy
ocupada con la vida y sus altibajos, aunque también pensaba en la muerte.
Ahora, en esta última visita mía, los hijos estaban crecidos, la mujer lo había
abandonado, y Monroy se había decantado y concentrado en sí mismo.
Retomamos la conversación, o la falta de conversación, fácilmente, como si
no hubiera pasado el tiempo.
En una carpeta manoseada están los precios de los ataúdes, y en otra
carpeta más limpia los poemas que Monroy va escribiendo mientras toma
cerveza, encerrado en la oficina oscura a la que no necesitaría ir todos los
días, ya que, en realidad, el negocio marcha solo y los empleados, por
alguna razón, se quedan allí todo el día, en lugar de cumplir horarios, salvo
el embalsamador, porque los embalsamadores tienen sindicato y cumplen
estrictamente sus horarios.
En la oficina se está bien. El aire acondicionado, el moblaje mínimo, el
Corazón de Jesús, crean un espacio tan confortable para un vivo como los
ataúdes de metal para los muertos. Los ataúdes de metal retardan la
descomposición de los cadáveres; no entra el aire, y el muerto se momifica
lentamente. En la oficina no hay aire, ni luz, ni más ruido que el del motor
del aire acondicionado (el enchufe está al lado del Corazón de Jesús). En la
oficina es posible retardar la vida, escribir poemas, dibujar las caras de los
pocos que entran en esas horas sin reloj. En uno de sus poemas Monroy ha
escrito, creo, que los peces del tiempo no se impacientan nunca. Leíamos
en voz alta los poemas y pasábamos allí las tardes, al principio con algún
pretexto y después sin ningún pretexto. Yo me acomodaba en el sillón del
cliente, con mi cerveza y mi vaso de plástico, y Monroy iba dejando de
hablar a medida que nos entumecíamos y nos entregábamos al encierro. La
proximidad de los ataúdes (que veía, contra mi voluntad, en un espejo,
cada vez que salía a la calle y entraba en la funeraria por la puerta del
letrero para ir al baño) nos daba un miedo lleno de alivio, el alivio de
dominar, al menos, los pormenores sociales de la muerte.
El mar queda detrás de la calle; si uno baja hasta la balaustrada del
atracadero, huele el agua grisácea que se extiende hasta todo lo
abarcable, sin horizonte, sin fin, porque la luz es opaca como la bruma. Se
ven, vagarosos, barcos inmensos mar adentro. Después, uno sube otra vez
por las callejuelas desoladas, entra en el bar, pone un quarter en la
máquina tragamonedas y escucha un viejo tango hecho bolero (“Adiós
muchachos compañeros de mi vida barra querida de aquellos tiempos ya se
acabaron para mí todas las farras mi cuerpo enfermo no resiste más”),
compra otra cerveza y más tabaco, vuelve a meterse en la funeraria. La
oficina está fresca y tiene el mismo olor que los cajones de un armario
donde se guardan cubiertos que no se usan nunca.
El último día de mi visita, leíamos un poema cuando golpearon a la puerta.
Entró un hombre alto, con la gorra en la mano. Parecía reírse. Dudaba,
quizá por mi presencia, pero no me moví. Cerró la puerta y encaró a
Monroy.
— ¿Apartan cajas?
Monroy no le contestó.
— Quisiera apartar una caja.
Se rió. Bajó la voz.
— La más barata.
— Setecientos.
— Es para una amiga.
Se rió.
— Dice que se va a morir cuando cumpla treinta años. Cumple treinta
años el 3
de abril. Yo se la quiero regalar.
— ¿Quiere ver la caja?
— Bueno.
— Vamos.
No entré en la sala de ataúdes, pero veía una parte por un espejo.
Después me metí en el bañito maloliente. Los oía.
— Está bien. Yo le voy a pagar una parte ahora. Es para el 3 de abril,
faltan dos meses.
— Bueno.
— Dice que se va a morir. Lo dice ella. Que no va a vivir más de
treinta años.
— Bueno.
Se acercaron las voces. Otra risa, y un susurro apremiante.
— Que no se entere el marido, por favor.
— No se preocupe.
Firmaron un contrato en la oficina. No era necesario que le pagara nada
todavía. Le iban a apartar la caja. Si ella quería verla, podía venir, claro. Una
buena caja. El marido no se iba a enterar. Era un regalo.
Se fue. Volví a mi sitio delante de los ojos dulces de Jesús. Monroy
pensaba.
— La voy a hacer llevar por la ciudad, no por la costa. Es más lujoso.
Por la costa no te ve nadie. El 3 de abril.
Nos fuimos por los bares del pueblo, para despedirnos. Tomamos ron con
anís hasta que dejamos de ver el mar. Cuando quisimos volver, el coche no
arrancaba. Nos recogió un empleado de la funeraria, el que velaba por la
noche, y nos llevó de vuelta en un largo coche fúnebre que iba esquivando
lentamente palmeras.
Graciela Reyes
p
PRODUCTO DE COLISIONES: [I]
La cita_pregunta es de Horacio González y dice así: «¿Quiénes
éramos nosotros que subrayamos eso que ahora no forma parte de
nuestras vidas?».
En las I Jornadas Literatura Argentina: tradición de cambio, Horacio
González dedicó su intervención a la "lectura" de Macedonio
Fernández, a quien termina por calificar como un extraño y paradojal
filósofo de la acción. A Macedonio me referiré por sus iniciales
MF, como se hace en la edición escrita de Artenpie, el
documento que graciosamente recibí de Sonia Otamendi.
Empecé de este modo lo que se podría llamar una "metaintervención"
porque nada más leer sobre MF, de quien sabía más bien poco, recuperé la
memoria sobre Max Frisch, otro MF, de quien había leído bastante. Mis
recuerdos enfocaron con precisión la obra del autor suizo publicada en
1979, «Der Mensch erscheint in Holozäm», traducida al español un
par de años después como «El hombre aparece en el Holoceno», en versión
fidelísima del título y de todo el texto alemán.
Dos circunstancias me movieron también a esta mise en scène: una
es trivial, la otra más elaborada, pero ambas responden a la cita_pregunta
de Horacio.
