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APUNTES DE PRAGMÁTICA
Graciela Reyes
LA PERSECUCIÓN DEL ÉXITO / APOSTILLA
Fernando Anguita B.
EL PERDÓN
Roberto E. Rocca
ÓRDENES DE LA REGENCIA
Claudio L. Pérez
JULIO CORTÁZAR, BAUDELAIRE,
EL TANGO Y YO
Leda Schiavo
N.N.
19 DE JULIO DE 1976
Raúl Alberto Schnabel
fab8
APUNTES DE PRAGMÁTICA
«... según la versión popperiana del criterio de falsabilidad los enunciados
teológicos y religiosos carecen de sentido no por ser indemostrables o inverificables
sino por ser irrefutables, es decir, no susceptibles de falsación.
Así, por ejemplo, el enunciado cristiano "Dios nos ama" no puede ser falsado por ningún
fenómeno, ya que cualesquiera que sean los sufrimientos, desgracias, catástrofes que sufra
la humanidad, el creyente seguirá asegurando que Dios ama al mundo.
Por ello, una afirmación supuestamente compaginable con no importa qué estado de cosas
no afirma nada en realidad, es no significativa.»
de Max Horkheimer en enciclopedia Micronet ©
Austin distinguió dos tipos de enunciados: los asertivos o constatativos, estudiados durante dos mil años por la filosofía, que se caracterizan por admitir asignaciones de verdad o falsedad, y los performativos, a los que solo pueden asignárseles condiciones de "felicidad"; (a) es un constatativo, y (b) un performativo:
- (a) Está nevando.
- (b) Sí, juro.
En los enunciados performativos se hace exactamente lo que se dice, en el caso de (b) jurar. En este tipo de emisión hablar es, literalmente, hacer. Las lenguas poseen cientos de verbos que cumplen la función de performativos explícitos, es decir, que nombran la acción que se hace precisamente cuando se la nombra y solamente mediante la palabra: Juro, prometo, declaro, niego, pido, ordeno, bautizo, etc.
Al concepto de verdad (correspondencia entre la afirmación de un estado de cosas y ese estado de cosas) se opone, en la teoría de los actos de habla, el de felicidad, o sea, el de acción llevada a buen término. La verdad de las oraciones con performativos, como (b), es inverificable, porque los performativos no pueden ser ciertos ni falsos, sino solo ser afortunados o desafortunados, según salgan bien o mal.
El infortunio procede no de la mala correspondencia entre el lenguaje y la verdad, sino de una insatisfacción (infelicidad):
la falta de coincidencia entre lo que el enunciado dice que hace y lo que en realidad hace. Para que haya matrimonio, debe decir Sí, quiero el contrayente y no el testigo, y no un actor que hace el papel de contrayente en el escenario, etc., ni un contrayente a quien todavía no se lo han preguntado, etc. El performativo hace lo que dice siempre y cuando lo use quien debe, como se debe, donde se debe, cuando se debe, y con quien se debe.
Después de diseñar su teoría de los infortunios, Austin desconstruyó su oposición inicial entre actos performativos y actos constatativos, admitiendo que todas las oraciones, también las que afirman verdades o falsedades, sirven para cumplir actos, aunque no tengan performativos explícitos. Así, Está nevando es una afirmación, aunque no contenga el verbo afirmar.
Esto nos permite distinguir significado de fuerza: significado del enunciado –lo que las palabras dicen– y fuerza de la enunciación –lo que las palabras hacen, por ejemplo afirmar, jurar, pedir, ordenar–. El acto por el que se produce significado es locucionario (locutionary act); la fuerza, en cambio, es el poder de hacer, y proviene del acto ilocucionario (illocutionary act). A esto se agrega un tercer acto posible pero no siempre identificable, el perlocucionario (perlocucionary act), por el cual se producen efectos en el interlocutor (convencerlo, sorprenderlo, asustarlo). [...] «El abecé de la pragmática» [ISBN 84-7635-169-0] p.31_2
Graciela Reyes
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Al "recuperar" este número, la columna de Graciela no apareció por ninguna parte. Para certificar el refrán de que no hay mal que por bien no venga, seleccionamos al azar lo que antecede. De este modo, si algún lector creyó que el "campo" de Graciela se agotaba en su magistral prosa intimista, ha podido salir de su error.
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LA PERSECUCIÓN DEL ÉXITO
A mi amiga Veglia Bianco,
conductora de almas en Puerto Madryn
Se escribe para ser leído lo mismo que se habla para ser escuchado.
Otra cosa es que en ambos casos existan situaciones de excepción, pero incluso éstas tienen destinatario final. El diario íntimo será una excepción
verdadera si el autor/autora se lo lleva consigo a la tumba, porque si lo
deja para que otros lo destruyan ya se sabe lo que inevitablemente sucederá.
No encuentro otro ejemplo tan nítido sobre lo que se habla, salvo lo que se
dice en voz alta, por y para uno mismo, ya sea divagando o tratando de
memorizar algo. Por supuesto hay enunciados como el “santo y seña” cuyo
destinatario no es el público en general, como tampoco se supone que lo sea
el discurso inconexo de un orate, aunque pueda contener verdades como
templos.
El escritor o el orador que consigue ser leído o escuchado por
primera vez está lejos de poder llamarse un profesional de éxito. Pero hay
excepciones, de mucho peso, que luego consideraré. A la oratoria le sacan
provecho unos cuantos políticos cesantes y otros pocos predicadores
sectarios; también lo hacen algunos escritores metidos a conferenciantes, ya
sea por iniciativa propia o alentados por la editorial que los cobija.
Hasta la aparición de la televisión un escritor cruzaba la frontera
del éxito (en número de ejemplares vendidos) cuando era “pengüinizado”, —un
equivalente en lengua española, lejano pero similar, sería “planetizado”—.
