a PORTADA

<Nº 60

Enero - Febrero 2005

N° 61>


EL ARTE SIEMPRE ES METÁFORA,EL ARTE NUNCA ES BLASFEMO
Miguel Angel Morelli

LEDA EN BLUES
Graciela Reyes

EL RELOJERO / CARTA DE MONIQUE
Roberto Enrique Rocca

SÁBADO 18 DE DICIEMBRE
Sonia Otamendi

FRONTERA Y LIMES / LA BRECHA
Fernando Anguita B.

LAS TRES
Leticia Vidal

CUECEN HABAS
Alicia Silva Rey

CONTRA LA CENSURA
Federico Pablo Blanco

REPÚBLICA CROMAGNON
Claudio L. Pérez

SER VICIO
Roberto Aguirre Molina

fab9

EL ARTE SIEMPRE ES METÁFORA,EL ARTE NUNCA ES BLASFEMO

A Borges le gustaba repetir la anécdota que sigue: un día Chesterton le pidió a su padre que le explicase cierto “fantasmagórico fenómeno” que observaba en la simbología católica. La respuesta no iba a resultar fácil, pues lo que joven no alcanzaba a entender era cómo la religión podía concebir a una persona que a la vez fuesen tres. Entonces, para hacerse entender, el padre apeló a un artificio del cual el propio Chesterton sería más adelante todo un maestro: el uso de la vieja y nunca bien ponderada metáfora. “¿Has visto alguna vez una cosa cuya forma sea más caprichosa y arbitraria que la de una llave? –empezó preguntando–. Sin duda no, pero esta cosa de contornos absurdos está hecha para encajar perfectamente dentro de otra cosa tan caprichosa y arbitraria, y de contornos no menos absurdos, como lo es la cerradura”.

foto: M.A.M. Tenía razón. Dios no se puede explicar racionalmente, y tampoco la simbología que el hombre le ha inventado. La religión es un absurdo que sólo puede encajar en otra cosa tan absurda como lo es la cabeza del hombre. Y encajar con exactitud, como la llave en la cerradura. ¿Cómo explicar, si no, que a alguien se lo pueda atemorizar con el infierno, o sobornar con el paraíso? ¿Cómo suponer que un cáliz de oro pueda contener la sangre de quien prometió su reino sólo a los pobres? ¿Cómo entender que la cruz –la muerte– sea el símbolo de quien amó tanto la vida?

Lo que sí puede cuestionarse desde la razón (¿desde dónde, si no?) es por qué cierto sector de la feligresía católica se considera a sí mismo como el único que puede disponer a su arbitrio de esa simbología. Para decirlo de una manera más cruda: creer que la única interpretación posible que pueda hacerse de ese cáliz o esa cruz sea la que hace el propio culto, es por lo menos un absurdo. Como si los psicoanalistas se creyesen los dueños absolutos de Freud, los filósofos de Platón, los historiadores de San Martín...

En eso debe estar pensando, por estas horas, ese excelente maestro de nuestra plástica que es León Ferrari, cuyo reconocimiento a nivel internacional me exime de cualquier calificativo. En eso y en por qué para algunos puede resultar una blasfemia la imagen de un Cristo crucificado sobre un bombardero, y no las bendiciones que recibieron (y reciben aún hoy) esos mismos bombarderos antes de ir a sembrar la muerte por el mundo... En eso y en por qué hay gente que sigue creyendo, en pleno siglo veintiuno, que Dios la ha elegido para hacerla depositaria de la única verdad posible, y que a esa verdad hay que imponérsela al prójimo sea como fuere...

La muestra de Ferrari, que fui a ver sin que nadie me obligue a hacerlo (como nos pasó a todos, los que fuimos y los que no) me ha dejado, entre otras cosas, dos claras enseñanzas: la primera, que el arte, esa manifestación suprema del espíritu humano cuya muerte habían decretado ayer nomás los fundamentalistas del vacío, sigue siendo una herramienta única, insustituible, cuestionadora, ante la cual tiemblan todavía los poderes más absolutos. Y luego, que las ideologías, cuya desaparición también habían pronosticado los iluminados que prometían el fin de la Historia, continúan tan vivas hoy como hace dos mil años, cuando un hombre apelando sólo a metáforas derribó nada menos que un imperio.

Miguel Angel Morelli

(Esta nota fue publicada en Nuevo Horizonte en la edición del 16 de Diciembre del 2004)

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LEDA EN BLUES

La ceremonia empezaba a las cinco. Nosotros llegábamos un rato antes. Una vez, Sarah misma nos abrió la puerta y nos habló mucho mientras buscaba las llaves, pero no la oíamos desde afuera. Detrás de Sarah iban llegando los músicos, y de alguna parte salía un muchacho pálido que nos servía el primer whisky y barría el suelo, lleno de colillas. Nadie nos miraba. Nosotros nos sentábamos a la primera mesa, cerca de los músicos. Alrededor de las mesas, contra la pared, había unos bancos altos. La gente llegaba a las cinco casi de golpe; nosotros íbamos temprano para conseguir una buena mesa, y porque nos gustaba, también, mirar a los músicos y a Sarah, que antes de la función se atareaba detrás del mostrador, riéndose estrepitosamente de lo que le decía otra negra jovencita que debía de ser amiga suya, porque siempre iba a verla. Las dos tomaban cerveza en el mostrador.

Los preparativos eran lentos. El baterista, un negro alto y serio, vestido de anaranjado, armaba el aparato casi automáticamente, sin mirar, con una distracción cariñosa, más bien atento a una comunicación de gestos con alguien que no se veía. Siempre hay alguien que no se ve en los bares de blues, y a veces se materializa, más tarde, en un invitado tardío que llega contoneándose y saludando a todo el mundo con la mano alzada y una sonrisa que revela que sabe cosas que ninguno de nosotros sería capaz de entender nunca. Para él siempre hay una copa lista, que no ha pedido pero, como él, estaba ya ahí, y que él encuentra y se bebe, ajeno, hasta que entre él y los músicos sucede algo que los pone contentos de golpe, y al acabar la música se abrazan todos y se ríen sin parar, Sarah también, aunque ella no puede oírlos, porque está muy ocupada sirviendo cervezas en el mostrador.

El pianista lleva un sombrero muy pequeño, negro, muy encajado. Leda dijo, cuando lo vio por primera vez, que parecía Rip van Winkle. El pianista se queda cerca de la puerta, bebiendo solo hasta que todo está listo (nosotros ni nos hemos dado cuenta) y entonces atraviesa lentamente el local para sentarse el piano.

El del trombón va sacando de una maleta muchas toallas que despliega y vuelve a plegar lentamente para ir metiéndolas en el agujero de bronce de su instrumento, siempre de espaldas a nosotros, que estamos silenciosos y atentos y ya vamos por el segundo whisky, porque todo ese tiempo es muy largo y bebemos y fumamos para participar de algún modo en ese diálogo que, domingo tras domingo, nos desespera y nos encanta. A veces nos miramos y sonreímos, a veces intentamos hacer alguna broma, pero es inútil, ya estamos lejos y más lejos cuanta más gente se nos va amontonando alrededor y más ruidos hay, y sin embargo la sensación es de silencio. Entran parejas que charlan y se besan, hombres que se tocan y se ríen, solitarios que parecen estar en otra parte pero están ahí, solemnes y lúcidos. Nadie nos mira y sin embargo tengo la impresión de que están hablando de nosotros y entonces quisiera irme, pero Leda es feliz, se le nota en la sonrisa con que nos acoge a nosotros y a ellos, en que le dice algo a Sarah —que se ríe—cuando va a pedirle cuatro Scotchs más, en que se queda con el cigarrillo en la boca mirando absorta el pianista, y quién podría sacar de allí a Leda.

