La permanencia en pantalla durante el paréntesis del verano ha hecho posible este añadido.
Es producto del comentario de un lector a quien le pareció "excesivo e insuficiente" lo que
digo/dije en «La persecución del éxito».* En breve respuesta personal agradecí sus palabras.
Ahí habría quedado todo si la antonimia de los dos adjetivos no me hubiera hecho pensar
que valía la pena desarrollar la ocurrencia.
El calificativo excesivo lo aplicó el lector a la longitud del artículo y, de paso, a la cita textual
de mal gusto que transcribí de la novela de Cercas.
Respetable cuestión de opiniones, pero
intranscendente para darle más vueltas si la cualidad de insuficiente no mereciera, per se,
consideración aparte.
La contradicción en que parece incurrir el lector no es tal. Creo que es inherente a todo
exceso la pérdida de perspectiva. Esto se traduce en excluir de la interpretación de la
realidad lo que no tiene sitio entre los abarrotados argumentos que se exponen, (porque no
caben o porque no le gustan al emisor). Pero no es ese el caso del artículo antecedente. En
él ya está reconocida de modo explícito la insuficiencia que juzga el lector: "…es imposible
abrochar el infinito de alabanzas y/o maldiciones sobre el éxito", dije entonces. Sin
embargo, ahora aprecio que sólo pasé de puntillas bajo la sombra de la amenaza cotidiana
más universal: la pesadilla del fracaso.
No es cosa ahora de excederme sino de argumentar a tenor de lo que una apostilla debe
ser. Me limitaré a dos apuntes, los que tomo de autores tan dispares como Witold Gombrowicz e Ingmar Bergman.
De «Ferdydurke», la obra capital del primero, acoto:
En el fondo, ¿a qué se reduce la situación de un escritor de segunda si no a una retahíla de
calabazas? La primera calabaza despiadada se la da el lector común que por nada del mundo
quiere deleitarse en la lectura de sus obras. La segunda calabaza infame se la da su propia
realidad, que no ha conseguido expresar. La tercera calabaza, la más infame de todas y por
añadidura acompañada de un puntapié, la recibe del arte en el que ha buscado refugio y que,
no obstante, lo menosprecia por inepto e insuficiente. Esto acaba de colmar la medida de la
infamia. Aquí comienza el desamparo total.
Imagino que esas palabras suenan familiares en Argentina. Witold, primero huésped,
nacionalizado después, es un icono cultural rioplatense. Sin embargo no elegí la cita por ese
motivo, sino porque de entre todas mis lecturas no puedo recordar ninguna que retrate el
fracaso de la mediocridad más devastadoramente. Auster, en sus Brooklyn follies, no lo
hace; antes al contrario, pergeña un caritativo programa, una especie de plan asistencial,
para que el hombre común deje huella impresa de su paso por la historia.
En toda la obra de Bergman está latente la magnificación del fracaso existencial. Pero su
reflexión no atiende a la mediocridad sino al vacío profundo que el ser humano afronta
cuando le llega la hora de hacer balance. Remito al lector a «Fresas salvajes» y a
«Saraband». Los años que separan ambas, ¡casi medio siglo!, han consolidado el mensaje.
En la primera, los honores que alcanza el protagonista, el hombre de éxito, devienen en
pesadilla; en la segunda, otro protagonista —en esencia el mismo—, también ha llegado a la
cima; sabe próximo su final y concluye que su vida "fue una mierda". Es lo que recuerdo
haber leído en los subtítulos en español de la versión original sueca.

Va para tres años que el anciano Bergman filmó para la televisión «Saraband», su
testamento "definitivo". Terminó por consentir la adaptación del video digital a película. En
las tres salas de Madrid que, a la vez, ésta se proyectó, duró en cartel poco más que un
suspiro. Los detractores que tiene el inmenso escritor/autor/director sueco pueden
"celebrar" el fracaso comercial del genio. Quizás sea mejor así, porque ver materializado el
sinsentido de la vida en categoría fílmica, avasalladora y convincentemente, no es apto para
todos los públicos.
- Erland Josephson y Liv Ullmann recuperan en «Saraband» la historia de Johan y Marianne, treinta años después
de su ruptura en «Escenas de un matrimonio».
- El título hace alusión al cuarto movimiento de la suite número cinco para violonchelo de Bach.
- El segundo movimiento del «Requiem alemán, op.45», considerada la obra cumbre de Brahms, está compuesto en
ritmo de zarabanda.
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* puede leerse antecediendo a éste en: ene-feb 2006 y en: AnguitaB 601
Fernando Anguita B.
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