Entre 1933 y 1939 George Orwell publicó un libro por año. En la década
siguiente, la aparición de dos de ellos en Penguin Books no tuvo eco notorio
hasta 1951, un año después de su muerte. La editorial catapulta a la fama
«Animal Farm» y tres años después «1984».
Ya en 1946 el escritor había dejado constancia de los motivos
esenciales que alimentan la vocación de escritor. Sólo citaré el primero, sheer
egoism, que podemos traducir por egoísmo puro y duro, saco
conceptual en el que Orwell mete el deseo de parecer inteligente, de que se
hable de uno, de ser recordado después de la muerte, de dar en las narices a
los adultos que te menospreciaron en la infancia, etc.
La realidad da la razón un día tras otro a las aseveraciones del
malogrado escritor inglés, hasta el punto de que nada menos que un filósofo
alemán, Peter Sloterdijk, no ha tenido reparos en afirmar que se siente como una
especie de monstruo sagrado de la filosofía contemporánea. La proyección
mediática de Sloterdijk se produjo en julio de 1999. La conferencia «Reglas
para el parque humano», que pronunció en el simposio «Filosofía al final de
siglo» —celebrado en el castillo bávaro de Elmau—, inquietó a los pensadores
judíos asistentes. La conferencia respondía a la «Carta sobre el humanismo de
Heidegger», y la polémica que suscitó fue alimentada desde las páginas del
periódico Die Zeit. Sin embargo los
cimientos de su éxito los puso la «Crítica de la razón cínica», obra que
presentó en España en el Centro de Cultura contemporánea de Barcelona,
precisamente en 1984, un año después de su publicación. Y como abundando en
las coincidencias, el periodista suizo Roger de Weck asevera que, para
algunos, Sloterdijk casi habría cometido —como si estuviéramos en Orwell— un crimen
de pensamiento.1
Lo que está claro y a nadie se le ocurre discutir es que el conjunto
de aspiraciones que enumeró Orwell se condensan en una: la persecución del
éxito 2, cosa que Sloterdijk viene hoy a dejar remachado cuando afirma que las
utopías colectivas se ven reemplazadas por utopías individuales. Y la utopía
individual tiene otro nombre menos bello pero también muy eficaz: el éxito.
Es necesario preguntarse si la cuestión de las utopías no es simplemente más
que el seudónimo actual de esa búsqueda radical, radicalizada, de nuestro
tiempo: la caza del éxito.
Para cerrar el círculo, —lo que es una manera de hablar, porque es
imposible abrochar el infinito de alabanzas y/o maldiciones sobre el éxito—,
un autor contemporáneo, Javier Cercas, ha puesto en boca del narrador, alter
ego y protagonista de «La velocidad de la luz», su última novela, frases como
éstas: a lo mejor lo que hace el éxito es sólo sacar al cretino o el hijo
de puta que algunos llevan dentro ... ... cuando uno tiene éxito ya
sólo quiere tener éxito..., hasta asegurar que los sabios saben mejor que
nadie que no hay nada más venenoso que el éxito ni más letal que la fama.
El relato de las traiciones y la ruina moral postexitum (mucho más
peligroso y duradero que el postcoitum, epílogo al fin de otro
pregonado éxito) parece que sirvió a Cercas de antídoto eficaz contra el
veneno.
Por otra parte, volviendo al filósofo alemán, en su ingente
producción de palabras, entrevistas y otras manifestaciones, no encontré
antídoto ni autocrítica parecida. Si está escondida entre las 2500 páginas de
ESFERAS —su último y sonado éxito editorial—, y me decido a zambullirme en
ellas, pondré especial atención para no perdérmela.
Hablé de excepciones a la necesaria porfía del escritor para
alcanzar el éxito. Me refería a los casos certificados, “garantizados” de
antemano. Podríamos calificarlos de “pengüinizaciones a priori”. Dan Brown
con su «Código Da Vinci» es lo más sobresaliente de la actualidad aunque,
casi en un suspiro, ha sido rebasado por la escritora Elizabeth Kostova con
«The historian», que batió el record de “ventas del primer día” en Nueva
York, hasta entonces en manos (y bolsillo) de Brown. Si a éste no tuve
interés en leerlo —el “descubrimiento” de los evangelios apócrifos para uso
literario no es nuevo 3—, la siguiente exitosa promesa sí suscitó mi
curiosidad, a pesar de que tampoco se pueda hablar de una historia ni de un
personaje, Vlad el empalador, literariamente novedoso. Aún así acometí su
lectura esperando disfrutar del enfoque histórico prometido —y publicitado
por los editores: en España se pagaron 100.000 € por los derechos, más de 8
veces lo desembolsado por el “Código”.
Debo decir que el meritorio esfuerzo de Kostova (se escriba lo que
se escriba, llenar de palabras 700 páginas es una tarea de mérito) no está
colmando mis expectativas. Mas dejo el juicio abierto, en suspenso, porque me
quedé varado a menos de un tercio del final.
 Por la extensión que ha cobrado esta «nota» puede que también algún
lector haya dejado de leer antes de llegar hasta aquí. No importa demasiado,
no voy a anticipar un descubrimiento porque recomendar a estas alturas los
libros de Paul Auster no lo es. Sin embargo, vale la pena insistir
para “despistados” porque, en mi opinión, se trata del autor de ficciones más
completo del inmediato pasado, del presente, y del transcurso del futuro que
decida ocupar escribiendo. Hace veinte años publicó su «Trilogía de Nueva
York» y desde entonces se puede decir que no ha parado. Estamos ante un
“éxito” radical, una infiltración incontenible que cala y empapa a lectores
de todo tipo. La calidad del producto es genética 4 y por eso tenía
garantizado el éxito sin necesidad de perseguirlo, sin recurrir a trucos ni a
manipulaciones publicitarias.