— ¿Bien? — nos pregunta.
— Bien —sonreímos.

De vez en cuando se va a sentar en otra parte, como si su felicidad necesitara una nueva perspectiva; o la vemos pasar, lenta, por entre los músicos y sus instrumentos para ir al lavabo, territorio misterioso que está detrás del escenario. La batería ocupa tanto espacio, que hay que ponerse de lado para pasar, la cabeza rubia peligrosamente cerca de los platillos.

Íbamos todos los domingos. La última tarde prolongábamos la charla tomando café y haciéndonos los olvidadizos, porque hacía mucho frío y nos hubiera gustado más quedarnos en casa. Quizá era por Leda, no por el frío.

— Hoy tocan por última vez —dijo Leda como si no lo supiéramos. Estaba tan tranquila como siempre.
— ¿Por qué no vamos a la sesión de la noche?
— A la noche tocan otros. Si no tienen ganas, voy sola.

Cuando llegamos el chico barría, en la puerta, las colillas de la noche anterior. En la pizarrita verde de la ventana se anunciaba que esa matiné, por última vez, cantaba Sarah con la banda de Sam.

Adentro ya había gente, aunque era más temprano que nunca. Nuestra mesa estaba ocupada, y también los bancos altos que la rodeaban. Las mesas que quedaban estaban lejos de los músicos, y nos sentamos a la barra, Leda cerca del piano, al lado de un negro muy viejo que no sacó los ojos de su taza de café irlandés, blanca y sucia, con vestigios de menta. Sarah charlaba y se reía con su amiga, las cabezas juntas. Tenía un vestido blanco que apenas le tapaba sus enormes pechos sacudidos de risa. Nadie nos atendía. Nos restregábamos las manos heladas y no nos mirábamos. Un hombre corpulento se instaló entre nosotros, de pie. El ala de su sombrero me rozó la cara. Me aparté y lo miré.

— Excuse me —me dijo. Apoyó su cerveza en el mostrador y se quedó ahí, aislándome de los demás. Todos nosotros teníamos las manos vacías sobre el mostrador, esperando y mirando las filas de botellas, los anuncios de cerveza, la cafetera llena que recalentaba el café en un extremo. Vi por primera vez que en un ángulo, sobre una repisa pequeña, había una figura extrañísima. Era una cabeza de monstruo, hecha de cartón pintado. Se la señalé a Leda —podía ver a Leda todavía—pero ella estaba mirando hacia el lugar donde siempre se sentaba el pianista a beber antes de la función.

Después otras personas se acercaron a la barra y perdí de vista a Leda. Nosotros pensamos, más tarde, que deberíamos habernos reagrupado enseguida, en cualquier rincón, aunque no hubiera asientos. Tuvimos que pedirle los Scotchs a Sarah separadamente. Yo llevaba varias copas cuando el baterista terminó los preparativos y le hizo un gesto a Sam. Sam tocaba la armónica. Era un muchacho de blancura espectral, con el pelo lacio y claro y expresión reconcentrada. Iba siempre con su novia, una negra pequeñita que a veces, mientras él tocaba, le tomaba fotos. Esa tarde Sam y su novia se abrazaban en un rincón (yo me daba vuelta disimuladamente para mirarlos); él no vio o no quiso ver el gesto del baterista, y estaban todos listos pero Sam no subía al escenario, y el pianista tampoco; el pianista seguía bebiendo en su sitio. Nunca hay prisa en los bares de blues. La función comienza, sin embargo, muy poco después de la hora anunciada, o aun antes de la hora: depende de algo que no tiene nada que ver con el tiempo, de un acuerdo entre los músicos y sus instrumentos, entre el conjunto y los que van a oírlos, entre los que están ahí, distraídos, sin esperar nada; dependía de Sarah, que ese día no había preparado aún la jarra de vidrio con que la novia de Sam recogía monedas y algunos billetes cuando estaba por terminar la función.

Hubiera querido levantarme para buscar a Leda (todos hubiéramos querido) pero había un agobio de alcohol, de humo, de espacio, era imposible moverse. Como cuando un avión de pronto parece detenerse en pleno vuelo, y que se va a caer y no se cae: miedo, un silencio de motores, un desconcierto al que los demás pasajeros, que siguen leyendo o durmiendo, parecen completamente ajenos y que da vergüenza y más miedo, como si uno habitara un mundo diferente; ese día en el bar el instante aquel era infinito y nada pude hacer más que mirar el hielo de la copa y esperar.

Cuando Sarah me quitó la copa de adelante (hablaba a gritos con alguien) le pedí otra. Ella asintió sonriendo, y yo creí sentirme mejor. Blues estaba lleno como nunca y seguía entrando gente; yo sentía el aire helado en la espalda cada vez que se abría la puerta. Pero nosotros nunca nos habíamos sentido tan solos en Blues.

En el momento en que empieza la música nadie parece prestar atención. Yo, ese día, ni siquiera miré hacia el escenario. El monstruo de cartón me hacía recordar algo que me había dado miedo alguna vez, no sabía qué, y también me daba risa. Al tomar la copa para beber noté que el hombre que estaba a mi lado, el del sombrero, tenía su mano pegada a la mía.

Era una mano azulada, muy fina, con uñas largas y esmaltadas. No moví la mano. Tomé la copa con la izquierda y bebí el whisky sin pensar en nada, pero mientras bebía me llegaba la música a través de esa mano pegada a la mía, filtrándose por mi brazo, aposentándose maravillosamente en todo mi cuerpo. Apoyé la cabeza en mi brazo libre, doblado sobre el mostrador. La voz de Sarah, violentísima, me hizo enderezar.

Sarah andaba entre las mesas, el micrófono en la mano. Era inmensamente gorda y no cabía en ningún sitio, excepto detrás del mostrador, donde solo se le veían los pechos y la cabecita de muñeca. Y sin embargo se movía sin esfuerzo entre las mesas, las sillas y la gente amontonada, era transparente, no tenía cuerpo, nos laceraba con la voz que salía de sus muslos infinitos, todos nosotros estábamos heridos pero no podíamos socorrernos, ni vernos, ni buscarnos, ni huir, y el hombre apretaba su mano contra la mía, pero era otro, era el negro más viejo que tomaba café irlandés y que ahora tenía los ojos cerrados.

Cuando aplaudieron se rompió el último silencio de la voz de Sarah y yo también me encontré aplaudiendo, con las manos libres y una sonrisa que hasta podía vérmela. Hubo entonces un pequeño resquicio en el espacio compacto que me rodeaba, e intenté buscar al pianista en el escenario, pero ya Sarah cantaba otra vez y la chica que ocupaba ahora su lugar en el mostrador, una chica nueva, rubia y diminuta, se inclinó a preguntarme a gritos qué quería tomar y le pedí otro Scotch. Me lo dio y me dejé estar hasta el final.

