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AGENDA CULTURAL

AÑO VIII
ENERO 2006
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XI

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LA PERSECUCIÓN DEL ÉXITO

Fernando Anguita B.


A mi amiga Veglia Bianco,
conductora de almas en Puerto Madryn

Se escribe para ser leído lo mismo que se habla para ser escuchado. Otra cosa es que en ambos casos existan situaciones de excepción, pero incluso éstas tienen destinatario final. El diario íntimo será una excepción verdadera si el autor/autora se lo lleva consigo a la tumba, porque si lo deja para que otros lo destruyan ya se sabe lo que inevitablemente sucederá. No encuentro otro ejemplo tan nítido sobre lo que se habla, salvo lo que se dice en voz alta, por y para uno mismo, ya sea divagando o tratando de memorizar algo. Por supuesto hay enunciados como el “santo y seña” cuyo destinatario no es el público en general, como tampoco se supone que lo sea el discurso inconexo de un orate, aunque pueda contener verdades como templos.

El escritor o el orador que consigue ser leído o escuchado por primera vez está lejos de poder llamarse un profesional de éxito. Pero hay excepciones, de mucho peso, que luego consideraré. A la oratoria le sacan provecho unos cuantos políticos cesantes y otros pocos predicadores sectarios; también lo hacen algunos escritores metidos a conferenciantes, ya sea por iniciativa propia o alentados por la editorial que los cobija.

Hasta la aparición de la televisión un escritor cruzaba la frontera del éxito (en número de ejemplares vendidos) cuando era “pengüinizado”, —un equivalente en lengua española, lejano pero similar, sería “planetizado”—. Entre 1933 y 1939 George Orwell publicó un libro por año. En la década siguiente, la aparición de dos de ellos en Penguin Books no tuvo eco notorio hasta 1951, un año después de su muerte. La editorial catapulta a la fama «Animal Farm» y tres años después «1984».

Ya en 1946 el escritor había dejado constancia de los motivos esenciales que alimentan la vocación de escritor. Sólo citaré el primero, sheer egoism, que podemos traducir por egoísmo puro y duro, saco conceptual en el que Orwell mete el deseo de parecer inteligente, de que se hable de uno, de ser recordado después de la muerte, de dar en las narices a los adultos que te menospreciaron en la infancia, etc.

La realidad da la razón un día tras otro a las aseveraciones del malogrado escritor inglés, hasta el punto de que nada menos que un filósofo alemán, Peter Sloterdijk, no ha tenido reparos en afirmar que se siente como una especie de monstruo sagrado de la filosofía contemporánea. La proyección mediática de Sloterdijk se produjo en julio de 1999. La conferencia «Reglas para el parque humano», que pronunció en el simposio «Filosofía al final de siglo» —celebrado en el castillo bávaro de Elmau—, inquietó a los pensadores judíos asistentes. La conferencia respondía a la «Carta sobre el humanismo de Heidegger», y la polémica que suscitó fue alimentada desde las páginas del periódico Die Zeit. Sin embargo los cimientos de su éxito los puso la «Crítica de la razón cínica», obra que presentó en España en el Centro de Cultura contemporánea de Barcelona, precisamente en 1984, un año después de su publicación. Y como abundando en las coincidencias, el periodista suizo Roger de Weck asevera que, para algunos, Sloterdijk casi habría cometido —como si estuviéramos en Orwell— un crimen de pensamiento.1

Lo que está claro y a nadie se le ocurre discutir es que el conjunto de aspiraciones que enumeró Orwell se condensan en una: la persecución del éxito 2, cosa que Sloterdijk viene hoy a dejar remachado cuando afirma que las utopías colectivas se ven reemplazadas por utopías individuales. Y la utopía individual tiene otro nombre menos bello pero también muy eficaz: el éxito. Es necesario preguntarse si la cuestión de las utopías no es simplemente más que el seudónimo actual de esa búsqueda radical, radicalizada, de nuestro tiempo: la caza del éxito.

Para cerrar el círculo, —lo que es una manera de hablar, porque es imposible abrochar el infinito de alabanzas y/o maldiciones sobre el éxito—, un autor contemporáneo, Javier Cercas, ha puesto en boca del narrador, alter ego y protagonista de «La velocidad de la luz», su última novela, frases como éstas: a lo mejor lo que hace el éxito es sólo sacar al cretino o el hijo de puta que algunos llevan dentro ... ... cuando uno tiene éxito ya sólo quiere tener éxito..., hasta asegurar que los sabios saben mejor que nadie que no hay nada más venenoso que el éxito ni más letal que la fama. El relato de las traiciones y la ruina moral postexitum (mucho más peligroso y duradero que el postcoitum, epílogo al fin de otro pregonado éxito) parece que sirvió a Cercas de antídoto eficaz contra el veneno.

Por otra parte, volviendo al filósofo alemán, en su ingente producción de palabras, entrevistas y otras manifestaciones, no encontré antídoto ni autocrítica parecida. Si está escondida entre las 2500 páginas de ESFERAS —su último y sonado éxito editorial—, y me decido a zambullirme en ellas, pondré especial atención para no perdérmela.