Después de leer de un tirón las traducciones de «El libro de las
ilusiones» y «La noche del oráculo», de recuperar la trilogía y varias
de las obras que siguieron, decidí anticiparme a este febrero de 2006, fecha
de la prometida aparición en español de «The Brooklyn follies». Si Auster
traducido es espléndido, pensé, el original ha de superarlo. Esta vez mis
expectativas se cumplieron. Intenté prolongar el tiempo de lectura avanzando
despacio, disfrutando de la riqueza de vocabulario y de los juegos de
sinónimos y metáforas in praesentia et absentia. Excepcionalmente
suspendí mi costumbre de simultanear la atención a más de dos o tres libros,
y sólo el repaso del periódico interrumpió durante cinco días mi embeleso
ante las andanzas de los brooklynitas. Las historias que se
desparraman por las 300 páginas del libro son el colmo del buen hacer: la
perfección conjunta de lo que se cuenta, cómo se cuenta, por qué y para qué
se cuenta. Hasta hoy, a ese colmo no me parece que se aproxime lo bastante
ningún otro autor contemporáneo de ficciones. Por eso se puede permitir
“filosofar” sobre el reverso del éxito, pero no del fracaso sino de la
normalidad. Lo normal es no tener éxito, dejar la Historia sin huella, como
si no se hubiera existido. Esta reflexión al escritor le “inspira” un remedio
que cierra prácticamente los “follies”, las andanzas y chaladuras de
gentes del más poblado de los cinco distritos de la ciudad de Nueva York. A
esas gentes Auster las hace universales en un pasaje, poco menos que
introductorio 5, que muchos de sus conciudadanos, imagino, se habrán puesto
a enmarcar nada más leerlo.
***
En una nota antecedente cité la respuesta que un ministro recién ascendido
al cargo le daba a un compañero de carrera: No me tienes que felicitar
ahora por serlo, sino más adelante por haberlo sido. De modo que no me
sorprendió leer hoy, décadas después, en la novela de Cercas: mi verdadera
vocación no era escribir, sino haber escrito.
Esta coincidencia puede hacer pensar que un estado de relajación
invade a quienes alcanzan el éxito, por lo menos en oficios (no tan dispares)
como el de político y el de escritor. Sin embargo sabemos que no siempre es
así. No en el caso de Auster, ni tampoco en el de sabios filósofos (los
mismos u otros del “veneno”), los que han dejado dicho y demostrado —en
especial con su ejemplo— que el hombre es un proyecto siempre inacabado, y
que alcanzada una meta (no necesariamente exitosa o divulgada) ya está
tratando de rebasar el horizonte siguiente. De lo contrario, el prehomínido
primigenio no habría patentado la primera herramienta cuando propinó con ella
un segundo garrotazo.
- esta cita y la anterior de Sloterdijk en: «Revista de Occidente» nº 228 (Madrid, mayo 2000)
- en inglés the pursuit of success, apropiada paráfrasis del pursuit of happiness que prácticamente encabeza el texto de la Declaración de Independencia de los trece primeros Estados Unidos de América
- véase por ejemplo J.J. Benítez: «Los astronautas de Yavé» —Ed. Planeta, Barcelona 1980
- en el mismo sentido y raíz etimológica que “genio”, “genital” ... del latín gignere ‘engendrar’
- el que comienza en la página 5 (ed. Henry Holt and Co. N.Y. 2006): From a strictly anthropological
point of view, I discovered that Brooklynites are[...]
APOSTILLA
La permanencia en pantalla durante el paréntesis del verano ha hecho posible este añadido.
Es producto del comentario de un lector a quien le pareció "excesivo e insuficiente" lo que
digo/dije en «La persecución del éxito». En breve respuesta personal agradecí sus palabras.
Ahí habría quedado todo si la antonimia de los dos adjetivos no me hubiera hecho pensar
que valía la pena desarrollar la ocurrencia.
El calificativo excesivo lo aplicó el lector a la longitud del artículo y, de paso, a la cita textual
de mal gusto que transcribí de la novela de Cercas.
Respetable cuestión de opiniones, pero
intranscendente para darle más vueltas si la cualidad de insuficiente no mereciera, per se,
consideración aparte.
La contradicción en que parece incurrir el lector no es tal. Creo que es inherente a todo
exceso la pérdida de perspectiva. Esto se traduce en excluir de la interpretación de la
realidad lo que no tiene sitio entre los abarrotados argumentos que se exponen, (porque no
caben o porque no le gustan al emisor). Pero no es ese el caso del artículo antecedente. En
él ya está reconocida de modo explícito la insuficiencia que juzga el lector: "…es imposible
abrochar el infinito de alabanzas y/o maldiciones sobre el éxito", dije entonces. Sin
embargo, ahora aprecio que sólo pasé de puntillas bajo la sombra de la amenaza cotidiana
más universal: la pesadilla del fracaso.
No es cosa ahora de excederme sino de argumentar a tenor de lo que una apostilla debe
ser. Me limitaré a dos apuntes, los que tomo de autores tan dispares como Witold Gombrowicz e Ingmar Bergman.
De «Ferdydurke», la obra capital del primero, acoto:
En el fondo, ¿a qué se reduce la situación de un escritor de segunda si no a una retahíla de
calabazas? La primera calabaza despiadada se la da el lector común que por nada del mundo
quiere deleitarse en la lectura de sus obras. La segunda calabaza infame se la da su propia
realidad, que no ha conseguido expresar. La tercera calabaza, la más infame de todas y por
añadidura acompañada de un puntapié, la recibe del arte en el que ha buscado refugio y que,
no obstante, lo menosprecia por inepto e insuficiente. Esto acaba de colmar la medida de la
infamia. Aquí comienza el desamparo total.