En los bares de blues se toca y se canta sobre angustias intensas, mortales. Pero lo que la música evocaba en nosotros no era realmente lo que la música expresaba: de eso teníamos conciencia. Algo más sucedía, que nosotros no oíamos. La risa de los músicos y de sus oyentes, esa risa incomprensible después de la agonía del instrumento y de la voz, era un triunfo al que éramos ajenos, pese a nuestro fervor. Quizá por ser demasiado aprensivos, o por creer que en la vida se puede esperar la felicidad, aunque nunca llegue.

No oíamos todo. ¿Oiría Leda? Hice el último intento por rescatarla. Me deslicé hasta el suelo, apoyándome en alguien, y avancé, tambaléandome un poco, entre cuerpos sudados, estridentes de risa. Encontré, sin querer, el camino del lavabo. Había un olor delicado a marihuana, mezclado con olor a orines. Vomité en un rincón húmedo, vomité y lloré.

Nos encontramos en la calle. El viento helado nos desdibujaba las caras.

— ¿La has visto?
— No.
— ¿Al pianista?
— Tampoco.

Leda era rubia y silenciosa. Sus silencios tenían una cualidad de agua, móvil y profunda, agua que acaricia abismos llenos de piedras donde el naufragio es una muerte segura. A salvo, otra vez juntos, nos fuimos aquel día sin hablar de su regreso. Sabíamos que nunca volvería. Nunca volvió. Todavía revisamos el suplemento de música del Reader, a escondidas unos de los otros, por si anunciaran otra vez a Sarah y la banda de Sam. Si aparecieran, y fuéramos a escucharlos, Leda no estaría con ellos. Se movía de un lado a otro en el bar, poseía territorios que a nosotros nos daban miedo, era secretamente feliz, cómplice de los otros, desertora de todos.

Ya hace mucho que no la nombramos. Tampoco hemos vuelto a Blues. O, al menos, si alguno de nosotros ha vuelto, no se lo ha contado a los demás.

Graciela Reyes

Este cuento fue publicado por primera vez en Letras de Buenos Aires, número 11, 1984.

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EL RELOJERO

Sin hijos para discutir ni nietos para malcriar, divertir o molestar y sin amigos para intercambiar quejas sobre la salud o el gobierno, no tenía don Lorenzo otra compañía que sus relojes. Los clientes que lo visitaban en el local de la galería. eran cada vez menos, porque los usuarios de relojes mecánicos iban siendo devorados por el progreso y porque las cadenitas de oro y las pequeñas joyas que en otros tiempos le dieran alguna ganancia, ya casi no se vendían. Había podido comprar, en tiempos mejores el local y el departamento, y hoy le bastaba con muy poco para sobrevivir sin apuros.

Los relojes eran en su mayoría antiguos y todos funcionaban. Los había de todas las clases y todos los tamaños. Relojes de pulsera, de bolsillo y de pared, relojes de péndulo y de cuerda, relojes de líneas severas, enchapados en madera oscura, y relojes llenos de filigranas y estatuillas de bronce o mármol, relojes de viaje embutidos en primorosas cajas de cuero... Con enorme paciencia los había ido reparando, reconstruyéndolos a veces mediante piezas buscadas meses y años. Cuando estaba sólo en el negocio se quedaba en silencio escuchando el murmullo confuso de cientos de ritmos acompasados que se mezclaban caprichosamente. Cerraba los ojos y dejaba que los minutos se deslizaran, deseando que nadie lo interrumpiera, esperando que las horas, las medias o los cuartos, irrumpieran con la polifonía de los carrillones. La imaginación, excitada por los sonidos, solía conducirlo a vívidas ensoñaciones de aventuras maravillosas. Volvían los sueños de medio siglo atrás, cuando los héroes eran héroes y galopaban por las páginas de las novelas y los libros de historia; y él estaba en el campo de batalla, entre el olor de la pólvora y las quejas de los heridos; surcaba mares remotos en relucientes goletas antiguas; y abría picadas, a sudor y machete, en la selva virgen.

Estaba sentado detrás del mostrador con los ojos cerrados cuando oyó los pasos. Era una chica menuda, de pelo negro y ojos grandes y claros, una de esas caritas de heroína romántica del siglo pasado y una piel muy tersa. El chico quedó a medio camino entre la puerta y el mostrador, con las manos en los bolsillos. Algo había de cruel en el rictus de la boca y la fijeza de la mirada, y Lorenzo, que esta vez venía de un polvoriento saloon del Far West, pensó que él habría de liberarla de cierta atadura secreta que la obligaba a seguirlo.

Se incorporó mientras ella, inclinando el busto, apoyaba el bolso en el mostrador, y esperó sonriendo. La chica metió la mano, buscó algo en el fondo, lo miró a los ojos y dijo:

— La plata, viejo, es un asalto.

Lorenzo miró con asombro el primoroso revólver labrado y reluciente que le apuntaba a la barriga y, mientras pisaba suavemente el timbre, y empezaba a abrir el cajón, sentía que era sólo una nena que jugaba a amenazarlo con un chiche.

Todo ocurrió rapidísimo: afuera, en la galería empezó a sonar una chicharra, se oyeron unos pasos apresurados, el chico saltó a la puerta blandiendo la pistola y, apenas se asomó, retumbó un tiro. El arma voló por el aire mientras él salía despedido para atrás, golpeaba con la cabeza en el marco de la puerta y caía al suelo despatarrado, con las manos apretadas contra el rostro, manando sangre entre los dedos crispados. Quedó allí, inerte. La chica se dio vuelta y profirió un grito ahogado. Lorenzo, sin pensarlo, manoteó el pequeño revólver y se lo quitó.

—¡Quieta! ¡No te muevas, no digas nada!— susurró imperioso, mientras el custodio de la galería llegaba a la carrera, empuñando su pistola todavía humeante. El guardia puso un pié sobre el cuerpo tendido y, encañonando a la muchacha, preguntó:

—¡Don Lorenzo! ¿Está bien?

El relojero dejó caer el revólver en el bolsillo del guardapolvo, y respondió:

— Sí, hombre, gracias a Dios no me ha pasado nada. Pero bajá esa pistola, que la señorita ya bastante susto tiene con lo que nos pasó, para que encima, vos también la amenaces.

— Perdón, creí que ella también...— musitó el otro, bajando el arma.

Los ojos de la chica saltaban del relojero al custodio y de éste al muerto, mientras palidecía, temblaba y sollozaba. Hasta que las rodillas se le doblaron y cayó al suelo desmayada.

La gente empezó a apiñarse en la entrada del negocio y Lorenzo, que había traspuesto el mostrador y estaba inclinado sobre la muchacha, pidió un vaso de agua al chico del bar de enfrente. Cuando el agua llegó, ella ya había abierto los ojos y él la acompañó hasta la silla. Temblaba y tenía la mirada perdida. El relojero abrió un cajón, sacó una crucecita de oro con una cadena y se la puso al cuello diciendo:

— Llevátela, te la cambio.

Ella esbozó apenas una sonrisa y se escabulló rápidamente, pegada a la vidriera para no acercarse al cadáver. Lorenzo contempló satisfecho la minifalda ajustada y las piernas, y después miró al muchacho muerto, pero no sintió lástima.