Hablé de excepciones a la necesaria porfía del escritor para alcanzar el éxito. Me refería a los casos certificados, “garantizados” de antemano. Podríamos calificarlos de “pengüinizaciones a priori”. Dan Brown con su «Código Da Vinci» es lo más sobresaliente de la actualidad aunque, casi en un suspiro, ha sido rebasado por la escritora Elizabeth Kostova con «The historian», que batió el record de “ventas del primer día” en Nueva York, hasta entonces en manos (y bolsillo) de Brown. Si a éste no tuve interés en leerlo —el “descubrimiento” de los evangelios apócrifos para uso literario no es nuevo 3—, la siguiente exitosa promesa sí suscitó mi curiosidad, a pesar de que tampoco se pueda hablar de una historia ni de un personaje, Vlad el empalador, literariamente novedoso. Aún así acometí su lectura esperando disfrutar del enfoque histórico prometido —y publicitado por los editores: en España se pagaron 100.000 € por los derechos, más de 8 veces lo desembolsado por el “Código”.
Debo decir que el meritorio esfuerzo de Kostova (se escriba lo que se escriba, llenar de palabras 700 páginas es una tarea de mérito) no está colmando mis expectativas. Mas dejo el juicio abierto, en suspenso, porque me quedé varado a menos de un tercio del final.
follies
Por la extensión que ha cobrado esta «nota» puede que también algún lector haya dejado de leer antes de llegar hasta aquí. No importa demasiado, no voy a anticipar un descubrimiento porque recomendar a estas alturas los libros de Paul Auster no lo es. Sin embargo, vale la pena insistir para “despistados” porque, en mi opinión, se trata del autor de ficciones más completo del inmediato pasado, del presente, y del transcurso del futuro que decida ocupar escribiendo. Hace veinte años publicó su «Trilogía de Nueva York» y desde entonces se puede decir que no ha parado. Estamos ante un “éxito” radical, una infiltración incontenible que cala y empapa a lectores de todo tipo. La calidad del producto es genética 4 y por eso tenía garantizado el éxito sin necesidad de perseguirlo, sin recurrir a trucos ni a manipulaciones publicitarias.

Después de leer de un tirón las traducciones de «El libro de las ilusiones» y «La noche del oráculo», de recuperar la trilogía y varias de las obras que siguieron, decidí anticiparme a este febrero de 2006, fecha de la prometida aparición en español de «The Brooklyn follies». Si Auster traducido es espléndido, pensé, el original ha de superarlo. Esta vez mis expectativas se cumplieron. Intenté prolongar el tiempo de lectura avanzando despacio, disfrutando de la riqueza de vocabulario y de los juegos de sinónimos y metáforas in praesentia et absentia. Excepcionalmente suspendí mi costumbre de simultanear la atención a más de dos o tres libros, y sólo el repaso del periódico interrumpió durante cinco días mi embeleso ante las andanzas de los brooklynitas. Las historias que se desparraman por las 300 páginas del libro son el colmo del buen hacer: la perfección conjunta de lo que se cuenta, cómo se cuenta, por qué y para qué se cuenta. Hasta hoy, a ese colmo no me parece que se aproxime lo bastante ningún otro autor contemporáneo de ficciones. Por eso se puede permitir “filosofar” sobre el reverso del éxito, pero no del fracaso sino de la normalidad. Lo normal es no tener éxito, dejar la Historia sin huella, como si no se hubiera existido. Esta reflexión al escritor le “inspira” un remedio que cierra prácticamente  los “follies”, las andanzas y chaladuras de gentes del más poblado de los cinco distritos de la ciudad de Nueva York. A esas gentes Auster las hace universales en un pasaje, poco menos que introductorio 5, que muchos de sus conciudadanos, imagino, se habrán puesto a enmarcar nada más leerlo.

***
En una nota antecedente cité la respuesta que un ministro recién ascendido al cargo le daba a un compañero de carrera: No me tienes que felicitar ahora por serlo, sino más adelante por haberlo sido. De modo que no me sorprendió leer hoy, décadas después, en la novela de Cercas: mi verdadera vocación no era escribir, sino haber escrito.

Esta coincidencia puede hacer pensar que un estado de relajación invade a quienes alcanzan el éxito, por lo menos en oficios (no tan dispares) como el de político y el de escritor. Sin embargo sabemos que no siempre es así. No en el caso de Auster, ni tampoco en el de sabios filósofos (los mismos u otros del “veneno”), los que han dejado dicho y demostrado —en especial con su ejemplo— que el hombre es un proyecto siempre inacabado, y que alcanzada una meta (no necesariamente exitosa o divulgada) ya está tratando de rebasar el horizonte siguiente. De lo contrario, el prehomínido primigenio no habría patentado la primera herramienta cuando propinó con ella un segundo garrotazo.
__________

  1. esta cita y la anterior de Sloterdijk en: «Revista de Occidente» nº 228 (Madrid, mayo 2000)
  2. en inglés the pursuit of success, apropiada paráfrasis del pursuit of happiness que prácticamente encabeza el texto de la Declaración de Independencia de los trece primeros Estados Unidos de América
  3. véase por ejemplo J.J. Benítez: «Los astronautas de Yavé» —Ed. Planeta, Barcelona 1980
  4. en el mismo sentido y raíz etimológica que “genio”, “genital” ... del latín gignere ‘engendrar’
  5. el que comienza en la página 5 (ed. Henry Holt and Co. N.Y. 2006): From a strictly anthropological point of view, I discovered that Brooklynites are[...]

Fernando Anguita B.

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