Como hacen incontables lectores, subrayo siempre lo que me parece
sobresaliente; en consecuencia, nada más acotar la cita fui a buscar a mi
biblioteca el breve libro de Frisch que llevaba allí más de cuatro lustros. Así
pude contar 11 anotaciones, de las que cinco vienen a cuento:
Sin memoria no hay saber. [p.16]
El señor Geiser tiene que escribir a mano, en una hoja de papel, lo que
quiere que no se le olvide, y pegar la hoja en la pared; chinchetas hay
suficientes en la casa.[p.31]
Envejecer se envejece en todas partes. [p.43]
Por lo visto hay neuronas que fallan. [p.46]
De una cosa u otra se olvida uno siempre. [p.75]
A la vista de estas citas, no hace falta haber leído el libro para sospechar
que trata de los esfuerzos del anciano señor Geiser razonando para sí, en
lucha agónica por parchear los agujeros de su memoria. Así que cuando
después —hoy, ahora— leo sobre MF en Horacio:
«… somos también archivistas preocupados, existencialmente rotos,
cuando alguno de nuestros recuerdos no está a nuestra disposición como lo
querríamos»,
no puedo por menos que pararme a pensar en coincidencias casi calcadas,
e imaginarlas producto de colisiones dentro de las fronteras insalvables que
contienen el aparentemente infinito mundo de nuestras sensaciones,
preocupaciones existenciales, miedos y devastadas esperanzas. Es una
hipótesis posible: la frontera esférica que nos circunscribe —cóncava,
por tanto, desde nuestro lado— es la esfera en la que inciden desde
el principio de los tiempos todos los atributos "inmateriales", que al
reflejarse y colisionar de nuevo se han ido agregando para acrecer el
llamado espíritu del hombre, el que hace preguntar a Max Frisch a través
del señor Geiser:
… si existirá Dios en el momento en que ya no haya un cerebro humano
que pueda imaginar una creación sin creador [p.19]
***
Si bien me he servido de MF como introductor, podía haber empezado por
cualquier otra intervención de las cinco habidas en las Jornadas. De hecho,
en el orden de lectura normal, de principio a fin, hice una lista de los temas
que me fue sugiriendo lo que leía. Al lado de cada uno puse entre corchetes
lo que de ellos instantáneamente me devolvieron las colisiones con los
cuantos de conocimiento míos —no muchos— que
imagino perdidos por el espacio interior de la esfera. El resultado fue el
siguiente:
El poder, la culpa, el olvido, ¿el miedo? [nuestro "baúl de los olvidos"]; la
lectura [implicada en la escritura]; la metanarrativa [Tristram Shandy, la
imposibilidad de narrar la vida que nos adelanta]; Cortázar [¡discípulo de
MF!, "la amante de Witt"]; el cine [la denuncia, la acción, Gavras, la bota de
Orwell]; la creación de futuro por la escritura [el eco orwelliano
again]; huellas de la Pragmática [una distinción explícita: escritura
literaria / no literaria y discurso literario / político]; la crítica poética
["operadores", lectura hermenéutica]. El oxímoron, tradición
vanguardista, en Gelman [Jakobson, "I like Ike" suscita el "Shame",
después de los magnicidios, i.e.: la palabra como icono].
Esta lista sería distinta, con toda seguridad, de la que podría hacer si se lo
propusiera cualquier otro lector de las Jornadas. Incluso yo mismo si me
decidiera a repensarla, cosa que me he prohibido. Porque eso sería
el cuento de nunca acabar. Entraría en la dinámica del Museo de la
novela de la Eterna, de MF y también en la de su ilustre antecedente, el
Tristram Shandy de Sterne. Para evitarlo me limitaré a desarrollar lo
apuntado entre corchetes
***
La cita es de Vicente Zito Lema y dice así: «Al poder le gusta
hablar del presente, porque apuesta a que no haya futuro, apuesta a que
el presente sea la eternidad, porque si es la eternidad le asegura su
permanencia». Creo que Vicente destapa de una tacada la hipocresía
que arropa el ejercicio del poder. Nótese el recurso al "cambio" que satura
tantas veces los eslóganes de los partidos políticos cuando entran en
campaña electoral. Naturalmente, la "apuesta por el cambio" —la
que parece sugerir un futuro— no es tal, no es para que cambien las
cosas sino para cambiarse "ellos", los opositores, por los que están
instalados en el presente, ése que anhelan eterno —por eso los
casos de renuncia voluntaria son tan raros—.
Lampedusa lo dejó claro, pero de los millares de citas posibles que abundan
en ello me quedo con una de Carlos Castilla del Pino, que puede servir
como aviso de caminantes: «quien siente un afán incontenible de poder
se autoinhabilita para otro tipo de sentimientos, la compasión, la amistad,
incluso el amor».
Sin embargo no parece que el ilustre psiquiatra español se refiera al
componente fisiológico —erótico— del amor, aunque también
sea posible que la inhabilitación dé cuenta del eros y lo reemplace por la
satisfacción del ejercicio del poder. Por eso se habla, sin profundizar
demasiado en lo que significa, de la exclusiva "erótica del poder", mientras
se olvida el espectáculo dado, a espaldas de sus funciones políticas, por
hombres tan notables como los presidentes Kennedy o Clinton. Sus excesos
demostraron que el ejercicio del poder no implica ni desplazamiento ni
sublimación de la pulsión erótica. Más bien todo lo contrario.
En cualquier caso, el comentario de Zito Lema trasciende el concepto
abstracto para centrarse enseguida en los manejos perversos del poder. El
objetivo, das Ziel, es presentarnos a Jacobo Fijman, un poeta no
"maldito" —que tiene otras connotaciones—, sino
"maldecido". La exposición y la condena al olvido —de ese hombre y
de su obra— tuvo que erizar los cabellos del espanto a
quienes lo escucharon; porque sólo con leer ahora, a miles de kilómetros de
distancia y a decenas de años del rescate, cómo fueron las cosas, el
corazón se encoge. Lo peor es que hay más, [culpa, olvido ¿miedo?] anoté
antes. Las interrogaciones las dirigía contra mí mismo, porque no me cupo
en la cabeza que Ernesto Sábato sintiera miedo. Y si se trató de
sentimientos de culpa, entonces no puedo dejar de reproducir (y lo hago de
memoria) otra cita de Carlos Castilla que estuvo clavada (¡con chinchetas!)
en la pared de mi despacho durante años. La aprendí de «La culpa», un
libro imprescindible:
El error ético se paga en forma de incapacidad para gozar de lo
conseguido y, si afecta a la totalidad de lo hecho, el precio impuesto es la
conciencia de la vacuidad de la vida entera. ***
[y II]
Progresar en el orden de la lista que me impuse el mes pasado me obliga a
retroceder un momento para insistir en el olvido y en la lectura. Lo haré con
brevedad.
Si entrecomillé entonces baúl de los olvidos, fue porque de muy
antiguo siempre me pareció que así se debería decir, y no baúl de los
recuerdos. Por supuesto no es algo trascendente, pero cuando Horacio
González habla de la incomodidad de la memoria frente a un libro que
creíamos haber leído, y enseguida se pregunta ¿Dónde está ese
olvido?, no he vacilado en contestar: en "mi" baúl, no en el de
los recuerdos. Emparentar después a MF con Laurence Sterne es banal,
pues si el primero fue "un escritor que se complace en escribir sobre el
propio acto de lectura", el segundo en su «Life and opinions of Tristram
Shandy, Gent» se le anticipó en 200 años tratando de simultanear vida
y escritura en un presente narrativo imposible, adaptado a la
desordenada lógica de la mente humana. Lo siguieron, nombraron o
pensaron, de algún modo, Borges y Cortázar —¡el mundo heredado
de MF y plasmado en Rayuela!, una reflexión posiblemente inédita a este
lado del Atlántico— y, de remate, la sombra de Wittgenstein. Pero
me aguanto las ganas de suicidarme dialécticamente —como sería
atreverme a comentar cualquier "cosa", del padre del positivismo lógico, en
este ruedo que presidieron y auspiciaron profesores de Filosofía—.
Por eso me salgo por la tangente invitando al lector curioso a que busque
en la biblioteca «La amante de Wittgenstein» (1988). La novela (es
un decir) de David Markson lo acunará previsiblemente en los brazos
entrelazados de MF y su filosófico padre putativo. Véase si no:
Ni estoy pensando en el gato ya.
Por otra parte, debía de estar pensando en uno mientras escribía
esa frase, aunque la frase exprese precisamente lo opuesto.
Es evidente que uno no puede escribir una frase diciendo que uno
no está pensando en una cosa, sin pensar en la cosa en la que uno dice no
estar pensando.