Vinieron más tarde la policía, las declaraciones ("yo estaba atendiendo a la señorita, cuando entró y nos apuntó con esa pistola enorme"), y el susto que no había tenido tiempo de sentir y que le duró varias semanas. Y otra vez la rutina, el silencio y el concierto de los relojes.

Y las aventuras imaginarias, ahora más emocionantes porque lo acompañaba una chica menuda, de pelo negro y ojos grandes y claros, con una carita de heroína romántica del siglo pasado y una piel muy tersa, que usaba ropa ajustada y se contoneaba al caminar.


CARTA DE MONIQUE

Tenía el hombre su fama en el mundo de las letras y su cargo en una editorial que le permitía atender sin angustia sus necesidades. Tenía, para desconstruir el amor, una socióloga rubia, veinte años menor, con cama afuera; y allá en la brumas de la memoria, la cicatriz de un matrimonio fallido. Y tenía ahora la carta de Monique en la mano:

"Les Tulleries revientan todavía de flores, pero el próximo invierno dormiré en Buenos Aires..."

Imaginando los labios redondos y tan rojos pronunciando "revientan" a la francesa, se preguntó cuánto tiempo hacía que no lloraba. Porque de muy niño había encontrado un lugar interior que le permitía ver el mundo de afuera y en perspectiva. Desde allí observaba, con curiosidad de entomólogo, la febril agitación de los humanos. Había aprendido a registrar los gestos imperceptibles, a olfatear en el aire las presencias más sutiles y a encontrar decires entre los pliegues de las frases, aún las aparentemente banales. Una extraña excitación, tan sosegada como perentoria, lo poseía cuando se sumía en tales elucubraciones, y este sentimiento germinaba luego en palabras, que sabía utilizar con la firmeza y la precisión de un bisturí bien afilado en manos de un cirujano experto. Así disecaba al prójimo en sus novelas. Pero esta capacidad para objetivar, fuente del éxito de sus escritos, lo había separado siempre, como un muro infranqueable, de sus semejantes de carne y hueso, amores y dolores.

"Regreso, mon cher, al paisaje de la adolescencia. ¿Existís todavía? ¿Te acordás de mi cara? Hace mucho que no nos escribimos. He estado bastante enferma..."

Recordaba con una precisión casi documental: los rulos agitándose, la piel transparente, la sonrisa expectante que le daba ese aire tan etéreo. Muchos años atrás, él hubiera querido acercarse, pero su deseo chocó con esa terrible dificultad que siempre tuvo para expresar los sentimientos; eso que hacía que los demás lo creyeran orgulloso y despectivo.

Una y otra vez volvía el recuerdo de aquel día en que ella viajó con una beca y todo quedó inconcluso. Por nada del mundo hubiera dejado de acompañarla al aeropuerto (eso creyó que creía) y sin embargo no fue. Mil veces imaginó distintas versiones de Monique subiendo la escalerilla del avión —no había todavía en ese entonces en Ezeiza mangas de embarque—, subiendo y desde lo alto dedicando una última mirada a aquella tierra que no le fue hospitalaria. En aquellos tiempos, tal vez, se había sentido más vacío que nunca.

Y después, todavía, guardando intacta su nitidez a lo largo de los años, el recuerdo de aquella noche del encuentro casual, increíble, en el departamentito de la rue Trousseau; ya con las cartas jugadas y los caminos cerrados. Fue en un congreso, en París, marcado de cerca en ese entonces por la que demasiado pronto sería y dejaría de ser su esposa; cuando se dio el milagro. Había escapado una tarde del asedio de la chica que lo buscaba y del aburrimiento de las ponencias pedantes de algunos colegas. Vagaba sin rumbo entre las angostas callejas, disfrutando distraídamente del sabor de los siglos, cuando la vio de pronto, absorta, ante un escaparate.

—¡Monique!

Ella se dio vuelta y enfocó lentamente sus ojos clarísimos. Para el hombre fué como si descendiera de una nube.

—¡Alberto! ¡Alberto! ¿Sos realmente vos? ¿Qué hacés aquí?

Se abrazaron fuerte. Recalaron en un café y hablaron y hablaron. Hablaron del aire mágico de París en primavera, se perdieron entre los macizos de flores del Jardín de las Tullerías, respiraron el aire fresco de la noche naciente. Hasta que ella lo invitó a conocer el departamentito. El la seguía, sin saber si estaba despierto o soñando. El departamento era chiquito, "charmant, un bijou, ¿no te parece?" había dicho ella, sonriendo tímida y orgullosa a la vez.

Conversaron animadamente sin seguir un rumbo hasta que en un momento Alberto sintió que algo extraño estaba ocurriendo. Sus propias palabras le sonaban como ajenas, pero le producían una emoción desconocida; era como si el cerebro se ablandara y no le permitiera pensar, pero al mismo tiempo lo que decía parecía brotar del centro del cuerpo, de la garganta y la boca del estómago. Una vibración imperceptible que se difundía en ondas por los brazos y llegaba hasta las puntas de los dedos, que parecían alargarse hacia ella; mientras veía cómo Monique abría los ojos y la boca, sonreía, e inclinaba poco a poco el busto hacia él.

Muchas veces Alberto quiso, en sus relatos, describir este momento, pero lo que logró que ocurriera con sus personajes no llegó a ser nunca lo que él creía recordar, esa sensación única de sentirse por una vez plenamente vivo dentro de su propio cuerpo.

Con lúcida desesperanza creyó comprender mucho después que justamente porque los dos sabían que la suerte estaba echada, justamente por eso, pudieron encontrarse esa noche tan hasta la raíz de la carne. Guardaba un recuerdo inefable del torbellino vivísimo de estallidos que recorrían la piel, de los besos sin fondo, de los cuerpos revolcándose por el suelo y flotando en el aire al mismo tiempo.

No era Alberto un novicio en las lides amorosas. Hasta podía considerarse un maestro, capaz de registrar los contactos más sutiles, de graduar sabiamente la excitación, gobernando los clímax y los anticlímax para terminar derramándose en un final a toda orquesta, que las eventuales compañeras solían celebrar ruidosamente. Otras veces el juego era dejar que una mujer experimentada lo guiara, limitándose cada tanto, con un hábil y casi imperceptible golpe de timón a subrayar algún logro de ella. Así las entusiasmaba y las conducía, sin que ellas lo advirtieran, por esos complicados laberintos que sólo él conocía.

Pero esta vez fué distinto: ni Alberto ni Monique dirigían la orquesta de las sensaciones y era como si ambos se hubieran dejado atrapar en un torrente que terminó por depositarlos, completamente vaciados en un remanso de silencio.

El hombre la oyó musitar "¡c'est le paradis!" y apenas pudo disfrutar un instante de la calma de la plenitud, cuando una sombra de espanto empezó a asomar en los ojos de la muchacha y él sintió que se alejaba, como despedido por el espacio hasta que se encontró nuevamente prisionero, con un dolor inexpresable, en las paredes siempre rígidas y alerta del propio cuerpo.

Nunca más se habló del episodio, pero Alberto empezó a enviarle sus libros y Monique los recortes de las revistas, los comentarios y los programas de los recitales. Y casi nada más que un "te recuerdo", un "con cariño", un "au revoir", escrito sobre el margen. Au revoir que nunca se concretó porque ni él volvió a París ni ella a Buenos Aires.

