- Dijo haberla reconocido por la voz.
- —Yo estaba de espaldas, mirando para allá, y te escuché hablar y dije enseguida, es ella, sos vos, dije —dijo.
- —Luego djo llamarse Colman, que podría ser Cohlman, o Collmahn, o Kolmhan, o
cualquier otro apellido que sonara así: Colman.
Dio detalles. En realidad cosas vagas y genéricas que no merecen llamarse
detalles.
- —Un día fuiste con trencitas.
- —Tenías los dientes medio para afuera.
- —Me acuerdo cuando nos dejaron después de hora.
Boludeces, intranscendencias de aquellas con que a memoria fabrica la pasta de
la infancia, generalidades trocadas en referencias ambiguas que ni los propios
involucrados se atreverían a negar.
Siguió con recuerdos, tan banales como aquellos, orientados a rescatar la
cotidianeidad abrumadora de una familia que, treinta años atrás, había sido
numerosa.
- —Y tu primo, ¿cómo anda?. Ese flaquito que usaba flequillo.
- —¿Ricardo?
- —Sí, ese.
Hay que reconocerle cierto talento para atravesar toda aquella tarde permutando
ruido de fondo por ciertos datos, polleritas escocesas de dudosa existencia por
nombres y apellidos, burdas descripciones de fachadas más bien vulgares y
repetidas en cualquier barrio suburbano por direcciones precisas, todo sin
apuro, sin ansiedad, naturalmente.
Una obra menor, es cierto, pero que le permitió luego, dicen, llenar algunas
páginas, elevar un informe, anotar un domicilio preciso.
Nosotros, años después, cuando aquello que nos pasó ya sólo ardía, seguíamos con
unos pocos sonidos de almidón entre las manos, sin acertar el lugar de la “h”,
sin conocer siquiera la grafía del apellido que dijo portar aquel hijo de puta.
__________
Del libro «Ciencias de lo Sólido», Ed. Tiempo Sur.
Claudio L. Pérez
|