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AGENDA CULTURAL

AÑO X — Nº 93
MAYO 2008
Quilmes- Argentina
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Sonia Otamendi


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XI

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CORRESPONDENCIA AMOROSA

Jorge Cabrera


Si bien no todas las cartas llegan al
destinatario, todas llegan a destino.
 Jacques Lacan


¿A quién pertenece la carta? ¿Al que la escribe? ¿Al que la recibe? La carta es ese género complejo que plantea lo indeciso de la pertenencia: El que escribe se desprende del texto (que nunca fue suyo), se saca de encima lo que escribió por otro, para otro. Y el otro, el “destinatario”, se apropia de las palabras, las hace suyas. Sabe, a su vez, que él ha provocado lo que se dice en el papel; y sabe, ahora, que el otro espera su respuesta. Y ésta es la condición femenina de la carta: el que escribe espera que le contesten, que le escriban. El que escribe, escribe para ser escrito. Es el lenguaje el que hace de mí un sujeto (Benveniste) y es el lenguaje el que hace de mí un objeto (sujeto) de amor.
     ¿Por qué no tengo tu respuesta? “En vano espero tu palabra escrita”, dice García Lorca en El poeta pide a su amor que le escriba. Necesito esa palabra: “Llena, pues, de palabras mi locura”. La correspondencia posterga el encuentro con el otro. No te tengo a vos, tengo tu palabra. Pero cuando el tiempo pasa en demasía ni siquiera tengo eso. Lord Byron: “Me olvidé de decir que uno de los placeres de leer cartas antiguas es que sabemos que no necesitan contestación.” Con las tecnologías modernas el mensaje amoroso llega inmediatamente, pero la respuesta suele retardarse. Espero que me respondan. Abro una y otra vez mi casilla de correo. Y lo que encuentro, finalmente, no es la letra de mi amado/a. No hay letra del cuerpo de mi amado/a en el mail. No hay el tono que yo quiero escuchar. No hay la música del cuerpo del otro.
     En una carta hay ese fantasma, no otra cosa, como lo dice Kafka (el más postergado de los postergados) en su carta de despedida de Milena: “La facilidad de escribir cartas tiene que haber traído al mundo —considerado desde el punto de vista exclusivamente teórico— una terrible perturbación de las almas. Porque es una relación con fantasmas —y no sólo con el fantasma del destinatario, sino también con el propio— la que se va gestando bajo la mano que escribe, en esa carta y, más aún, en una serie de cartas de las cuales una corrobora  la otra y puede apelar a ella como testigo. ¡A quién se le ocurrió que la gente puede mantener relaciones por correspondencia!”
     Pero, para negar la afirmación de Kafka, la literatura amorosa nos reserva el caso de Tschaikowski y Nadejda von Meck. Pioter y Nadejda comenzaron a escribirse cuando él tenía treinta y seis años y ella, cuarenta y cinco. Ella era una dama aristocrática (que acababa de enviudar y era madre de doce hijos) y se enamoró del músico (o mejor: de su música) cuando escuchó a Nicolás Rubenstein tocar La tempestad. A partir de este hecho, comenzó la amistad entre ambos.
     Tschaikowski, por su parte, se verá obligado a casarse con una alumna del conservatorio. El músico había intentado disuadirla confesándole su homosexualidad, pero ella lo amenazó con suicidarse. Después de dos meses atroces de convivencia, y luego de un fallido intento de poner fin a su vida ahogándose, Pioter huyó del lado de su esposa, ayudado por el dinero de Mme. Von Meck. La joven sobrevivió 40 años a la separación y murió en un asilo de locos en 1917.
     Mme. Von Meck fijó al músico, una pensión de seis mil rublos anuales. Esto generó en Tschaikowski una descomunal energía creadora y en agradecimiento le dedicó la Cuarta Sinfonía.
La intimidad epistolar (no fue más que eso porque nunca se conocieron personalmente) duró trece años. Tal vez se haya interrumpido porque la von Meck descubrió el secreto sexual de su protegido. En octubre de 1890 también cesó la renta.

     Las dos primeras cartas de esta entrega nos llevan a una anécdota común. El texto de Picasso que reproducimos, dirigido a Gabrielle Depayre, aproximadamente en 1915, fue escrito en una acuarela. El romance duró algunos meses. En 1950 ella vendió los desnudos que él le había pintado, pero con las dedicatorias borradas.

Gaby amor mío, es por la escalerita que se sube a tu pieza mi vida yo te amo tú mi dulzura estoy tan feliz contigo mi ángel. Tenerte siempre para mí y para siempre yo no pido más que eso te lo juro. Yo te amo y en todos los colores.

     Jorge L. Borges, por su parte, se enteró cuarenta años después que Estela Canto iba a vender en Sotherby´s el manuscrito  de El Aleph que él le había regalado durante su enamoramiento (el de él, porque sabemos que fue un amor no correspondido). Borges, al parecer, le dijo lo siguiente como toda respuesta: "Mirá, Estela, si yo fuese un verdadero caballero, me pegaría un  tiro de inmediato así se duplicaría el valor del manuscrito". La correspondencia amorosa de Borges a Estela Canto se resume en 14 tarjetas postales enviadas durante la década del ’40.