Pero la carta que tenía ahora entre sus manos temblorosas, era de verdad una carta personal, toda manuscrita, con esa letra chiquita, liviana, un poco vacilante, que él recordaba de los cuadernos de apuntes. Hablaba de sus problemas de salud, del cansancio de los años, de que la tierra de una es la de la adolescencia y la juventud, no la del nacimiento, aunque una vuelva a radicarse en ella.

"...no quisiera dejar aquí mis huesos. Me vienen imágenes polvorientas de las aulas, de vos, que mirabas y no hablabas. Ha quedado poco de los otros chicos y las otras chicas, nunca pude entrar en confianza con ellos. Me rechazaban aunque quisieran disimularlo, por mi madre, seguro. Con vos era distinto. Yo creía adivinar, detrás de tu silencio hosco algo diferente, algo más vivo, más profundo que las naderías que ocupaban a los otros."

"Pero había como una barrera imposible de romper. Muchas veces me parecía que estaba cerca de tu corazón (¡mon coeur! me decía a mí misma por adentro). Un día sentí que habíamos estado muy cerca de alcanzarnos. En una hora libre nos escapamos y me convidaste con un café. Yo tenía la mano, como al descuido, arriba de la mesa y tu mano se crispó un poco, se acercó a la mía y volvió a retroceder. Mis ojos buscaron el fondo de los tuyos, miraste el reloj y dijiste, como asustado: ¡es tarde, vamos! Yo me hubiera quedado, te hubiera tomado de la mano, pero de golpe sentí, espantada, que podías confundirme con mi madre. Cuando reaccioné estabas en el mostrador, pagando; y me paré para seguirte hasta la puerta."

Alberto sostenía la carta, con la mano crispada sobre la mesa. Veía aquella mano y aquellos ojos líquidos y sufría por acercarse, pero ya no era tiempo. Nunca lo había sido, en realidad.

"El encuentro en París, ¡qué locura! Encontrarnos esa tarde, por pura casualidad, después de tantos años... No sé de qué hablamos, pero hablábamos y hablábamos. Yo veía tus labios que se movían y tu expresión parecía ablandarse, como si de repente asomara en vos esa vida que tantas veces creí estar a punto de alcanzar y que siempre se me escapaba. Sentía que por fin nos estábamos diciendo lo que los dos nos debíamos. Cuando me acompañaste al departamento y tomaste todo lo que quise darte, creí percibir que esto era muy distinto de todo lo que había vivido hasta entonces y todo lo que viviría después. Pero no sé porqué, todo se rompió de pronto: algo quebró la ilusión y no pude evitar sentirme una puta, como mamá. Y esta vez fui yo la que me apuré a despedirte, porque no podía mirarte a los ojos. Cuando bajabas la escalera me pareció que te tambaleabas un poco, como si estuvieras herido. Hubiera querido llamarte, gritarte todo lo que tenía adentro, pero no me animé y dejé que te perdieras en la noche."

Efectivamente, la calleja oscura y el tramo del Faubourg St. Antoine hasta la boca del Metro de Ledru-Rollin se bambolean en una fatigada marea de lágrimas. Apenas si puede, ahora en esta noche solitaria de Buenos Aires, proseguir la lectura.

"Sólo mucho después, leyendo tus novelas, comprendí que los sueños habían sido nuestra única realidad. Volvimos a encontrarnos muchas veces, en otras circunstancias con otros rostros y otros nombres, pero en cada encuentro se reconstruía la historia. ¡Ay, mon cher, la historia es puro pasado y sólo es posible rememorarla! Y yo también volvía a vivirla cada vez que las luces se encendían y empezaba a cantar. Te enviaba los recortes, simplemente porque sentía que en el presente, ya no me quedaba otra cosa que ofrecerte."

"En los dos últimos años he trabajado lo poco que los médicos me permitieron. Y por fin decidí dejarlo todo."

"No quiero ver aquí un nuevo invierno. Si puedo, cuando empiecen a caer las hojas, volveré a Buenos Aires, pero no creo que me atreva a buscarte. Aunque tal vez, ¿quién sabe? la historia no esté cerrada del todo. Pero no me basta. Necesitaría algo más que tus historias, algún signo que me confirme esto que he juntado fuerzas para escribir, me temo que solamente para no perder las ilusiones cuando las necesito tanto. Me pregunto a mí misma si me animaré a enviar esta carta..."

La letra se ha ido haciendo cada vez más temblorosa y la frase queda inconclusa. Debajo, en el mismo papel, un tal Didier informa en francés que Monique murió el veinte de septiembre, que halló la carta entre sus papeles y que consideró su deber enviársela. "Recevez, cher Monsieur, l'expression de mes sentiments les meillieurs".

Con los brazos cruzados sobre la mesa y la cabeza reclinada, el hombre estruja la carta contra su corazón y deja salir, sin vergüenza, treinta años de llanto retenido. Los sollozos escapan sin freno, desde el hondón de las entrañas y es como si se vaciara de repente, como si toda su carne se desmoronara. Regresando vertiginosamente en el tiempo y en el espacio vuelve a encontrar su propio cuerpo vivo, misteriosamente enredado con el cuerpo de Monique, que acude y se materializa desde todos los rincones oscuros de la habitación.

Y aunque comprende que todo volverá a desvanecerse, sabe ahora, por fin y para siempre, que ni la muerte habrá de separarlos.
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Roberto Enrique Rocca

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FRONTERA Y LIMES

He aquí dos sinónimos que rara vez encontraremos intercambiados. Para empezar, "limes" todavía no se cita como entrada independiente en todos los diccionarios de español —no está por ejemplo en la edición electrónica del DRAE de 1995—, aunque naturalmente aparezca cuando se consigna la etimología de palabras como "linde", "límite" y sus derivadas.

Hace un par de meses me di de bruces contra el novísimo sistema filosófico que expone Eugenio Trías en su libro "La razón fronteriza".* Allí, los conceptos frontera y limes no pueden entenderse cabalmente sin deslindar su sinonimia.
Darme de bruces no sé si arropa y abarca, como pretendo, mi experiencia de lectura y digestión posterior. Leer a Trías en la prensa de Madrid, Barcelona o Buenos Aires, no ofrece especial dificultad, mientras que agotar el sentido cabal de este libro es tarea reservada a profesionales de la filosofía; sin embargo, cualquier lector que se haya parado alguna vez a reflexionar sobre su ser o su razón de estar en el mundo, hará bien en leerlo. Quizás, en primera instancia, tan solo aprenda que su presencia aquí es el único punto de partida con el que cuenta, y que esa presencia ya le vino lastrada (a él y a todos los seres humanos) por "el misterio" (por la incertidumbre del futuro y del "más allá"). Con entender eso tan solo, habrá dado el paso fundamental para poder asumir su "ser fronterizo".

limes de LUGO He empezado por la rareza de la sinonimia porque nadie tiene obligación de recordar (ni tampoco de saber) qué fueron los limes. Antes de ser la línea de sucesivas fortificaciones emplazadas para la defensa de las fronteras de la Roma imperial, el limes fue una línea que separaba dos terrenos o propiedades, enseguida pasó a designar los caminos en que esas separaciones se convertían y terminó significando todo el conjunto protector (fortines, muros, fosos, caminos...) que materializaba la frontera. Por tanto, el deslinde de la sinonimia queda claro: la frontera representa una simple línea, mientras que el limes necesariamente es una franja, una superficie serpenteante, cuya proyección horizontal no muestra en todos los casos una anchura bien delimitada por la indefinición de su borde interior. De este modo, el significado de "ser fronterizo" se potencia y enriquece al pensarlo como "habitante del limes", el que pisa la realidad tangible que contiene su suelo y su límite, su frontera.

