Eso no es así. Lo que sí dijo es, literalmente: “Mire usted, Zaragoza fue
fundada en el año veinte antes de Cristo por Julio César”.
Con esa frase empezó
una de sus digresiones, ya que estábamos hablando de la vejez. El tema de la
digresión era que Zaragoza era la ciudad que, veinte siglos y veinte años más
tarde, conserva mejor la forma de un campamento romano, y por lo tanto él, don
Marcelo, cuando va a Zaragoza a ver a su amigo don José, pasea por la ciudad
siguiendo el diseño del campamento romano. Eso a don José lo fastidia mucho. Don
José es tan viejo como don Marcelo, y le molesta que otros se lo pasen bien,
sobre todo con cosas superfluas como los campamentos romanos. Don José llevó una
vida tranquila, sin incidentes y sin emociones. Cuando se quede ciego del todo y
no pueda leer ni pasear, no tendrá nada que recordar, nada que seguir
examinando. Y no tendrá nada que echar de menos. No podrá echar de menos. Lo
peor de ser viejo es haber vivido una vida estúpida.
Don Marcelo va a cumplir los noventa pronto. Cada vez que vengo de visita a
Madrid, me invita a comer un arroz con mariscos que se llama “arroz abanda”.
Vamos a un restaurante que tiene dos jardines por donde veo pasar el sol
lentamente a lo largo de la conversación y de la tarde: desde el sol alto de las
dos, cuando llegamos, hasta el sol maduro de las cinco de invierno cuando nos
levantamos de almorzar. Los comensales son todos hombres de aspecto
extremadamente poderoso —camisa impecable, corbata, reloj, ojos fijos, voces
bajas, vino reserva— y todos comen arroz con mariscos, como nosotros. Primero se
sirve el arroz (duro, jugoso, cada grano separado y dorado) y después, de
segundo plato, los mariscos. La cigala es el mejor marisco, dice don Marcelo.
Los mozos van trayendo las grandes paelleras, las muestran haciendo un
semicírculo en el aire que provoca un asentimiento distraído de los comensales,
y sirven los platos en la mesita adyacente. Las naranjas de postre, los mozos
las pelan con un tenedor corto y un cuchillo larguísimo, y las convierten
velozmente en círculos de soles. Los hombres poderosos comen bien, no dejan de
hablar, no se ríen nunca. Envejecerán un día, dejarán de ser poderosos, y qué
recordarán, qué pasado les quedará para el examen placentero y la nostalgia.
Don Marcelo está pasando una vejez suntuosa, repleta de recuerdos. Yo, que
todavía no soy vieja, tengo que dejar de perder el tiempo y ponerme seriamente a
vivir, para asegurarme la vejez.
Graciela Reyes
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