Imagino que esas palabras suenan familiares en Argentina. Witold, primero huésped,
nacionalizado después, es un icono cultural rioplatense. Sin embargo no elegí la cita por ese
motivo, sino porque de entre todas mis lecturas no puedo recordar ninguna que retrate el
fracaso de la mediocridad más devastadoramente. Auster, en sus Brooklyn follies, no lo
hace; antes al contrario, pergeña un caritativo programa, una especie de plan asistencial,
para que el hombre común deje huella impresa de su paso por la historia.
En toda la obra de Bergman está latente la magnificación del fracaso existencial. Pero su
reflexión no atiende a la mediocridad sino al vacío profundo que el ser humano afronta
cuando le llega la hora de hacer balance. Remito al lector a «Fresas salvajes» y a
«Saraband». Los años que separan ambas, ¡casi medio siglo!, han consolidado el mensaje.
En la primera, los honores que alcanza el protagonista, el hombre de éxito, devienen en
pesadilla; en la segunda, otro protagonista —en esencia el mismo—, también ha llegado a la
cima; sabe próximo su final y concluye que su vida "fue una mierda". Es lo que recuerdo
haber leído en los subtítulos en español de la versión original sueca.

Va para tres años que el anciano Bergman filmó para la televisión «Saraband», su
testamento "definitivo". Terminó por consentir la adaptación del video digital a película. En
las tres salas de Madrid que, a la vez, ésta se proyectó, duró en cartel poco más que un
suspiro. Los detractores que tiene el inmenso escritor/autor/director sueco pueden
"celebrar" el fracaso comercial del genio. Quizás sea mejor así, porque ver materializado el
sinsentido de la vida en categoría fílmica, avasalladora y convincentemente, no es apto para
todos los públicos.
- Erland Josephson y Liv Ullmann recuperan en «Saraband» la historia de Johan y Marianne, treinta años después
de su ruptura en «Escenas de un matrimonio».
- El título hace alusión al cuarto movimiento de la suite número cinco para violonchelo de Bach.
- El segundo movimiento del «Requiem alemán, op.45», considerada la obra cumbre de Brahms, está compuesto en
ritmo de zarabanda.
Fernando Anguita B.
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EL PERDÓN
Uno de esos días lluviosos y desapacibles de primavera, el azar y el tedio lo llevaron como
un títere hasta la mesa del bar. Entre la fiebre de las ocupaciones
cotidianas y el sueño brutal y vacío que acunaban los hipnóticos, se
infiltraba el vacío y en él brotaban, aplastándolo y paralizándolo, los
recuerdos. Arrancado del presente, quedaba quieto e inerme, a merced de
aquellos. La voz cantarina, sorprendentemente fresca, de la camarera,
preguntando qué se iba a servir, lo liberó de la tiranía de aquel rostro que
asomaba porfiadamente a la memoria. Volver a conectarse con la realidad también
dolía aunque le proporcionara cierto alivio. La morochita, insignificante
pero vivaz, esperaba sonriente. Advirtió confundido, ligeramente
sobresaltado, que había olvidado donde estaba.
—Un café, cortado.
Su propia voz sonó como extranjera.
La empleada asintió con la cabeza y se dirigió a la barra. Ante la visión de
la espalda, levemente encorvada, y de las piernas flacas, se preguntó porqué
la chica parecía contenta. En esa tarde le parecía imposible que alguien se
mostrara feliz. En las mesas vecinas los hombres y las mujeres parecían
hoscos y reconcentrados y él se sentía como encerrado en una campana de vidrio. El murmullo monótono de muchas voces en sordina le hizo evocar el
rumor eterno de las olas del mar. Una mosca se posó sobre el mantel: apenas
una manchita negra sobre la superficie lisa. Y del mar salía Carla con el
pelo empapado y la bikini blanca, como entonces. La imagen de aquel cuerpo
temblando de placer y de frío le sacudió las entrañas hasta retorcerlas.
En aquel tiempo potencial y pretérito de lo que no fue, hubiera sido su
novia, su amante, tal vez su esposa; su mujer o su hembra de todos modos.
Como el ojo de un microscopio aproximaba la imaginación a la piel: veía cada poro, las gotas de agua y hasta los cristalitos de sal que empezaban a formarse
bajo el beso del sol. Y el ensueño recorría morosamente la suave lomada del
vientre y el valle palpitante tendido entre los pechos, piel tostada tan viva
y tan estival como una siesta saturada de cantos de cigarras. La mosca seguía
posada sobre el mantel y el parroquiano la veía, la detestaba, pero no podía
espantarla. Justo allí, donde la mano suavemente ardiente remontaba la curva
de la cadera, la yema de su dedo había advertido un ligero resalto y los ojos
entonces descubrieron la mancha, color café con leche, apenas perceptible.
Estaba tan alto el sol y tan despiertos los cuerpos que pasaron demasiadas
semanas antes de que volviera a recordarlo y a fijarse en ella.
Vino el cortado y la sonrisa.
—Gracias.
—¿Algo más, señor?
—Sí, una aspirina, ¿podrá ser?
—Creo que sí. Permiso.
Suspiró mientras la chica se alejaba. La tristeza era como una bestia
agazapada y quieta, pero siempre al acecho. Por momentos consustanciada con
el propio aliento y después, de repente, era como si él mismo hubiera sido
expulsado de su cuerpo y se percibía desde afuera con una especie de
insensibilidad desesperada. Todo parecía alejarse como si se perdiera en otra
dimensión, hasta el pocillo humeante y el vaso de agua. La mosca se había ido
pero seguía su sombra, apenas perceptible, manchando el mantel.