No hace falta ser filósofo para saber que el concepto de límite —y el de frontera su inmediato sinónimo—, aparecerá inevitablemente en cualquier argumentación esencial; no así el concepto de limes. Trías afirma que hasta donde él conoce no ha habido ninguna filosofía que trate de concebir y conceptuar el ser en tanto que ser como limes, como límite y frontera.
Pero más allá de la novedad que pueda suponer el estreno de un vocablo en una ciencia, la Filosofía, que los contiene todos por definición (difícilmente se podría "amar la sabiduría" excluyendo una sola palabra), la singularidad del sistema que Trías propone reside en que el límite no está fuera de nosotros sino que nos constituye, que es la esencia del sujeto fronterizo. El pasaje más revelador y emotivo que, en mi opinión —la de un profano—, condensa la explicación de esa esencia dice:

Frente a un sujeto sustancial que pretende hallar en su propia auto-reflexividad el fundamento de su existencia, este sujeto fronterizo sólo se aguanta y soporta en la frágil maroma que entre el ser y el no ser establece el límite que le determina y define. Tal límite es su propio fundamento de existencia, a la vez que el ámbito o espacio en el cual el fronterizo se puede conocer a sí mismo, o puede reconocerse, cumpliendo así el imperativo délfico, o socrático ("conócete a ti mismo"). Y ese fundamento es ... un fundamento en quiebra, o en falta, del cual deriva la propia conciencia de falta del fronterizo (de la cual da cumplida cuenta la conciencia de culpa, o la conciencia fronteriza de ser estructuralmente "deudor" en relación a la existencia).
Porque el fundamento es un fundamento en falta registra el fronterizo en su conciencia el hiato o la cesura de esa falta. Y eso que le falta constituye la raíz de su conciencia de hallarse en falta, de donde procede su conciencia de culpa, o su sentimiento de hallarse en deuda. Ese endeudamiento existencial queda salvado, o saldado, mediante el movimiento de alzado ético a través del cual llega el humilis a convertirse en habitante de la frontera del mundo, hasta hacer de ésta su patria y su espacio cívico de convivencia.

La honestidad del filósofo, que agradecerán conmigo quienes no estamos a su altura, se hace patente en el reconocimiento expreso de que carece de respuesta a la pregunta trascendental, la pregunta que deja abierta al borde de la primera parte de su exposición:

¿Constituye la muerte el único futuro que aguarda al existente, o éste, el futuro, exige una consideración más detenida, desde la cual podría concebirse la muerte de otro modo a como suele presentarse en el pensar común?

Aunque, por esa misma honestidad, y para respetar la esperanza que sostiene a muchos seres humanos —imagino—, encontremos en otros lugares del libro alguna "precaria" salida:

... en la experiencia espiritual ... puede darse sentido a la irrupción de la nada en forma de muerte anticipada. (p.127)

... el símbolo es el único talismán que se dispone para acceder, aunque sea precariamente, al arcano en su condición de tal, a través de una "experiencia mística" (p.255)

Algún lector inquisitivo y de buena memoria (ese lector que los pragmáticos llaman "lector ideal", y como tal inexistente) podría sentirse tentado de volver la vista atrás, a la "nota" del mes de diciembre, donde anticipé (sin comentar su génesis) la conclusión escueta a que me llevó la lectura de "La razón fronteriza". Decía así: Había transcurrido un tiempo infinito cuando aparecimos en el escenario que llamamos "realidad". Cuando se extinga nuestro ciclo desapareceremos y después seguirá otro tiempo infinito.
No será esa probablemente la conclusión a la llegaría un filósofo profesional, pero eso importa poco si tenemos en cuenta la vieja máxima de que los hechos son sagrados pero las opiniones libres, y a la escritura como ejercicio de plena libertad sólo la precede el pensamiento.

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* «La razón fronteriza» Trías, Eugenio
edición Círculo de lectores 2004 - ISBN 84-672-0580-6


LA BRECHA

Este paréntesis de aparición sólo en la WorldWideWeb es idóneo para conversar "desde dentro", para hacer una reflexión (no por sabida o sospechada, menos necesaria) que se asome a la brecha abierta entre usuarios y no-usuarios de la informática en general y de la WEB en particular. Como todos los episodios de transformación social, la brecha tuvo su origen en una idea de alguien, luego materializada por otros. "Alguien" suele ser singular (un hombre o una mujer cuya inteligencia sobresale muy por encima de la media); "otros" es inevitablemente plural, y suele cristalizar en unas siglas. Nombres que sin duda están en la memoria de quienes esto leen son: Alan Turing, ENIAC e IBM.

Probablemente ninguna de las personas que presenció —hace ahora 59 años exactos— la primera demostración pública del funcionamiento del ENIAC pensó entonces que, en menos de tres décadas, la gente empezaría a diferenciarse netamente entre quienes manejaban los aparatos derivados de aquel monstruoso artefacto y quienes se resistían a hacerlo. Ahí comenzó la segregación, la fisura social inicialmente imperceptible de la que, por supuesto, fecha de inicio y aceleración subsiguiente se dieron conformes al desarrollo económico de cada país. Generalizar, hablar a escala de países, es una licencia para entendernos, pero en este caso desvirtúa una parte esencial de la argumentación. Porque es dentro de cada país (regional y localmente) donde la brecha (como estampillada en hilos de tela de araña) perturba calladamente la existencia de bastante gente.

Es cierto que las facilidades institucionales —terminales públicos de acceso gratuito, por ejemplo—, hacen posible el acceso de cualquiera al uso de la informática, y que la configuración de los buscadores en Internet ha convertido la navegación por la RED en algo elemental. Sin embargo, muchas personas de la "tercera edad" no se han decidido a entrar. Cualquiera de nosotros averigua pronto, aunque no lo pretenda, si un nuevo interlocutor, el amigo/a que nos presenta otro amigo/a, habita a este lado de la brecha o enfrente. Una referencia cultural novedosa por lo rara o reciente, una mención en presente del editorial de un periódico publicado a 10.000 Km, una noticia adelantada a la prensa diaria o, más simple que todo eso, el correo acabado de recibir en el instante en que ha sido firmado, es aceptado o no como tópico normal de conversación. Si el "boca a boca" ha sido reconocido como uno de los instrumentos más apreciados para la difusión de una recomendación (positiva o negativa) y, en consecuencia, para que los receptores de la cadena que genera tengan un punto de apoyo y puedan evaluar la información que reciben antes de tomar una decisión, no es exagerado afirmar que los usuarios de la RED multiplican todos los días por 10, 100, 1000... (a su voluntad) ese contacto boca a boca.

No es necesario que me extienda sobre los efectos, las ventajas gratuitas, de esa magnificación, ni que cite colaterales deletéreos —éstos proceden, como en los demás "usos" de la vida, de la malicia o de la ignorancia—; lo que importa es el acomodo que debe presidir nuestra relación desde este lado con las personas mayores del otro. Digo mayores, porque en el primer mundo los menores y los jóvenes ya están incorporados o en proceso acelerado de serlo y el acomodo a que me refiero se resume en: enseñar lo que significa navegar y cómo se hace.
Maud Es cosa de minutos y unos gramos de paciencia ante las imprecisas pulsaciones iniciales del ratón. Abrir esa puerta a cualquier amigo que no se atrevió a empujarla es el paso individual, necesario y suficiente, para que la brecha desaparezca antes de que lo hagan quienes se quedaron al otro lado.

