A mi amiga Veglia Bianco,
conductora de almas en Puerto Madryn
Se escribe para ser leído lo mismo que se habla para ser escuchado.
Otra cosa es que en ambos casos existan situaciones de excepción, pero incluso éstas tienen destinatario final. El diario íntimo será una excepción
verdadera si el autor/autora se lo lleva consigo a la tumba, porque si lo
deja para que otros lo destruyan ya se sabe lo que inevitablemente sucederá.
No encuentro otro ejemplo tan nítido sobre lo que se habla, salvo lo que se
dice en voz alta, por y para uno mismo, ya sea divagando o tratando de
memorizar algo. Por supuesto hay enunciados como el “santo y seña” cuyo
destinatario no es el público en general, como tampoco se supone que lo sea
el discurso inconexo de un orate, aunque pueda contener verdades como
templos.
El escritor o el orador que consigue ser leído o escuchado por
primera vez está lejos de poder llamarse un profesional de éxito. Pero hay
excepciones, de mucho peso, que luego consideraré. A la oratoria le sacan
provecho unos cuantos políticos cesantes y otros pocos predicadores
sectarios; también lo hacen algunos escritores metidos a conferenciantes, ya
sea por iniciativa propia o alentados por la editorial que los cobija.
Hasta la aparición de la televisión un escritor cruzaba la frontera
del éxito (en número de ejemplares vendidos) cuando era “pengüinizado”, —un
equivalente en lengua española, lejano pero similar, sería “planetizado”—.
Entre 1933 y 1939 George Orwell publicó un libro por año. En la década
siguiente, la aparición de dos de ellos en Penguin Books no tuvo eco notorio
hasta 1951, un año después de su muerte. La editorial catapulta a la fama
«Animal Farm» y tres años después «1984».
Ya en 1946 el escritor había dejado constancia de los motivos
esenciales que alimentan la vocación de escritor. Sólo citaré el primero, sheer
egoism, que podemos traducir por egoísmo puro y duro, saco
conceptual en el que Orwell mete el deseo de parecer inteligente, de que se
hable de uno, de ser recordado después de la muerte, de dar en las narices a
los adultos que te menospreciaron en la infancia, etc.
La realidad da la razón un día tras otro a las aseveraciones del
malogrado escritor inglés, hasta el punto de que nada menos que un filósofo
alemán, Peter Sloterdijk, no ha tenido reparos en afirmar que se siente como una
especie de monstruo sagrado de la filosofía contemporánea. La proyección
mediática de Sloterdijk se produjo en julio de 1999. La conferencia «Reglas
para el parque humano», que pronunció en el simposio «Filosofía al final de
siglo» —celebrado en el castillo bávaro de Elmau—, inquietó a los pensadores
judíos asistentes. La conferencia respondía a la «Carta sobre el humanismo de
Heidegger», y la polémica que suscitó fue alimentada desde las páginas del
periódico Die Zeit. Sin embargo los
cimientos de su éxito los puso la «Crítica de la razón cínica», obra que
presentó en España en el Centro de Cultura contemporánea de Barcelona,
precisamente en 1984, un año después de su publicación. Y como abundando en
las coincidencias, el periodista suizo Roger de Weck asevera que, para
algunos, Sloterdijk casi habría cometido —como si estuviéramos en Orwell— un crimen
de pensamiento.1
Lo que está claro y a nadie se le ocurre discutir es que el conjunto
de aspiraciones que enumeró Orwell se condensan en una: la persecución del
éxito 2, cosa que Sloterdijk viene hoy a dejar remachado cuando afirma que las
utopías colectivas se ven reemplazadas por utopías individuales. Y la utopía
individual tiene otro nombre menos bello pero también muy eficaz: el éxito.
Es necesario preguntarse si la cuestión de las utopías no es simplemente más
que el seudónimo actual de esa búsqueda radical, radicalizada, de nuestro
tiempo: la caza del éxito.
Para cerrar el círculo, —lo que es una manera de hablar, porque es
imposible abrochar el infinito de alabanzas y/o maldiciones sobre el éxito—,
un autor contemporáneo, Javier Cercas, ha puesto en boca del narrador, alter
ego y protagonista de «La velocidad de la luz», su última novela, frases como
éstas: a lo mejor lo que hace el éxito es sólo sacar al cretino o el hijo
de puta que algunos llevan dentro ... ... cuando uno tiene éxito ya
sólo quiere tener éxito..., hasta asegurar que los sabios saben mejor que
nadie que no hay nada más venenoso que el éxito ni más letal que la fama.
El relato de las traiciones y la ruina moral postexitum (mucho más
peligroso y duradero que el postcoitum, epílogo al fin de otro
pregonado éxito) parece que sirvió a Cercas de antídoto eficaz contra el
veneno.
Por otra parte, volviendo al filósofo alemán, en su ingente
producción de palabras, entrevistas y otras manifestaciones, no encontré
antídoto ni autocrítica parecida. Si está escondida entre las 2500 páginas de
ESFERAS —su último y sonado éxito editorial—, y me decido a zambullirme en
ellas, pondré especial atención para no perdérmela.
