Casi simultáneamente se han estrenado en Madrid dos películas de muy
distinta
factura. Han sido «Concorrenza sleale» del director italiano Ettore Scola y
«Apocalypse Now –redux–» del norteamericano Francis Ford Coppola.
El espectador tasa de ordinario las películas que ve por el cúmulo de
emociones
que le producen. Al salir de la sala, carga apresurado con aquéllas como si
fueran los objetos de un paquete mal envuelto. Una película «buena» le da
pie
para dedicarse de inmediato a evaluar y ordenar los objetos del paquete;
es
decir, para explicarse —y, en su caso, confrontar con otros— los sentimientos
que necesita manifestar para estar seguro de que ha entendido lo que ha
visto.
Todo eso sobra si la película es «mala». Pero esa cualidad no es absoluta.
De
ahí la pregunta: ¿Por qué una película puede ser buena, y hasta excelente,
para
unos, y mala, incluso detestable, para otros? La respuesta fácil es que
sobre
gustos no hay nada escrito, —tampoco nada filmado, podríamos añadir—.
Sin
embargo, las frases hechas enmascaran un sinfín de complejidades e
interrelaciones, hasta el punto de que no explican casi nada. Valdría más
apuntarse a la paráfrasis de un viejo refrán y decir: Por tu opinión sobre las
películas que vieres, te diré quién eres.
Mi admiración por el cine de Scola viene de antiguo; nació con «Una
giornata
particolare» (1977) y se duplicó con «La nuit de Varennes» (1982), donde
recreó
a Thomas Paine, personaje histórico capital al que ningún otro director, que
yo
sepa, había hecho caso hasta entonces.
Admirar el cine de Coppola es trasladarse a otra dimensión. La trilogía de
«El
padrino» (1972-74-90) y el primer «Apocalypse Now» (1979) son hitos que
han
despertado emociones imborrables en millones de seres humanos.
¿Cabe entonces la comparación que trato de establecer por la simple
coincidencia
de fechas en la producción y estreno de dos películas? Anticipo que sí cabe,
porque ambas fueron hechas para despertar las emociones esenciales que
forman la
conciencia del hombre, y la maestría en su ejecución hará que su mensaje
dure
mucho más tiempo del que se tarde en olvidar lo visto y escuchado.
El mensaje emocional de la reconstruida Apocalypse está en Heart of
darkness, el
libro que la inspiró: «Odio la peste de la mentira», escribió Conrad.
Concorrenza sleale es, en palabras del propio Scola, «una denuncia a la
discriminación y a la indiferencia».
En los sucesos de los años 30, la indiferencia frente a la persecución de los
judíos tuvo al Vaticano de protagonista silencioso. De parecida indiferencia
se
vistió mucha gente para digerir las mentiras de la propaganda oficial, las
que
denuncia Coppola, ahora sin autocensura, sobre lo que fue la guerra de
Vietnam.
Las emociones que provocan películas como éstas poco tienen que ver con
las que
esperamos sentir cuando vamos al cine para «pasar el rato». Pero son
emociones
imprescindibles para despertar de la molicie cotidiana y saber si estamos
dispuestos a levantar la voz contra las cruzadas salvadoras de cualquier
signo.
En consecuencia, para averiguar si realmente odiamos la peste de las
mentiras
que nos cuentan.
FAB
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