A la solución de ningún otro tipo de brecha, racial, territorial, política o económica, podríamos colaborar con tan mínimo esfuerzo. Cierto es, sin embargo, que todos nuestros actos están integrados en el efecto mariposa... y a modo de ejemplo invito a experimentarlo en www.maudfontenoy.com lugar donde el valor de la dama de la foto saca los colores a la metáfora "Navegar por la RED".

Fernando Anguita B.

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SÁBADO 18 DE DICIEMBRE

Somos una comisión rara. En este país donde las cosas se hacen por obligación o fanfarronería, nos gustan las ocupaciones libres, las tareas porque sí, los simulacros que no sirven para nada.

Somos muchos que tienen ideas y ganas de llevarlas a la práctica.

La noche era perfecta. El calor no debía estar y no estaba. Nada había sido olvidado: la birra enfriándose en el tonel con sal y hielo y el vino blanco en la heladera. El tinto chambré, como debe ser. La mesa tendida con colores y olores y sabores que te la debo. También estaban a la mano el off y los espirales, pero los mosquitos no debían picar y no picaron. A partir de esa hora cada instante tenía su empleo minuciosamente atribuido como tan bien sabe diagramar el comandante, dueño de casa. Los vecinos no estarían despiertos a esa hora, y no estaban para tirarnos piedras o baldes de agua jabonosa o peores cosas. Los perros no debían ladrar, y no ladraron, (y ladraron cuando fue necesario).

Más allá de los muros danzaba el aire de la noche. En el jardín, bajo el cedro y la araucaria danzaban otros aires que se llenaron de poesía y de música y de la presencia del viejo Molinari, iluminados por la luz tenue que emanaban los haikus. La poesía y la música siguieron en el ámbito cerrado que se impregnó con las imágenes de Calvetti y de todo lo que sucedía detrás de las ventanas del film.

Corría el alcohol y los manjares iban desapareciendo como debía ser y la emoción se nos adhería como las sustancias pegajosas que nos retienen de este lado. El globo aerostático subió con elegancia en la noche sin viento iluminando el cielo oscuro de nubes amenazantes y se llevó una pequeña porción, una muestra sutil de cada cosa que fue dejando caer a su paso en el espacio infinito.

No lo vimos, pero creo que todos sentimos su presencia. (Renaud se había dormido. También Silvia estaba allí, pero la sombra la borroneaba, quizá se había sentado más lejos o se paseaba entre los árboles).

A él tampoco lo vimos, digo, pero estaba, (casi siempre está) y me dictaba todo esto.

Al fondo, entre las sombras, sentado plácidamente bajo el olivo, saboreando el Gauloise que había encendido y disfrutando la velada, pensaba:

Sí, pero quién nos curará del fuego sordo, del fuego sin color que corre al anochecer por la calle Esquel, saliendo de los portales carcomidos, de los parvos zaguanes, del fuego sin imagen que lame las piedras y acecha en los vanos de las puertas, cómo haremos para lavarnos de su quemadura dulce que prosigue, que se aposenta para durar aliada al tiempo y al recuerdo, a las sustancias pegajosas que nos retienen de este lado, y que nos arderá dulcemente hasta calcinarnos.

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(Simulacros, Continuidad de los parques, Silvia, Rayuela)

Sonia Otamendi

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REPÚBLICA CROMAGNON

Ayer, 30/01/2004, 175 personas murieron calcinadas o asfixiadas y 714 sufrieron heridas de consideración, algunas graves, al incendiarse el local República Cromagnon, en la Ciudad de Buenos Aires. En el mismo estaba actuando el grupo de rock Callejeros.

Seguramente la mayor parte de los fallecidos serán jóvenes.
Ninguna dependencia oficial se hará cargo de estas muertes y, seguramente, las olvidaremos en unos días, como pasó con los jóvenes muertos en Kheyvis (17; 1993). Así de frágil e irresponsable se ha tornado la memoria y el proceder de los argentinos en un país que trata de olvidar los 30.000 desaparecidos, la voladura de la AMIA, tanta muerte, pese a la prédica constante y ejemplar de los organismos de derechos humanos y de las agrupaciones de familiares de las víctimas.
La realidad es el imperio de las paradojas donde lo macabro anida, como lo sublime y lo excelso.
El hombre del siglo XXI no difiere, desde el punto de vista de la biología clásica, de su lejano antecesor, el Hombre del Cromagnon. En los últimos 100.000 años las mutaciones genéticas de la especie han sido menores y, en general, se trató de mejoras en la resistencia a determinadas enfermedades.
Podría pensarse que mientras habitábamos el mundo natural, las mutaciones genéticas se sucedían siguiendo los postulados de Darwin acerca de la supervivencia de los más adaptados. Pero cuando hicimos de la cultura nuestro habitat los patrones de cambio fueron impuestos por medios sociales y culturales, no genéticos.

El nombre del local, República Cromagnon, nos alerta entonces que también desde la cultura hemos cancelado nuestra capacidad de adaptación y cambio. Estamos detenidos en sociedades atadas al primitivismo de las primeras organizaciones humanas. Las sociedades no progresan más allá de los adelantos que impone el comercio de bienes y especias. No progresaron más allá de los cambios en el esquema clásico de esclavitud-feudalismo-capitalismo. No progresan, no se adaptan a las nuevas realidades configurando Repúblicas Cromagnon donde la única variable explorada es la maximización de las ganancias a cualquier precio. Al precio de convocar más de 2000 personas, en su mayoría jóvenes, en locales con capacidad para 1400, donde se habilitó una guardería en un baño, donde las puertas de emergencia fueron trabadas para evitar que ingresen, sin abonar la entrada, jóvenes sin dinero, posiblemente desocupados y marginados de los centros urbanos. Jóvenes entre los que pueden estar nuestros hijos que a veces preguntan por un señor que se llamó Carlos Marx, o que nos piden bibliografía sobre el anarquismo porque les parece “que tiene que hacer algo con sus vidas” y no saben bien qué, no les hemos mostrado lo que pueden hacer con sus vidas espléndidas, maravillosas, y terminan calcinados en cualquier discoteca, baleados por la policía, asesinados en su celdas, marginados y empobrecidos, hambreados, presos de una República Cromagnon que nos empeñamos en sostener y en mantener viva porque cualquier otra cosa implicaría gestos de entrega y generosidad que no estamos dispuestos a realizar aún cuando el dolor se ensaña y la muerte día tras día convive con nosotros y nos muestra la otra cara de una sociedad lejos, muy lejos de la medida del hombre sobre la tierra.

Claudio L. Pérez

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CUECEN HABAS

(Frag.)