Creo que sólo ahora me he dado cuenta de esto. O de algo muy
parecido. [p.73]
En el «Tractatus» no se dice mejor.
***
La cita es de José Fernández Vega y dice así: «… el estado esta
ahí para defender las leyes, para hacer que se cumplan, y no para violarlas
sistemáticamente». Acotada así, fuera de su contexto, puede parecer
una perogrullada y, sin embargo, a nadie se le escapa que se trata de una
denuncia. Es menos contundente que las "históricas", las que fueron
redactadas para mover a la desobediencia de leyes injustas, al
derrocamiento del tirano y, en el límite, a su muerte. Pero la muerte del
tirano en el mundo contemporáneo no es ocupación ni remotamente factible
para quienes son sus víctimas. Sólo queda la denuncia, la toma de
conciencia que empujó a Rodolfo Walsh a ejercitarla y a pagar por ello con
su vida.
En España, más allá de los círculos culturales especializados, poco se sabe
de Rodolfo Walsh. Sin embargo, las enciclopedias modernas sí le prestan la
atención que merece. No llegan a precisar, eso es cierto, el matiz que ha
destacado Fernández Vega, el "cambio" que representa el estilo de la
política de Walsh: añadir la acción a la mera denuncia de la dictadura
tiránica y criminal. Si anoté a Gavras y a Orwell en mis "colisiones" fue
porque se ajustan, (es opinable), a una horma semejante. Ambos, director
y escritor, denuncian; el inglés, además, pasó a la acción. Y en el campo de
la acción, los riesgos que corrió Orwell en las trincheras de España fueron
menos ominosos, si esta adjetivación es apropiada, que los de Walsh al
caer en la celada que le tendió "su" gobierno, el que tenía la misión de
protegerlo. Evaluando los resultados, parece claro que plantar cara en su
terreno a la amenaza ominosa es absolutamente letal. En campo abierto,
incluso alcanzado por una bala enemiga, se puede sobrevivir, mas
permaneciendo al alcance de la red tejida para liquidar a los disidentes no
existe escapatoria. Hemos de suponer que Rodolfo sabía a lo que se
enfrentaba cuando escribió su carta a la Junta Militar. Pero no tuvo en
cuenta que cuando a un esbirro se le ha ordenado que aplaste contra el
suelo tu cabeza usando su bota, no servirá de nada lo que
escribas para tratar de que la levante. Orwell razonaba de esa
manera en plena guerra mundial para desacreditar los pacifismos a
ultranza, mientras que Walsh dejó dicho en marzo de 1970: «Con
una máquina de escribir y un papel podés mover a la gente en grado
incalculable. No tengo la menor duda», —mis subrayados se
habrán anticipado probablemente a los de algún lector—.
***
La cita es de Claudio L. Pérez y dice: «así como la memoria crea
el pasado, la escritura, aún cuando hable de ese pasado, está creando el
futuro». Mis colisiones no tuvieron que emigrar del pathos
orwelliano en el que todavía se agregaban. Claudio remataba su párrafo de
presentación de la escritura no literaria y probablemente hubo de
contenerse para no usar una cita ya tópica: «Quien controla el presente
controla el pasado; quien controla el pasado controla el futuro».
Después, al ocuparse de la escritura literaria, Claudio dice que la literatura
construye modelos artificiales donde el futuro es permanentemente
ensayado. Es imposible no "volver" a «1984» tras leer eso.
Pero las intervenciones dedicadas a Juan Gelman fueron dos; cercadas,
como todas las de las Jornadas, por la situación política "transitoria" que
todavía asfixiaba al país, la que un espectador lejano sólo podía vivir por las
noticias de prensa. De ahí que la distopía contemporánea, ya
clásica, impregnase los textos, aunque la segunda intervención pudiera
distanciarse de ese condicionamiento centrándose en la crítica a "la crítica
poética". Como sigue.
La cita es de Jorge Cabrera y dice: «Abrir el cuerpo de la poesía
para ver qué tiene adentro es lo que Gelman critica en ese poema
["Operaciones"] porque habla paródicamente de esta operación de
diseccionar un texto para encontrar sentido, cuando todos ya sabemos …
que habrá en el texto, y sobre todo en el texto poético, tantos sentidos
como lectores lleguen a él».
Me permití subrayar "sobre todo" para no perder de vista que la
atribución esencial del texto poético es hoy el hermetismo. Me parece que
escribir poesía en roman paladino no llevaría a ninguna parte. Sin
embargo, aunque es cierto que la prosa y la imagen se entienden e
interpretan también de muchas maneras, incluso dispares, un sentido
"mayoritario" prevalece. De otro modo la comunicación ordinaria devendría
imposible. Al otro lado del espejo quedaría la "comunicación poética", casi
un oxímoron como el de tradición vanguardista que Cabrera confiesa
cometer.
Acabo de mencionar la imagen, en abstracto, porque es imposible (casi
imprudente) dejarla hoy a un lado en el proceso comunicativo. Hasta el
punto de que en paralelo a los "actos de habla" que propuso Austin se
podría hablar de "actos de imagen". Cabrera ha elegido el ejemplo "sonoro"
del I like Ike puesto por Jakobson y lo ha definido como un uso
"otro" de la lengua. A nadie sorprenderá entonces que en el país del
ai laik aik recurrieran a otro uso excepcional, a la inversión del
aforismo "una imagen vale más que mil palabras" para sustituir miles de
imágenes posibles por una palabra sola.
Nada más producirse en Los Ángeles el asesinato de Robert Kennedy, una
cadena nacional de televisión mantuvo en pantalla durante horas la palabra
SHAME. El director de aquella cadena no optó por la sucesión apabullante
de imágenes inmediatas ni retrospectivas. Martín Luther King había sido
asesinado en Memphis dos meses y un día antes, y del magnicidio del
presidente no habían pasado cinco años. Lo más normal por tanto, lo que
hicieron las televisiones de todo el mundo, fue insistir hasta la saturación
en las imágenes grabadas de esos crímenes. Cientos de millones de
receptores favorecieron la aparición de una multiplicidad de sentidos, pero
otros tantos, puede que los mismos o unos pocos menos, respondieron
unívocamente al "acto de imagen" de una sola palabra. Es cierto que
algunos (¿cientos, miles?), los artífices del magnicidio, sus secuaces y
satélites, no sentirían vergüenza sino regocijo. Pero eso no invalida el
sentido único del mensaje, del "acto de imagen" más notable y lúcido que
conozco,
***
No me queda sino advertir a todos los lectores interesados en las
"intervenciones" de las I Jornadas Literatura Argentina, que deben
procurarse los textos publicados por Artenpie. La exposición
precedente, como habrá sido fácil deducir de su lectura, no es ni siquiera un
resumen de cada una de aquéllas. Pienso que flaco favor se le hace a los
textos sólidamente argumentados cuando se les resume. Además, la
tradición de cambio de la Literatura Argentina sólo puede ser
justamente evaluada por literatos argentinos o por doctores y estudiosos
versados en la materia, vengan de donde vengan. Así que, para terminar
por donde empecé, por Max Frisch, el otro MF a quien me llevó de la mano
Macedonio, copio del mismo libro una cita imprevisible
—recuérdese: 1979—, que daría para escribir hoy, en 2004,
un artículo completo.
También el incesto está desapareciendo desde que los chicos tienen
moto; lo mismo ocurre con la sodomía.
