Es un producto de exportación: no se consume en el país. Pero se lo puede encontrar muy fácilmente por el ancho mundo, porque la producción es grande. Después del tango, que ahora todo el mundo conoce, hasta en Vietnam —está por salir un libro titulado "Milonga, a Seismology", escrito por la vietnamita Mong Lan *—, después del tango y después de Maradona, por quien me han preguntado taxistas de todas las naciones árabes, mis tintoreros coreanos y mis alumnos europeos, rusos, turcos y japoneses, el producto argentino más famoso es el novio argentino, marca registrada en la literatura desde que Paloma Picasso iba al Café de Fiore con el suyo.
Cuando alguna amiga, mirándome de manera inquisitiva y a la vez acusatoria, me cuenta que su hija o su sobrina tiene un novio argentino, yo suspiro. "Dios, ¿tan mal piensas de tus compatriotas?". "No", replico majestuosamente, "los novios argentinos no son compatriotas míos". Eso es mentira, como todos saben, pero lo que quiero decir es que no asumo responsabilidad por el novio argentino de la hija o sobrina de mi amiga, condenada a llorar amarguísimamente y a odiar al novio argentino por el resto de su vida.
Son de toda edad. No siempre son porteños, pero lo parecen. Tienen mucho talento, ya sea para las artes o para las ciencias o para la vida en general, y en especial para la conversación, y ese talento se les acrecienta al dejar su país: es un efecto del viaje. El nuevo público no acobarda al novio argentino, todo lo contrario, lo inspira: su vida anterior se vuelve fascinante, él se siente fascinante.
El novio argentino no es poeta, pero sabe hacer versos. Es un experto seductor, es adorable, y esa sonrisa y esa mirada tan intensa, Dios, quién se resiste. Descubre enseguida que su manera de hablar arrastrada, su modo de decir "yo", su uso de "vos" en lugar de "tú", son instrumentos de eficacia mortal: el argentino, bien usado, es la variedad más erótica del castellano.
Como todo gran impostor, en el fondo es auténtico: tiene realmente una neurosis y ha visitado mucho al psicoanalista, ama a su mamá más que a ninguna otra mujer, pero le gustan todas y también esa que está seduciendo, y ambiciona grandes cosas. Todo eso es tan verdad como su yeísmo rehilado: no necesita fingir mucho, le basta ser como es y añadir conversación, chamuyo, miradas, ilusiones, muchas ilusiones retrospectivas y prospectivas. Las mujeres lo adoran. Es tan diferente, tan atento, tan elegante y tan fino. Incluso los viejos panzones y fracasados, en su papel de novios argentinos, son encantadores.
No exhibe su superioridad, pero la deja caer cada tanto, al pasar, no sea que lo confundan. Cuando decide separarse, dice las cosas más crueles, y nunca deja de mencionar el temor al falo o la mediocridad intelectual de la mujer nunca realmente tan amada y ahora detestada. Una vez que acaba de pisotearla, sacude su cola de pavo real y se va suspirando, porque él sufre mucho también.
El novio argentino es un maestro de la impostura, pero la impostura es bella y hasta necesaria. Lo que no quieren muchas mujeres es un tipo común y corriente, decente y bueno pero anodino, previsible y opaco, y encima del mismo pueblo. Esas mujeres se expondrán a cualquier sufrimiento por tener a su lado a un hombre diferente y superior, que las mantenga en suspenso, que las llene de ternura, aunque mienta un poco. Las mujeres tienen una tolerancia especial para la mentira. Mientras esto sea así, seguirá habiendo novios argentinos.
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véase: monglan.com/poetry
Graciela Reyes
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