Hablé de excepciones a la necesaria porfía del escritor para
alcanzar el éxito. Me refería a los casos certificados, “garantizados” de
antemano. Podríamos calificarlos de “pengüinizaciones a priori”. Dan Brown
con su «Código Da Vinci» es lo más sobresaliente de la actualidad aunque,
casi en un suspiro, ha sido rebasado por la escritora Elizabeth Kostova con
«The historian», que batió el record de “ventas del primer día” en Nueva
York, hasta entonces en manos (y bolsillo) de Brown. Si a éste no tuve
interés en leerlo —el “descubrimiento” de los evangelios apócrifos para uso
literario no es nuevo 3—, la siguiente exitosa promesa sí suscitó mi
curiosidad, a pesar de que tampoco se pueda hablar de una historia ni de un
personaje, Vlad el empalador, literariamente novedoso. Aún así acometí su
lectura esperando disfrutar del enfoque histórico prometido —y publicitado
por los editores: en España se pagaron 100.000 € por los derechos, más de 8
veces lo desembolsado por el “Código”.
Debo decir que el meritorio esfuerzo de Kostova (se escriba lo que
se escriba, llenar de palabras 700 páginas es una tarea de mérito) no está
colmando mis expectativas. Mas dejo el juicio abierto, en suspenso, porque me
quedé varado a menos de un tercio del final.
 Por la extensión que ha cobrado esta «nota» puede que también algún
lector haya dejado de leer antes de llegar hasta aquí. No importa demasiado,
no voy a anticipar un descubrimiento porque recomendar a estas alturas los
libros de Paul Auster no lo es. Sin embargo, vale la pena insistir
para “despistados” porque, en mi opinión, se trata del autor de ficciones más
completo del inmediato pasado, del presente, y del transcurso del futuro que
decida ocupar escribiendo. Hace veinte años publicó su «Trilogía de Nueva
York» y desde entonces se puede decir que no ha parado. Estamos ante un
“éxito” radical, una infiltración incontenible que cala y empapa a lectores
de todo tipo. La calidad del producto es genética 4 y por eso tenía
garantizado el éxito sin necesidad de perseguirlo, sin recurrir a trucos ni a
manipulaciones publicitarias.
Después de leer de un tirón las traducciones de «El libro de las
ilusiones» y «La noche del oráculo», de recuperar la trilogía y varias
de las obras que siguieron, decidí anticiparme a este febrero de 2006, fecha
de la prometida aparición en español de «The Brooklyn follies». Si Auster
traducido es espléndido, pensé, el original ha de superarlo. Esta vez mis
expectativas se cumplieron. Intenté prolongar el tiempo de lectura avanzando
despacio, disfrutando de la riqueza de vocabulario y de los juegos de
sinónimos y metáforas in praesentia et absentia. Excepcionalmente
suspendí mi costumbre de simultanear la atención a más de dos o tres libros,
y sólo el repaso del periódico interrumpió durante cinco días mi embeleso
ante las andanzas de los brooklynitas. Las historias que se
desparraman por las 300 páginas del libro son el colmo del buen hacer: la
perfección conjunta de lo que se cuenta, cómo se cuenta, por qué y para qué
se cuenta. Hasta hoy, a ese colmo no me parece que se aproxime lo bastante
ningún otro autor contemporáneo de ficciones. Por eso se puede permitir
“filosofar” sobre el reverso del éxito, pero no del fracaso sino de la
normalidad. Lo normal es no tener éxito, dejar la Historia sin huella, como
si no se hubiera existido. Esta reflexión al escritor le “inspira” un remedio
que cierra prácticamente los “follies”, las andanzas y chaladuras de
gentes del más poblado de los cinco distritos de la ciudad de Nueva York. A
esas gentes Auster las hace universales en un pasaje, poco menos que
introductorio 5, que muchos de sus conciudadanos, imagino, se habrán puesto
a enmarcar nada más leerlo.
***
En una nota antecedente cité la respuesta que un ministro recién ascendido
al cargo le daba a un compañero de carrera: No me tienes que felicitar
ahora por serlo, sino más adelante por haberlo sido. De modo que no me
sorprendió leer hoy, décadas después, en la novela de Cercas: mi verdadera
vocación no era escribir, sino haber escrito.
Esta coincidencia puede hacer pensar que un estado de relajación
invade a quienes alcanzan el éxito, por lo menos en oficios (no tan dispares)
como el de político y el de escritor. Sin embargo sabemos que no siempre es
así. No en el caso de Auster, ni tampoco en el de sabios filósofos (los
mismos u otros del “veneno”), los que han dejado dicho y demostrado —en
especial con su ejemplo— que el hombre es un proyecto siempre inacabado, y
que alcanzada una meta (no necesariamente exitosa o divulgada) ya está
tratando de rebasar el horizonte siguiente. De lo contrario, el prehomínido
primigenio no habría patentado la primera herramienta cuando propinó con ella
un segundo garrotazo.
__________
- esta cita y la anterior de Sloterdijk en: «Revista de Occidente» nº 228 (Madrid, mayo 2000)
- en inglés the pursuit of success, apropiada paráfrasis del pursuit of happiness que prácticamente encabeza el texto de la Declaración de Independencia de los trece primeros Estados Unidos de América
- véase por ejemplo J.J. Benítez: «Los astronautas de Yavé» —Ed. Planeta, Barcelona 1980
- en el mismo sentido y raíz etimológica que “genio”, “genital” ... del latín gignere ‘engendrar’
- el que comienza en la página 5 (ed. Henry Holt and Co. N.Y. 2006): From a strictly anthropological
point of view, I discovered that Brooklynites are[...]
Fernando Anguita B.
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