Fernando Anguita B.
p
X’MAS BLUES
«Yo siento el alma inquieta de gozo
y de alborozo puro y sin par,
por la jornada más borinqueña
y más risueña,
la Navidad.»
(del «Cancionero Navideño»)
No me diste las gracias por el Rólex... no hizo falta... lo compré en uno de
esos momentos de locura que te impulsan a comprar regalos... porque
crees que no atinas de otro modo a expresar lo que sientes. Sí, sé que
sabes que te quiero, que te lo dije una vez... que me lo dijiste una vez... y
que no hay que repetirlo... Somos tú y yo, ya lo sé... y no hay que volver a
decirlo... No, y no es que no haya que ir a verte los martes... si estoy al
tanto de lo que pasó y a eso también vine... a pedirte disculpas, a darte
explicaciones... por supuesto... de ésas que entendemos que no son
necesarias entre nosotros... y a traerte estas rosas.
Sé bien lo que pasó, la culpa fue de esos muchachos del otro lado de la
bahía que esa noche andaban de fiesta.... Uno me reconoció. Nunca te
hablé de mis años al otro lado de la bahía... tenemos tan poco tiempo... los
trabajos... tus horarios... y a veces me desconcentro y se me olvidan ciertos
detalles... Fueron diez años al otro lado de la bahía... diez años de tomo y
lomo en mi vida. Sí, antes de conocerte... pero años en que ya te buscaba...
a veces como un loco, desesperado... otras veces sereno, callado, mirando
paciente las olas golpear contra la orilla... Sufría por no tenerte... pero
estaba seguro de que te encontraría...
Uno de ellos me reconoció. Yo estaba en la barra esperándote, me tomaba
algo... Black Label en las rocas... Me pidió luz para un cigarrillo... creo
que fue por el mechero que pudo reconocerme. Me habló de la música y de
las fiestas, me dijo que había llegado de Houston esa misma tarde...
Cuando lo llamaron los amigos se daba verdadera cuenta de quién era yo.
¡Esperen, que acabo de encontrar al dueño de las lanchas!... Me vi obligado
a aclararles que las lanchas no eran mías... Pero ya los tres sabían de quién
se trataba... me habían visto mil veces... y en aquellos años... cuando iba yo
siempre de chaquetón y corbata, de punta en blanco, en el Mercedes... del
bar al astillero, del astillero a la funeraria.
Entonces sí que tenía tiempo para pensarte, para imaginarte... y estaba
guapo, muy guapo, me decían... No había mujer hermosa que no se me
rindiera... además estaba casado con una de las mujeres más bellas de la
isla... pero eso ya lo sabes... y echando hijos al mundo... y siempre con
buen dinero en el bolsillo... a pesar de que no me sentía rico ni poderoso...
dueño del universo... para eso me hacías falta tú. Así me conocieron, de
cuando el astillero, y el bar El Cisne y la funeraria del otro lado de la bahía...
Yo no los reconocí... en nada... a ninguno de ellos... me interesaron por lo
que te he dicho... por esos años de que no me arrepiento porque me fui
preparando para encontrarte.
Claro que pudieron haber estado tendiéndome una trampa... un rancho
para impedir que acabáramos tú y yo juntos esa noche... o peor... pero les
había quedado tan real que no dudé un instante... Dudo ahora, aún sin
estar paranoico, como dices a veces... dudo porque me hiciste dudar... Me
invitaron a su mesa... acepté curioso por aquellos recuerdos, faltaban dos
horas para que estuvieras libre para estar conmigo... sí... y había bebido
demasiado quizás esa noche... porque las noches del martes son crueles,
son cuando sufro más esperándote, cuando hasta siento que te puedo
perder en un abrir y cerrar de ojos... La belleza es así... como tú, Beatriz...
como estas rosas... Tanto puede ocurrir... tú lo sabes... a veces pueden ser
golpes fatales y tenemos que aguantárnoslos.
No sólo estaba inquieto porque estabas atendiendo a tantos clientes...
sabe Dios qué te dicen, te echan flores... lo peor es que te miran con lujuria
y yo siento esas miradas como puñaladas en el pecho... No, no me
acostumbro... No dudo de ti... dudo de la vida, del destino... Sí, sí... debo
estar loco... no sé cómo puedo dudar del destino después de haberte
hallado tras de tanto maravilloso presentimiento... Pero pasan cosas... esa
tarde había muerto quemado el hijo de una de las secretarias... acababa de
enterarme, trata de comprender el estado de ansiedad en que me hallaba...
Acababan de comenzar las fiestas... esa misma mañana había visto sacar
los primeros pinos de navidad... y no estabas conmigo... Se acercan esos
días... en que se hace más difícil venir a verte. Sabes lo que una palabra
tuya puede hacer por mí... unas horas a solas contigo... un abrazo tuyo... tu
dulce presencia...
En cuanto advertí que salías no te seguí... te llamé... quería que me
sacaras de aquel aprieto con los muchachos del otro lado de la bahía... Uno
quería enseñarme algo, querían que me fuera con ellos a seguir la fiesta en
otra parte... No, no puedo, estoy esperando a alguien... Me ofrecieron coca,
querían que bajara al baño a meterme unas líneas... No, no puedo, otro
día... tengo una cita... Allí estabas tú, ya libre... aguardándome... Parecía
que no te importaba... pero te conozco bien... me sentía miserable...
desperdiciando aquellos valiosos momentos.
Te cansaste de esperar y me dijiste que te ibas con un amigo... No, no
hagas eso... no me dejes ahora... ya sé que es martes... espera... déjame
salir de estos tipos... unos segundos... es como un cumplido. Pero tu amigo
no quería aguardar más. Fue quien tuvo la culpa de todo... ¡Ay, Dios mío,
escúchame, dime que no eres tú, que no estás aquí, que volveré a verte
como antes! Mira, te traje estas rosas... ¿cómo pudo pasar lo que pasó?...
Son para ti... Si lo hubiera sabido... ese muchacho es un caso... un
compromiso andar con él... Y tú te quisiste ir con él... ¡por culpa mía!... ¡Qué
accidente aparatoso, mi amor!... No, me callo, tienes razón, comprendo,
nada de lamentos, lo que importa es que estás a salvo, que aún respiras.
Mejor no hablar más de eso... En poco te recuperas... ya verás... ya verás...
el médico me acaba de asegurar que estás fuera de peligro...
Pero no me diste las gracias por el Rólex, ni por ser Navidad, ni siquiera sé
si abriste el regalo... y estaba lindo... La muchacha de la joyería se esmeró
doblando el papel rojo... la caja roja, le dije... el cubo rojo, el cuadrado
rojo... rojo sangre... rojo corazón... No sé si al pasar por el puente lo
tiraste al agua sin abrirlo. No quiero saber... ya te digo... Sé que no tenía
que hacerlo... es que hay tanta publicidad por las fiestas, tanto apelar a los
sentimientos... tanto árbol de navidad... tantos santacloses... uno en cada
esquina... tanto rey mago hurgándote el corazón... y sabes cuánto te
quiero... aunque no te lo diga... aunque no nos convenga que te lo diga...
Antonio Bou
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DE YUYOS Y AMORES
La despertó un alboroto de voces. Los cuatro ojos de las dos Marías,
chiquitos detrás de los cristales, estaban fijos en los suyos. María Ercilia le
alcanzaba un vaso de agua y una pastilla mientras María Clelia, la hermana,
sonreía, mostrando los dientes de caballo.
