sobre «LA ORILLA QUE SE ABISMA»
Dirigida por Gustavo Fontán
...De pronto sentí el río en mí,
corría en mí
con sus orillas trémulas de señas,
con sus hondos reflejos apenas estrellados.
Corría el río en mí con sus ramajes,
Era yo un río en el anochecer,
y suspiraban en mí los árboles,
y el sendero y las hierbas se apagaban en mí.
J.L.Ortiz, Fui al río
Es muy arriesgada la propuesta de Gustavo Fontán en su última película, presentada en el BAFICI: un homenaje a la poética de Juan L. Ortiz, realizado con imágenes visuales y auditivas puras, tomadas de la naturaleza, sin participación de la voz humana. Imágenes del río Paraná, de las costas y orillas del Entre Ríos natal que cantara el poeta, figuras humanas apenas entrevistas entre la niebla, y los sonidos de la naturaleza fluvial, captados y trabajados con extrema sutileza: el fluir del agua, el viento sacudiendo las ramas, la lluvia sobre el río, el cantar de las ranas, de las cigarras, de los pájaros. Y la propuesta tiene éxito: el resultado es un film de un atractivo y belleza poco usuales.
Fontán deja de lado el escaso aspecto narrativo que todavía tenía su film anterior, El árbol, y tampoco opta por realizar un documental convencional sobre el escritor. Realiza una inteligente experimentación con la imagen natural, valiéndose de múltiples técnicas: planos fuera de foco, superposición de imágenes, mezclando noche y día, sólido y líquido, hombre y naturaleza, practica anamorfismos en las tomas, reiteraciones, fundidos, etc. Dice Fontán que La orilla que se abisma está planteada como un viaje, un recorrido por un río. Como un río, las imágenes fluyen líquidas, a veces despacio, otras apresuradamente, con cambios de ritmo e intensidad. Logra con ellas un film altamente contemplativo, que se abisma en un estado hipnótico cercano a la meditación, como la induce la poesía de Juanele.
Tal vez se le pueda reclamar a Fontán que Juanele era sobre todo un poeta del aire, más que del agua o la tierra, y en segundo lugar está la importancia del río en su poesía. Esta apela de manera recurrente a la ascensión, a la verticalidad, y el mismo título del film, tomado de uno de sus libros, refiere a el vacío espacial, y no al líquido. Pero en esos desenfoques, en esas tomas en la niebla, está evocada la liviandad del poeta, lo inasible y etéreo de su poesía, y el aire brumoso al que siempre apelaba. Allí están las tomas de las ramitas leves, las hojitas ingrávidas, para usar los diminutivos tan caros al poeta. Allí está él también, con su figura frágil y mínima, en imágenes tomadas del film La intemperie sin fin, que había realizado Juan José Gorasurreta y que también fue visto en el este último festival. Está allí también su voz, algo quebrada, en un poema que resulta algo alejado de las imágenes que veníamos viendo.
Podría incluso objetarse la inserción de un texto escrito hacia el final del film, interrumpiendo con un poema un particular trip hipnótico, algo que precisamente quería apartarse de lo literario.
Pero ello no impide que ver La orilla que se abisma consista una experiencia única, irrepetible, y tan poco habitual entre nosotros: disfrutar de un film experimental exquisito, lírico y vital.
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JS
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