Miércoles cuatro

Estela adorada:
     Indigno de las tardes y las mañanas, hateful to myself, indigno de los días incomparables que he pasado contigo, indigno de los lindísimos lugares que veo (el Hervidero, el Uruguay, las cuchillas con algún jinete, las quintas), paso días de pena, de incertidumbre. No he recibido una línea tuya. Pienso en algún inverosímil contratiempo postal, no sé con qué inflexión escribirte, no sé quién soy ahora para ti. Vanamente procuro conciliar tu cariño y tu cortesía de ayer con tu silencio de hoy. No te pido explicaciones, te pido un signo de que aún existo para ti, de algún modo. El viernes estaré en Buenos Aires. ¿Habré de repetirte que te quiero y que podemos ser muy felices? Estela, no me dejes así.
     Tuyo, muy solo.
 Georgie.
He concluido, bien o mal, tu cuento.

 Lejos del registro pudoroso de Borges, James Joyce es, unos años antes, tan osado en  su literatura ficcional como en las cartas dirigidas a Nora Barnacle. El autor del Ulises había conocido al amor de su vida en una calle de Dublín, el 10 de junio de 1904. A la semana siguiente volvieron a encontrarse; ese día James se enamoró de Nora. Al parecer, las cartas fueron casi lo único que ella conoció de la literatura de Joyce. A medida que la relación progresaba, también avanzaba el tono ¿obsceno? de la correspondencia. En una carta fechada el 6 de diciembre de 1909, el escritor le dice a su amada: “Imagino cosas muy sucias, que no escribiré hasta que vea qué es lo que tú me escribes”. Esas cosas son dichas tres días después y en sucesivas esquelas que el escritor le envía aun cuando estén casados y viviendo en la misma casa.

9 de diciembre de 1909
44 Fontenoy Street, Dublín

Mi dulce sucia pajarita cogedora. Aquí está otra nota para comprar bragas bonitas o ligueros o ligas. Compra bragas de puta, amor, y trata de perfumarlas con algún suave aroma y de decorarlas también un poquito por atrás.
     Pareces ansiosa de saber cómo recibí tu carta que dices es peor que la mía. ¿Cómo que es peor que la mía, amor? Sí, es peor en una o dos de sus partes. Me refiero a la parte en la que dices que lo harás con tu lengua (no me refiero a que me chupes) y en esa amable palabra que escribiste tan grande y subrayaste, pequeña pícara. Es estremecedor escuchar esa palabra (y una o dos de las que no escribiste) en los labios de una chica. Pero ojalá hables de ti y no de mí. Escríbeme una carta larga, larga, llena de esas y otras cosas acerca de ti, querida. Ahora ya sabes cómo parármela. Dime las cosas mínimas acerca de ti tan minuciosamente como sean de obscenas, sucias y secretas. No escribas más. Deja a cada oración llenarse de sucias palabras y sonidos sin recato. Son lo más amable de oír y de ver en el papel, porque las más sucias son las más bellas.
     Las dos partes de tu cuerpo que hacen las cosas más sucias son las que yo más quiero. Prefiero tu culo, querida, a tus tetitas porque hace cosas más sucias. Si amo tanto tu concha no es por ser la parte de tu cuerpo que penetro, sino porque hace otra cosa sucia. Puedo pasar todo el día acostado masturbándome en la contemplación de la divina palabra que escribiste y la cosa que dices quisieras hacer con tu lengua. Ojalá pudiera oír a tus labios murmurando esas poderosamente excitantes palabras obscenas, ver tu boca haciendo ruidos y sonidos lascivos, sentir tu cuerpo agitándose debajo de mí, oír y oler los gruesos sucios pedos de muchacha ir pop pop fuera de tu hermoso culo de muchacha desnuda y coger, coger, coger, coger a mi ardiente culo sucio de pajarita cogedora por siempre.
     Estoy contento ahora, porque mi putita me dijo que quiere entregarme su trasero, y quiere que la coja por su boca, y quiere desabotonarme y sacar mi palito y mamarlo como una teta. Más y más sucias que éstas quiere mi pequeña cogedora desnuda que le haga, mi perversa excitable amante, mi dulce pedorrita obscena.
     Buenas noches mi conchita, me voy a acostar y pajearme hasta acabar. Escribe más y más sucias cosas, querida. Acaricia tu conchita mientras me escribes para hacer peor y peor lo que escribes. Escribe grandes las palabras obscenas y subráyalas y bésalas y ponlas un momento en tu dulce sexo caliente, querida, y también levanta un momento tu vestido y ponlas abajo de tu querido culito pedorro. Haz más si quieres y mándame entonces la carta, mi querida pajarita cogedora del trasero café.
Jim

      En principio, una carta de amor no se escribe para ser publicada (para que se haga pública); la carta de amor se escribe (ya sea que la redacte el enamorado o se produzca por encargo) para uno/a solo/a. Es un texto aristocrático por naturaleza. Pero al ser arrojada a una masa de lectores, la carta se expone como en una vidriera, pierde su costado más excitante: su intimidad. Lo oculto se vuelve evidente.
     Sin embargo, es gracias a la revelación del secreto (a la manifestación que nos convierte en voyeurs) que hemos podido leer gran parte de la buena literatura amorosa que se nos negaba. He ahí nuestra ganancia.
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BIBLIOGRAFÍA:
Barthes Roland. Fragmentos de un discurso amoroso, México, Siglo Veintiuno Editores, 1998.
Russo Edgardo y D'Onofrio Diego. Cómo se escribe la carta de amor, Buenos Aires, El Ateneo, 1995.
Schuster M. Lincoln. Las grandes cartas del mundo, Buenos Aires, Compañía Editora del Plata, 1942. 
Viola Liliana. Amores para armar, Colección de cartas de amor, Buenos Aires, Libros del Quirquincho, 1992.

JC

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