Le costó un mundo conectarse para decir “¡Gracias!" a la camarera que
acababa de depositar la aspirina sobre la mesa.
—Por nada.
Otra vez solo. Otra vez la memoria invadiéndolo, creciendo por adentro,
destruyéndolo, como aquella cosa maldita y oscura que había invadido, crecido
y destruido el cuerpo amado y también su felicidad. ¿Cuándo habían encendido
las luces? Afuera el mundo empezaba a deshacerse en la sombra. Pasaban focos, envueltos en el rumor sordo de los motores. Cada automóvil era una burbuja. Adentro iba un hombre preocupado, tal vez una parejita joven o una abuela llevando su nieta a casa. Carla, vestida de blanco, el medallón flotando en
la piel tostada del escote subía y bajaba con la respiración, los ojos negros
con una lágrima colgando, los pómulos acentuados ahora por la delgadez, una y
otra vez a su lado, aparecíendo y desapareciendo con el ramalazo de los focos
que cruzaban en la carretera. Y otra vez la línea sinuosa de la costa y sus
propias manos al volante, atentas a las curvas y las contracurvas. Y el
dolor, la desesperanza, la certeza de la despedida definitiva, inapelable.
El gusto fuerte del café sorprendió la garganta y un toquecito de placer lo
despertó. Casi había olvidado el dolor de cabeza. Entre dos sorbos tragó la
aspirina. La camarera iba y venía silenciosa.
El médico había mirado el lunar con atención. Lo palpó, trajo una lupa,
siguió mirando en silencio. Tardó en hablar y cuando habló no dijo mucho.
Pero él advirtió la expresión que por un instante infinito congeló esa
semisonrisa aséptica, y en ese mismo momento supo que Carla también lo había
advertido.
Los meses siguientes confirmaron sus peores temores. Un infierno. Primero,
pocos días, el peso del secreto a voces que ambos pretendían ignorar. Después
tratar de acompañarla...¿cómo pueden los vivos acompañar a los que necesitan
familiarizarse con la muerte? Falló completamente y Carla no se lo perdonó ni
él mismo tampoco. Un día -y el final todavía no era inminente- no pudieron
mirarse a los ojos. Fue para él como el barco que suelta amarras y empieza a
separarse de la costa.
Se encontró de golpe con los ojos de la camarera, que lo miraba, apoyada
ligeramente en el mostrador. Ella apartó la vista, con expresión entre
curiosa y avergonzada y él se encogió de hombros. (¿Se me nota la
tristeza? Y bien, ¡que se note! ¡Y si te molesta, mejor!)
—¡Carla!
No, no era imaginación. La voz tenía esa falta de énfasis, ese carácter banal
de la realidad cotidiana. La camarera se había vuelto hacia el mostrador y
sonreía.
—Ya está listo el tostado para la mesa once.
La voz salía de atrás de la máquina de café. Ella se acercó sin apuro y
puso el plato sobre la bandeja. Como un eco en la mente del parroquiano, aquel
nombre resonaba y se repetía sin dramatismo, sin énfasis, como esas simples
cosas familiares con las que se cuenta sin pensarlo siquiera.
Cuando más tarde se cruzaron de nuevo las miradas, percibió en los ojos de
Carla, después de tanto tiempo, compasión y ternura. Ésta vez ella sonrió y
él supo de repente que sin saberlo le habían devuelto la posibilidad de
sonreír.
El resto fue rutina: pagó la consumición y se retiró sin apuro.
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de «La Rebelión de los Sueños»
Roberto E. Rocca
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ÓRDENES DE LA REGENCIA
La dama Yu Lung
elegirá seis parejas de ruiseñores de la pajarera del jardín Tsiu Hi.
Las elegirá entre las que hayan nacido durante la última primavera y
las entregará al monje Who en la Casa de la Suprema Armonía.
La dama Yu Lung cuidará que la puerta de la pajarera del jardín Tsiu Hi
quede abierta una vez que haya elegido las aves y las haya dispuesto en una
jaula pequeña de bambú que entregaráal monje Who.
El monje Who recibirá los ruiseñores que le entregará la dama Yu
Lung y los dispondrá en la pajarera de bronce ubicada bajo el gran
árbol del patio del templo. Los ruiseñores serán entregados por el
monje Who a cualquiera que los reclame sin mencionar el nombre de la dama
Yu Lung y sin efectuar pregunta alguna.
El monje Who encargará al capitán Kiang Si la inmediata ejecución de
la dama Yu Lung por haber dejado escapar los ruiseñores de la pajarera del
jardín Tsiu Hi.
El capitán Kiang Si ejecutará a la dama Yu Lung valiéndose de diez de
sus hombres y de la forma que considere oportuna.
El canciller Po Hie deportará al capitán Kiang Si y a los hombres que
hayan intervenido en la ejecución de la dama Yu Lung a la provincia de
Heu-lung-kiang. Utilizará para cumplimentar la orden de deportación a
una división de la Guardia Imperial al mando del segundo capitán Shun Li
que será promovido a primer capitán de la remota guarnición de
Heu-lung-kiang.
El canciller Po Hie presentará su renuncia al Emperador que
será elevada con las consideraciones del caso y poniendo de manifiesto
los imperiales servicios prestados por el muy digno señor Po Hie.
El señor Pu Chieh comisionará a cinco eunucos de su servicio para que
se presenten al monje Who en la Casa de la Suprema Armonía reclamando los
ruiseñores de la pajarera del jardín Tsiu Hi. Los eunucos no mencionarán el
nombre del señor Pu Chieh al monje Who y, una vez en poder de las aves,
entregarán al mismo el Decreto Imperial que lo transfiere a la lejana
provincia de Sheng-king hacia la que el monje partirá de inmediato.
