Una más de tantas coincidencias —colisiones las vengo llamando— ha
motivado esta nota. De no haberse producido, los párrafos que siguen
dormirían en el lenguaje binario del presente y del inabarca-ble futuro. Gilbert K.
Chesterton me llevó de la mano a descifrar —no me atrevo decir a
disfrutar— «Itylus», el poema de Swinburne. A la mitad del empeño, supe
de la convención<>conmoción poética que estos días celebra Quilmes.
Quien sabe que no es poeta no se pone a escribir poemas. Todo lo más que
puede hacer es dejarse embargar por la lectura de algunos, aunque si se
enfrenta a un conjunto variopinto, probablemente no sea capaz de diferenciar
los mejores de los simplemente buenos; puede que ni siquiera de los que
ten-gan mala crítica. Sin embargo, ese lector de poemas no-poeta siempre
sabrá señalar cuáles le gustaron y, en ocasiones, hasta decir por qué.
Algo parecido me ha pasado con Itylus. Repito que de no mediar la colisión no
estaría hablando de ello. Quizás tampoco me habría dejado envolver por la
cadencia atormentada de unos versos capaces de iluminar violación, mutilación
y parricidio; los versos que en 1866 crisparon a la hipócrita sociedad victoriana.
Ignoro si hoy es posible, no ya crispar sino siquiera sorprender a nadie
valiéndose de una doble fabulación: la lírica, derramada por la maestría del
poeta, y la que el modelo toma de la quimera mitológica.
Y aún hay
más. Todos los poetas saben —imagino— no sólo que Algernon Charles era el
doble y resonante patronímico de Swinburne, sino que éste se equivocó al
poner nombre al personaje_víctima de su más celebrado poema. Aunque quizás
sólo se dejó llevar por la leyenda mítica más truculenta. Porque no fue Itilo o
Itylus sino Itis, el pequeño sacrificado por su madre y su tía para castigar al
padre. La suerte (es un decir) de ambas víctimas fue parecida, Itilo también fue
muerto por su madre, pero por error. Los lugares, tiempos y protagonistas son
también distintos. La multiplicación de versiones se produce asimismo en la
historia de Itis. De ésta, una prevalece y se consolida en «El banquete de
Tereo», el cuadro pintado por Rubens en 1638 que hoy se exhibe en «El Prado»
de Madrid.
No he podido dejar de preguntarme por qué el poeta
asumió la confusión mitológica. ¿Fue por conservar la rima en el único verso
donde aparece el nombre? Es posible. Los críticos han dicho que de los sórdidos
escombros de incesto y crimen, había logrado condensar un instante en un
canto de lírica belleza.
Por si algún poeta de hoy se siente capaz de
ajustar la rima y devolver su protagonismo a Itis, he aquí la estrofa que lo reta:
Couldst thou remember and I forget. O sweet stray
sister, O shifting swallow, The heart's division divideth us. Thy heart
is light as a leaf of a tree; But mine goes forth among sea-gulfs hollow To the place of the slaying of Itylus,
“Humana” es la única especie animal que escribe. El poeta pertenece a la clase
particular de la misma que sublima las palabras, la sustancia que alimenta su
vigilia y su sueño, para luego caer / en las metáforas inacabables / que
instauran la convicción / de que la vida es una retórica / y la retórica la ciencia
de la vida. Cuatro lustros se cumplieron ya desde que Graciela lo dejó así
de claro.
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FAB.
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