—Tomate esto linda, te desmayaste— decía la voz trémula de
la anciana. Andreíta tragó sin darse cuenta de lo que hacía.
—No te asustes, no fue nada, ya pasó; mejor no pensar en cosas
horribles— agregó Maria Clelia, que se había puesto seria de golpe
y, aunque se esforzaba por disimularlo, parecía muy conmovida.
"Estas abuelas se asustan por nada —pensó Andreíta—
¡Tanto escándalo por un desmayo!". Pero estaba tendida sobre las
baldosas del patio, dolorida como si le hubieran roto todos los huesos y
sentía que una extraña mezcla de terror y placer impregnaba la nebulosa
en la que parecía flotar. Y conservaba la sensación, como entre sueños, de
que unas manos temblequeantes le acomodaban la bombacha y la falda.
Terminó de despabilarse. Las Marías estaban arrodilladas en el piso, una a
cada lado y las otras amontonadas detrás. Todas parloteaban excitadas.. El
dolor en la cintura y el vientre parecía intensificarse y por momentos la
inundaba una sensación de náusea. ¡La pastilla! ¿Sería eso? ¿Qué le
habrían dado? "Nada peligroso —se dijo para tranquilizarse—
porque las mucamas sólo manejamos los medicamentos sencillos". (De los
otros se encargaba la señora, que era además enfermera). Por fin logró
sentarse, se acomodó la ropa como pudo, y se puso de pié tambaleante.
Tuvo que ayudar a levantarse a las dos viejas. Después miró el reloj. Había
que apurarse porque se atrasaba la merienda
—¡Bueno, basta, ya pasó!, vamos al comedor que tengo que darles
la leche— La voz le salió bastante firme.
Fue para el interior de la casa. Desde la puerta de la habitación de los
hombres vio a don Romeo Veroni en la cama. Parecía dormido. Una imagen
vino como del mundo del sueño: sentado al solcito junto al ánfora de piedra
del jardín del fondo, tan pálido que parecía de masilla gris y con los ojos
celeste clarito tan perdidos en la distancia, que hubiera podido pasar por
una estatua de no ser por el acompasado ir y venir de la mandíbula y el
hilillo de baba verdosa que se escurría perezosamente por la comisura de
sus labios. Había pensado sacarle el yuyito de la boca: un yuyo raro, esas
hojitas puntiagudas como las orejas de los duendes y esa flor blancuzca y
alargada, como sugiriendo algo obsceno. Se lo veía tan feliz masticándolo,
que le dio lástima. Y al fin y al cabo, mal no le podía hacer...
De a poco volvían los recuerdos: cambiando los pañales a Rita, acostando a
Terencio para la siesta, encendiendo el televisor de la sala... Después se
había sentido cansada y había apoyado la espalda en una de las columnas
de la galería, dispuesta a relajarse fumando un cigarrillo, eso es... pero en
este punto todo se borroneaba y acudían bocanadas de imágenes, fugaces
y cargadas de sentimientos.
Fumando con los ojos cerrados y la figura de Mauro Fontán, el galán,
sonriendo como en la televisión. Ella aspiraba el humo despacito,
arqueando la columna, como desperezándose, y él tendía los brazos hacia
sus hombros.
De golpe todo se confundía: unas manos como garras que la zamarreaban,
aquel rostro moreno tan cerca de sus ojos asustados, mezclado con los
rasgos del el retrato que tenía Romeo Veroni en su mesita de luz. Unos
labios ajenos sellando los suyos y abortando el grito, una lengua que la
invadía y la ahogaba, sentirse aplastada contra el suelo, penetrada por
arriba y por abajo; abandonar la resistencia, acompasarse y dejarse llevar;
el corazón enloquecido y las cosas que daban vueltas o ella que giraba
sobre sí misma... y la nada, el silencio.
¿Se había desmayado? ¡Estaba tan cansada y hacía tanto calor! ¿Fue un
desmayo o un sueño? ¿Sueña uno cuando se desmaya? A lo mejor, de
puro agotada que estaba, se quedó dormida. Eso: fue un sueño, seguro.
Una vez leyó que uno soñaba lo que inconscientemente deseaba. ¡Qué
pavada; estaba segura de no haber deseado nunca que la violaran! Fue el
calor, el sol de la siesta y el cigarrillo que le hizo mal. Eso, nada más.
Para escapar de esos fragmentos deshilachados, fijó su atención en la
cuchara de madera con la que revolvía porfiadamente la olla de la leche; y
se inclinó luego sobre la mesada, aguantando el dolor de la cintura, para
cortar el pan en rebanadas y ponerle la mermelada. Volvía con insistencia y
sin que Andreíta la buscara, la figura borrosa del viejo masticando su yuyito
junto al jarrón de piedra. En el recuerdo la sorprendió de pronto la nítida
impresión de que esos ojos vacíos revivían y la miraban.
¡Pobre Romeo! Algo especial tenía y Andreíta sentía por él una atracción
particular, un cariño especial, como cuando vagamente evocaba a su padre,
ese casi desconocido que mamá decía que era un atorrante; pero que ella,
en la vaguedad del recuerdo, sólo podía asociar con sonrisas y cariños. Y le
costaba tan poco ser querendona con este viejo. La hizo reír la otra noche,
cuando ella, pasándole la mano sobre el cuello, le dijo: "te quiero", y el
viejo murmuró, clarito: "¡qué susto que te daría si tuviera cincuenta años
menos!'
Tal vez por eso, ayer mismo, mientras limpiaba, se quedó un momento
contemplando la vieja fotografía. "La verdad que no estaba mal", había
pensado. Pero de ahí al sueño había mucho trecho. Con todo, no dejaba de
llamarle la atención la nitidez de las sensaciones. Hasta sentía el cuerpo
molido, como si hubiese sido verdad.
Cuando la merienda estuvo dispuesta y Andreíta fue a despertarlo, se
estremeció porque el cuerpo del anciano estaba rígido. Le llamó la atención
la expresión vivaz y satisfecha de su rostro. Se acercó, lo tocó, lo sacudió, lo
llamó. Pero los ojos seguían cerrados y no respiraba.
No era, por cierto, una situación nueva para ella. Prácticamente todos los
meses le tocaba a algún abuelo. Y el personal terminaba por
acostumbrarse. Pero al ver a Romeo Veroni muerto, sintió un dolor, casi
como una puñalada, en el medio del pecho y las lágrimas le subieron a los
ojos. Se sorprendió murmurando: "¡No me dejes ahora, por favor, no te
vayas!"
Aunque sabían que era inútil, llamaron a la ambulancia. Enseguida avisaron
a la familia.
—Yo lo preparo— dijo Andreíta a la sobrina, que se lo
agradeció con una sonrisa.
Lo lavó, lo afeitó, lo peinó, y lo vistió con cariño. Cuando abrió el puño
cerrado del viejo apareció la cadenita de oro, ¡su cadenita!. Recién
entonces, palpándose el cuello advirtió que le faltaba. Sintió sorpresa,
confusión y una mezcla indefinible de alegría y miedo. Pero no dijo nada ni
quiso pensar más en el asunto.
El miércoles, cuando la sobrina cruzó con la señora, delante de las
hermanas, un comentario acerca de la muerte de Veroni, María Ercilia
comentó:
—¡Viejo atorrante! Para mí que estaba endemoniado. Parecía tan
tranquilo sentado allí en el fondo y de repente se volvió como joven y se
tiró encima de Andreíta.