Los muy discretos servidores trasladarán los ruiseñores en una jaula de
junco verde trenzado cubierta con un paño de seda verde hasta la casa de
verano del señor Pu Chieh que recibirá los ruiseñores y
ordenará al muy sabio doctor Lin Yu que envenene la comida de los
cinco eunucos que transportaron los ruiseñores desde la Casa de la Suprema
Armonía hasta su casa de verano.
El señor Pu Chieh proveerá al muy sabio doctor Lin Yu de todo lo
necesario para que efectúe un largo viaje de estudios a algún país de
occidente para perfeccionar sus técnicas curativas.
El señor Pu Chieh dispondrá a los ruiseñores en jaulas individuales de
madera liviana pintadas de azul con techo escarlata. Las ubicará a la
sombra de los cerezos de su jardín cuidando la disposición de las mismas de
forma tal que siempre queden alternados los sexos de las aves.
El señor Pu Chieh marcará las jaulas de los machos con una cinta de
seda roja atada a la parte inferior de las jaulas.
Cinco días antes de la Fiesta de las Barcas del Dragón el señor Pu Chieh
invitará a cenar a la Dama Taze Hsi, hija cuarta del Emperador, a
quien homenajeará con un banquete servido en la galería sur de su casa
de verano.
El señor Pu Chieh servirá a la Dama Taze Hsi veinticuatro platos
ofrecidos de a cuatro. Los primeros serán lengua de ánade, raíces de
loto, sesos de pollo y entrañas de gamo.
Al finalizar la cena el señor Pu Chieh invitará a la Dama Taze Hsi a
pasear por su muy cuidado jardín. Transitará únicamente por los
senderos y evitará los recodos oscuros. Hará iluminar el
recorrido por dos siervos portando farolas con aceite de sésamo. Junto a
las jaulas de los ruiseñores dispondrá tres jinetes con farolas de
papel verde montados en tres caballos ataviados.
Al llegar a los cerezos la Dama Taze Hsi alabará la magnífica cena ofrecida
por el señor Pu Chieh, el entrenamiento de los siervos para marchar
portando las farolas y evitando el molesto temblor de las llamas y, en
especial, la belleza de los ruiseñores que ya no existen en palacio.
El señor Pu Chieh, conmovido ante las alabanzas, ofrecerá a la Dama
Taze Hsi, como presente de despedida, los seis ruiseñores machos en las
jaulas marcadas con las cintas de seda roja.
La Dama Taze Hsi agradecerá el presente y partirá custodiada por cinco
oficiales de la guardia del señor Pu Chieh. Los ruiseñores serán
transportados en sus jaulas por los tres jinetes que entregarán sus farolas
de papel verde a los siervos que sostenían las lámparas con aceite sésamo.
Las jaulas serán cubiertas por paños de seda azul.
En el siguiente amanecer el señor Pu Chieh partirá a hacerse cargo del
gobierno de la próspera comuna de Kuei-chen como lo ordena el Decreto
Imperial que en ese preciso momento estará a su disposición en el
Cofre de los Sellos.
La Dama Taze Hsi se encargará del cuidado de los ruiseñores en sus
habitaciones de palacio.
En la madrugada del día de la Fiesta de las Barcas del Dragón, aún con el
Sol oculto, tres damas del séquito de Taze Hsi tomarán los ruiseñores y los
entregarán al jardinero de palacio, señor Aijin.
El muy laborioso señor Aijin ordenará a dos de sus ayudantes colgar
las jaulas bajo la ventana de la Alcoba Imperial, en el centro de la misma
y lo más juntas que sea posible.
Taze Hsi será despertada por la primera dama de su séquito que la
pondrá en conocimiento de la falta de sus seis ruiseñores y de la
inexplicable ausencia de tres de sus damas.
La Dama Taze Hsi pedirá a la guardia nocturna que detenga a las indignas
damas que hurtaron los ruiseñores. Las damas serán aprehendidas y retiradas de palacio con discreción. Serán
alojadas en la prisión de Sze-chwan a disposición de la Regencia.
El laborioso señor Aijin y sus dos ayudantes serán tomados prisioneros por
la muy eficiente Guardia Imperial que considerará sospechosa su presencia
en las cercanías de la alcoba del Hijo del Cielo antes de la salida del
Sol. Los tres serán preventivamente ajusticiados en los fondos de la
residencia de los eunucos.
Seis eunucos de palacio pasarán a recoger las jaulas con los ruiseñores
hembras por la casa de verano del Señor Pu Chieh. Las aves serán
entregadas por el muy servicial señor Hua quien posteriormente
cerrará la residencia de verano del Señor Pu Chieh y partirá alegremente hacia Kuei-chen a reunirse con su Señor.
Los seis eunucos retornarán a palacio minutos antes de la salida del Sol.
Llevarán las jaulas de los ruiseñores hembras en pértigas altas forradas de
raso dorado. Se colocarán al frente de la procesión dispuesta para saludar
al Emperador en el día de la Fiesta de las Barcas del Dragón.
El capitán de la Guardia Imperial señor Tien Si se encargará de
ubicar, tan pronto llegue, al muy valiente señor Hunan, ciego y anciano,
para que pueda participar del saludo sin sufrir molestias. Lo
acompañará hasta la Estatua de la Tortuga frente a la ventana de la
Alcoba Imperial. Lo ayudará a recostar su espalda contra el basamento
de la estatua para evitar que la procesión lo arrastre al marchar en saludo
al Señor de los Mil Años. El capitán Tien Si hará saber al señor Hunan
que dada su edad y su ceguera absoluta deberá permanecer en ese sitio hasta
que concluyan los festejos.