Ni astucias de la edad ni lo sutil
del hilo en la matriz
de la araña

El sol ha sido luz y hoy es lumbre de todo lo perdido
y he vuelto (haber sabido
y que ese conocimiento
no me otorgue el manto
del predecir, su forma oscura / triste)

Tristeza. Cartas a lo "difunto".
La habitación de la "última cena"
de Leonardo
combinada con una
de recuerdos oscuros

Nunca tan al borde. Alzo la "copa"
de mi mano (el cáliz, la fronda, el vaso).
Escancio. Bebo. Las siluetas
parten o llegan; son de la materia
del sueño, como en un cuadro de Hilda
Paz

No, la ironía; la clava
en el ojo único. Verde

Para que arda mucho tiempo
para que
las pavesas miradas
por los ojos
duren más que los fuegos,
para que la ceniza
no me comande

El retazo como medida. "Ahí".
La medida justa "retaceada". Sin mezcla
Ni yuxtaposición. "Eres / retazo / de mi vida." Eres
aquello que flamea en la punta del asta de mis muertes
e ilumina espacios donde posar los ojos,
incendias, labras como la noche
o traficas, no juegas "cartas" (aquí decimos
"traficás", "escribís")

Seres míticos. La sombra del olivo
en el perfume de la flor del olivo

La madre de Hilda les decía "no esperen
encontrar pajaritos o mariposas" ellos
colgaban los cuadros de Hilda
en muros, tenían pesadillas.
A la deriva de los cuadros
soñaban con madres, hijas, decían
"yo tuve un miriñaque, / una mirilla, / un miriquiná,
una mirística, / un mirlo" (la mirística, madre,
es un árbol originario de la Malucas,
cuya semilla es / la nuez
moscada; lavarse el pelo
con una gota de champú
como una nuez moscada
¿no hace que el cabello luzca
más lindo o menos triste, mamá?


Como el amor, un olivo
a la sombra de un padre; como el amor
el ojo verde
bajo la clava de un olivo;
"como el amor"
el rocío
que tiembla
en las hojas


Polifemo duerme
y la clava de olivo verde arde
en su ojo. El ojo
de quien en mí duerme
extravía niños sin "padre"
en noches que arden como
la herida mortal en el ojo
de un cíclope

Cuecen habas. Habré sido
"la que consulta las fotografía, las cartas"
"la que va por ahí consultando las fotografías, las cartas"
"la que no es"

Alicia Silva Rey

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LAS TRES

Otoño. Olor a pan crujiente recién nacido. Café con leche humeante.

Sos la estación que nos devuelve la mirada, como prestándola por un momento, hasta que los colores se desnudan y quedan grises.

Afuera hace frío. Pero en el corazón sos cálido.

Otoño. No importa el año...

Sí el lugar, Parque Chacabuco. Era propicio para el encuentro. Caminaba sin rumbo, así como en ese momento sentía cada una de todas mis acciones. Mis pies canturreaban con las hojas. O mejor, las hojas secas lo hacían con la suela de mis zapatos. Yo no me sentía capaz de tal expresión de alegría.

La Calesita de Tatín seguía allí, invitándome a la ronda, como 35 años atrás.

— ¿Me hamacás? Quiero tocar los árboles con los pies.

Me dijo una mezcla mágica de trenzas y boca desdentada.

En ese momento sentí que, por más fuerte que uno se hamaque en la vida ¡es tan difícil tocar la copa de los árboles!

Pero respondí sí y comencé a empujarla con todas mis fuerzas para que ella lo consiguiera.

Se reía cada vez más fuerte, pero no lo logramos... Nunca lo logramos.

— Mi abuelo me empuja más alto — dijo

— ¿Se llama Antonio? — le pregunté

— Sí... ¿Sos adivina? — Un poquito, le dije y... comencé a adivinar que el tiempo nos estaba jugando una broma.

No quise contarle que nuestro abuelo moriría pronto, aunque nuestra abuela aún estaría viva en el 2004.
No quise hablarle ni de papá, ni de nuestros amores, ni del matrimonio, ni de su futuro analista.
No quise decirle que en la vida las ilusiones son dos talles más grandes que la realidad. Pero... No podía dejarla, y cambiando de táctica permití que me enseñara lo que alguna vez había conocido.

— Adivino que sos experta en el juego de los gigantes. Dije.

— Sí, tenés que cruzar toda la casa de mi abuela sin que ningún grande te vea.

Lo hacemos con mis hermanos.

— Tendría que probarlo — le dije ( de nuevo... pensé)

— Y a ver... Adivino que tenés una hijita.

— Sí, se llama Pamela, me la regaló mi abuelo, sabe hablar y caminar (Pensé en Daniela y agradecí a la vida).

— Yo también tengo una hijita muy linda — le dije.

Luego pregunté — ¿Y sabés hacer tortas con barro, dibujar vidrios empañados y buscarle formas a las nubes?

— Sí, y me sale bastante bien.

— ¿Te puedo pedir que me enseñes? Pregunté tímidamente.

El aprendizaje sobre el vivir, de la mano de mi yo niña fue interrumpido de pronto por una señora canosa que con paso lento se acercó hasta nosotras, me abrazó y me dijo: Nada voy a decirte, tenés que descubrirlo sola. La vida tiene otoños que nos devuelven la mirada. Después de todo no fue tan malo.

Leticia Vidal

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CONTRA LA CENSURA

La clausura de la exposición del artista plástico León Ferrari, es una nueva muestra del despotismo fascista de la iglesia católica y del servilismo de la "justicia argentina".
Parece ser, que la curia se siente ofendida por el uso que hace el artista de los íconos cristianos y de la crítica que realiza, con su obra, a las actitudes deplorables que ha tenido la institución a lo largo de su historia. El cardenal Bergoglio tiene la actitud de los niños, que habiéndose golpeado con una silla, se enojan con ella en lugar de reconocer que fueron ellos quienes se tropezaron. Este ejemplo es concreto, prohíben a León Ferrari, porque les tira por la cabeza su doble moral, su apoyo a las dictaduras de todo el mundo, la bendición de las armas del Imperio y "el tormento en el infierno para los impíos".

Pero que esto no se entienda como una batalla entre cristianos y no cristianos, esto es una guerra entre quienes creemos en la igualdad y el derecho de los Hombres y aquellos que quieren constituirse en rectores de la Humanidad, con la capacidad de disciplinar por la fuerza todo acto de disidencia. En una segunda instancia, debe ser una lucha entre verdaderos cristianos y la estructura corrupta y despótica de la iglesia católica. En esta última contienda, ya no puedo involucrarme, ya que esto le corresponde a la comunidad cristiana, pero como libre pensador siempre me opondré a todo tipo de censura. Esta vez fue la iglesia católica, pero lo mismo ocurre en otros lugares del mundo y con distintas iglesias.

Lo importante es poder diferenciar entre religiosidad (Fe) e institución religiosa (estructura política de quienes pretender regir los actos de Fe), porque de otro modo, podemos convertirnos nosotros en censores obtusos, criticando a los fieles por los excesos de la iglesia que representa su Fe. Es importante nunca olvidar esta diferencia, para poder acertar el golpe con precisión y no herir con él a personas con una religiosidad genuina y que en su gran mayoría también está en contra de la opresión y la desidia.

Federico Pablo Blanco

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SER VICIO

Cruzamos una nueva puerta
sin mirar
con una máscara
pasa la vieja banda
entramos
los tambores para el sordo
parches y vientos para la fiesta
La puerta sola no tiene
llaves, no tiene casa
no tiene fin

Roberto Aguirre Molina

 

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Todo delSUR

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