—¡Sí, pobre chica! —concluyó la hermana— se le tiró
encima y corcoveaba como un domador. No pudimos hacer nada, pero la
socorrimos cuando él se fue a su pieza. Le acomodamos la ropa, le dimos
una pastilla y la tranquilizamos.
La sobrina y la señora se miraron y sonrieron con disimulo. Andreíta ni se
enteró.
Roberto Enrique Rocca
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RÉPLICA
Na estrada de Sintra,
que cansaço da própria imaginação
Llevo mi automóvil por las calles de Chicago
mojadas, lamidas por el ogro de la noche
mientras escucho música que grabé en Madrid
hace años.
La luna sale del lago
cruza la calle
y besa de repente los adoquines de Buenos Aires.
Los espacios y los tiempos se confunden
ya no sé si Chicago, si Madrid, si Buenos Aires.
Voy por la avenida costanera del lago Michigan
en la noche blanca y fría
como iba Alvaro de Campos por la carretera de Sintra
cansadamente eligiendo si ir, si no ir
si buscar otro camino, otro sueño, otra utopía
si sería mejor pegar la vuelta o no haber salido
sintiendo su mismo desasosiego
encerrada en el Mitsubishi negro
y yendo
siempre yendo
sin llegar.
Leda Schiavo
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LEY DEL CORRIMIENTO DE LOS SEGMENTOS
A Gustavo Fontán
Que a él no le hubiese importado no merece un comentario. ¿Qué
sabemos? Después de todo no fue exactamente que no le importara.
Otra cosa, fue otra cosa. Desde antes de abrir la puerta él sabía que
aquella noche de lluvia, anunciada en el ruido metálico de las canaletas,
estaba predestinada a su infortunio.
Además, después, cuando lo inevitable alcanzó a llamarse delito, lo anduvo
buscando hasta donde le dieron las fuerzas del alma. Es cierto, no lo
detuvo cuando hubiera sido lógico, Benito no hizo el mínimo gesto para
detener al intruso que se estaba robando el tercer violín de Paganini, su
violín. Lo que estaba escrito debía cumplirse porque lo escrito es ley, hoy y
siempre. La única ley.
Es cierto, dejó que el intruso metiera el violín en el bolso y se fuera
silenciosamente creyendo que él dormía cuando en realidad esperaba.
Había olido el robo, la traición después de algunas palabras compartidas,
un vaso de agua ofrecido como un cáliz. Lo había sabido desde siempre y
nadie, nadie, puede hablar del tamaño de su dolor, de la entereza de su
cuerpo temblando bajo las sábanas cuando el otro, el extranjero, salió
hacia la mañana húmeda con un violín ajeno imprescindible al argumento.
Debe haber tomado alguna calle empedrada de las que bajan hacia el río y
se pierden en los muelles. Todos los rufianes van hacia el puerto, buscan
algo en los costados de los barcos, piensan en una patria supuesta.
Necesitan ir al puerto y pensarse otros, inventarse un idioma y hacer del
agua una frontera que los separa de algo que no pueden imaginar siquiera
sin la bruma y los cabos gruesos, ennegrecidos por el uso. Se enternecen
solitarios entre los bultos y la grasa espesa que flota cerca de la orilla. Son
así.
Hay, años después, otra escena en una calle de Montevideo.
Una mujer cruza esa calle sin nombre, como una tumba, con un violín
colgando de la mano. Debería advertirse que lo exhibe, pero el tiempo es
tirano y lo he intentado varias veces tachando lo ya escrito. Nadie lleva
violines por la calle, no se ven hombres o mujeres llevando violines como
quien lleva el pan o un atado de verdura. Lo exhibe, lo muestra. Su gesto
puede ser un indicio o un descuido.
Juan Carlos la ve, o ve el violín colgando como un pájaro extraño de una
mano lánguida, blanca.
Juan Carlos, del brazo de su mujer, sabe que aquí la historia se condensa.
Como Benito cuando fue despojado del violín y sintió que al fin el destino le
pertenecía, era suyo.
Hay también el azar que abarrota los campos de azucenas, confunde las
fronteras, y escribe su mejor relato. La esposa de Juan Carlos reconoce a la
portadora, a la que trae el mensaje, el violín, la condena, la suerte de las
crisálidas. Habían cursado juntas el bachillerato. Dorotea Mur, “Dolly”, la
que trae el futuro desposado entre sus dedos, el violín, el alfabeto
primigenio, es presentada a Juan Carlos por su mujer, que no percibe las
oscilaciones del péndulo.
Meses después la estadística decide imponer su criterio de excepción y
Onetti, Juan Carlos, se casa con Dorotea Mur, “Dolly”, la que trae el
sextante, el violín, los homenajes.
El violín de Benito reaparece entonces más allá del río oscuro y cruza más
tarde el mar y en Madrid suena muy de vez en cuando por las tardes hasta
que alguien, tal vez un cura de aquí de Buenos Aires, un agente polaco
contratado por la CIA, un dealer corso, lo compra o lo roba y Dolly decide
que es mejor así, que el cuerpo de Onetti, Santa María, las religiones, los
cartílagos de Onetti, están próximos a incendiarse y no resisten una sola
nota más. Ningún sonido entrando a pacificar aquel dulce reducto de las
furias. ***
NO VUELVA POR ACÁ
A Mónica Arzani
—No vuelva por acá. Eso no más. —Dice con toda
claridad y sin que suene a amenaza. Una advertencia simple, formulada suavemente y con firmeza.
—Empezar así, de esta forma es lo mejor. No alentar expectativas que no
se cumplirán. —Dice. ?No regrese. Nunca.
—Esto que afirmo al principio, es lo último que aprendí. No vuelva por acá.
Son años. No sé si contarle toda la historia, darle los detalles…, —y deja la
frase inconclusa abierta hacia una sala enorme y fría donde se acumulan los
miles de detalles, imagino.
—Joden. —Sigue. —Los que vienen de afuera, los extranjeros. Provocan
cosas, cambian los objetos de lugar, accionan resortes, trampas…., —dice,
como respirando profundamente y abre otra puerta a través de la cual
deberían vislumbrarse, en la penumbra, piezas metálicas, mecanismos sin
traducción.
—Imaginesé lo de la casa. Eso que pasó. Los ruidos. Como el volcarse de
una silla, o un murmullo de conversación en la parte de atrás, la que mira
hacia Rodríguez Peña. Imaginesé. Después dijeron de todo. Dijeron que las
cosas pasaban afuera, que el peronismo... Se metieron en la parte
clausurada y desaparecieron las carpetas de macramé. De todo dijeron.
Se calló por un instante. Una eternidad. El tiempo concentrándose en ese
punto mínimo. Un lugar sin porvenir.
—¿Me entiende? —dice, y algo se sacude y altera el ámbito, la zona. Como
un terremoto que permitiera construir hacia atrás, desde las ruinas,
ciudades de esplendor, cristalería, doncellas, vasallaje.
—La entrevista esa. El coronel bebiendo en la semipenumbra, con el rostro
iluminado apenas por el reflejo rojizo del cartel de Coca Cola, intermitente,
y la estatuita de la pastora , rota, sin un brazo. Se dijo, años después, que
le habían roto todos los platos de Meissen. Historias. Mentiras. Pura mierda.
—se ofusca sólo en las palabras, no hay más que eso, palabras,
desmadradas por un comentario inexacto, un recuerdo falso, otro texto.