Cuando el primer rayo de Sol caiga sobre la plaza los sacerdotes sonarán
sus trompetas para despertar al Hijo del Cielo. Este se asomará por la
ventana y los sacerdotes, eunucos e invitados desearán a viva voz salud y
longevidad al Emperador.
Los seis eunucos que sostienen las pértigas con las jaulas de los
ruiseñores hembras las acercarán a la ventana para agradar la vista del
Emperador privado hace tiempo de sus ruiseñores.
Los ruiseñores machos al sentir nuevamente la proximidad de las hembras
soltarán su canto sumándose al saludo.
El señor Hunan, encomendándose a sus dioses protectores,
disparará su flecha guiado solamente por el canto de los ruiseñores.
El capitán Tien Si ajusticiará de inmediato al muy certero señor Hunan
y perecerá inexplicablemente sofocado por la multitud que, desorientada
ante los hechos y temerosa de verse envuelta en los mismos, huirá sin
dirección precisa arrollando todo a su paso.
Concluidas las honras fúnebres se reunirá a las viudas consortes y al
Honorable Consejo para elegir la sucesión al Trono Imperial.
La Dama Taze Hsi marchará a Kuei-chen a contraer enlace con el Señor
Pu Chieh.
Las seis parejas de ruiseñores volverán a la pajarera del jardín Tsiu Hi.
Las doce jaulas azules con techo escarlata serán quemadas.
Las seis cintas de seda roja que marcaban las jaulas de los ruiseñores
machos serán sabia y sutilmente utilizadas para sellar los primeros
documentos que sea menester remitir al Gobernador de la Comuna de
Kuei-chen, el muy noble Señor Pu Chieh.
Claudio L. Pérez
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JULIO CORTÁZAR, BAUDELAIRE,
EL TANGO Y YO
Es probable que muchas de las certezas de los hombres se
originen en el azar de los encuentros fortuitos. Digo que es probable. De
poco más que el azar se deriva mi certeza más reciente: sin Baudelaire el
tango no hubiera sido posible. Trataré de explicar.
El azar de los encuentros fortuitos a los que hago referencia son:
1) la relectura de Rayuela, de Julio Cortázar. 2) el haber dado a leer a
mi clase un comentario de Marshall Berman a "La pérdida de la
aureola", poema en prosa 46 de Baudelaire publicado en Le spleen de
Paris, 3) el hecho de que Berman dedique algunos párrafos a la expresión
el fango del macadam, 4) la lectura de la novelita "El amigo de
Baudelaire" del argentino Andrés Rivera y 5) el encuentro no menos fortuito de mis ojos con un virus, con una obligada clausura que me permite escribir esto y que vuelve a acercarme a Borges, por razones que el lector quizás comprenderá, y si no, no importa.
Hace tiempo que vengo pensando, y hasta encontré público que me lo escuchara
con paciencia y cierto entusiasmo en lugares tan distantes como Palma de
Mallorca, Corea y Buenos Aires, que Rayuela es la mejor letra de tango que
haya producido la literatura argentina. Borges se fascinó con el tango, esa
diablura, pero era una fascinación intelectual, como todas las suyas.
Cortázar vivió el tango, se ancló en París, como Horacio Oliveira, para
extrañar mejor a Buenos Aires y dedicó sus ocios a tocar en su guitarra
celestial los tangos más desgarradores y más excelsos que usted haya
escuchado jamás, hipócrita lector, hermano mío. Qué es sino una maravillosa
letra de tango la relación entre Horacio y la Maga (uruguaya, por demás, como
dicen de Gardel) y la muerte de Rocamadour?
Yo quisiera, lector, que compartiera conmigo el placer de escuchar a Adriana
Varela cantando ese inmortal tango de Cadícamo titulado Anclao en París.
Así comprendería muchas cosas. Las comprendería sin lógica, que de eso se
trata, las comprendería así, de repente, en un fogonazo súbito, y adquiriría
esa certeza de que yo hablaba al principio.Volvamos, pues, al principio, a
Baudelaire.
Carlos Baudelaire cuenta que vagabundea por París cuando el cirujano Haussman
somete a la ciudad a operaciones estéticas de alto riesgo: abre las
diagonales y tira asfalto en las calles para que los miserables
no puedan usar los adoquines en contra de la policía. Charles
(como ominosamente lo llama el personaje de Andrés Rivera, intentando una
improbable complicidad), sufre, porque París ya no es el de antes y
escribe: Le vieux Paris n'est plus -la forme d'une ville / Change plus
vite, hélas! que le coeur d'un mortel, El viejo París no existe
más, la forma de una ciudad / cambia más rápido, ay, que el corazón de un
mortal). Todo lo que Baudelaire ve en París son temas de tango, así que
no lo aburriré. Lea, si no me cree, Las flores del mal y, en especial, las subsecciones
El vino, Cuadros parisienses, Flores del
mal, La muerte de los amantes, de los pobres, de los
artistas..., La musa enferma, La musa venal,
etc. Compare con los títulos y las letras de los mejores tangos: Arrabal
amargo, Bandoneón arrabalero, Barrio de tango, Bohemios, Buhardilla, Cafetín
de Buenos Aires, Copa de ajenjo, Cita en el viejo café, Dandy, En esta tarde
gris, El vino triste, Flor de fango..., creo que no hace falta seguir.
Baudelaire ve a París como el tango ve a la reina del Plata. En el capítulo
36 de Rayuela, Horacio Oliveira, como el flaneur Baudelaire, vagabundea por
París recordando el tango de Cadícamo y piensa en los cambios que habrá
sufrido su ciudad: pobrecito Horacio, anclado en París, cómo habrá cambiado
tu calle Corrientes, Suipacha, Esmeralda y el viejo arrabal En Anclao
en París Cadícamo quiso dejar constancia del ensanchamiento de la calle
Corrientes y de la apertura de las Diagonales, imitando a las de la ciudad
luz. La letra dice Tirao por la vida de errante bohemio estoy, Buenos Aires,
anclao en París, curtido de males, bandeado de apremio te evoco desde este
lejano país.