—¿Qué saben? ¿Qué mierda saben? Que la bomba hizo pedazos toda la
vitrina, que se la metieron en el living. Huevadas. Mentiras. Se la pusieron
en el palier. El coronel dice que se la pusieron en el palier.
Deja de verme. ¿Puede dejar de verme?. O algo de otro país estalla a mi
lado. Algo de un lugar que están queriendo construir. Un experimento, un
ramalazo de otro sitio. Excluidos. Violencia agazapada, inundándolo todo.
Mis ojos.
—¿O anduvieron buscando la pastora rota para reducirla en San Telmo y
tiraron los platos, en la oscuridad, por la noche? Pasan cosas. Se meten.
Mueven las cosas de lugar. Años después vuelven y ven las cosas distintas.
Dicen otras cosas…
Ahora el silencio se abre sobre un páramo rojo con montañas de restos
inútiles. Veo ese lugar. Lo vemos. Montañas de vidrio y porcelana alemana
hecha trizas, algunos restos, algodones, vendas sucias, huecos por
tumbas, sin cruces, sin placas. Todo cabe allí. Todo lo que vemos y lo que
deberíamos ver. Huesos, tambores llenos de cemento, oxidados, cosas que
sacaron del río.
—Tocan todo. Husmean. Y saben que el tipo, el coronel, anda arrastrando la
metralleta desde entonces. Pero ni eso…
No puedo preguntarle nada. No admite las dudas. Dice lo que sabe y más,
dice lo que no sabe. Dice lo que trata de ocultar.
—¿Me sigue? ¿Va entendiendo?. El problema no es usted. No es lo que le
pasa a usted. Los años. Todo cambia ¿entiende?. Pasan cosas. Imaginesé.
El astillero, vacío, vaciado. Dos o tres locos aferrados a una ilusión malsana
y el otro, aferrado a la verdad de los hechos, y los ranchos alrededor.
¿Cuánto tiempo se necesita para que las cosas sucedan? ¿Una eternidad?
¿Una vida?…
—Mentiras —se contesta. —Nada. Un instante. Las cosas no resisten. Se
oxidan, se hinchan, las puertas se desencajan y las persianas se pudren y
se caen, y por los vidrios rotos entran los aguaceros y los pájaros, las
ratas, las víboras…
Necesita tomar aliento. Se cansa y se fatiga como un hombre.
—Las cosas ocurren. Y todos alrededor mirando por los huecos, por las
ventanas rotas. ¿Usted no tiene pudor? ¿Y ellos, allá? ¿Qué cree? ¡Qué
carajo cree!.
No busca respuestas. No tiene preguntas. Sólo un insulto disimulado en la
exaltación de la frase. También una confesión y un pedido.
—Actúan de otra forma. Están obligados. Dejan de ser ellos. Revisan
posiciones, postergan asesinatos y noches de lujuria. Traicionan el plan.
Evaden una justicia ilegible en la que los extranjeros se han erigido como
jueces o prostituyen a los fiscales. ¿No lo vemos todos los días? ¿No lo ve?.
La pausa es una cornisa por la que transitan hombres de traje oscuro
transportando con dificultad sillones de madera oscura tapizados en cuero
rojo, oscuro, ruso, y biblioratos que sueltan al aire y caen deshaciéndose
como pichones alcanzados de pleno por los perdigones en alguna festividad
católica.
—Como cuando asesinaron al dueño de la finca. Es cierto, lo mataron.
Planearon todo con premeditación y alevosía. Son culpables. Son culpables
de asesinato. No hay atenuantes. Pero ese día… Ese día, no es verdad que
se acostaron en la cabaña y se hicieron el amor sobre un lecho de hojas
secas mientras esperaban el anochecer. ¿De dónde sacaron eso? ¿Porqué
ofenden de esa manera?. Que estaban locos. Que son asesinos, amantes y
asesinos. Está bien. Lo son. ¿Pero el resto? ¿El ensañamiento vio?…
Y deja entrar la brisa silbando entre los robles que ocultan la cabaña y un
diálogo que corre por las páginas como un arroyo de serpientes y cuerpos
que se entrelazan reteniéndose y se expulsan fuera de la ley, inmunes al
poder y a la religión y a la costumbre.
—Han puesto, en la escena del crimen, cosas que no estaban. Inventaron
pruebas y sustrajeron otras. Los cigarrillos, el atado de cigarrillos. De todo.
Hacen de todo. Por eso le digo que no vuelva. Eso de andar hurgando entre
lo ajeno. El libro, el sillón de terciopelo verde…
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Claudio L. Pérez
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OTRA OPORTUNIDAD a Candelaria Pedelalas, rubia, lozana y andaluza,
feminista militante que se ríe de su sombra
El desfile avanzaba por la calle principal del pueblo. Era todo un
acontecimiento. La recién nombrada alcaldesa, Asumpta Mardelaen,
—apellido acróstico que velaba el rancio abolengo de los Martín de la
Ensenada—, rubia, lozana y andaluza, había conseguido que los
halcones urbanísticos del consistorio financiasen las fiestas. Para
convencerme a mí le bastó desparramar unas gotas de seducción:
—Mira Fabian, tú haces de presentador y de juez. No creo que nadie
del pueblo sea capaz de asumir ese papel. Después del concurso te invito a
cenar. Paga el Cabildo.
La despampanante rubia que capitaneaba la marcha lanzó al aire su liviano
bastón. Lo recogió antes de que llegara al suelo y apuntó al tenderete
adornado con banderitas de colores que servía de palco a la alcaldesa.
Ésta, fiel al protocolo ensayado durante una semana en el patio trasero del
ayuntamiento, se puso en pie y agitó un vistoso pañuelo. La señal fue
respondida por veintitantas cabecitas doradas de bisutería que, mirando
hacia el palco, corearon al unísono:
—Las rubias no somos tontas, las rubias no somos tontas, la
"erre", la "u", la… la…
El pasmo, provocado por las dudas ortográficas que no hubo tiempo de
corregir durante los ensayos, fue resuelto por la capitana que arrancó con
denodado brío:
—Las rubias no somos tontas…
El estribillo fue repetido de nuevo, pasmo incorporado, como demostración
palpable de la capacidad de aprendizaje de las rubias. El desfile alcanzó la
plaza un par de minutos después y vino a detenerse frente a la
rudimentaria plataforma en la que yo me encontraba, listo para
desempeñar mi papel:
—Excelente marcha señoritas. Las felicito a todas. Y ahora, por favor,
que se adelante la primera que hayan elegido ustedes para responder a
una pregunta de cultura aritmética.
A pasitos cortados, pasando apuros para subir los tres escalones del
estrado, se paró ante mí otra beldad rutilante. Fascinado por los ondulados
movimientos de aquél cuerpo me quedé sin voz. Las ondulaciones iban
acompasadas por los seductores trinos de una voz cantarina. Me sobrepuse
como pude y logré entender lo que decía la bella:
—Porfa' señor, que sea facilita.
—Claro que lo es; no se ponga nerviosa querida señorita y dígame:
¿cuántas son tres y dos? Dígalo en voz alta para que lo oigan todas sus
compañeras.
—¿Tres y dos?, ¿tres y dos?, lo sé, lo tengo en la punta de la
lengua… lo sé: ¡son seis!
Mi mandíbula debió quedar desencajada por completo y eso sirvió para que
el coro de muchachas gritase con una sola voz:
—¡Otra oportunidad!, ¡otra oportunidad!