Contemplo la nieve que cae blandamente
desde mi ventana que da al Boulevard
las luces rojizas con tonos murientes
parecen pupilas de extraño mirar...
Cómo habrá cambiado tu calle Corrientes,
Suipacha, Esmeralda, tu mismo arrabal;
alguien me ha contado que estás floreciente
y un juego de calles se da en diagonal...
A Baudelaire le hubiera gustado este tango, se hubiera afirmado en que una
ciudad cambia más rápido que el corazón del hombre, y le hubiera gustado la
reelaboración que hace Cortázar, porque justo en el capítulo 36 el
protagonista de Rayuela duerme con una clochard, revolcándose en el mismísimo
fango material y moral de las orillas del Sena, algo que a Charles (lo nombro
como hace Rivera) lo hubiera puesto, cuando menos,
amarillo de envidia.
Quizás le quede claro, amigo lector, que el tango es todo y que está, como
dios, en todas partes. Y si no le quedó claro, paciencia, que cada uno tiene
las epifanías que se merece.
Leda Schiavo
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N.N.
19 DE JULIO DE 1976
“He aquí unos muertos cuyos
huesos no blanqueará la lluvia, lápidas
donde nunca ha resonado el golpe tormentoso de
la piel del lagarto, inscripciones que nadie recorrerá encendiendo
la luz de alguna lágrima; arena
sin pisadas en todas las memorias”.
Olga Orozco
Don Remigio González cobró su última quincena y partió en el alazán que todos llaman “Tostao”. El mayordomo de “El Tuyú” sólo le dijo a Remigio González que lo habían despedido. Es todo lo que le dijo. Por la zona, en las últimas semanas
habían robado ganado. En el potrero que da al campo de los Testa, cerca del
médano grande, el jueves don Remigio sorprendió a dos cuatreros. Cuando se
acercó lo suficiente encañonó a los tipos con el 32, pero debió bajar el arma
cuando se acercó una criatura que él no había visto. La nena, llorando, pidió
que no matara a su padre ni a su tío. Dijeron los hombres que habían quedado
sin trabajo, que hacía tiempo que tuvieron que irse de lo de Arenasa, allá
por el Salado, cerca de Lezama. Dijeron también que se las rebuscaban con la
nutria, pero como abundaban los cazadores, a veces no les dejaban cazar y,
que de todas maneras, en esta época las pieles mucho no se venden.
Argumentaron los tipos que tenían varios hijos y que en el invierno se les
ponía difícil. Para Remigio los tipos no mentían, la prueba es que no
exageran, se dijo. Es probable que Remigio González se haya conmovido
porque los dejó ir, si los veo otra vez les pongo un tiro, es todo lo
que les dijo. Alguien lo espió y sabía que los había perdonado y en ese
paraje, cuatrero que se encuentra es cuatrero muerto. No se discute.
Ahora iba trotando para el cementerio, quería despedirse de su madre —después rumbearé para Magdalena— le quedaba de paso ya que tenía la idea de tomarse unas cañas y comer algo en el puesto de Crotto. Ató el
“Tostao” y entró al cementerio cuando caía el insignificante sol del otoño de
1999. No se veía a nadie, no se oía nada, sólo el rumor de la creciente del
mar que subía por la ría de General Lavalle, a los fondos. Siempre le llamó
la atención esa larga hilera de cruces de madera sobre el pasillo que debía
recorrer para llegar a la tumba de su madre. Esta vez se detuvo, el sol le
daba en la cara. Después tomó una de las cuatro calas que había comprado en
la entrada y la colocó en una de las cruces, la más desvencijada. Todas
tenían la misma inscripción en pintura blanca. Entre lo poco que sabía leer y
el borroneo del tiempo, le costó. Pero igual comprendió que todas decían lo
mismo: “N.N. – 19 de julio de 1976”. No tenían nombres, sólo N.N. Todas
decían N.N.. No era común en un pueblo donde todo el mundo se conocía que no
se supiera el nombre del difunto. (No lo llegó a pensar, pero en ese momento
Remigio percibió una desgracia).
El grito de una gaviota que voló sobre su cabeza le disipó el sopor de
la introspección. Recién ahí lo alcanzó cierto sosiego; por primera vez en el
día no se arrepintió de no haber liquidado a los hombres que había
sorprendido cuatrereando el jueves. Cuando terminó de unir la cala a la cruz
con un alambre oyó una melodía con nitidez, como una música celestial,
pensó, aunque nunca había escuchado nada parecido. Escuchó la inconfundible
voz de una muchacha joven: “Tenga confianza, Remigio, quédese tranquilo”. El
paisano no era de creer en aparecidos y esas cosas, así que miró en todas las
direcciones y se alejó unos pasos, pero no había nadie. Sin embargo la voz
que escuchó había venido de muy cerca. Ya no siguió hasta la tumba de su
madre. Salió del cementerio nomás y encararon el alazán y Remigio para lo de
Croto.
En la noche, tomando caña con dos tipos comentó lo del cementerio. El
más viejo había trabajado de policía en la época de las cruces por General
Lavalle. Don Remigio le preguntó si había pasado algo ese año. Pero el
policía desvió la mirada, ignoró la pregunta y cambió de tema. No insistió,
en estos pagos nadie se anima a preguntar ni a los sordos por segunda vez.
De madrugada sigue para Magdalena. Es un tiempo jodido para conseguir
laburo, pero Remigio González sabe que lo logrará.
Raúl Alberto Schnabel
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