La concedí sin pensármelo un segundo:
—Concéntrese, fíjese bien, le haré la pregunta de otra manera,
¿cuántas son dos y tres?
—Ésa sí que la sé, ¿dos y tres?, ¿dos y tres?… ¡dos y tres son
siete!
Esta vez no se me descolgó el maxilar inferior porque había tomado la
precaución de sujetarme la barbilla con ambas manos. Pero mi porte,
mantenido más de la cuenta, tuvo respuesta inmediata:
—¡Otra oportunidad!, ¡otra oportunidad!
La beldad se agitaba de tal manera que sus espléndidos senos
competían por mostrar su rotundidad. Ni el pensador de Rodin habría
resistido sin fundirse. Yo tampoco, la chica tenía que ganar:
—Ésta no la puede fallar, tómese su tiempo y dígame ¿cuántas son
dos y dos?
—La sé… la sé, espere un segundo, ésa sí que la sé: ¡dos y dos son
cuatro!
Inspiré hondo para celebrar el triunfo, y a mi silbido de espiración estalló el
coro incontrolable:
—¡Otra oportunidad!, ¡otra oportunidad!...
Fabian Zola
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NUEVE RELATOS BREVES
EL DEDO GORDO
Desperté sobresaltada. Algo había rozado mi pie.
Era el dedo gordo de mi otro pie.
BELLEZA
Un hombre de tez oscura y ojos verdosos subió al colectivo. Nuestras
miradas se encontraron.
Era realmente hermoso y también proporcionado si no llegara a suceder
que a su lado se irguiera una persona alta, exuberante: alguien como yo.
Me apenaba la idea de rechazar su atractivo a causa de su pequeñez y
ahora sé que pensamientos análogos pero inversos barajaba su cabeza
mientras no me sacaba la vista de encima.
Al fin, por la gracia de cierta iluminación, ambos dejamos esas idioteces de
lado.
UNAS CUANTAS COPAS
Lo había visto llegar borracho. No una vez. Ni dos.
En una oportunidad se quedó agazapado en medio de la oscuridad del
patio. Vomitó entre las plantas.
Un domingo visitamos a una escritora casi olvidada. La mujer ya tenía unas
cuantas copas encima. Ofreció whisky. Bebimos.
Tembló su mano al firmar el libro que nos regalaba.
Cuando quiso colocarle el capuchón a la lapicera fuente, no podía acertarle.
Sus movimientos se habían tornado caprichosos, arbitrarios.
— Qué denigrante,— susurró él para que yo sola lo
escuchara— está totalmente borracha.
Y con una disimulada expresión de asco se acercó para ayudarla.
ESPEJO
Hay un ratón gris y un ratón blanco. Entra un tercer ratón y mira el
espejo en el que se refleja el ratón blanco. —Soy blanco—
dice satisfecho. Cuando muere el ratón blanco, el ratón ve al ratón gris en
el espejo y dice: —Parezco gris, pero no, ese no soy yo sino el
otro—. Cuando el ratón gris muere, el ratón que busca su imagen ve
tristemente su propio reflejo gris en el espejo.
MUÑECO
Mi deseo era matarlo y debía cumplirse. Casi ni me di cuenta del
momento en que lo llevé a cabo. Sólo en los dientes conservo la sensación
del roce del hacha al hundirse fácilmente en su garganta, en cambio no
olvido la visión de un cuello perfectamente cercenado, un cilindro de cartón
cortado al medio por el que pasaban uniendo el cuerpo a la cabeza dos
gruesas espirales de alambre laqueadas de blanco. Mucho más tarde,
mientras hacía memoria durante el día, supe de quién se trataba.
DESTRUCCIÓN DE LA BELLEZA
Había perdido esa imagen de escultura romana que acaricié con mis ojos en
los Uffizzi reconociendo cada rasgo. Ahora la papada se insinuaba y
devolvía un rostro pentagonal. El saco no disimulaba la carga del abdomen,
y mis ojos monstruosos adivinaban columnas sin ningún vello en sus
piernas.
EL BARRILETE
Hacía años que sostenía el hilo del barrilete. Un barrilete es como una
veleta, va hacia donde lo lleva el viento. Era difícil soportar el peso del aire
que se excedía en la mano. La mano trataba de manejar un equilibrio
inseguro de por sí. Pero había puesto tanto esfuerzo para construir el
barrilete que apenas las nervaduras de las cañitas lo distinguían de los
colores del cielo. Era una naturaleza para el que no tenía el ojo avisado.
El día tres mil doscientos ochenta y cinco solté el hilo. Después de un buen
rato el barrilete seguía allí. Entonces miré para otro lado y comencé mi
camino.
DEL OTRO LADO
Fue imposible imaginar un rostro. Al principio se acercó una silueta entera
aunque indefinible; cuando quise ver su cara, era un óvalo blanco, brillante.
Entonces miré su ropa que había alternado entre un sobretodo y un saco, y
al hacerlo, desistí— No había nadie del otro lado de la mesita del bar.
DIÁLOGO
— ¿Está usted muerto?
— Sí, como usted ve.
Liliana Guaragno
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LA MANIPULACIÓN DEL CONCEPTO VANGUARDIA
Hoy en día se ha manipulado tanto el concepto vanguardia, que lo
escuchamos aplicado absolutamente a todo. Desde un diseñador de ropa
que “inventó” un atuendo coya para usar en Palermo (cuando los coyas ya
lo utilizaban desde el no tiempo) o para designar la obra de cualquier
artista que esté cotizando bien en bolsa.
Pero no es el uso que el mercado hace de la palabra lo que me preocupa, o
mas bien molesta; sino el uso que hacen los propios artistas de esta.
Dejemos en claro que para que haya vanguardia tiene que existir un
movimiento artístico/político que la sostenga y la promueva, no existen las
vanguardias de un solo hombre. Por otro lado, otra característica
indispensable es la voluntad de ruptura y renovación tanto de los lenguajes
artísticos como de la estructura social.
Si tenemos en cuenta lo recientemente mencionado, nos encontramos con
que no existe ningún grupo que cumpla con estas expectativas. Si
avanzamos un paso mas en nuestro análisis y observamos las obras
pseudovanguardistas, nos encontramos con trabajos muy propios de las
academias, en cuanto al manejo de la técnica y conocimiento de la tradición,
pero con temáticas de la perversión (psicoanalíticamente hablando). Toda la
audacia consiste en escenas de sexo mórbido o violencia. Los cual nos lleva
a pensar que son todos elementos asimilables por el público burgués y el
oligárquico; quienes se sonrojan primero y se reconocen después en su
doble moral, aplaudiendo como transgresores elementos que su moralina
rechaza y en muchos casos su conducta confirma (o al menos sus instintos
reprimidos). La renovación del lenguaje no se alcanza solo desde lo
temático, si bien conlleva un cambio, este es mínimo.
Considero que queda demostrado que en este momento no existen
vanguardias. Pero no doy por cerrado el hecho de que se puedan generar.
El cambio de siglo, la lucha antiglobalización, el resurgir de las izquierdas y
el cambio en la subjetividad generan el ambiente propicio para que los
artistas generemos movimientos de renovación. De hecho somos muchos
los que nos encontramos, luchando y trabajando, en este camino sabiendo
que es “el mas alto y mas desierto”, además del mas difícil; aunque por eso
el mas verdadero. Lentamente se están gestando los gritos de ruptura en
todo el mundo, es cuestión de tiempo que se empiecen a escuchar.
Federico Pablo Blanco
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